sábado, 16 de mayo de 2009

EL BEATO CLAUDIO GRANZOTTO: ARTISTA

También el santo es una obra de arte, en el que se compara a su vez con el artífice. Y todo hombre que vive en sí el arte de Dios, glorifica al artífice, y el artífice se glorifica en su obra, pues no somos nosotros los que creamos a Dios, sino Dios el que nos crea. De ahí que en la medida que colaboramos con Dios, más gloria recibimos, porque nos convertimos en instrumento de Dios. Cuanto más misterioso se revela Dios, más envuelve al hombre con su proximidad ardiente. El santo que vive integrado en la belleza de Dios, se transforma en el rostro de Dios, en icono de encarnación. De ahí que su arte sea signo luminoso que nos abre los ojos del corazón a la luz de Dios, a la belleza sublime que tanto anhelamos.

Claudio Granzotto.

Amadísimos hermanos y hermanas, junto con toda la Iglesia alabamos y damos gracias al Señor por los ejemplos luminosos de virtud y santidad que nos ofrece el beato Claudio Granzotto. Su vida fue un testimonio espléndido de la riqueza y la alegría de la vida consagrada. Después de haber buscado a Dios en el silencio, en la oración y en la caridad para con los pobres y los enfermos, fray Claudio supo expresar, mediante su arte de escultor, la profundidad de su alma franciscana, enamorada de la infinita belleza divina.
El beato Claudio indica a los jóvenes el esfuerzo por buscar la verdad evangélica y vivirla con su mismo entusiasmo, hallando en Cristo la inspiración, la energía y el valor de anunciarla a los hombres de nuestro tiempo. Sugiere a los artistas el espíritu de servicio, con el que pueden proponer el misterio inagotable de la encarnación de Cristo, a través del lenguaje del arte. Por último, dirige a los enfermos un mensaje de comunión y esperanza, invitándolos a ofrecer sus propios sufrimientos, en unión con el Crucificado, para el bien de la Iglesia y del mundo.
El ejemplo y la intercesión de este hijo humilde de Francisco de Asís aliente a cada uno a proseguir con fidelidad y constancia por el camino de la santidad, respondiendo generosamente a la llamada universal a la santidad y haciendo fructificar los dones recibidos del Señor.

L'Osservatore Romano

martes, 14 de abril de 2009

EL BUEN GUSTO

Tener buen gusto es tener  gran visón humanística, dar poder a los sentimientos elevados; dejar  que crezca la sensibilidad cultural que engrandece la persona; llenar la vida de valores éticos, morales y espirituales, donde la armonía, la estética y la belleza, afloran en todos los órdenes, al tiempo que se va creando el prototipo ideal de la persona. El buen gusto enriquece al hombre con multiplicidad de nobles sentimientos, le abre a la verdad y la belleza, al arte y la ciencia, al gozo placentero de la virtud, al tiempo que actúa en su persona como elemento cósmico y religioso que da sentido al misterio de la vida.

Queremos que nuestra reflexión sobre el buen gusto nos abra caminos de belleza, que nos ayuden a salir y luchar contra la cultura dominante del mal gusto que quiere imperar. Ya en el siglo V antes de Cristo, Protágoras dijo que: “el buen gusto del hombre es la medida de todas las cosas”, pero en nuestro tiempo, hay muchos empeñados en invertir la visión de Protágoras, haciendo que: “el mal gusto de las cosas sean la medida del hombre”.

No podemos cerrar los ojos ante ese mal gusto. El arte hoy vive una crisis aún peor que la social que padecemos. La crisis del mal gusto envilece la persona, deshumaniza la sociedad y la hace groseramente rebajar su dignidad. Ahí está como prueba ese vandalismo lleno de agresividad, la tosquedad de la xenofobia, la violencia organizada, el gusto estragado que algunos exhiben, como signo sensible de la falta de cultura y testimonio visible de la ausencia del buen gusto (Enrique González.  El Renacimiento del Humanismo. BAC. 2003).

Y si nos fijamos en el arte, el mal gusto no sólo ha roto la armonía de la belleza, sino que quiere arrasar, destruir e imponerse como un nuevo estilo de vida, a costa de dejarnos huérfanos de belleza. Lo terrible es que hasta algunos que se consideran como intelectualmente preparados, les parezca bien estas manifestaciones del mal gusto artístico e intenten que sean aceptadas por la sociedad, tal vez premeditadamente, para destruir los mejores valores de nuestra civilización, creando una cultura del vacío y de la muerte, en contraposición a la cristiana y espiritual.

Cada día tiene más adeptos esta cultura del mal gusto. El arte kitsch (palabra alemana que define a ese arte del mal gusto), quiere de nuevo imponerse. Incluso algunos hacen loas sobre ese arte tan vulgar de nuestro tiempo, para que sea la estética ideal imperante de nuestro gusto. La osadía de este movimiento, que exhibe un arte estéticamente considerado de lo más burdo y empobrecido, vacío y moralmente dudoso, es intentar convertir la verdadera estética en pantomima, desacreditándola de tal forma, que fácilmente se inocule el mal gusto y ejerza poder sobre la persona (Valerio  Bozal.  El gusto. Gráficas Rógar,  1996).

Para los no entendidos en el arte, les diré que el diccionario artístico define este arte como el más horroroso. Es el gusto por lo hortera y el placer por lo horrendo. Diríase que es la esencia del mal gusto llevado a su máxima expresión. Con hirientes colores en negro profundo, violetas y amarillos ácidos, tonos apastelados y chillones, magenta en excesivo matiz, con totales desajustes de formas y figuras, es su forma de expresarse. Sin embargo, sigue habiendo algunos que quieren elevar a los altares todo aquello que nos hiere la vista y flagela el criterio estético, porque su marcado fin es deseducar nuestro gusto y conseguir el efecto contrario, hasta dejar que ese arte nos atrape, cual  película de terror, y se habitúe en nosotros la estética de la perversión.

No es sólo este movimiento, junto a él camina el Arte Camp, el Pop Art, el Nuovi Nuovi, el Arte conceptual, el Arte abstracto, el Cubismo, el fauvismo, el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo, vanguardismo y otros ismos similares.  Todos estos movimientos intentan crear  estructuras mentales que falsean la realidad, haciendo parodias que ridiculizan la verdadera estética y el buen gusto. Son gritos alarmantes que proclaman el descenso y bajo nivel de belleza de nuestro tiempo. No podemos ni debemos dejar que se prostituya el buen gusto que eleva y dignifica la persona. Y mucho menos debemos dejar que nos domine el arte del mal gusto, cambiando nuestra pauta estética, para dejar que impere el arte decadente que quiere constituirse en norma estética.

Si denunciamos este mal gusto es porque queremos que vuelva la belleza auténtica del buen gusto, que humanice de nuevo nuestro tiempo y nos llene los ojos de placer estético. Es necesario que retornemos a la  auténtica belleza estética; que ella se constituya en el centro mismo de las relaciones humanas, que llene nuestra vida y el mundo que nos rodea de viva armonía que da sentido, alegra y sacraliza nuestra existencia.

El buen gusto en el ámbito de la Iglesia ha sido siempre el criterio de valoración en el arte e iconos de belleza, mostrando la preferencia del gusto que eleva y sublima nuestros pensamientos, espiritualizando la vida hacia el trascendente.  Tener y cuidar la sensibilidad del buen gusto, como a su vez el sentido estético en el que florece la armonía y la belleza, es contribuir a crear recintos sagrados, dejando que el sentido espiritual se llene de placer estético, se universalicen los criterios de verdad, afloren las ideas y sentimientos religiosos, donde la vida recupera los valores permanentes y se historializa toda nuestra vida de sacra belleza.

Saber purificar el espacio de nuestro gusto desde el ámbito de la Iglesia, es saber culturizar el tiempo y la existencia apoyados en principios fundamentales, para que la vida recupere el estrado de belleza perdido, superando el tiempo y espacio de ese terreno marcadamente vacío. Luchar por hacer un mundo mejor, donde la tierra sea reflejo de lo celeste, es la misión de la Iglesia. Mejorar la naturaleza artística mediante el respeto y la armonía del buen gusto, es embellecerla, llenarla de criterios de riqueza humanística que polarizan nuestra existencia.

Si en la Iglesia volviéramos la  mirada a valores estéticos del medioevo, como también al arte del  renacimiento o del barroco, descubriríamos fácilmente cómo aquellos hombres reflejaron con el arte del buen gusto un oriente alentador, haciendo de la vida el ideal de búsqueda de la belleza y perfección, ofreciendo a las generaciones futuras connotaciones con sentido profundamente religioso, convirtiendo el tiempo y el espacio en lugar y presencia de Dios. Su idea era hacer del mundo un templo de belleza y de alabanza. En su concepción ordenaron el templo con estética y simetría, en perfecta analogía al cuerpo humano bien proporcionado. De ahí que “el templo recuerde al hombre tendido con los brazos en cruz, idea que lleva a pensar en la imagen del Crucificado”, juntando a la vez armonía, belleza, buen gusto y fe.

El que sienta hoy inquietud por la verdad, la bondad, el bien y la belleza, fácilmente descubrirá que el buen gusto se articula perfectamente con la gracia y la presencia del invisible; fundamentos para que la vida se eleve a grados más sublimes, haciendo que la existencia sea una mística del buen gusto que restituya las posibilidades de entrar en ese mundo mejor, habitado por la armonía y en conexión directa entre la gracia, lo sublime y el trascendente.

Se ha dicho de Sócrates que con su “bien pensar y ver las cosas bellas, bajó la filosofía del cielo para que habitara entre los hombres”.  Sin duda que la lámpara de sus pensamientos ha  sido el mejor espejo, donde muchos artistas  se han mirado para iluminar sus inspiraciones, ya que educando el gusto, la imaginación empieza a sustituir lo que extorsiona la belleza y abre ventanas internas a la configuración de la armonía, como cercanía de lo santo y perfecto.

El esteta Oliver Bruner señala el “estrecho parentesco que existe entre imaginación y buen gusto”.  Para él, tener mayor o menor delicadeza es lo que distingue a un hombre culto de otro vulgar. A partir de esta estructura psicológica podremos darnos cuenta la importancia del buen gusto frente a la inculturación humana. Todo lo que es bello, gracioso  y bueno, incide  siempre en nuestro gusto ofreciéndonos placer estético, ya que llena nuestro ánimo de encantos y gratas sorpresas.

Cuando miramos ese arte  del mal gusto sentimos herido nuestro interior, pues queramos o no, las imágenes de esos modelos dejan huellas en el universo del ser humano; de ahí las reacciones colectivas del pueblo sencillo, que sufre y experimenta en su mundo el vacío de la realidad amorfa. El arte cerebral es individual, frío, calculador, mientras que el arte de la belleza y del buen gusto es colectivo, dinámico, vibrante, sensible, está en contínuo proceso de danza espiritual, en energía de misteriosa revelación. En ese arte, el ser humano se siente integrado en el mundo de la armonía y la belleza espiritual, como se siente unificado con todos los seres y en su belleza descubre que es hijo del Supremo Hacedor. 

Queremos y debemos recuperar el arte del buen gusto, volver a experimentar a Dios en lo más sublime de su belleza, sumergirnos en el misterio que nos rodea, dejar que la existencia se sienta circundada por lazos espirituales que nos unen al trascendente, que todo se haga puerta abierta para el encuentro, vitalidad de sacramento, vivencia mística de la unión, gozo revelador de la gracia, proclama de belleza y amor en autodonación.

domingo, 22 de marzo de 2009

LA BELLEZA DEL UNIVERSO

El hombre ya no sabe mirar. Ha perdido la visión intuitiva del asombro. Está cerrando “el ojo del espíritu” a la luz de la belleza que emana del universo creado por Dios. De la admiración de la belleza cósmica, hemos pasado a mirar y comparar fría y calculadoramente las estrellas y galaxias entre sí. El misterio se multiplica, pero no la admiración de su belleza. Son los ojos de la fe los que mejor ven la revelación y belleza del misterio. La luz teofánica es la que ilumina y da sentido a  nuestra vida. Alejarnos de la luz del misterio es adentrarnos más en las tiniebla.

Se nos impone una reflexión, pues cada vez tenemos los ojos más enfermos dominados por la sensualidad. Cada día estamos más huérfanos de la belleza que engendra vida, a la vez que aumenta la debilidad para captar la luz verdadera del espíritu. Nuestro gusto para mirar y contemplar la belleza universal, como revelación y presencia de Dios, se está quedando eclipsado por todo lo humano, efímero, caduco y terreno. Los altos ideales por la conquista de la belleza, se han banalizado y rebajado a la exigencia del  aquí y el ahora.

Pero el cielo y la tierra, la existencia y el cosmos, el misterio y cuanto existe, siguen proclamando, en armónica sinfonía, al Dios presente y revelado en el universo; al que es infinito y lleno de belleza divina. La creación entera es un himno de belleza, una danza creativa de amor, luz esplendente engendradora de vida y armonía, espejo donde se proyecta la imagen del trascendente, lugar donde cada ser cobra el valor de mensajero, de presencia reveladora, de promesa amorosa y sacramental. Todo es misterio de creación continuada. Todo es magisterio cósmico de la Verdad, donde brilla la Belleza y la Sabiduría, en la inefable realidad que nos rodea; donde todo está  lleno de bondad, de certeza y realidad del que todo lo sustenta: Dios.  Dios lo llena todo y todo se hace vida y realidad en su Templo, (suntuoso símbolo del paraíso). Lugar al que nunca vamos, porque de él nunca salimos, ya que siempre estamos y moramos en él, pues “en El vivimos, nos movemos y existimos” (Hech. 17,  28).

De forma muy distinta han mirado los grandes pensadores de la humanidad al universo, donde para ellos, el cosmos era la gran Belleza y reflejo de Dios. Platón decía que “el mundo era una admirable sinfonía y cuyo resultado era la belleza” (En el Sofista, 228). Y Aristóteles va más lejos y dice que “la belleza del mundo nos produce intenso conocimiento y gran éxtasis en el alma” (Met. 7.1072). Y siguiendo esta línea, Plotino nos recuerda que “la belleza del mundo es arquetipo de la belleza del alma” (Enneades. I. 6,2). “Sólo el universo es perfecto”, decía Cicerón (De nat. deor. II 14) Y San Ambrosio canta jubiloso la belleza de la creación (PL. 14,368s). El mismo San Agustín nos recuerda, que “toda belleza procede y nos lleva a Dios” (Conf. X 34-35). Y el docto seráfico San Buenaventura, nos anima diciendo, que “nada deleita tanto como la belleza de Dios” (In II Sent. 13 a). Y siguiendo esta línea podríamos hacer una larga lista de pensadores tanto antiguos como más cercanos a nosotros,  donde todos coinciden que el cosmos es la gran revelación de Dios y donde Él se manifiesta lleno de esplendor y de Belleza.

Y si consultamos al texto Sagrado de la Biblia, desde sus primeras páginas deja bien asentado, cómo la morada de Dios que gravita sobre la belleza artística que sus dedos habían creado, era toda hermosa y bella (Gn 1, 31). Absolutamente bella, ya que Dios todo lo que hace es bueno y bello. Él todo lo hizo para ofrecernos acordes de armonía y hermosura a nuestro espíritu. Todo está sellado con el germen de su infinita belleza, a imitación de su perfecta e infinita sabiduría, estableciendo el Reino de la Belleza como sede del espíritu de la Belleza.

El hombre sin belleza no podría vivir, ya que ella nos libera de la angustia de la vida, nos da satisfacción, entusiasmo y nos evoca esa belleza infinita escrita en el corazón humano. La belleza es la que nos sustenta el espíritu, la que proclama el “esplendor de la verdad”. San Juan Crisóstomo dice que “la belleza es simiente de lo divino, ágape arraigado en el corazón humano” (N. Cabasillas, p. 155).  Y los SS. Padres dicen que “comunica a la persona el esplendor de la santidad”. Toda la obra de Dios es trasmitir su espíritu de belleza, para que penetre en lo más profundo de nuestro pneuma, esa “poesía sin palabras”, y esa luz esplendente y reveladora que “ilumine a todo hombre que viene a este mundo” (Jn. 1, 9).  En ese sentido, la Vida y la Luz se identifican con la Belleza, que nos llega como salida del “dedo de Dios”, “resucitada y resucitadora”. El salmista lo canta bellamente a ritmo de doxología: “Dios está revestido de belleza y esplendor” (Sal. 103, 1).

La pérdida de esta belleza en nuestro tiempo tiene unas consecuencias muy serias. La falta de sensibilidad por el buen gusto y la belleza, nos están llevando a la deshumanización y la falta de educación, como al desprecio de la vida, la violencia y falta de valores tanto humanos como  espirituales. Hoy se mete más ruido que nunca, se danza sin descanso y las horas de la noche son pocas para la diversión; pero estamos viviendo una época triste, oscura de belleza y de barbarie artística. Lo feo como contraposición a lo bello está de moda, como lo estuvo en los tiempos bárbaros. Hasta se premian obras de mal gusto y algunos fingen extasiarse ante figuras ininteligibles. Y cuando uno dice no entenderlo, queda como ignorante, inculto, atrasado, dándole de lado. Pero en realidad, la falta de belleza y armonía da pena, amargura, desazón, a veces hastío.

Como contraposición, está el buen gusto de algunos, que luchan por conservar y restaurar,  para que no mueran las obras de belleza que nos legaron los grandes Maestros. Incluso se intenta descubrir las bellezas ocultas en ruinas o abandonadas, porque tienen la belleza de lo clásico y están llenas de armonía, de símbolos y mensaje. Volver a contemplarlas en su originalidad, es recuperar la alegría, la luz y la belleza. Hacer que la tierra recupere esa iluminación de lo bello, para que los que nos precedan puedan recuperar el valor de la auténtica belleza y dignidad. Sólo en la belleza, considerada como luz y gracia, los humanos encontraremos el sentido de la vida, del gozo y la verdadera dignidad humana. Hagamos lo posible para que la luz y la belleza iluminen la vida sobre la tierra.

Y es que el sopor está haciendo estragos. Es necesario recuperar la capacidad de admiración; ver mejor  el mensaje cifrado establecido por Dios, en esa fascinante belleza universal que nos circunda. El cosmos no es sólo un escaparate o puente hacia Dios, es también el pacto en arco iris, que nos llena la vida de belleza y señala la casa del encuentro con el infinito amor de Dios. Ya el Maestro y místico Eckhart nos dejó dicho, “que sin el mundo, el alma no podría conocer a Dios ni ser feliz”. El mundo está en revelación permanente, es un misterio renovable con infinidad de sorpresas, una continua y nueva creación de belleza avanzada, santuario de la manifestación gloriosa del que es la Vida, la Verdad y la Belleza.

El ser humano necesita tanto de belleza como de pan. No podemos cerrar los ojos a la belleza, como tampoco cerrarlos al don de la imaginación, de la fantasía, la utopía, el sueño, la emoción, el símbolo, la poesía del espíritu o la armonía de la belleza, con la que Dios nos ofrece, en contínua alianza, el amor salvífico. Su Espíritu gravita siempre en nosotros. Ya los antiguos místicos nos decían que “el Espíritu habita la creación y renueva la faz de la tierra” (Sal. 103, 30).

El misterio se renueva y sigue siendo misterio, pero grita en la Cruz y quiere revelarse, hacerse siempre encarnación y resurrección. La mística evangélica es una mística de los ojos abiertos y las manos  operantes, siempre abiertas a la revelación de la belleza y misterio. El encanto del misterio como el de la belleza, es el que debe llenarnos de indecible arrebato. El misterio es el otro lado y lo más profundo de la realidad, pero es también la puerta reveladora de la Verdad y la Belleza. Nuestra fe es la que mejor penetra la realidad secreta del misterio. El que está en el misterio y no experimenta el espanto, la sorpresa o la admiración de la infinita belleza, es un vivo-muerto y sus ojos se han cegado. Einstein decía que “el misterio de belleza es algo tan fundamental en la vida, que la religión cósmica es el móvil más poderoso”. (En Cómo veo el mundo).

Que no sea la belleza efímera la que domine e imponga su gusto en nuestro tiempo.  Los teólogos, como personas cualificadas en la belleza espiritual, nos dicen que el mundo entero es una teofanía que proclama la inmensa belleza de Dios. Y que todo el cosmos es una bella sinfonía que proclama la Belleza divina. Todo está hecho a imagen de Dios y el hombre es imagen del universo. La Iglesia entera celebra la belleza divina que sustenta las cosas, como reflejo del Espíritu divino, ya que Dios mismo nos conduce a la belleza pura de la verdad. El hombre en su microcosmos lleva el germen de un “logos poético de belleza”. Es el Espíritu de Cristo, el Espíritu de Belleza, el que le conferirá la belleza perfecta.

jueves, 26 de febrero de 2009

EL DOMINIO DE LO FEO

Lo feo está de moda. Lo feo -lo carente de belleza estética y a veces símbolo del mal-, es lo que domina en el arte. El arte de belleza está de luto, pues se le intenta olvidar hasta darle la muerte. Decir hoy “arte radical”, es lo mismo que decir arte misterioso, arte ocultista, con el negro, como color de fondo. Se dice de él, que es un arte de aflicción, de dolor, enigmático, de angustia y de muerte. Pero a pesar de todo, se sigue imponiendo y desea llegar hasta el total triunfo. Por el contrario, a la belleza armónica, imagen de la belleza celeste, le queda la cada vez más lejana posibilidad, de que sus obras puedan llegar en el tiempo a ser de nuevo el concepto de belleza que invite a los hombres a mirar a lo alto para ver de nuevo las estrellas.

Desde hace varias décadas algunos pensadores intentan establecer e implantar una filosofía de lo feo, como contraposición a la armonía estética y a la bellaza. Desde Víctor Hugo, Eugene Sue, Charles Baudelaire y otros, se viene filosofando con la intercambiabilidad de lo bello por lo feo. Doctrina  que después fue adoptada como propia por el “socialismo romántico”, creando seres de naturaleza monstruosa y a veces de mal gusto, pero con el deseo oculto de destruir la belleza, reivindicando el derecho de lo feo y situándolo más allá del bien y del mal moral. Sin escrúpulos de mezclas entre el bien y el mal, lo bello y lo feo, poniendo sus ojos enfermos y cuajados de visiones nocturnas pobladas de horror, oponiéndose frontalmente al milagro de lo bello y lo trascendente, comenzaron su andadura, hoy repleta de seguidores. Algunos ejemplos de estas criaturas monstruosas los tenemos en “El Cuasimodo de Notre-Dame” de París, el “Triboulet de Le roi s´amuse”, ocultando lo bueno y lo bello, para que aparezca la pátina de lo opaco y repelente.

Desde comienzos del siglo pasado, cuando definitivamente se elaboraron las teorías filosóficas del primado de lo feo, quedó como axioma: “una obra de arte es tanto más bella y lograda, cuanto mayor es la falta de armonía y abunda el caos sobre lo que consigue triunfar”. A partir de entonces, lo feo dejó de ser inerte y adquirió un poder activo, peligroso agitador. Peldaño a peldaño, lo feo ha pasado de ser un enemigo astuto y tenaz, a ser el rey de la vacuidad, del engaño, la mentira y a veces la vileza, al que sólo se le puede combatir con la verdad de la belleza armónica, llena de luz, de bondad y de mensaje trascendente.

¿A dónde nos está llevando esta estética de lo feo? De momento a la confusión, a la pérdida de valores artísticos, a la destrucción del gusto, a la mentira y el engaño, pero sobre todo, camuflada en una sofisticada  manipulación de aparente estética, cada vez se va encaramando más en la cima de  lo “satánico”. Su golpe de muerte es dar un vuelco metódico a todo el orden simbólico de lo religioso, sagrado o trascendente; burlando o vilipendiando, a ser posible, a todo lo eclesial, lo celeste o al Dios trinitario. Se descubre, una vez más, que el mal, lo feo, envidioso de lo bello y lo bueno, cual belleza rebelde capitaneada por Lucifer, quiere derrocar al San Miguel de la  Belleza para constituirse él en dios. Lo terrible es que ahora, con su ingenua caricatura y su camuflaje de belleza e inocencia,  fascina a muchos que se hermanan en la playa  de la vacuidad placentera.

Toda la Palabra Bíblica, al igual que la historia, el arte sacro o el religioso en la Iglesia, ha conducido sabiamente a sus fieles, mediante símbolos de belleza, al conocimiento de la verdad, la bondad, la fe y la trascendencia. La belleza sublime nos habla y nos lleva siempre al “Dios vestido de gloria y esplendor” (Sal. 145, 5). De la belleza interna emana la gracia del cuerpo. La belleza evoca siempre lo celeste y la trascendencia de Cristo. Desde el primer eco del Génesis hasta la última palabra del Apocalipsis, la creación entera proclama la belleza de Dios y en ella gravita el arte subli-me del engranaje cósmico salido de sus manos. “Y vio Dios que todo era bello y bueno” (Gen. 1, 26).

Y ante esta belleza sublime, se trata de falsear la realidad, contraponer otra belleza; crear ambientes deleitosos que confundan, paraísos falsos que desfiguren la realidad, donde se inocule el virus de la frivolidad  sobre el  plasma de lo anormal  y enfermizo,  para  que  nazca la falsa  belleza, malsana y errónea, revestida de mentira y engaño. Con este pilar pernicioso, se falsifica mejor la historia, la vida, la belleza y la trascendencia. Pero de esta forma, el arte en su multiforme expresión de belleza puede quedar dañado, pues el granito que comenzó sin importancia, se ha convirtiendo en tumor cancerígeno que proclama la muerte.

Tanto lo bello como lo feo, son categorías serias que nos hablan enfáticamente del bien y del mal. Lo hermoso y bello nos habla siempre del bien, la bondad y lo celeste; mientras que lo feo y malo, hablan del infierno, como espacio atroz, cargado de sufrimientos, donde lo deforme y horroroso abunda, para que el mal sea completo. El arte de belleza habla de hermosuras y virtudes, de gracias y perfección; mientras que su opuesto, el feo, lo hace con la vulgaridad, lo chabacano, lo grosero y repelente. Y mientras que el arte de belleza es grácil, agradable, vital y esperanzador; el coro de su adversario se muestra lleno de tosquedad, confusión, es desagradable y con tintes de muerte. En el primero abunda el respeto y la libertad, mientras que el segundo la esclaviza.

Y a pesar de estas contrariedades tan opuestas, hay oposición al arte bello, mientras el feo, el mal, lo perverso, es lo que priva  en la sociedad como energía central de nuestro tiempo. ¿Quién entiende esto? Sólo se entiende desde la perversión, desde el abandono al que hemos llegado, desde la vanidad de estar a la última moda. Todo lo cual proclama la ausencia del buen gusto, la pérdida de sensibilidad, la baja cultura en la que estamos cayendo, como el poco interés porque brille la verdad, la bondad y la belleza estética...

Basta recorrer algunas galerías que exhiben ese arte del mal gusto, con objetos visuales de lo más esotérico y repulsivo. Cuadros descabezados, vacíos de contenido y sin nada, con título que despista o hace reír. Figuras grotescas, infantiles, enfermizas, de mal gusto, que enervan. Para qué seguir si en otras artes pasa lo mismo. Por TV. hemos visto los desfiles de Ferry Mugler, los de Jean Paul Gaulter, los barrocos de Versace o de Moschino, y lo que parece diabólico y grosero, se acepta como deleitoso, atractivo  y digno de imitar. Que extraño el que  surjan los hinchas del fútbol compitiendo para ir disfrazados de la forma más disparatada. Y no digamos del mal gusto de la tele-basura, los brotes nazis o racistas, las mafias, el arte de la estafa o corrupción, la muerte por encargo, las matanzas herodianas en los abortos...

Con el dominio de lo feo, del mal, el mundo entero ha ingresado en la UVI, de la corrupción y el terror. El dominio del arte de lo feo está destruyendo la vida de la belleza.  Ya no se trata de una fragmentación del valor, sino de un cambio total de valores. Cuando un cuerpo se descompone nos lleva a la macabra sinécdoque del fin de todas las cosas. Todo está dañado, la cultura, la política, las creencias, lo comercial, lo terreno y lo trascendente. Porque todo está reclamando una vuelta a la belleza, ya que el hombre no puede vivir sin la belleza.

Las fuentes del pasado pueden ser el bello mosaico a imitar, ya que entonces se pretendió construir un tiempo de belleza y hermosura, apoyando la vida sobre la armonía estética y el arte. Pues el arte de nuestro tiempo no puede dejar que la locura diga la última palabra. No podemos dejar que las piedras angulares fabricadas con esfuerzo y sudor durante varias civilizaciones, se vean demolidas por modas o filosofías que encierran perversión,  corrupción o deformación, que llevan a la negación y la muerte.

Los monstruos del Guernica, por más seguidores que tengan, dicen autores autorizados, como Ouspenski, William Congdon, Henrry Moore, entre otros, siempre serán un arte deformado, carente de belleza y sentido espiritual, amasado sin atisbo de aliento mesiánico. Ese arte sólo muestra la realidad mala con gritos sin esperanza. Pero la vida tiene también su belleza. Ese arte es fragmentario, caduco, irreal,  sólo se ve el cosmos del revés, en negativo, en túnel oscuro y sin luz, sin la belleza del color, sin trascendencia. Hacer de ese arte un estilo de vida, de estética ideal, es quedarse en una belleza patológica, creadora de monstruos, con rostros anormales, carentes de sentimientos que inviten a la esperanza. Ese arte de Picaso, modelo de lo feo y deforme, podrá tener muchos seguidores que no sepan salir de ahí. Pero siempre será la proclama de la disonancia, como articulación y exigencia de un arte triste, que desconoce la belleza y la esperanza humana. Quedarse ahí, es hacer catarsis con ese viacrucis de lo feo, donde no se vislumbra un horizonte redentor. Sólo la belleza nos salvará, decía Dostoievski. Dios es la suma Belleza y su Belleza es inagotable de formas. Buscadla y viviréis (Amos 5, 4).

jueves, 25 de diciembre de 2008

EL ARTE SIN BELLEZA

Comenzamos esta nueva reflexión sobre le belleza y el arte, impulsado por los acontecimientos que observamos en el ambiente de nuestro tiempo. Cada día estamos perdiendo el asombro de la belleza y el estímulo por un arte armónico, lleno de cromatismo y de sentido religioso. Brota con aire de dominio, un arte de bajo nivel de belleza, que fomenta el abigarramiento y fealdad del arte, generando el desapego y el desdén por lo clásico o contra aquello que manifiesta símbolos o belleza religiosa. Hay como una mofa o desprecio, incluso dando de lado,  a todo lo que tenga viso de belleza eclesial. Se ensayan alternativas con imágenes laift o sensuales, como contraposición a la belleza espiritual del arte religioso, mediante el cual se hace más patente la presencia del trascendente.

Lo peor es, que dentro del ambiente eclesial y hasta personas cualificadas se dejan seducir por innovaciones de mal gusto, colocando dibujitos que roban la atención hasta en los ritos sagrados. De muchas formas se está perdiendo la sensibilidad por el buen gusto y estamos quedándonos huérfanos de belleza religiosa. Hasta se ignoran  o desconocen símbolos y significados culturales y profundos de la imagen de fe, como medio y encuentro del creyente con el misterio mediante la oración, donde el arte sacro tiene otras connotaciones espirituales de unión con  lo celeste, creando momentos de ascesis y espiritualizando la vida para la acción del Espíritu. La razón del da lo mismo, nos está comiendo los momentos mágicos cargados de presencias, donde la verdad, la bondad y la belleza se articulaban armónicamente para llevarnos a la trascendencia del ser...

Frente a un cúmulo de cosas que actúan con disimulada malicia, tal vez programadas, no debemos los creyentes dejar que un arte sin belleza, cuando no vacío de contenido o deshumaniza-do a veces, sustituya la belleza iconográfica que a lo largo de la historia ha expresado religiosamente la fe y los dogmas de la Iglesia. La belleza artística como categoría de la teología fundamental, ha sido el punto de partida para la reflexión teológica que contempla el sentido estético de la revelación. Al mismo tiempo, esa belleza de arte nos ha proporcionado una visión más honda, abriéndonos a esa otra belleza invisible y misteriosa propicia para la elevación del espíritu.

Somos conscientes de que la creatividad artística es siempre un campo abierto a nuevas expresiones. El Vaticano II nos advierte que la nueva creatividad esté dotada de consistencia de fe, verdad y bondad propias, pues no hay que olvidar que el cristianismo es una religión de encarnación (GS 36). Pero crear corrientes novedosas donde la imagen sea producto cerebral de un individuo, con difícil acceso a su lectura y muy escasos motivos de fe que unen a la Iglesia, es lo que no debemos aplaudir ni consentir. La Iglesia tiene su canon de belleza y a la imagen se la considera sagrada, lugar donde lo terreno desaparece y lo suprahistórico o simbólico, se vuelve o se  hace misterio.

El pintor en la Iglesia es un hagiógrafo, un hombre de fe y teólogo. No negamos  los valores religiosos de pintores vanguardistas, pero dudamos que sus creaciones sean lugares de fe o de belleza espiritual. Más aún, dudamos de los ambientes populares donde se ubican las figuras, con expresiones torsionadas o de estilo naift,  como viviendo un evangelio sólo infantil. No faltan artistas de este estilo que recurren a rostros proféticos desfigurados y enigmáticos tratando de abrir una nueva era, pero exentos de belleza. Imágenes abstractas con cromatismos de cuadrículas coloreadas, a veces sin atisbo de piedad, con loas que encubren vacíos, en oposición al otro arte de la Iglesia, que posee  una fuerza profética, espiritual y trascendente. (Citamos autores relevantes como: Rousseau, Chagall, Paul Klee,  Mondrian, Kandinsky, A. Manessier... entre otros).

La tragedia de este arte abstracto, sin belleza espiritual, es que no quiere ser ni figurativo ni  simbólico, sino sólo ser arte en sí. Su gran valor -dicen-, es la plasmación estética en la que sólo se reconocen construcciones de planos con valores propios. Es una forma subliminal de llamar la atención para desviarla de valores de belleza espiritual. Pero ¿Quién puede rezar o sentir devoción ante una imagen sin formas , con espacios cromáticos abigarrados, cabezas o miembros deformes, cuando no expresiones patéticas? La imagen sacra en la Iglesia tiene otras connotaciones, expresa la alabanza al Dios  de la redención.
El arte de belleza en la Iglesia no es un sedentismo o huida de la realidad, sino un contínuo renacimiento, recreando el mundo espiritual partiendo de la realidad, siempre abriendo ventanas al infinito, generando espacios a la trascendencia, para llegar mejor a la revelación del misterio. La belleza de este arte conduce al amor puro. “Dios es amor” (I Jn. 4, 16).  El amor es el fundamento de toda la belleza en el arte cristiano. Sin fe ni amor en lo que se hace, no se puede crear obras que lleven a Dios. La belleza y el arte crean fe y experiencia. Y la experiencia de Dios es siempre sacramental, regeneradora y resucitadora de vida nueva.

La auténtica belleza no se impone por la fuerza, ella misma impone la razón sublime de su   verdad. La grandeza de este arte está, en saber expresar con belleza limpia las formas que crean sentimientos y evocan valores  celestes. En la Iglesia, Cristo es la gloria  de Dios y la Belleza del creyente. En El no hay nada que no proclame la sublime Belleza que habla de Dios. Unirse a Cristo, es tocar la belleza de su humanidad, es como tocar al Verbo de Dios. Y ese Verbo se encarnó. Y san Juan en su humanidad pudo escuchar, ver y tocar, a ese Verbo de la Vida, al mismo Dios vivo (I. Jn. 1, 1-3). Desde entonces el arte en la Iglesia es un arte de encarnación, un arte de belleza, sacramental, de sublime respeto. “Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis, pues muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron (Lc. 10, 23-24).  

Reeduquemos de nuevo nuestro gusto y sensibilidad para valorar un arte que nunca pasará, porque tiene vida propia, la vida espiritual que tiene valor eterno. Dejemos los pequeños ídolos y vacíos fetiches pasajeros y sin valores. El arte sacro de la Iglesia es reflejo de la suma belleza de Dios. Por eso engendra fe, vida, es sacramental, trascendente. Su fin es mostrarnos el bien y la bondad, como belleza que nos lleva a Dios, como símbolo de la gracia, de la presencia del trascendente. Nada nos hace tanto bien como el contemplar esas imágenes espiritualizadas, que intentan mostrarnos lo sublime que en ellas se esconde. Hay en ellas flujo de energía invisible, que proyectan valores increados y nos reflejan el mundo sublime, siempre bello y anhelado. Ellas elevan nuestra existencia por encima de lo humano y terreno y nos invitan a aspirar al edén perdido. Su fuerza poderosa crea en nosotros armonía, belleza, gracia y santidad.
Toda la Biblia, es Palabra de Dios, imagen, arte, creación, belleza. Toda ella es génesis, creación, revelación, sabiduría, profecía, comunión de belleza. Acción poderosa, presencia y milagro, gracia y sacramento, resurrección y vida. Y todo hecho con arte de belleza infinita. Es la riqueza heredada por la Iglesia que se prolonga como la vida de Cristo, que sigue vivo y en el esplendor de la Belleza que tiene junto al Padre. Esa belleza que  en la Iglesia engendra gracia, es la que queremos que no se cambie, que renueve sus formas bellas, que nos devuelva espiritualizada la vida de la belleza que nos quieren arrebatar y dejarnos huérfanos de valores sagrados y sin la belleza del espíritu.

El Espíritu Santo nos enseñará la Verdad (Jn. 14, 17-26). La belleza es el resplandor de la Verdad. La verdad y la belleza tienen que llenar la tierra en un constante Pentecostés, donde la unidad del Espíritu sea el lugar de la belleza de Dios. El Padre es la fuente de la belleza, Cristo es el arquetipo de toda belleza. Y el Espíritu la manifiesta nos la hace sentir en lo más profundo de nuestro espíritu. El os lo enseñará todo. Su acción es un “poema sin palabras” que se revela como fuente del conocimiento. “Porque en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz” (Sal. 36, 10).
                                                                                                                                                                            

Obras de consulta: Vaticano II. (Constitución Gaudium et spes. nº. 36).  Juan Plazaola, Historia y sentido del Arte Cristiano.  BAC. Madrid 1996. Summa Artis. Antología y selección de textos de Miguel Cabañas Bravo. Espasa Calpe,  Madrid, 2004.  Paul Evdokimov. Teología de la Belleza. Publicaciones  Claretianas. Madrid. 1991.

viernes, 6 de junio de 2008

BREVE RETRATO DE SAN ANTONIO DE PADUA

Comenzamos el novenario de San Antonio. Es una gracia el poder vivir estos nueve días en oración y bendecidos por Dios mediante la ayuda  de San Antonio. El es el santo del milagro permanente, siempre atento a nuestras necesidades. Bueno es que le conozcamos mejor para que nuestras peticiones sean atendidas por su mediación.

¿Quién es San Antonio? ¿Cómo era San Antonio? ¿Qué conozco de este Santo? Muchas son las cosas que nos gustarían saber  de él. Por eso, intentaremos conocer algo de lo que esta Santo san especial fue. Un santo que arrastra a los fieles y crea simpatías por doquier. El único Santo que vive siempre n olor de multitudes. El pueblo devoto le ha idealizado como el santo más legendario y más milagroso. Es el santo que es de todos y el más conocido en el mundo. El siempre está disponible para todos. Esta fama no se gana porque sí, sino por méritos propios.

domingo, 9 de marzo de 2008

ASIS, LUZ ESPIRITUAL Y ARTE

Hay ciudades que son como soles de primera magnitud, iluminan e irradian por sí solas gracia y espiritualidad. Decir Asís, Jerusalén, Roma, Santiago..., es como decir “Ciudades de Dios”. Es abrir puertas al espíritu por donde se nos llena el alma, no sólo de riquezas espirituales, presencias de Dios, sino de belleza y de arte, de naturaleza y fe. Son lugares y cunas donde renace la vida y se recupera la esperanza.

    Asís, ciudad del la Umbría,  ciudad del “Poverello”, es la ciudad de la “Paz y el Bien”,  la “Ciudad del Espíritu”, la “Ciudad de la Fraternidad abierta al amor Universal,  a la reconciliación y al “Loar” al Creador. Oriente que convoca al alba de un nuevo día,  como lo proclamó Juan Pablo II, en oración compartida con los dirigentes de las principales religiones. “Aquí se deja sentir más que nunca la necesidad de un nuevo nacimiento espiritual, porque aquí, el hombre de Dios, Francisco,  que supo aproximar a Cristo a los hombres de su época, volverá también hacer lo mismo en nuestro tiempo”.

    Desde esta artística ciudad, un día Francisco, en el ocaso de su vida, supo bendecirla con una auténtica profecía: “Bendita de Dios seas, ciudad santa, porque por ti muchas almas se salvarán”. El nuevo sol del espíritu comenzaba a irradiar bellezas de luz,  en ese amanecer en el corazón de la Umbría... El mismo Dante, en su “Divina Comedia”, habla de Asís, como la “Patria del nuevo sol”.

    Aún hoy día, Asís sigue siendo una ciudad abierta a ese amor fraterno y universal, donde  resuenan por doquier las palabras de Francisco:  “Loado seas, mi Señor, por quienes aman y perdonan por tu amor”. Asís es ese armonioso y ecológico lugar, donde se  realiza el abrazo entre Dios, el hombre y la naturaleza. Donde el sol, la luna y las estrellas, el fuego y el viento, el hombre y los animales, parecen agradecer el que el humilde Francisco bautizase a todos con el dulce nombre de “Hermano y Hermana”.

    Tal vez, por su ubicación especial de lugar privilegiado, entre paisajes pintorescos, con prodigiosa naturaleza de variada arboleda y atardeceres maravillosos, hacen de aquellos parajes, un lugar único para la meditación, la paz y el sosiego, siguiendo las huellas del Santo de Asís. Vivió y presente en estos lugares. Poeta de la naturaleza, heraldo y artista de Dios.

    El arte, como presencia de Dios e imagen del espíritu, es lo que rezuma toda la ciudad y alrededores. Aquí el arte se hace belleza hasta en lo más humilde.  En manos del asombro queda uno ante la capilla de la Porciúncula, donde el Santo se recogía para orar, colocada hoy bajo el grandioso fanal de la cúpula de la Basílica de Santa María de los Ángeles, lugar donde Francisco recibió la embajada la Hermana muerte, desnudo sobre la madre tierra. Aquí el arte establece el fundamento de una penetrante teología de la belleza.

    Todas las líneas arquitectónicas de este templo, convergen sobre esta humilde capilla, exaltándola como el gran tesoro de la espiritualidad franciscana. Embellecidas con frescos y obras de arte alusivas a la Virgen y al Santo, están armonizadas con elementos místicos y simbólicos, creando una atmósfera de intensa religiosidad, donde en extática contemplación, se percibe una gran conmoción de armonía, belleza y paz.

    Y si hablamos de la gran Basílica de San Francisco de Asís, hay que descalzarse de lo efímero y pasajero porque hay que adentrarnos en el Santa Santorum de la espiritualidad y arte franciscano.  Es un templo esplendoroso de doble basílica, sobre puesta a la cripta, se alza la Basílica mayor. No sólo nos impactan las artísticas vidrieras, mensajes espirituales en color, sino la decoración de toda la Basílica, con más de 28 frescos relatores de la vida del Santo.  Contemplarlos es nacer a la ternura y bondad, aquí se vive con la emoción de tener el alma entre las nubes y pisar tierras del Edén, vislumbrando lo celeste.

    A la verdad, todo el recinto es un compendio de belleza y armonía estética  sin igual. Aquí la belleza viene al encuentro de nuestro espíritu, no para arrebatarle, sino para abrirle a la proximidad ardiente del Dios personal. Es esa belleza que nos abre la inteligencia de la Sabiduría celeste  y despierta el apetito de encontrarnos cara a cara con la Belleza Total, hasta poseerla en la iluminación resplandeciente del gozo y la gracia. No en vano, en ella trabajaron los mejores artistas de su tiempo -teólogos del arte-. Maestros geniales como Giotto, Cimabue, Pietro Cavallini, Jacobo Turriti, Filippo Rusuti, Sinone Martín, Pietro Lorenzeti,  los “Maestros de San Francisco” y otros, que dejaron allí lo mejor que tenían de su arte.

    Toda la Basílica es una obra maestra de arte, llena de gracia y suavidad en las figuras. Con su ingenuidad y eficacia expresiva, rebosante de armonía y espiritualidad, logran con sus transparencias de color, que respiremos a ritmo de sencillez y bondad, la belleza y el arte, las virtudes del espíritu y la santidad del Santo. Aquí, la contemplación del arte nos sitúa en el centro de la cosmogonía de la belleza, nos crea una grandiosa teología visual. Su iconografía, su entelequia, está estrechamente ligada al ser concreto, se revela en términos de luz y constituye la belleza plasmada de lo ingenuo, de lo puro, de lo que asemeja a Dios.

    Son escenas franciscanas vividas con tanta dulzura y bondad angelical que evocan el éxtasis de lo sublime. Se tiene la impresión de haber parado el tiempo y dialogar en cada escena con el Santo de Asís. La verdad es que si el arte no culmina en el milagro de transformar el pensamiento e incidir en el alma del espectador, sólo sería un arte efímero o pasajero.  En el arte religioso Dios se complace en todo el que mira la obra con belleza y bondad, espejo de su gloria,  como se complace en todo santo, icono de su esplendor.

    Todo el ambiente de la ciudad, típicamente medieval, nos hace respirar la fragancia del arte y la belleza, como el de la fe y el espíritu que imprimieron sus más ilustres hijos Clara y Francisco de Asís. Aquí nació pujante el arte italiano que deslumbró con su belleza, impulsado por Francisco, el gran artista de Dios, se empezó a construir y difundir apenas dos años después de su muerte, recién canonizado por Gregorio IX.

    En Asís, como una bendición de la ciudad de Dios, abundan las iglesias, centros de espiritualidad y de arte; cátedras de la belleza y religiosidad; lugares de encuentro íntimo con Dios y consigo mismo. Son escuelas de sabiduría celeste y arte espiritual. Al igual que la Basílica de San Francisco, otro tanto se puede decir de la Basílica de Santa Clara o la catedral de San Rufino, donde fueron bautizados Clara y Francisco; o la evocadora iglesia de San Cosme y San Damián, lugar donde Clara salvó a Asís y venció a los sarracenos con la fuerza milagrosa del Señor en la Custodia, empuñada con sus manos virginales.

    Todo Asís es un museo viviente, un lugar de privilegio donde afloran los mejores sentimientos y educamos nuestra sensibilidad. Aquí el arte religioso es siempre actual, ya que él está por encima de las épocas y las modas, donde sigue latiendo el corazón de la existencia en ferviente espíritu. Esta belleza estética vierte en el mundo esa sal de la que nos habla el Evangelio, sin la cual la vida es insulsa. Es ese arte que suscita la belleza, sin la cual no habría nada que hacer en la tierra, porque tal belleza, introduce a Dios en el alma, como presencia ardiente que ahonda allí sus raíces.

    Sí, Asís es la ciudad alegre del “Poverello”, la ciudad arte y espíritu, donde Francisco, heraldo y poeta de Dios, compuso su bello y sublime “Cántico de las Criaturas”.  Cántico espiritual y valioso documento literario del naciente romance italiano. Todo aquí es fascinación y santidad. Ningún otro lugar está tan penetrado de la santidad de un hombre, que puso todo su ideal en ser otro “Alter Christus” -otro Cristo-, viviendo pura y simplemente el Evangelio a “la letra y sin glosas”, llevando en su vida, la Alegría, la Paz y el Bien, con autenticidad de vida, hasta merecer llevar en su cuerpo, los estigmas de las llagas de Cristo.

    Vistas las cosas hoy, necesitamos un nuevo Francisco que con sus impulsos nos traiga una nueva renovación. También necesitamos el arte de la Santidad que él tuvo, como camino para llegar a un mundo nuevo, un mundo mejor, donde impere la bondad, la sencillez y los valores evangélicos.  La naturaleza espera gimiendo que su belleza sea salvada a través del hombre hecho santo, imagen de Dios.  El arte de Francisco, el “Hermano de todos”, puede ser un norte de revelación, no sólo en la armonía del arte espiritual, sino también, en esa búsqueda y ansiada belleza, de la renovación de nuestro arte actual, ya que el arte de hoy, expresa la angustia desesperada  de del que pide un milagro salvador. Milagro que sólo nos vendrá, cuando miremos la belleza con la mirada virginal de una santo.