En una visión teológica de fe, las cosas ya existían antes de la gran explosión cósmica, de hace más de esos quince mil millones de años que nos hablan los científicos. Todo estaba ya en el corazón de Dios. Porque “de El venimos y hacia El vamos”. Mucho antes Él ya había llenado de belleza y armonía la creación entera. En su mente el arte fluía en todo, como sello indeleble y firma del gran artista: Dios. La explosión sólo fue el día fijado para colgar en la galería del universo, toda la obra realizada por su autor en el taller de la mente divina. Y en ella todo era esplendor, magnanificencia, pulcritud, inmensidad, luz y color, armonía y belleza sacra, símbolos de presencia, revelación del misterio… “Y vio Dios que toda la obra artística era bella y buena” (Gen. 1, 10).
Pero toda esa belleza universal, presente en la naturaleza que contemplamos, no fue creada para la ostentación de un lujo, o para impactar al adversario. Aquí todo tiene sentido de vida y revelación, de presencia amorosa y don sublime, de solemne Palabra o Logos de vida que manifiesta y anuncia lo finito del infinito. Todo está proclamando esa manifestación gloriosa de la eterna divinidad. En verdad, toda la naturaleza como el cosmos entero es una obra perfecta de arte divino, que responde a la idea suprema que Dios tiene en su mente. Él, imprimió en todas las cosas pinceladas de infinita belleza, en total semejanza con las perfecciones divinas. Todas reclaman un intelecto perfecto, con presencia y aleteo del Espíritu divino.
El cosmos, la naturaleza, el arte, el hombre, las cosas; todo es génesis, imagen e iconos sacros que proclaman ab aeterno, presencias de la divina belleza. Como respuesta, la naturaleza se renueva y se reviste cada día de belleza y arte, al tiempo que se hace contínuo cántico de alabanza, armonía y dignidad; cada día celebra en su seno nuevas bodas llenas de fecundidad y de vida, engendrando e infundiendo impulsos vitales pletóricos de existencia, prolongando la vida y llenándola de presencias y gloria divina.
También en el hombre Dios ha infundido una luz virtuosa sobrenatural a modo de semilla o fermento de belleza, engendradora de armonía y arte. Y no se la ha concedido para “meterla debajo del celemín”, sino para ponerla en lo más alto, cual faro de luz, que irradie destellos engendradores de una creación más perfeccionada. Y a la perfección se llega con esfuerzo y sacrificio, con reflexión y búsqueda sincera, abiertos a lo bueno, a la fe y al misterio. Lo banal, lo efímero, lo engañoso, como la vacuidad o el absurdo, son falacias que falsifican la verdad y la belleza. Pues sólo cuando las obras se revistan de pureza y de verdad, la creación verá cumplida la misión encomendada. La verdad de su arte será realidad de algo más sublime. Será una manera propia de revelar lo divino que lleva el hombre, impreso en el ideal de su conciencia. Su arte se volverá teológico, casi sacralizado, trascendental. No será una religión, pero llevará al mismo fin. Se elevará sobre la naturaleza y su arte será obra del Espíritu, donde brille la verdad, la bondad y el bien.
Dicen que la naturaleza lleva en sí misma un germen de equilibrio que contrarresta las fuerzas del cosmos haciendo posible la vida del ser humano. También aquí toda la naturaleza no sólo se hace amiga del hombre, sino que se vuelve paradigma de arte, belleza y armonía. Arrancarla esos secretos en íntima mistagogía, sería revelar misterios que hablan de verdades más profundas. Misterios que siguen impresionando al hombre, ya que desde la prehistoria hasta nuestros días, el ser humano siente la necesidad de imitarla y de superarla. El arte es siempre superación, nunca debe ser regresión. Dejarnos arrastrar por la plaga de un arte errático dominado por la disonancia y vacuidad, es destruir la historia, la belleza y el valor del arte que primordialmente es espiritual.
Para el hombre, el arte sería imposible si no existiera la naturaleza. En ella está el origen y la fuente inspiradora que refresca la sed insaciable que el hombre tiene de belleza. De ahí que el ser humano esté en continua comunión con ese profundo espíritu creador que late en su viva interioridad. Acude a ella porque es original, ya que nadie es original, y sólo en ella encuentra ese arte encarnado en la realidad. Millones de veces se ha revestido de belleza para el hombre, ofreciéndole sorpresas de originalidad. Sin embargo, la belleza artística creada por el hombre es muy superior a la natural, porque emana del espíritu, que es siempre más elevado que la naturaleza. La misma belleza del mundo físico no tendría valor sino fuera reflejo de la belleza del Espíritu. Los teólogos dicen que sólo hay verdadera belleza cuando se participa del espíritu y engendra el espíritu. La verdad no existiría si no se nos manifestase o revelase. El arte no es la verdad, pero ilumina a la verdad, llena de luces la inteligencia y la abre a una sabiduría más sublime, porque el arte es encarnación del espíritu, ese espíritu que es origen y génesis del divino Espíritu.
Ante el arte el hombre se vuelve idealista y sueña al igual que Ulises, con la Itaca eterna, hacia la que avanza siempre atravesando el mar informe de la materia, hasta establecerse en la feliz orilla de la perenne eternidad. Para el hombre cada ensayo artístico condensa las experiencias del tiempo y la belleza. De ahí que “haga de la experiencia de la belleza terrestre, auténtica reminiscencia de la belleza eterna”; dice Platón, “Pues cuando buscamos la belleza regresamos a nuestro hogar”. (Platón. Banquete 211. a-b. Citado por J. Plazaola. Introducción a la estética. Universidad de Deusto. Bilbao 1991. pág. 30 y 322). La belleza tiene una oculta relación con nuestra alma, la llena de armonía y perfecciona su ideal. Es constante estímulo de perfección e ideal fascinante para irradiar las perfecciones divinas impresas en el alma.
Sería una profanación si dijéramos que en la belleza natural está resumido todo. “La belleza de la naturaleza no es lo último; sólo es el heraldo de una interior y eterna belleza” (Emersón R. U. Ensayos y discursos. Citado por Plazaola, o. c. p 357). Como sería un enorme error si el hombre viera la belleza de la naturaleza y no se preguntara por su verdadero autor. Ocultaríamos la verdad y multiplicaríamos los ídolos llenando nuestra vida de inútiles fetiches. El ser humano ha sido creado para algo más que la belleza exterior. Su destino es la integración total con la Belleza divina. De ahí que el ser humano debe estar siempre en continua búsqueda de la verdad, que va unida siempre al bien y la bondad, fundamentos que nos elevan a la Belleza sublime. Solo la belleza de lo verdadero es la que creará espacios liberadores de gracia y bondad, como preludio de aproximación a la belleza del alma, reflejo de la Belleza de Dios.
Los nuevos éticos o maestros del moderno ethos (relación persona-naturaleza), amantes del naturalismo, intencionadamente nos están desviando de todo lo que tiene sentido espiritual. La vocación del ser humano es ser maestros y dominadores de la naturaleza, pero nunca para idolatrarla ni tampoco para desintegrarla. Aquilatar el arte, la belleza y la naturaleza hasta un idealismo vaporoso, es correr el riesgo de caer en la nada (nihilismo). Hay que ser realistas. El hombre pertenece a lo real y a lo espiritual. Descubriendo lo real estaremos autodescubriéndonos, pues el ser humano es parte constitutiva del todo. Sólo ascendiendo de lo real a la belleza, llegaremos al sentimiento espiritual. Lo que nos invita a pensar que se impone, cada vez más, una revolución y búsqueda del arte espiritual. Lo que más se echa de menos en el arte actual, es la falta de ideas y de espiritualidad que eleven y liberen nuestra vida, frente a la vacuidad y disonancia del arte actual.
El hombre siempre ha sido creativo, artífice y fecundo; fecundidad que le ha llevado siempre a la búsqueda de lo trascendente, del contacto con lo divino. Desde la antigüedad el hombre ha luchado por salir del anonimato, para encontrar, mediante el arte, una relación con el misterio que le ayuda a celebrar la vida. Dios está en el corazón del universo y el ser humano se siente integrado en él, sediento y anhelante de alcanzar la filiación divina. Justo es que nuestro arte se espiritualice y exprese, mediante imágenes la sublime Belleza que le habla de Dios. Es en el espíritu donde impera otra realidad más alta. Es la verdad y el bien el que libera el interior del ser, es la belleza la que proyecta en el alma el verdadero gozo exterior, sustancial, sólido y lleno de viva realidad.
Si estamos huérfanos de belleza es porque necesitamos urgentemente una purificación. Necesitamos un nuevo Jordán que lave las manchas de nuestro arte de fealdad. Abandonar este desierto árido, desolador y ausente de belleza. Volver a la tierra prometida que mana belleza, armonía, dignidad y posibilita una vida animada por el gozo y la verdad. Volveremos a nuestro hogar cuando hagamos de lo espiritual y divino el centro de nuestro arte. Es necesario liberarnos de la perversión de un arte sin alma que deambula sin oriente. Sólo el cristianismo se liberó de la iconoclasia cuando mostró con bellas imágenes a un Dios encarnado y viviendo en carne mortal entre nosotros, un Dios que se hizo icono vivo en los mártires, en los santos y en todo hombre que vive lleno del espíritu de Dios, que busca e irradia esa belleza del arte que hace a Dios el centro de la vida. Los místicos cristianos dicen que “Dios está en el centro del alma”, porque ella es imago Dei, imagen del Dios viviente.
domingo, 13 de diciembre de 2009
EL ARTE DE DIOS EN LA BELLEZA DEL ALMA
Hablar o pintar el
alma es entrar dentro de lo espiritual, de lo intangible e invisible. También
nuestros pensamientos son invisibles e intangibles, pero se hacen manifiestos
al hablar, aunque a su vez la voz también sea invisible, pero el oído nos lo
hace perceptible en nuestro interior, pasando así, de lo invisible a lo
sensible y visible, haciendo posible que nuestro espíritu conozca los
pensamientos y sentimientos de lo que es invisible e intangible. Y siguiendo
este mismo razonamiento, el alma que es invisible y espiritual, se manifiesta
en nuestro exterior a través de sentimientos, expresiones, movimientos y
actitudes corporales, abriéndonos al conocimiento de lo invisible mediante lo
visible.
Que este arte de la belleza del alma, se haga epifanía de Dios que ilumine de nuevo la imagen que nos hace ver mejor a Dios, especialmente a través de su palabra que trasciende toda sensación espiritual. Las bellas imágenes de los santos son las que traducen mejor el esquema espiritual de su experiencia de fe. Que ellas nos sirvan de luz interior que trasforme nuestra fragilidad humana, en auténtico recuerdo viviente de Jesucristo, que destruirá la vacuidad de otras imágenes que nos alejan de Dios. Nadie como los santos nos revelan el sentido estético de la belleza espiritual y su relación con el misterio de Dios.
No
obstante, reconocemos que retratar el alma como retratar a Dios, es imposible
representarlos adecuadamente, ya que pintar lo que no tiene forma visible, es
pintar lo que carece de imagen y color. Pero Dios se nos ha revelado encarnado
en la persona de su Hijo. Dios se hizo
hombre en Cristo y en su imagen vemos visiblemente el icono del que forma parte
del Dios invisible. Y partiendo de aquí, la Iglesia hace objeto primordial de
la pintura cristiana a Cristo, el hijo de María, al que el Evangelio nos presenta lleno de gracia y fuerza espiritual, cual
taumaturgo que cura enfermos, resucitando muertos, lleno de luz celeste en el
Tabor, como también resucitado y ascendido a los cielos, pletórico de vida y esplendor
en su nueva existencia.
Este es el punto del que queremos
partir: por medio de las obras artísticas, sensibles y visibles, ascender a la
contemplación de lo invisible y espiritual. Esto nos invita a dar otro paso más,
para llegar a ver corporalmente mediante expresiones y símbolos, la santidad de
la persona. El arte tiene ese poder mistagógico de revelar mediante formas la
realidad santa, no en sí misma, sino de manera misteriosa, como en un espejo en
el que vemos la imagen visible, no tangible, reflejo y semejanza de la imagen
real de la persona, aunque la figura de nuestra tosca naturaleza diste mucho de
la belleza y perfección espiritual del alma.
De ahí la gran importancia que tiene en
la vida espiritual, el que el hombre sepa armonizar las bellas cualidades y
virtudes de su alma con los hermosos rasgos de su interioridad y exterioridad, para
llegar a configurarse con la viva imagen del alma santa, creada por Dios, la
que constituye el espectáculo más bello que admirar se pueda. Después vendrá el
arte y nos ofrecerá ese instante místico lleno de espiritualidad. Sólo quien
contempla en la belleza la medida eterna, puede gozar mesurada y bellamente esa
presencia de lo divino. El arte se constituye aquí en el heraldo de gran
sabiduría, en el músico virtuoso y creador de armonía, pues a través de su
sabiduría artística y llena de color, nos ofrece la armonía más bella y elevada,
transformada en arte de belleza espiritual.
El verdadero retrato del hombre es la obra
maestra del divino y eterno artista. Reflejar el hombre interno en la viva
imagen de Dios, donde el puro espíritu se hace visible en la estatua que
representa al hombre, hecho imagen de Dios viviente entre los humanos, es el
buen trabajo del artista. El retrato de belleza espiritual tiene que
trasmitir destellos del hombre transido de espíritu y aflorando en su
naturaleza la presencia de lo invisible. Hacer que la gracia corporal se haga
auténtica gracia del espíritu y surja el hombre verdadero, oculto en el
interior que se revela al exterior, animado por el principio vital de la
belleza que vive en el alma, donde el
hombre se hace todo pneuma habitado por
la gracia divina.
En los modelos de los grandes maestros
de la pintura, se nos muestra al santo en total semejanza con Dios, sellada en su faz e imprimiendo
gestos de belleza divina que viven en su interior y sólo él sabe vivirlos en
esa contemplación de lo celeste. Así, cuando pintan la cabeza, como esfera
celeste, irradian la belleza perfecta de la gracia. Y en sus ojos pneumatizados
se manifiestan todos los matices de la vida espiritual, en contínuo diálogo con
el trascendente que sólo él sabe intuir en éxtasis de belleza. La boca
arqueada, como iris de multicolor belleza, actúa como miembro del logos que encarna
pensamientos de intenso amor en indecible dulzura. Pocas veces se pinta el
corazón, pero su cuerpo late enfervorizado a impulsos de de amor espiritual.
Las delicadas y artísticas manos, hablan por sí mismas como símbolos estigmatizados
en permanente donación. Todos los miembros se muestran en nobleza y perfección,
en armonía y belleza, como corresponde a tal dignidad, haciéndonos ver el
sentido del hombre nuevo que vive ya en la dimensión de lo celeste. Estos retratos de belleza que
trasmiten paz, no sólo dialogan con el
espectador, le conmueven en su interior, llevándole a la oración y contemplación,
sino que hacen sentir la belleza del espíritu y crean momentos doxológicos de
unión con el trascendente.
Sólo el hombre es el único ser viviente
que de las formas externas y sensibles puede concebir la armonía, la gracia y belleza
espiritual; como es el único capaz de contemplar y admirar la belleza exterior,
llenarla de luz y color, recreándola con capacidad para elevarnos hasta el
conocimiento de lo divino. Sólo los que tienen ojos sabios distinguen esas
matizaciones sutiles y espirituales que el artista ofrece a la contemplación. Como
sólo los ojos de bondad perciben en su interior la fuerza expresiva de la
imagen espiritualizada. Hoy se precisa urgentemente purificar nuestros ojos
para ver en el arte de Dios la belleza del alma, con frecuencia ausente en el
arte actual. El cristal opaco de un arte deforme nos impide que “el ojo del
espíritu” pueda disfrutar y contemplar estéticamente
ese arte sublime cuasi de naturaleza divina.
Nunca debió alejarse la Iglesia de
este arte. Pues en la medida que se dejó seducir por los modernismos
inexpresivos, presentando figuras con enrarecido hieratismo, frías, a veces
vacías y sin contenido, donde las imágenes distorsionadas presentan una
realidad deformada, inerte de espíritu, con escaso mensaje espiritual, más bien
pieza exóticas de museo que de iglesia, sin aleteo de presencia numinosa del
espíritu, donde la indiferencia se adueña sin provocarnos plegarias y deseos de
unión espiritual. Este arte aleja más que atrae al fiel devoto. Tal vez sea
esta la causa que nos ha llevado a esa ausencia del arte de belleza, por el que
el Papa actual pide reflexión a los artistas para hacer que vuelvan a ese arte
espiritual que mejor nos comunica con el trascendente.
El retrato como las imágenes de obras
sacras nos elevan por sí mismas el espíritu, al tiempo que nos sugieren la
bellaza pura, inmaterial e infinita que
nos lleva a Dios. “Deja que tu alma se conmueva, dice San Gregorio, al
contemplar las bellas imágenes de los mosaicos y los magníficos frescos, que
adornan las paredes, como si fueran mudos discursos celestes, plasmados en
imágenes y color” (S. Gregorio de
Nisa. Elogio de San Teodoro. PG. 46,747). Si la Iglesia progresó en fecundidad de mensaje expansivo, fue sin
duda por las obras de arte, donde la belleza se trasmitía al alma, convirtiendo
los objetos en espejos de hermosura divina y los espacios en arquetípicos
evangelios de la Palabra. Y en las grandes revelaciones del arte, la belleza
religiosa llenó el espíritu del hombre en verdadera catarsis y presencia del
Espíritu de Dios, hasta hacerle entrar en éxtasis espiritual de belleza y
conversión.
La belleza espiritual del arte, hay que
vivirla en la Iglesia como una nueva revelación donde la palabra y la imagen
estén íntimamente unidas, porque la misma Palabra es ya Imagen de Dios, imagen
de gracia, de presencia y de salvación. En el retrato e imagen de Cristo se
confirma más la Sagrada Escritura, de que nuestro espíritu ha sido creado a
imagen y belleza de Dios. Si llevamos impreso ese deseo de belleza espiritual,
es porque Cristo ha realizado ya ese
proyecto de santifica-ción en nosotros, la mayor belleza. Por eso el que
ha comprendido el significado de la encarnación, la pasión y la resurrección
del Verbo de Dios, lo ha comprendido todo, pues en Él está la verdad del
cosmos, el sentido del ser humano y el destino de toda la creación. Desvirtuar la
imagen de esa belleza, es profanar la obra de Dios “No profanéis vuestra imagen
santa, obra del Creador, que es templo de Dios” (Lev. 22, 32). “No convirtáis la casa del Padre en casa de
mercado sucio” (Jn. 2, 16).
Que este arte de la belleza del alma, se haga epifanía de Dios que ilumine de nuevo la imagen que nos hace ver mejor a Dios, especialmente a través de su palabra que trasciende toda sensación espiritual. Las bellas imágenes de los santos son las que traducen mejor el esquema espiritual de su experiencia de fe. Que ellas nos sirvan de luz interior que trasforme nuestra fragilidad humana, en auténtico recuerdo viviente de Jesucristo, que destruirá la vacuidad de otras imágenes que nos alejan de Dios. Nadie como los santos nos revelan el sentido estético de la belleza espiritual y su relación con el misterio de Dios.
jueves, 5 de noviembre de 2009
CRISIS DE DIOS EN EL ARTE
Bien conocida es la crisis social que
estamos padeciendo, de la que aún no sabemos cuando saldremos. Lo doloroso es
que los que la padecen más terriblemente son siempre los humildes y los pobres
trabajadores. Una mala administración nos ha llevado a estas consecuencias fatídicas
de daños imprevisibles Pero aún más grave que esta crisis social es la crisis espiritual, la crisis de las ideas religiosas,
la crisis de la belleza de Dios. Esta arranca de la falta de fe. Cada vez hay
más gente que se declara no creyente, “falto de oído y fe hacia lo religioso”, “falto
de todo sentido hacia Dios”, gente atea, agnóstica, cuando no indiferente o no
practicante
A lo largo de la historia siempre han existido crisis religiosas, como han existido personas y filosofías, escuelas y tendencias, con marcado acento perverso y antirreligioso declarando la muerte de Dios. No han faltado también seudo-científicos que declararon la destrucción del Reino de Dios, como no han faltado filósofos modernos, quienes en boca de Nietzsche remedaron y proclamaron a gritos el: “Dios ha muerto”. Grito vacuo e inerte que tuvo eco en ese crepúsculo negro de la Modernidad, inaugurando el reino de las tinieblas. Años más tarde, con alaridos de apestados prolongará también el existencialista J.P. Sartre en sus ideas filosóficas la muerte de Dios, queriendo penetrar, aunque precariamente, sobre la esencia del misterio, sin dejar los túneles tenebrosos del ciego enigma, queriendo aclarar la esencia y existencia.
También el mundo del arte se ha dejado seducir, incluso en parte se alimenta de estas filosofías como focos de identidad personal y cósmica, que son pura ilusión dañina y gravosa, reflejo de la ausencia de la belleza de Dios, donde se rompe y extorsiona el símbolo de comunión entre la comunidad humana y el trascendente divino, dando lugar a la desunión, el desgarro, la perturbación, el vacío y el sinsentido, ya que desaparece la belleza del misterio que nos iza a Dios. Ahora, estamos como suspendidos del vacío y sin ideas. Nos quema el fuego del Nirvana. Hemos entrado en el apagón de la luz y estamos huérfanos de belleza. Queriendo ser como dioses, hemos caído en la supina ignorancia y en la estulta sabiduría.
Como resultado, el Dios de la Belleza artística ha desaparecido y la crisis de belleza se hace cada vez más agravante, no parece sino que hemos entrado en el reino del mal. De pronto, ese mal se ha revelado y se ha encarnado en el verbo del arte vacío, bien adornado de cortinas de humo para esconder el falso Nirvana que hay en su mundo, cuyo fin es alejarnos de esa infinita belleza que manifiesta la luz y la esperanza que nos viene de lo alto.
Hace algunos años, el erudito George Steiner ya lo anunció claramente, a propósito del pensamiento y el arte de los últimos tiempos. Lo que aparece y actúa en ellos “no es sencillamente un olvido, sino un teísmo negativo, un sentimiento particularmente intenso de la ausencia de Dios, o para ser más precisos, de Su retroceso. El “otro” se ha retirado de lo encarnado, dejando inciertos rastros profanos o un vacío que sigue resonando con la vibración de la partida. Nuestras obras estéticas exploran el vacío, la vacua libertad que llega de la retractación (Deus absconditus) de lo mesiánico y lo divino”.
Si las obras de creadores de otro tiempo “representan la epifanía de una presencia real”, las de muchos creadores de nuestro tiempo, revelan, con no menos autoridad, “su encuentro con una ausencia real... donde hay una “teología cero” de lo “siempre ausente... La densidad de la ausencia de Dios, el límite de presencia de esa ausencia no es un giro dialéctico vacío... Es este “estar-allí” ausente, en los campos de concentración, en el baldío de un planeta mancillado, lo que se articula en los textos maestros de nuestra época”. (Georges. Steiner Presencias Reales. 2ª edición. Barcelona 2001, pp. 288-290).
Muchos creen que nuestro arte religioso, de seguir estos caminos, corre seriamente el peligro de ser fagocitado por ese arte del vacío, de la tiniebla, del arte fúnebre y de muerte, sin fe, sin belleza, sin ideas, opaco y ridículo, cuando no blasfemo; ya que, aunque no lo queramos, nosotros también estamos en el silencio fúnebre, del “funeral por nadie”, “ridiculizando la religión”, en la que se entonan desafinadamente “cánticos de credos muertos”... Apartémonos de este “brutal enigma del fin”. Salgamos de este interminable viernes de dolor y demos paso al domingo glorioso de una nueva resurrección. No nos apuntemos más a la fila de los que han dado la espalda al alba y el mediodía del arte de belleza, el arte sacro de presencia de Dios. Que se haga encarnación viva la belleza del Logos hecha arte canónico como objeto de amor y esperanza cumplida.
En multitud de lugares la Biblia llama a Cristo “esplendor de la verdad, imagen luminosa de la gloria de Dios”, dándonos a entender que El es la impronta de todo, en cuya imagen “se encarnó el Verbo, el Logos”. En la imagen de ese Hijo de Dios está la expresión por antonomasia de la divinidad. En El se hizo visible la Luz divina que lo llena todo de verdad. En El se nos reveló lo que hay de más íntimo, sagrado, espiritual, eficaz, profundo y bello, se manifestó como imagen de Dios revelada en la figura humana; se hizo bondad, pensamiento, voluntad, acción, amor, belleza inagotable. Toda su vida humana fue acción, predicación, pasión y resurrección, pura expresión de Dios en revelación con la fuerza invisible y eterna del Creador.
Si el universo entero aparece como obra artística de Dios, inspirada y arrebatadoramente bella, cuánto más debe brillar la luz de la hermosura en la imagen de Cristo y cuanto le rodea, ya que El es el hombre puro y santo, resumen de ese “ser imagen de la creación y compendio de la revelación, tanto de Dios como del hombre”. La Iglesia y los creyentes siempre hemos visto en El la autoexpresión viviente de Dios, el himno que resuena desde la eternidad como cántico matutino que glorifica la divinidad del Creador; sinfonía de luz que nos revela vivas presencias de Dios en infinita belleza; arquetipo manifestado como perfecto estrado donde Dios está siempre presente y revelado.
Olvidar y abandonar esta multiplicidad de arte y de belleza, como presencia de Dios, concebida como el lugar de la alianza entre Dios y el hombre, lugares llenos de luz y de paz, de pura autenticidad y armonía, como acontecimientos reveladores y paradigmas de lo escatológico, para aliarnos con un arte efímero, vacío, triste, desgarrado, sin belleza, sin fe, envuelto en sombras de muerte, sin horizontes de esperanza y a veces con visos o expresiones blasfemas o ateas, sería un pecado en similitud al de los soberbios ángeles que abandonaron a Dios. Volver al arte de belleza es no sólo nuestro deber, es volver a la tierra nueva y al cielo nuevo, donde todo es luz y presencia del edén celeste, donde Dios se nos revela mejor, se hace más visible, más Palabra, Verbo que se encarna en lo profundo de nuestro espíritu.
Una Iglesia sin arte espiritual y de belleza, no sería Iglesia. En un mundo donde lo espiritual se desprecia y se ha perdido la capacidad de ver la belleza, de contar con ella, relegando su fuerza atractiva para mirarse en ella, es un mundo que conduce a la nada, un mundo idolatrado de sí mismo, que sufre la influencia dominante del vacío, carente de sabiduría celeste. Cuando el conocer se aparta del contemplar la belleza, se está renunciando profundamente a la comunicación del Trascendente. Los falsos trascendentes son “abortos mecánicos”. Lo que supone que el ser humano se vacía de su contenido esencial, pierde su raíz celeste, su sentido sagrado, alejándose de Dios y cayendo en el ser desnaturalizado, rodeado de la nada y en el vacío de la muerte.
Perder la belleza es como perder la espiritualidad del alma. La belleza cósmica exterior nos sirve de logro transfigurante. “La belleza salvará al mundo” (Dostoievski). Pero también los nihilistas como los ateos la necesitan, aunque sólo para idolatrarla. En el icono de Cristo, como en el de la Virgen y los Santos, se ha manifestado la belleza espiritual. El Evangelio de San Juan ve el milagro de la Encarnación como la revelación de la Belleza, porque tal belleza introduce a Dios en el alma para hacerla semejante a Su Belleza. “La naturaleza entera espera gimiendo que su belleza sea salvada a través del hombre hecho santo” (Ro. 8, 22).
A lo largo de la historia siempre han existido crisis religiosas, como han existido personas y filosofías, escuelas y tendencias, con marcado acento perverso y antirreligioso declarando la muerte de Dios. No han faltado también seudo-científicos que declararon la destrucción del Reino de Dios, como no han faltado filósofos modernos, quienes en boca de Nietzsche remedaron y proclamaron a gritos el: “Dios ha muerto”. Grito vacuo e inerte que tuvo eco en ese crepúsculo negro de la Modernidad, inaugurando el reino de las tinieblas. Años más tarde, con alaridos de apestados prolongará también el existencialista J.P. Sartre en sus ideas filosóficas la muerte de Dios, queriendo penetrar, aunque precariamente, sobre la esencia del misterio, sin dejar los túneles tenebrosos del ciego enigma, queriendo aclarar la esencia y existencia.
También el mundo del arte se ha dejado seducir, incluso en parte se alimenta de estas filosofías como focos de identidad personal y cósmica, que son pura ilusión dañina y gravosa, reflejo de la ausencia de la belleza de Dios, donde se rompe y extorsiona el símbolo de comunión entre la comunidad humana y el trascendente divino, dando lugar a la desunión, el desgarro, la perturbación, el vacío y el sinsentido, ya que desaparece la belleza del misterio que nos iza a Dios. Ahora, estamos como suspendidos del vacío y sin ideas. Nos quema el fuego del Nirvana. Hemos entrado en el apagón de la luz y estamos huérfanos de belleza. Queriendo ser como dioses, hemos caído en la supina ignorancia y en la estulta sabiduría.
Como resultado, el Dios de la Belleza artística ha desaparecido y la crisis de belleza se hace cada vez más agravante, no parece sino que hemos entrado en el reino del mal. De pronto, ese mal se ha revelado y se ha encarnado en el verbo del arte vacío, bien adornado de cortinas de humo para esconder el falso Nirvana que hay en su mundo, cuyo fin es alejarnos de esa infinita belleza que manifiesta la luz y la esperanza que nos viene de lo alto.
Hace algunos años, el erudito George Steiner ya lo anunció claramente, a propósito del pensamiento y el arte de los últimos tiempos. Lo que aparece y actúa en ellos “no es sencillamente un olvido, sino un teísmo negativo, un sentimiento particularmente intenso de la ausencia de Dios, o para ser más precisos, de Su retroceso. El “otro” se ha retirado de lo encarnado, dejando inciertos rastros profanos o un vacío que sigue resonando con la vibración de la partida. Nuestras obras estéticas exploran el vacío, la vacua libertad que llega de la retractación (Deus absconditus) de lo mesiánico y lo divino”.
Si las obras de creadores de otro tiempo “representan la epifanía de una presencia real”, las de muchos creadores de nuestro tiempo, revelan, con no menos autoridad, “su encuentro con una ausencia real... donde hay una “teología cero” de lo “siempre ausente... La densidad de la ausencia de Dios, el límite de presencia de esa ausencia no es un giro dialéctico vacío... Es este “estar-allí” ausente, en los campos de concentración, en el baldío de un planeta mancillado, lo que se articula en los textos maestros de nuestra época”. (Georges. Steiner Presencias Reales. 2ª edición. Barcelona 2001, pp. 288-290).
Son muchos los que en
la Iglesia piensan y ven en esta situación un reflejo de la época que
vivimos, sufriendo una desesperanza sin
precedentes La escasez de arte religioso significativo que padecemos, como
la ausencia de artistas preparados, carentes de ideas religiosas en la mayoría,
en total desconocimiento de la Palabra Sagrada, alejados de la fe y vivencias eclesiales; no es posible crear un arte de
belleza simbólico y con mensaje trascendente. No negamos el que tales artistas tengan
habilidad y conozcan bien su oficio, lo que negamos es su capacidad actual para crear el arte
sacro y de belleza religiosa. No se puede dar lo que no se tiene. Y quien no
tiene ni vive la fe, es difícil que pueda comunicarla. Si nuestros clásicos la
trasmitieron era porque no sólo la vivían, sino que eran también grandes
conocedores de las Escrituras, cuando no maestros y teólogos de la Palabra.
Muchos creen que nuestro arte religioso, de seguir estos caminos, corre seriamente el peligro de ser fagocitado por ese arte del vacío, de la tiniebla, del arte fúnebre y de muerte, sin fe, sin belleza, sin ideas, opaco y ridículo, cuando no blasfemo; ya que, aunque no lo queramos, nosotros también estamos en el silencio fúnebre, del “funeral por nadie”, “ridiculizando la religión”, en la que se entonan desafinadamente “cánticos de credos muertos”... Apartémonos de este “brutal enigma del fin”. Salgamos de este interminable viernes de dolor y demos paso al domingo glorioso de una nueva resurrección. No nos apuntemos más a la fila de los que han dado la espalda al alba y el mediodía del arte de belleza, el arte sacro de presencia de Dios. Que se haga encarnación viva la belleza del Logos hecha arte canónico como objeto de amor y esperanza cumplida.
En multitud de lugares la Biblia llama a Cristo “esplendor de la verdad, imagen luminosa de la gloria de Dios”, dándonos a entender que El es la impronta de todo, en cuya imagen “se encarnó el Verbo, el Logos”. En la imagen de ese Hijo de Dios está la expresión por antonomasia de la divinidad. En El se hizo visible la Luz divina que lo llena todo de verdad. En El se nos reveló lo que hay de más íntimo, sagrado, espiritual, eficaz, profundo y bello, se manifestó como imagen de Dios revelada en la figura humana; se hizo bondad, pensamiento, voluntad, acción, amor, belleza inagotable. Toda su vida humana fue acción, predicación, pasión y resurrección, pura expresión de Dios en revelación con la fuerza invisible y eterna del Creador.
Si el universo entero aparece como obra artística de Dios, inspirada y arrebatadoramente bella, cuánto más debe brillar la luz de la hermosura en la imagen de Cristo y cuanto le rodea, ya que El es el hombre puro y santo, resumen de ese “ser imagen de la creación y compendio de la revelación, tanto de Dios como del hombre”. La Iglesia y los creyentes siempre hemos visto en El la autoexpresión viviente de Dios, el himno que resuena desde la eternidad como cántico matutino que glorifica la divinidad del Creador; sinfonía de luz que nos revela vivas presencias de Dios en infinita belleza; arquetipo manifestado como perfecto estrado donde Dios está siempre presente y revelado.
Olvidar y abandonar esta multiplicidad de arte y de belleza, como presencia de Dios, concebida como el lugar de la alianza entre Dios y el hombre, lugares llenos de luz y de paz, de pura autenticidad y armonía, como acontecimientos reveladores y paradigmas de lo escatológico, para aliarnos con un arte efímero, vacío, triste, desgarrado, sin belleza, sin fe, envuelto en sombras de muerte, sin horizontes de esperanza y a veces con visos o expresiones blasfemas o ateas, sería un pecado en similitud al de los soberbios ángeles que abandonaron a Dios. Volver al arte de belleza es no sólo nuestro deber, es volver a la tierra nueva y al cielo nuevo, donde todo es luz y presencia del edén celeste, donde Dios se nos revela mejor, se hace más visible, más Palabra, Verbo que se encarna en lo profundo de nuestro espíritu.
Una Iglesia sin arte espiritual y de belleza, no sería Iglesia. En un mundo donde lo espiritual se desprecia y se ha perdido la capacidad de ver la belleza, de contar con ella, relegando su fuerza atractiva para mirarse en ella, es un mundo que conduce a la nada, un mundo idolatrado de sí mismo, que sufre la influencia dominante del vacío, carente de sabiduría celeste. Cuando el conocer se aparta del contemplar la belleza, se está renunciando profundamente a la comunicación del Trascendente. Los falsos trascendentes son “abortos mecánicos”. Lo que supone que el ser humano se vacía de su contenido esencial, pierde su raíz celeste, su sentido sagrado, alejándose de Dios y cayendo en el ser desnaturalizado, rodeado de la nada y en el vacío de la muerte.
Perder la belleza es como perder la espiritualidad del alma. La belleza cósmica exterior nos sirve de logro transfigurante. “La belleza salvará al mundo” (Dostoievski). Pero también los nihilistas como los ateos la necesitan, aunque sólo para idolatrarla. En el icono de Cristo, como en el de la Virgen y los Santos, se ha manifestado la belleza espiritual. El Evangelio de San Juan ve el milagro de la Encarnación como la revelación de la Belleza, porque tal belleza introduce a Dios en el alma para hacerla semejante a Su Belleza. “La naturaleza entera espera gimiendo que su belleza sea salvada a través del hombre hecho santo” (Ro. 8, 22).
sábado, 16 de mayo de 2009
EL BEATO CLAUDIO GRANZOTTO: ARTISTA
También el santo es una obra de arte, en el que se compara a su vez con el artífice. Y todo hombre que vive en sí el arte de Dios, glorifica al artífice, y el artífice se glorifica en su obra, pues no somos nosotros los que creamos a Dios, sino Dios el que nos crea. De ahí que en la medida que colaboramos con Dios, más gloria recibimos, porque nos convertimos en instrumento de Dios. Cuanto más misterioso se revela Dios, más envuelve al hombre con su proximidad ardiente. El santo que vive integrado en la belleza de Dios, se transforma en el rostro de Dios, en icono de encarnación. De ahí que su arte sea signo luminoso que nos abre los ojos del corazón a la luz de Dios, a la belleza sublime que tanto anhelamos.
Claudio Granzotto.
Amadísimos hermanos y hermanas, junto con toda la Iglesia alabamos y damos gracias al Señor por los ejemplos luminosos de virtud y santidad que nos ofrece el beato Claudio Granzotto. Su vida fue un testimonio espléndido de la riqueza y la alegría de la vida consagrada. Después de haber buscado a Dios en el silencio, en la oración y en la caridad para con los pobres y los enfermos, fray Claudio supo expresar, mediante su arte de escultor, la profundidad de su alma franciscana, enamorada de la infinita belleza divina.
El beato Claudio indica a los jóvenes el esfuerzo por buscar la verdad evangélica y vivirla con su mismo entusiasmo, hallando en Cristo la inspiración, la energía y el valor de anunciarla a los hombres de nuestro tiempo. Sugiere a los artistas el espíritu de servicio, con el que pueden proponer el misterio inagotable de la encarnación de Cristo, a través del lenguaje del arte. Por último, dirige a los enfermos un mensaje de comunión y esperanza, invitándolos a ofrecer sus propios sufrimientos, en unión con el Crucificado, para el bien de la Iglesia y del mundo.
El ejemplo y la intercesión de este hijo humilde de Francisco de Asís aliente a cada uno a proseguir con fidelidad y constancia por el camino de la santidad, respondiendo generosamente a la llamada universal a la santidad y haciendo fructificar los dones recibidos del Señor.
Claudio Granzotto.
Amadísimos hermanos y hermanas, junto con toda la Iglesia alabamos y damos gracias al Señor por los ejemplos luminosos de virtud y santidad que nos ofrece el beato Claudio Granzotto. Su vida fue un testimonio espléndido de la riqueza y la alegría de la vida consagrada. Después de haber buscado a Dios en el silencio, en la oración y en la caridad para con los pobres y los enfermos, fray Claudio supo expresar, mediante su arte de escultor, la profundidad de su alma franciscana, enamorada de la infinita belleza divina.
El beato Claudio indica a los jóvenes el esfuerzo por buscar la verdad evangélica y vivirla con su mismo entusiasmo, hallando en Cristo la inspiración, la energía y el valor de anunciarla a los hombres de nuestro tiempo. Sugiere a los artistas el espíritu de servicio, con el que pueden proponer el misterio inagotable de la encarnación de Cristo, a través del lenguaje del arte. Por último, dirige a los enfermos un mensaje de comunión y esperanza, invitándolos a ofrecer sus propios sufrimientos, en unión con el Crucificado, para el bien de la Iglesia y del mundo.
El ejemplo y la intercesión de este hijo humilde de Francisco de Asís aliente a cada uno a proseguir con fidelidad y constancia por el camino de la santidad, respondiendo generosamente a la llamada universal a la santidad y haciendo fructificar los dones recibidos del Señor.
L'Osservatore Romano
martes, 14 de abril de 2009
EL BUEN GUSTO
Tener buen gusto es
tener gran visón humanística, dar poder
a los sentimientos elevados; dejar que
crezca la sensibilidad cultural que engrandece la persona; llenar la vida de
valores éticos, morales y espirituales, donde la armonía, la estética y la
belleza, afloran en todos los órdenes, al tiempo que se va creando el prototipo
ideal de la persona. El buen gusto enriquece al hombre con multiplicidad de
nobles sentimientos, le abre a la verdad y la belleza, al arte y la ciencia, al
gozo placentero de la virtud, al tiempo que actúa en su persona como elemento
cósmico y religioso que da sentido al misterio de la vida.
Queremos que nuestra reflexión
sobre el buen gusto nos abra caminos de belleza, que nos ayuden a salir y
luchar contra la cultura dominante del mal gusto que quiere imperar. Ya en el
siglo V antes de Cristo, Protágoras dijo que: “el buen gusto del hombre es la
medida de todas las cosas”, pero en nuestro tiempo, hay muchos empeñados en
invertir la visión de Protágoras, haciendo que: “el mal gusto de las cosas sean
la medida del hombre”.
No podemos cerrar los ojos ante
ese mal gusto. El arte hoy vive una crisis aún peor que la social que
padecemos. La crisis del mal gusto envilece la persona, deshumaniza la sociedad
y la hace groseramente rebajar su dignidad. Ahí está como prueba ese vandalismo
lleno de agresividad, la tosquedad de la xenofobia, la violencia organizada, el
gusto estragado que algunos exhiben, como signo sensible de la falta de cultura
y testimonio visible de la ausencia del buen gusto (Enrique González. El Renacimiento del Humanismo. BAC. 2003).
Y si nos fijamos en el arte, el
mal gusto no sólo ha roto la armonía de la belleza, sino que quiere arrasar,
destruir e imponerse como un nuevo estilo de vida, a costa de dejarnos
huérfanos de belleza. Lo terrible es que hasta algunos que se consideran como
intelectualmente preparados, les parezca bien estas manifestaciones del mal
gusto artístico e intenten que sean aceptadas por la sociedad, tal vez
premeditadamente, para destruir los mejores valores de nuestra civilización,
creando una cultura del vacío y de la muerte, en contraposición a la cristiana
y espiritual.
Cada día tiene más adeptos esta
cultura del mal gusto. El arte kitsch (palabra
alemana que define a ese arte del mal gusto), quiere de nuevo imponerse.
Incluso algunos hacen loas sobre ese arte tan vulgar de nuestro tiempo, para
que sea la estética ideal imperante de nuestro gusto. La osadía de este
movimiento, que exhibe un arte estéticamente considerado de lo más burdo y
empobrecido, vacío y moralmente dudoso, es intentar convertir la verdadera
estética en pantomima, desacreditándola de tal forma, que fácilmente se inocule
el mal gusto y ejerza poder sobre la persona (Valerio
Bozal. El gusto. Gráficas
Rógar, 1996).
Para los no entendidos en el arte, les diré que el diccionario artístico
define este arte como el más horroroso. Es el gusto por lo hortera y el placer
por lo horrendo. Diríase que es la esencia del mal gusto llevado a su máxima
expresión. Con hirientes colores en negro profundo, violetas y amarillos ácidos,
tonos apastelados y chillones, magenta en excesivo matiz, con totales
desajustes de formas y figuras, es su forma de expresarse. Sin embargo, sigue
habiendo algunos que quieren elevar a los altares todo aquello que nos hiere la
vista y flagela el criterio estético, porque su marcado fin es deseducar
nuestro gusto y conseguir el efecto contrario, hasta dejar que ese arte nos
atrape, cual película de terror, y se
habitúe en nosotros la estética de la perversión.
No es sólo este movimiento, junto
a él camina el Arte Camp, el Pop Art, el Nuovi Nuovi, el Arte conceptual, el
Arte abstracto, el Cubismo, el fauvismo, el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo,
vanguardismo y otros ismos similares.
Todos estos movimientos intentan crear
estructuras mentales que falsean la realidad, haciendo parodias que
ridiculizan la verdadera estética y el buen gusto. Son gritos alarmantes que
proclaman el descenso y bajo nivel de belleza de nuestro tiempo. No podemos ni
debemos dejar que se prostituya el buen gusto que eleva y dignifica la persona.
Y mucho menos debemos dejar que nos domine el arte del mal gusto, cambiando
nuestra pauta estética, para dejar que impere el arte decadente que quiere
constituirse en norma estética.
Si denunciamos este mal gusto es
porque queremos que vuelva la belleza auténtica del buen gusto, que humanice de
nuevo nuestro tiempo y nos llene los ojos de placer estético. Es necesario que
retornemos a la auténtica belleza
estética; que ella se constituya en el centro mismo de las relaciones humanas,
que llene nuestra vida y el mundo que nos rodea de viva armonía que da sentido,
alegra y sacraliza nuestra existencia.
El buen gusto en el ámbito de la
Iglesia ha sido siempre el criterio de valoración en el arte e iconos de
belleza, mostrando la preferencia del gusto que eleva y sublima nuestros
pensamientos, espiritualizando la vida hacia el trascendente. Tener y cuidar la sensibilidad del buen gusto,
como a su vez el sentido estético en el que florece la armonía y la belleza, es
contribuir a crear recintos sagrados, dejando que el sentido espiritual se
llene de placer estético, se universalicen los criterios de verdad, afloren las
ideas y sentimientos religiosos, donde la vida recupera los valores permanentes
y se historializa toda nuestra vida de sacra belleza.
Saber purificar el espacio de
nuestro gusto desde el ámbito de la Iglesia, es saber culturizar el tiempo y la
existencia apoyados en principios fundamentales, para que la vida recupere el
estrado de belleza perdido, superando el tiempo y espacio de ese terreno marcadamente
vacío. Luchar por hacer un mundo mejor, donde la tierra sea reflejo de lo
celeste, es la misión de la Iglesia. Mejorar la naturaleza artística mediante
el respeto y la armonía del buen gusto, es embellecerla, llenarla de criterios
de riqueza humanística que polarizan nuestra existencia.
Si en la Iglesia volviéramos la mirada a valores estéticos del medioevo, como también
al arte del renacimiento o del barroco,
descubriríamos fácilmente cómo aquellos hombres reflejaron con el arte del buen
gusto un oriente alentador, haciendo de la vida el ideal de búsqueda de la
belleza y perfección, ofreciendo a las generaciones futuras connotaciones con
sentido profundamente religioso, convirtiendo el tiempo y el espacio en lugar y
presencia de Dios. Su idea era hacer del mundo un templo de belleza y de
alabanza. En su concepción ordenaron el templo con estética y simetría, en
perfecta analogía al cuerpo humano bien proporcionado. De ahí que “el templo
recuerde al hombre tendido con los brazos en cruz, idea que lleva a pensar en
la imagen del Crucificado”, juntando a la vez armonía, belleza, buen gusto y
fe.
El que sienta hoy inquietud por
la verdad, la bondad, el bien y la belleza, fácilmente descubrirá que el buen
gusto se articula perfectamente con la gracia y la presencia del invisible;
fundamentos para que la vida se eleve a grados más sublimes, haciendo que la
existencia sea una mística del buen gusto que restituya las posibilidades de
entrar en ese mundo mejor, habitado por la armonía y en conexión directa entre
la gracia, lo sublime y el trascendente.
Se ha dicho de Sócrates que con
su “bien pensar y ver las cosas bellas, bajó la filosofía del cielo para que
habitara entre los hombres”. Sin duda
que la lámpara de sus pensamientos ha sido el mejor espejo, donde muchos
artistas se han mirado para iluminar sus
inspiraciones, ya que educando el gusto, la imaginación empieza a sustituir lo
que extorsiona la belleza y abre ventanas internas a la configuración de la
armonía, como cercanía de lo santo y perfecto.
El esteta Oliver Bruner señala el
“estrecho parentesco que existe entre imaginación y buen gusto”. Para él, tener mayor o menor delicadeza es lo
que distingue a un hombre culto de otro vulgar. A partir de esta estructura psicológica
podremos darnos cuenta la importancia del buen gusto frente a la inculturación
humana. Todo lo que es bello, gracioso y
bueno, incide siempre en nuestro gusto
ofreciéndonos placer estético, ya que llena nuestro ánimo de encantos y gratas
sorpresas.
Cuando miramos ese arte del mal gusto sentimos herido nuestro
interior, pues queramos o no, las imágenes de esos modelos dejan huellas en el
universo del ser humano; de ahí las reacciones colectivas del pueblo sencillo,
que sufre y experimenta en su mundo el vacío de la realidad amorfa. El arte
cerebral es individual, frío, calculador, mientras que el arte de la belleza y
del buen gusto es colectivo, dinámico, vibrante, sensible, está en contínuo
proceso de danza espiritual, en energía de misteriosa revelación. En ese arte,
el ser humano se siente integrado en el mundo de la armonía y la belleza
espiritual, como se siente unificado con todos los seres y en su belleza
descubre que es hijo del Supremo Hacedor.
Queremos y debemos recuperar el arte del buen gusto, volver a experimentar a Dios en lo más sublime de su belleza, sumergirnos en el misterio que nos rodea, dejar que la existencia se sienta circundada por lazos espirituales que nos unen al trascendente, que todo se haga puerta abierta para el encuentro, vitalidad de sacramento, vivencia mística de la unión, gozo revelador de la gracia, proclama de belleza y amor en autodonación.
Queremos y debemos recuperar el arte del buen gusto, volver a experimentar a Dios en lo más sublime de su belleza, sumergirnos en el misterio que nos rodea, dejar que la existencia se sienta circundada por lazos espirituales que nos unen al trascendente, que todo se haga puerta abierta para el encuentro, vitalidad de sacramento, vivencia mística de la unión, gozo revelador de la gracia, proclama de belleza y amor en autodonación.
domingo, 22 de marzo de 2009
LA BELLEZA DEL UNIVERSO
El hombre ya no
sabe mirar. Ha perdido la visión intuitiva del asombro. Está cerrando “el ojo
del espíritu” a la luz de la belleza que emana del universo creado por Dios. De
la admiración de la belleza cósmica, hemos pasado a mirar y comparar fría y
calculadoramente las estrellas y galaxias entre sí. El misterio se multiplica,
pero no la admiración de su belleza. Son los ojos de la fe los que mejor ven la
revelación y belleza del misterio. La luz teofánica es la que ilumina y da
sentido a nuestra vida. Alejarnos de la luz
del misterio es adentrarnos más en las tiniebla.
Que no sea la belleza efímera la que domine e imponga su gusto en nuestro tiempo. Los teólogos, como personas cualificadas en la belleza espiritual, nos dicen que el mundo entero es una teofanía que proclama la inmensa belleza de Dios. Y que todo el cosmos es una bella sinfonía que proclama la Belleza divina. Todo está hecho a imagen de Dios y el hombre es imagen del universo. La Iglesia entera celebra la belleza divina que sustenta las cosas, como reflejo del Espíritu divino, ya que Dios mismo nos conduce a la belleza pura de la verdad. El hombre en su microcosmos lleva el germen de un “logos poético de belleza”. Es el Espíritu de Cristo, el Espíritu de Belleza, el que le conferirá la belleza perfecta.
Se nos impone una reflexión, pues
cada vez tenemos los ojos más enfermos dominados por la sensualidad. Cada día estamos
más huérfanos de la belleza que engendra vida, a la vez que aumenta la
debilidad para captar la luz verdadera del espíritu. Nuestro gusto para mirar y
contemplar la belleza universal, como revelación y presencia de Dios, se está
quedando eclipsado por todo lo humano, efímero, caduco y terreno. Los altos
ideales por la conquista de la belleza, se han banalizado y rebajado a la
exigencia del aquí y el ahora.
Pero el cielo y la tierra, la
existencia y el cosmos, el misterio y cuanto existe, siguen proclamando, en
armónica sinfonía, al Dios presente y revelado en el universo; al que es
infinito y lleno de belleza divina. La creación entera es un himno de belleza,
una danza creativa de amor, luz esplendente engendradora de vida y armonía, espejo
donde se proyecta la imagen del trascendente, lugar donde cada ser cobra el
valor de mensajero, de presencia reveladora, de promesa amorosa y sacramental.
Todo es misterio de creación continuada. Todo es magisterio cósmico de la
Verdad, donde brilla la Belleza y la Sabiduría, en la inefable realidad que nos
rodea; donde todo está lleno de bondad,
de certeza y realidad del que todo lo sustenta: Dios. Dios lo llena todo y todo se hace vida y
realidad en su Templo, (suntuoso símbolo del paraíso). Lugar al que nunca
vamos, porque de él nunca salimos, ya que siempre estamos y moramos en él, pues
“en El vivimos, nos movemos y existimos” (Hech. 17, 28).
De forma muy distinta han mirado
los grandes pensadores de la humanidad al universo, donde para ellos, el cosmos
era la gran Belleza y reflejo de Dios. Platón decía que “el mundo era una
admirable sinfonía y cuyo resultado era la belleza” (En el Sofista,
228). Y Aristóteles va más lejos y dice que “la belleza
del mundo nos produce intenso conocimiento y gran éxtasis en el alma” (Met.
7.1072). Y siguiendo esta línea, Plotino nos recuerda que
“la belleza del mundo es arquetipo de la belleza del alma” (Enneades. I. 6,2). “Sólo el
universo es perfecto”, decía Cicerón (De nat. deor. II 14) Y San Ambrosio canta jubiloso la belleza de la creación (PL. 14,368s). El mismo
San Agustín nos recuerda, que “toda belleza procede y nos lleva a Dios” (Conf.
X 34-35). Y el docto seráfico San Buenaventura, nos anima
diciendo, que “nada deleita tanto como la belleza de Dios” (In II
Sent. 13 a). Y siguiendo esta línea podríamos hacer
una larga lista de pensadores tanto antiguos como más cercanos a nosotros, donde todos coinciden que el cosmos es la
gran revelación de Dios y donde Él se manifiesta lleno de esplendor y de
Belleza.
Y si consultamos al texto Sagrado
de la Biblia, desde sus primeras páginas deja bien asentado, cómo la morada de
Dios que gravita sobre la belleza artística que sus dedos habían creado, era
toda hermosa y bella (Gn 1, 31). Absolutamente bella, ya que Dios todo lo que hace es bueno y bello.
Él todo lo hizo para ofrecernos acordes de armonía y hermosura a nuestro
espíritu. Todo está sellado con el germen de su infinita belleza, a imitación
de su perfecta e infinita sabiduría, estableciendo el Reino de la Belleza como
sede del espíritu de la Belleza.
El hombre sin belleza no podría
vivir, ya que ella nos libera de la angustia de la vida, nos da satisfacción,
entusiasmo y nos evoca esa belleza infinita escrita en el corazón humano. La
belleza es la que nos sustenta el espíritu, la que proclama el “esplendor de la
verdad”. San Juan Crisóstomo dice que “la belleza es simiente de lo divino,
ágape arraigado en el corazón humano” (N. Cabasillas, p. 155). Y los SS. Padres dicen que “comunica
a la persona el esplendor de la santidad”. Toda la obra de Dios es trasmitir su
espíritu de belleza, para que penetre en lo más profundo de nuestro pneuma, esa
“poesía sin palabras”, y esa luz esplendente y reveladora que “ilumine a todo hombre que viene a
este mundo” (Jn. 1, 9). En ese sentido, la Vida y la
Luz se identifican con la Belleza, que nos llega como salida del “dedo de
Dios”, “resucitada y resucitadora”. El salmista lo canta bellamente a ritmo de
doxología: “Dios está revestido de belleza y esplendor” (Sal. 103, 1).
La pérdida de esta belleza en
nuestro tiempo tiene unas consecuencias muy serias. La falta de sensibilidad
por el buen gusto y la belleza, nos están llevando a la deshumanización y la
falta de educación, como al desprecio de la vida, la violencia y falta de
valores tanto humanos como espirituales.
Hoy se mete más ruido que nunca, se danza sin descanso y las horas de la noche
son pocas para la diversión; pero estamos viviendo una época triste, oscura de
belleza y de barbarie artística. Lo feo como contraposición a lo bello está de
moda, como lo estuvo en los tiempos bárbaros. Hasta se premian obras de mal
gusto y algunos fingen extasiarse ante figuras ininteligibles. Y cuando uno
dice no entenderlo, queda como ignorante, inculto, atrasado, dándole de lado.
Pero en realidad, la falta de belleza y armonía da pena, amargura, desazón, a
veces hastío.
Como contraposición, está el buen
gusto de algunos, que luchan por conservar y restaurar, para que no mueran las obras de belleza que nos
legaron los grandes Maestros. Incluso se intenta descubrir las bellezas ocultas
en ruinas o abandonadas, porque tienen la belleza de lo clásico y están llenas
de armonía, de símbolos y mensaje. Volver a contemplarlas en su originalidad,
es recuperar la alegría, la luz y la belleza. Hacer que la tierra recupere esa
iluminación de lo bello, para que los que nos precedan puedan recuperar el
valor de la auténtica belleza y dignidad. Sólo en la belleza, considerada como
luz y gracia, los humanos encontraremos el sentido de la vida, del gozo y la
verdadera dignidad humana. Hagamos lo posible para que la luz y la belleza
iluminen la vida sobre la tierra.
Y es que el sopor está haciendo
estragos. Es necesario recuperar la capacidad de admiración; ver mejor el mensaje cifrado establecido por Dios, en
esa fascinante belleza universal que nos circunda. El cosmos no es sólo un escaparate
o puente hacia Dios, es también el pacto en arco iris, que nos llena la vida de
belleza y señala la casa del encuentro con el infinito amor de Dios. Ya el Maestro
y místico Eckhart nos dejó dicho, “que sin el mundo, el alma no podría conocer
a Dios ni ser feliz”. El mundo está en revelación permanente, es un misterio
renovable con infinidad de sorpresas, una continua y nueva creación de belleza
avanzada, santuario de la manifestación gloriosa del que es la Vida, la Verdad
y la Belleza.
El ser humano necesita tanto de
belleza como de pan. No podemos cerrar los ojos a la belleza, como tampoco
cerrarlos al don de la imaginación, de la fantasía, la utopía, el sueño, la
emoción, el símbolo, la poesía del espíritu o la armonía de la belleza, con la
que Dios nos ofrece, en contínua alianza, el amor salvífico. Su Espíritu
gravita siempre en nosotros. Ya los antiguos místicos nos decían que “el
Espíritu habita la creación y renueva la faz de la tierra” (Sal. 103, 30).
El misterio se renueva y sigue
siendo misterio, pero grita en la Cruz y quiere revelarse, hacerse siempre encarnación
y resurrección. La mística evangélica es una mística de los ojos abiertos y las
manos operantes, siempre abiertas a la
revelación de la belleza y misterio. El encanto del misterio como el de la
belleza, es el que debe llenarnos de indecible arrebato. El misterio es el otro
lado y lo más profundo de la realidad, pero es también la puerta reveladora de
la Verdad y la Belleza. Nuestra fe es la que mejor penetra la realidad secreta
del misterio. El que está en el misterio y no experimenta el espanto, la
sorpresa o la admiración de la infinita belleza, es un vivo-muerto y sus ojos
se han cegado. Einstein decía que “el misterio de belleza es algo tan
fundamental en la vida, que la religión cósmica es el móvil más poderoso”. (En Cómo
veo el mundo).
Que no sea la belleza efímera la que domine e imponga su gusto en nuestro tiempo. Los teólogos, como personas cualificadas en la belleza espiritual, nos dicen que el mundo entero es una teofanía que proclama la inmensa belleza de Dios. Y que todo el cosmos es una bella sinfonía que proclama la Belleza divina. Todo está hecho a imagen de Dios y el hombre es imagen del universo. La Iglesia entera celebra la belleza divina que sustenta las cosas, como reflejo del Espíritu divino, ya que Dios mismo nos conduce a la belleza pura de la verdad. El hombre en su microcosmos lleva el germen de un “logos poético de belleza”. Es el Espíritu de Cristo, el Espíritu de Belleza, el que le conferirá la belleza perfecta.
jueves, 26 de febrero de 2009
EL DOMINIO DE LO FEO
Lo feo está de moda. Lo feo -lo carente
de belleza estética y a veces símbolo del mal-, es lo que domina en el arte. El
arte de belleza está de luto, pues se le intenta olvidar hasta darle la muerte.
Decir hoy “arte radical”, es lo mismo que decir arte misterioso, arte ocultista,
con el negro, como color de fondo. Se dice de él, que es un arte de aflicción,
de dolor, enigmático, de angustia y de muerte. Pero a pesar de todo, se sigue
imponiendo y desea llegar hasta el total triunfo. Por el contrario, a la
belleza armónica, imagen de la belleza celeste, le queda la cada vez más lejana
posibilidad, de que sus obras puedan llegar en el tiempo a ser de nuevo el
concepto de belleza que invite a los hombres a mirar a lo alto para ver de
nuevo las estrellas.
Los monstruos del Guernica, por más seguidores que tengan, dicen autores autorizados, como Ouspenski, William Congdon, Henrry Moore, entre otros, siempre serán un arte deformado, carente de belleza y sentido espiritual, amasado sin atisbo de aliento mesiánico. Ese arte sólo muestra la realidad mala con gritos sin esperanza. Pero la vida tiene también su belleza. Ese arte es fragmentario, caduco, irreal, sólo se ve el cosmos del revés, en negativo, en túnel oscuro y sin luz, sin la belleza del color, sin trascendencia. Hacer de ese arte un estilo de vida, de estética ideal, es quedarse en una belleza patológica, creadora de monstruos, con rostros anormales, carentes de sentimientos que inviten a la esperanza. Ese arte de Picaso, modelo de lo feo y deforme, podrá tener muchos seguidores que no sepan salir de ahí. Pero siempre será la proclama de la disonancia, como articulación y exigencia de un arte triste, que desconoce la belleza y la esperanza humana. Quedarse ahí, es hacer catarsis con ese viacrucis de lo feo, donde no se vislumbra un horizonte redentor. Sólo la belleza nos salvará, decía Dostoievski. Dios es la suma Belleza y su Belleza es inagotable de formas. Buscadla y viviréis (Amos 5, 4).
Desde hace varias décadas algunos
pensadores intentan establecer e implantar una filosofía de lo feo, como
contraposición a la armonía estética y a la bellaza. Desde Víctor Hugo, Eugene
Sue, Charles Baudelaire y otros, se viene filosofando con la intercambiabilidad
de lo bello por lo feo. Doctrina que
después fue adoptada como propia por el “socialismo romántico”, creando seres
de naturaleza monstruosa y a veces de mal gusto, pero con el deseo oculto de
destruir la belleza, reivindicando el derecho de lo feo y situándolo más allá
del bien y del mal moral. Sin escrúpulos de mezclas entre el bien y el mal, lo
bello y lo feo, poniendo sus ojos enfermos
y cuajados de visiones nocturnas pobladas de horror, oponiéndose frontalmente
al milagro de lo bello y lo trascendente, comenzaron su andadura, hoy repleta
de seguidores. Algunos ejemplos de estas criaturas monstruosas los tenemos en “El Cuasimodo de Notre-Dame” de París, el
“Triboulet de Le roi s´amuse”,
ocultando lo bueno y lo bello, para que aparezca la pátina de lo opaco y
repelente.
Desde comienzos del siglo pasado,
cuando definitivamente se elaboraron las teorías filosóficas del primado de lo
feo, quedó como axioma: “una obra de arte es tanto más bella y lograda, cuanto
mayor es la falta de armonía y abunda el caos sobre lo que consigue triunfar”.
A partir de entonces, lo feo dejó de ser inerte y adquirió un poder activo,
peligroso agitador. Peldaño a peldaño, lo feo ha pasado de ser un enemigo
astuto y tenaz, a ser el rey de la vacuidad, del engaño, la mentira y a veces
la vileza, al que sólo se le puede combatir con la verdad de la belleza
armónica, llena de luz, de bondad y de mensaje trascendente.
¿A dónde nos está llevando esta
estética de lo feo? De momento a la confusión, a la pérdida de valores
artísticos, a la destrucción del gusto, a la mentira y el engaño, pero sobre
todo, camuflada en una sofisticada
manipulación de aparente estética, cada vez se va encaramando más en la
cima de lo “satánico”. Su golpe de
muerte es dar un vuelco metódico a todo el orden simbólico de lo religioso,
sagrado o trascendente; burlando o vilipendiando, a ser posible, a todo lo
eclesial, lo celeste o al Dios trinitario. Se descubre, una vez más, que el
mal, lo feo, envidioso de lo bello y lo bueno, cual belleza rebelde capitaneada
por Lucifer, quiere derrocar al San Miguel de la Belleza para constituirse él en dios. Lo
terrible es que ahora, con su ingenua caricatura y su camuflaje de belleza e
inocencia, fascina a muchos que se hermanan
en la playa de la vacuidad placentera.
Toda la Palabra Bíblica, al igual
que la historia, el arte sacro o el religioso en la Iglesia, ha conducido
sabiamente a sus fieles, mediante símbolos de belleza, al conocimiento de la
verdad, la bondad, la fe y la trascendencia. La belleza sublime nos habla y nos
lleva siempre al “Dios vestido de gloria y esplendor” (Sal. 145, 5). De la belleza
interna emana la gracia del cuerpo. La belleza evoca siempre lo celeste y la
trascendencia de Cristo. Desde el primer eco del Génesis hasta la última
palabra del Apocalipsis, la creación entera proclama la belleza de Dios y en
ella gravita el arte subli-me del engranaje cósmico salido de sus manos. “Y vio
Dios que todo era bello y bueno” (Gen.
1, 26).
Y ante esta belleza sublime, se
trata de falsear la realidad, contraponer otra belleza; crear ambientes
deleitosos que confundan, paraísos falsos que desfiguren la realidad, donde se
inocule el virus de la frivolidad sobre
el plasma de lo anormal y enfermizo,
para que nazca la falsa belleza, malsana y errónea,
revestida de mentira y engaño. Con este pilar pernicioso, se falsifica mejor la
historia, la vida, la belleza y la trascendencia. Pero de esta forma, el arte
en su multiforme expresión de belleza puede quedar dañado, pues el granito que
comenzó sin importancia, se ha convirtiendo en tumor cancerígeno que proclama
la muerte.
Tanto lo bello como lo feo, son
categorías serias que nos hablan enfáticamente del bien y del mal. Lo hermoso y
bello nos habla siempre del bien, la bondad y lo celeste; mientras que lo feo y
malo, hablan del infierno, como espacio atroz, cargado de sufrimientos, donde
lo deforme y horroroso abunda, para que el mal sea completo. El arte de belleza
habla de hermosuras y virtudes, de gracias y perfección; mientras que su
opuesto, el feo, lo hace con la vulgaridad, lo chabacano, lo grosero y
repelente. Y mientras que el arte de belleza es grácil, agradable, vital y
esperanzador; el coro de su adversario se muestra lleno de tosquedad,
confusión, es desagradable y con tintes de muerte. En el primero abunda el
respeto y la libertad, mientras que el segundo la esclaviza.
Y a pesar de estas contrariedades
tan opuestas, hay oposición al arte bello, mientras el feo, el mal, lo perverso,
es lo que priva en la sociedad como
energía central de nuestro tiempo. ¿Quién entiende esto? Sólo se entiende desde
la perversión, desde el abandono al que hemos llegado, desde la vanidad de
estar a la última moda. Todo lo cual proclama la ausencia del buen gusto, la
pérdida de sensibilidad, la baja cultura en la que estamos cayendo, como el
poco interés porque brille la verdad, la bondad y la belleza estética...
Basta recorrer algunas galerías
que exhiben ese arte del mal gusto, con objetos visuales de lo más esotérico y
repulsivo. Cuadros descabezados, vacíos de contenido y sin nada, con título que
despista o hace reír. Figuras grotescas, infantiles, enfermizas, de mal gusto,
que enervan. Para qué seguir si en otras artes pasa lo mismo. Por TV. hemos
visto los desfiles de Ferry Mugler, los de Jean Paul Gaulter, los barrocos de
Versace o de Moschino, y lo que parece diabólico y grosero, se acepta como
deleitoso, atractivo y digno de imitar.
Que extraño el que surjan los hinchas
del fútbol compitiendo para ir disfrazados de la forma más disparatada. Y no
digamos del mal gusto de la tele-basura, los brotes nazis o racistas, las
mafias, el arte de la estafa o corrupción, la muerte por encargo, las matanzas
herodianas en los abortos...
Con el dominio de lo feo, del mal,
el mundo entero ha ingresado en la UVI, de la corrupción y el terror. El
dominio del arte de lo feo está destruyendo la vida de la belleza. Ya no se trata de una fragmentación del valor,
sino de un cambio total de valores. Cuando un cuerpo se descompone nos lleva a
la macabra sinécdoque del fin de todas las cosas. Todo está dañado, la cultura,
la política, las creencias, lo comercial, lo terreno y lo trascendente. Porque
todo está reclamando una vuelta a la belleza, ya que el hombre no puede vivir
sin la belleza.
Las fuentes del pasado pueden ser
el bello mosaico a imitar, ya que entonces se pretendió construir un tiempo de
belleza y hermosura, apoyando la vida sobre la armonía estética y el arte. Pues
el arte de nuestro tiempo no puede dejar que la locura diga la última palabra.
No podemos dejar que las piedras angulares fabricadas con esfuerzo y sudor
durante varias civilizaciones, se vean demolidas por modas o filosofías que
encierran perversión, corrupción o
deformación, que llevan a la negación y la muerte.
Los monstruos del Guernica, por más seguidores que tengan, dicen autores autorizados, como Ouspenski, William Congdon, Henrry Moore, entre otros, siempre serán un arte deformado, carente de belleza y sentido espiritual, amasado sin atisbo de aliento mesiánico. Ese arte sólo muestra la realidad mala con gritos sin esperanza. Pero la vida tiene también su belleza. Ese arte es fragmentario, caduco, irreal, sólo se ve el cosmos del revés, en negativo, en túnel oscuro y sin luz, sin la belleza del color, sin trascendencia. Hacer de ese arte un estilo de vida, de estética ideal, es quedarse en una belleza patológica, creadora de monstruos, con rostros anormales, carentes de sentimientos que inviten a la esperanza. Ese arte de Picaso, modelo de lo feo y deforme, podrá tener muchos seguidores que no sepan salir de ahí. Pero siempre será la proclama de la disonancia, como articulación y exigencia de un arte triste, que desconoce la belleza y la esperanza humana. Quedarse ahí, es hacer catarsis con ese viacrucis de lo feo, donde no se vislumbra un horizonte redentor. Sólo la belleza nos salvará, decía Dostoievski. Dios es la suma Belleza y su Belleza es inagotable de formas. Buscadla y viviréis (Amos 5, 4).
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