domingo, 14 de noviembre de 2010

SAN JUAN DE LA CRUZ, MÍSTICO DE LA BELLEZA

Hablar de la belleza mística es hablar de la expresión de la verdad misma, que a su vez contiene la perfección de la unidad. La mística vivida en la verdad y con belleza espiritual, se hace sabiduría que nos revela a Dios, se vuelve teofanía que ilumina la belleza divina. La mística a semejanza de la verdad, la belleza y el bien, nos llevan siempre a Dios. Y si desde la mística la verdad es proclamada con verbo poético de belleza, rezumante de ternura espiritual, reflejándose cual espejo la verdad sublime, se vuelve certeza reveladora que nos muestra la misma belleza divina. Ese verbo teologal poético que une la verdad y la hermosura, es el que nos cautiva y se vuelve incomparablemente más fascinante al espíritu, porque nos introduce en la realidades divinas de la belleza sobrenatural, que tanto anhela el ser humano.

Estamos hablando de San Juan de la Cruz (1542-1591), el místico de la belleza espiritual de todos los tiempos, con verbo teológico iluminador de la belleza de Dios. El que más admiración ha causado en nuestra sensibilidad espiritual, llenándonos de la luz santa del Hogar divino.  Juan es el gran poeta lleno de luz celeste, que seduce al alma, conmueve y conduce los sentimientos al sumo bien por medio del amor divino, deleitando con la belleza de su “ciencia transcendiendo” que llena de conocimientos santos. Juan de la Cruz es también el santo que vive y siente desde el interior el arte de Dios, ese arte hecho gracia y belleza en Cristo crucificado, al que ve con ojos iluminado desde la altura del misterio de Dios.

Este santo llevaba dentro de sí el gran teólogo que ilumina nuestro caminar y nos acerca a Dios con su mundovisión teológica. Es el hombre todo hecho conocimiento de Dios, experiencia mística, sabiduría del Hijo de Dios, contemplación del Cristo cósmico, por cuya belleza espiritual se siente arrebatado hasta fundirse en llama de amor, licuado en éxtasis de verdadero amante. La belleza, la verdad y la bondad,  que resplandecen en todas las cosas como presencia de Dios, le transforman su vida en el gran místico de la Iglesia, en el poeta universal de la belleza y en el santo arrebatado de amor.

Entrar en la vida y obras de este santo, es dejarse seducir por la misma hermosura que lleva impresa en sus ojos con clara imagen de Dios. De sus labios salen palabras de altísima belleza poética, que son como dones que derraman gracia de admiración. “Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con premura /  y yéndolos mirando / con sola su figura / vestidos los dejó con su hermosura” (Vida y obras de San Juan de la Cruz, de Crisógono de Jesús OCD. BAC. 1950. Cántico 5,3). Juan tiene ojos de vidente y ve a Dios en las criaturas. En la hermosura de su belleza él ve la misma figura de Dios. A ese Dios que viste de belleza y alegría al cielo y a la tierra, dejándolos a su paso llenos de infinita hermosura sobrenatural. Y de ese cosmos de belleza dimana su poesía, llena de sabiduría mística y pura revelación..

Juan de la Cruz es el santo de los ojos bellos, el del “Tú de los ojos deseados”, porque ha dejado que Dios se reflejara en ellos. El fuego del amor se hace visible por ellos que rezuman melodía  espiritual de santidad. “¡Oh cristalina fuente / si en estos tus semblantes plateados, / formases de repente / los ojos deseados, / que tengo en mis entrañas dibujados” (C. 11). ¡Cuantas horas miraría fijo al costado de Cristo, viendo en Él la cristalina fuente de la gracia! Mirar con esos “ojos deseados” que se hacen “rayos divinos” y “verdades eternas”, que iluminan la fe y rasgan la oscuridad de las tinieblas. En esos ojos están dibujadas las maravillas que Dios ha creado, “abiertas a la sencillez del espíritu del amor”. Juan nos invita a beber el agua pura de la gracia revelada en el Hijo encarnado, donde su mirada se hace nuestra mirada, el amante deja que se grabe la imagen del amado, “donde el amor transformante crea tal semejanza entre ambos, que cada uno de ellos parece ser el otro y ambos uno solo” , quedando ya “el alma bañada por la gracia” (C, 37, 2).

También Juan de la Cruz, como todo cristiano, tuvo que pasar por la prueba de la fe, por esa
purificación interior que es la esencia de la mística cristiana. La experiencia de la fe pasa por la
lucha en neto contraste contra las luces de la razón, que a veces llevan tinieblas a la mente. Ante el Dios absoluto y purísimo se cruzan las sombras de la oscuridad. También Juan tiene que pasar por la “noche oscura”, ya que la verdad infinita de Dios no puede hacerse visible ni palpable. Las tinieblas del no verle ni sentirle se vuelven como un infierno. El perder la visión de Dios la siente tan a lo vivo, que le parece caer en la más terrible desolación, en la perdición y el infierno. El castigo de no ver ni sentir a Dios, supera al castigo del fuego y los más terribles sufrimientos.

Pero esa noche terrible del alma, es al mismo tiempo la noche de la purificación, la noche que vence a las tinieblas, noche que se hace tránsito a la luz iluminativa. Una vez que el amor ha purificado el corazón y el alma ha pasado por la prueba del fuego, se pasa al Amado para vivir el fuego gozoso del amor infinito. Es como entrar en el paraíso terrenal con los sentidos purificados, en el sumo grado de inocencia bautismal, cual anticipo de la bienaventuranza eterna. Siempre alumbrados por el Sol de gracia, “hasta llamear el alma el fuego del amor divino” (I. Prol.).

Toda la obra de San Juan de la Cruz está como tocada por la luz de la gracia, ya que ilumina las verdades de la fe, llenándolas de claridades espirituales que enriquecen nuestro vivir en Dios. Su palabra nos introduce en la vida íntima trinitaria del Amor eterno, donde el hombre vive gozoso ese amor Absoluto. Dios es siempre pura y radiante apertura al amor, ya que quiere hacer partícipe de su misma gloria a las criaturas humanas. Dios es siempre para el hombre amor, vida, consolación, iluminación, gozo, visión permanente, pura transparencia, descanso a donde aflora la inmanencia divina.

Pero sobre todo, Juan de la Cruz es un artista de Dios. No le podía faltar esta cualidad a un alma tan sensible como la suya. Para Juan, la hermosura  es la fórmula más sublime para llegar a Dios. De ahí que la belleza sea para él una obsesión, una meta a conseguir. Desde muy joven se empeñó el aprender varios oficios. Desde los siete años aprendió carpintería, sastrería, entallador y después el  arte del dibujo. Y para no perder el contacto con el arte, siendo novicio, pasa sus horas de descanso haciendo crucifijos de madera. El dibujo de su Cristo crucificado que aún perdura, es una imagen espiritualizada y vista desde el Padre.  Esta afición por el arte la cultivará hasta los últimos años de vida. El arte para él era otra forma de vivir y expresar la belleza de Dios. Por eso en sus escritos no faltan imágenes que ilustren el arte de guiar las almas (L III. 42-43). De igual manera le encantaba la música y el cantar  Porque el arte le hablaba de Dios y le lleva a Dios, por eso, cuando tuvo que dejarlo, lo hizo porque en él era más fuerte el amor de Dios, pero tuvo que hacer una opción de difícil elección, quizá la más difícil para él, pero pudo más el arte de la infinita belleza del amor a Cristo, donde se encierra el sumo arte del amor eterno.

La Fundación de Pastrana realizada por Santa Teresa y santificada por la presencia del mismo San Juan de la Cruz, conserva en el Museo obras carmelitanas, donde hay varios cuadros de arte dedicados a recordar la figura espiritual de este místico español, de la más alta santidad universal.

Son obras casi todas del s. XVII, con motivos clásicos, recordando su pose mística, espiritualizado en la oración y hablando ante la figura de Cristo. Los autores más destacados son: Alonso del Arco, Juan de la Miseria y posiblemente Francisco de Ricci y Alonso Cano, pues hay cuadros no identificados, donde hay vestigios y formas propias de ambos pintores, hoy diseminados por iglesias o museos en donde residen o han residido religiosos carmelitas.

En todos las obras se resalta la figura del santo, puesta en primer plano, en actitud totalmente espiritualizado. Le envuelve una atmósfera mística y su imagen arrodillada se muestra con clara nitidez, palpitante por el emocionado encuentro con Cristo, al que dirige su mirada en oración. Le acompañan unos símbolos de lirios y libros, que nos recuerdan su vida y sus obras, son motivos alusivos al santo, que introducen nuestra mirada en el momento mágico que vive el santo. Hay belleza plástica, pero sobre todo, dulzura e ingenuidad que eleva nuestro espíritu. Son cuadros de transparente pureza y cristalinos colores, donde el mensaje espiritual nos impacta y sorprende.

Que todo nos ayude a recordar la figura de este gran santo, que tanto nos enseña con su vida y obras, especialmente la gran sabiduría mística que lleva a Dios, de la que tanto necesitamos.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

BENEDICTO XVI, PEREGRINO DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

Ante una Europa que se tambalea con signos de debilidad y desorientación espiritual, el Papa Benedicto XVI, se suma a los cristianos para hacer el camino de Santiago, el camino de la gran familia europea, iniciando con su presencia la nueva recuperación espiritual de la noble Europa. Cada día se hace más urgente la vuelta a los valores cristianos, que fueron los que sirvieron de base para dar la unidad y formación de la vieja Europa. El continente europeo durante más de diez siglos ha sido el eje del mundo. El que no sólo hizo girar la tierra alrededor del sol y descubrió el nuevo mundo, sino que  ofreció a todos los continentes un elevado progreso cultural, cívico, científico y artístico; llenando la tierra de valores humanos, éticos, morales, espirituales y familiares,  actuando como fundamento de vida y de progreso, hoy esta Europa, camina insegura y desorientada.

Historiadores y pensadores nos describen magistralmente el modo cómo se gestó esta unidad en la diversidad en que vivía este viejo continente. A partir del s. IX, Santiago de Compostela y con el beneplácito de Carlomagno, el gran emperador de occidente, que quería defender sus fronteras frente a las invasiones árabes, Compostela se convertirá, primero en una senda sincrética, híbrida y conciliadora, para transformarse en auténtico crisol, en el que peregrinos de mil orígenes con mestizaje de creencias, los aglutinará en una misma fe cristiana y evangélica, poniendo las bases de la unidad de una Europa en la que emergieron los diversos estados.

Sí, “Europa se ha construido caminando hacia Santiago”, dice Goethe, caminando hacia ese “finis terrae”, hacia el “Campus Stellae”, convirtiéndose en “Calle mayor de Europa”  “canino de las mil sendas”, erigiéndose en foco de atracción de las conciencias europeas, al tiempo que sacudía las mentes para despertarlas a las nuevas culturas, que surgieron como una necesidad espiritual en génesis de belleza, que invitaba a la sociedad a la creación artística de nuevos estilos y formas, llenando la sociedad no sólo de riqueza cultural, sino de una armonía y estética inusitada, que abría caminos a la unidad y a la renovación espiritual.

De esta forma, Compostela se convirtió en referente único de peregrinaciones y  polo de atracción. Reyes, santos, penitentes, nobles, campesinos, jerarquías de la Iglesia  y gente de toda clase y condición social, convergen hacia Compostela, elevándola a centro espi-ritual y situándola a la misma altura de Jerusalén y Roma, hasta el punto de convertirse en competidora de Roma, para arrancarle esa primacía de la Ciudad eterna.

Fue la fe de la gran familia cristiana la que creó el progreso y dio el sentido de unión a Europa. Fue la Iglesia con sus monjes y religiosos la que impulsó a las nuevas culturas y estilos artísticos. Fue el camino de Santiago el que aglutinó ideas y configuró las bases del arte románico, como expresión plástica de armonía y fe, unidas por el ideal de integración territorial de las nacientes monarquías, que reforzaron los signos de unidad e identidad de una Europa cristiana, amenazada por el avance islámico.

Pero no sólo el románico fue la expresión artística del ideal de unidad, fueron los peregrinos y las gentes de Europa las que con su peregrinar hicieron un camino de nueva  cultura elevando a su paso iglesias, conventos, puentes, cruceros, fuentes, castillos, palacios, mansiones y hospedajes, plasmando en todos ellos el espíritu y sentimientos de unidad y de fe, siguiendo  la ruta del finis terrae, marcada por el Apóstol Santiago.

Pero estos no son más que unos mínimos ejemplos de esa mítica idea de la unidad, pues el cristianismo, que es constante renovación e inagotable fecundidad creativa, llenó  de sensibilidad espiritual, emergió de nuevo ofreciéndonos otra original estética, exuberante de belleza, que como lenguas en piedra en arte, se volvía oración de alabanza, donde la creatividad, fantasía y sentido espiritual, se transformaban en teología visible para un pueblo de fe. Así nació el arte gótico, como la más bella representación plástica de este camino de fe. Posteriormente nacerán los nuevos estilos del renacimiento cargado de sobriedad; el barroco con su multitud de expresiones plásticas, el neoclasicismo con infinidad de nuevas formas. Todos ellos desarrollaron expresiones artísticas impregnadas de fe y unidad. Baste sólo citar monumentos y catedrales como las de Burgos, León, la Cartuja de Miraflores, Salamanca, Jaca, San Pedro de Rúa o el Santo Sepulcro de Estella…

Y por supuesto, la catedral de Santiago, llena de espiritualidad y magia religiosa, con su Pórtico de la Gloria, como saludo y bendición del Santo al visitante, que le ofrece bienes y presentes espirituales. Al peregrino que cruza el umbral de la puerta santa, le asombra y le hace todo oración y admiración, dejando que vuelen por el recinto sus deseos en forma de botafumeiro, donde un artístico incensario deja atónitos a miles de files y descreídos, que contemplan alrededor del altar, la ofrenda de sus sacrificios ofrecidos en el camino al santo.

Pero el camino de Santiago es mucho más que un simple camino de peregrinación. Es un camino mítico lleno de misterio y de fe. Es un camino que se vuelve espiritualidad  interior, que se hace con sacrifico y renuncia, donde hay momentos para la oración, la reflexión y la meditación, motivos que invitan a la renovación y a un comienzo de vida para una Europa  nueva. Se necesita cambiar de vida, darle otro sentido, buscar otros valores, recuperar el gozo y la esperanza de la familia cristiana; que haya otros valores más dignos y elevados, que ese simple y efímero gozar y vivir la vida. El hombre de hoy necesita recuperar el sentido del canino, que es sentido de cultura y unidad, de búsqueda de la verdad, de espiritualidad evangélica, que es la que nos hará libres y fuertes, frente a los ídolos terrenos que llenan de muerte y vacío el futuro del hombre.

Este es el mensaje que nos trae Benedicto XVI en visita al Apóstol Santiago, con la que se integra como peregrino de fe, en este año de la familia. El nos ha dicho que Europa necesita recuperar este sentido del camino, el sentido de una renovación espiritual y evangélica, para que Europa recupere los valores éticos, morales y espirituales y vuelva a ser eje  constructor de un mundo mejor.

Toda la vida del hombre es un camino en busca de la patria perdida. La espiritualidad del éxodo es la del hombre que lucha por liberarse de toda opresión, hasta conseguir la tierra prometida. El desierto se cruza cuando es Cristo el que nos guía. Sólo se pueden echar raíces en el suelo firme de lo sagrado. San Pablo que elabora una hermosa teología de la peregrinación, nos recomienda la fe de Abraham, que por obediencia salió sin saber donde iba, pero de esta forma llegó a la tierra prometida (Heb, 11, 8-10).

Que su visita nos traiga la renovación.

lunes, 28 de junio de 2010

SAN FRANCISCO DE BORJA, ES SU Vº CENTENARIO

Se está celebrando el quinto centenario de San Francisco de Borja (1510-2010), Duque de Gandía, gobernador y virrey de Cataluña, consejero del emperador Carlos I de España y V de Alemania; padre de familia, viudo, sacerdote, tercer superior general de la Compañía de Jesús, quien  realmente dio la forma y organizó la Compañía ideada por San Ignacio. Hombre de ciencia y  a su vez un gran Santo.

En San Francisco de Borja encontramos el ejemplo de la victoria del hombre frente a los enemigos más poderosos del ser humano: la riqueza, el poder, la ciencia  y la santidad. Poseer todas estas cosas en una misma persona y lograr la perfección es verdaderamente difícil. El mismo evangelio, cuando habla de los ricos y las riquezas, suele usar un leguaje claro y tajante, nada a favor de los que viven esa condición: “Difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos” (Mt. 19, 23). Y Cristo dijo esto por el poder y dominio que tiene la riqueza en la persona, ya que la endurece el corazón y obnubila la mente. Hasta se termina abandonando a Dios y adorando las riquezas. Algo parecido le pasa al poder, que llena de orgullo y soberbia a la persona, hasta creerse dueño para hacer y deshacer a su antojo. El poder es más cruel aún, porque cuenta con la fuerza del endiosamiento de creerse dueño hasta de las vidas humanas. Y en esta misma línea podíamos incluir la sabiduría o la ciencia, cuando se deja dominar por la vanidad, el orgullo, la soberbia y la suficiencia. La ciencia sin la humildad, aleja mucho a la persona de la verdadera sabiduría.  Pues San Francisco de Borja, poseyendo todas estas cosas, las sometió al dominio de su voluntad y escaló la cumbre de la santidad.

Para conocer algo del santo damos unos datos de su vida resumidos. Nació el 3-X-1510, en Gandía, Valencia. Estudió en Alcalá de Henares y a los 19 años casó con Leonor de Castro, con la que tuvo ocho hijos. A los 29, fue nombrado virrey de Cataluña. En Barcelona conoció a San Pedro del Alcántara, con el que mantuvo una grata correspondencia y fiel amistad, valorando mucho la espiritualidad del alcantarino. Ante los restos mortales de la emperatriz Isabel de Portugal, tomó su famosa decisión: “No servir más a un señor que pudiese morir”. Muerta también su esposa en 1546, en unos ejercicios espirituales de San Ignacio, decidió entrar en la Compañía -1550-, cuando contaba 39 anos, habiendo dejado antes colocados a sus hijos.

Tuvo que pasar por verdaderas pruebas de humildad para hacerse acreedor de su vocación. De virrey pasó a ser ayudante de cocinero, acarreando agua y leña, limpiando la cocina y pidiendo de rodillas perdón a la comunidad por servirla con torpeza. No solo superó estas pruebas, sino que comenzó una práctica de penitencias  extraordinarias, hasta reconocer que había mortificado su cuerpo con demasiada severidad, al estilo de San Pedro de Alcántara.

El mismo San Ignacio le nombró Provincial de la Compañía de Jesús en España, dando muestras de gran celo espiritual, distinguiéndose por la oración, los sacramentos y la perfecta obediencia. Fundó multitud de casas y colegios en su generalato. Dado los muchos progresos que realizaba la Compañía por su intervención, se le nombró Superior General de la Compañía -1566-, donde realizó una gran labor, consolidando y dando el gran impulso que necesitaba la Compañía, como igualmente propagando las misiones y la evangelización por todo el mundo, hasta llamarle el segundo fundador de la Compañía.

A pesar de su mucho trabajo, nunca descuidó su vida interior. Y cuando la peste causó estragos en Roma -1566-, él reunió limosnas para asistir a los pobres y envió a sus súbditos  a cuidar a los enfermos, luchando contra el contagio de la peste. Su ferviente predicación le convirtió en el gran orador al que acudían multitud de gentes de todas partes, para “ver y oír al santo duque” -1551-, entre ellos se contaba al cardenal Carlos Borromeo –futuro santo- y Ghislieri, futuro Papa Pio V. Tenía una profunda devoción a la Eucaristía y a la Virgen Santísima. Murió el 30-IX-1572, dejando el perfume de santidad por el que se le calificó como: “uno de los hombres más buenos, amables y nobles que ha pisado nuestro mundo”. Fue canonizado  por Clemente X en 1671.

Y si este es el perfil de su vida humana con el que llegó a la santidad, le recordamos también como el hombre de ciencia que se interesó por promover todas las artes. En el mundo de la santidad surge la belleza como una consecuencia ineludible de lo que se vive como cercanía y experiencia de Dios. La belleza del orden está en conexión con la belleza espiritual. El arte como cercanía de Dios, incide en el alma como mensura ordenada que regula la razón, inclinándola a la armonía contemplada de todo cuanto nos rodea.

Mucho antes que llegara la conversión a San Francisco de Borja, le había llegado la sensibilidad de la belleza espiritual que hizo cátedra en el interior de sus sentimientos. La ciencia está siempre en íntima relación con el arte, que a su vez, llena nuestro interior de bellas formas sensibles y espirituales, que nos llevan a la idea de lo bello mismo, hacia la belleza de Dios, fuente y causa de toda gracia e invitación a la santidad.

El arte siempre simpatiza con Dios, porque en el arte Dios se revela más bellamente. Si el santo tiene alma de artista, es porque Dios ha infundido en su alma esa belleza de la gracia, que a su vez, se derrama armónicamente en toda la persona, llenándola de justicia, moderación, sabiduría, bondad y humildad. Si sale al exterior, es porque la gracia configura a la persona humana, llenándola de belleza en fiel conexión con la gracia y belleza espiritual interna.

Ante la corrupción del cadáver de la que era el ideal principesco de la belleza humana, el Santo desnuda sus  aspiraciones e ideales terrenos para dejar que afloren las bellezas espirituales que nunca mueren. Sólo cuando el Santo abrió su alma a la estética de Dios, la gracia comenzó a dibujar en él maravillas espirituales. Con el arte del espíritu le vinieron los demás dones, que le abrieron al gozo del júbilo interior del espíritu, manifestado con obras que dan testimonio de fe, siendo testigo de la experiencia  de Dios que vive interna en el santo.

Estos son los motivos que seducen al artista para plasmarlos en el lienzo en bellas concepciones. El arte ha nacido antes en el espíritu del santo. El artista solo copia lo que el santo ha vivido. Y cuando las ideas son bellas y están bañadas por la hermosura y la armonía de Dios, fácilmente el arte las traduce en símbolos iluminadores que revelan  el mundo de lo espiritual, como imagen de belleza de Dios.

Todas las obras que nos llegan de San Francisco de Borja hablan en este sentido: la lucha por la belleza. Alonso Cano, Murillo, Francisco de Rici, Maella, Goya y otros grandes artistas, pintan la belleza de lo espiritual,  apoyándose en las imágenes materiales. Es su mensaje de gracia el que nos habla por el santo, el que penetra por nuestros ojos llenándolos de bellezas  espirituales, de vivas presencias de Dios que vuelven a actualizarse para nosotros. Este es el arte  que nos habla con lenguaje profético de la belleza más sublime que siempre nos seduce, porque estamos hambrientos de la belleza de Dios.

La esencia de Dios es ser sabiduría y belleza y todo el que se acerca a Él irradia esa misma sabiduría y belleza. La cera y el metal imprimen su propio sello en la figura que los acuña; de igual forma, el que deja que Dios se encarne en su vida, traduce su existencia en esos impulsos de belleza y sabiduría, como fusión de actividades en total unión con el que es todo belleza y sabiduría. Es la obra del Artista divino que no deja de armonizar nuestro conjunto, llenando todo nuestro ser de la sabia melodía divina, que resuena en nuestra vida como una dulce sinfonía, jamás oída y llena de sonidos armónicos celestes.

Y es que el santo, seducido por la belleza de Dios ha nacido a la vida nueva. Dios se le manifiesta en su esencia, luz brillante, invisible a los ojos, pero perceptible en su entendimiento y en su corazón. Su pobre inteligencia se llena de la sabiduría de Dios, la que le permite ver lo bueno, lo bello, lo sobrenatural y lo divinamente iluminado por el que es la Luz total. De esta forma, el Santo se vuele espejo que refleja la luz y la belleza de Dios. En realidad, el santo es el que más arte crea porque él mismo se vuelve artista de Dios, que sigue inspirando arte.

Que cada conmemoración de los santos despierte en nosotros el mundo interior de belleza espiritual, que aún sigue dormido en nuestra vida, y es el único que nos puede llenar de felicidad.

sábado, 22 de mayo de 2010

LA AUSENCIA DE BELLEZA EN LOS TEMPLOS COINCIDE CON LA PÉRDIDA DE FE

El templo en la Iglesia, desde  el principio del cristianismo, comenzó a ser no sólo el lugar propicio para la celebración de cultos, sino que tomó el sentido de “la casa de Dios” y “lugar santo”, donde reside el “Misterio santo”. De ahí que se decorasen estos lugares con “signos visibles y escogidos, para significar realidades divinas invisibles”. El arte en el templo, desde el comienzo, fue un lazarillo que llevaba los fieles a Dios.

Y en un tiempo, relativamente corto, los fieles  seguidores de Jesús se vieron transportados de los sencillos recintos, de sus “Domus ecclesiae”, a los espacios diáfanos y suntuosamente decorados, como las Basílicas construidas  cual si fueran “un monumento a Dios”, siendo el fruto de la fe de los fieles que ponían sus construcciones al servicio de la Iglesia, para darle a Dios todo lo mejor que tenían. Dios lo llenaba todo.

Y de la fe de aquellos cristianos emergió una nueva teología del templo, que se realizaría en la liturgia, convirtiendo a las iglesias en el “templo palacio del Emperador de Cielo y Tierra” A partir de aquí serían incalculables las proyecciones de gracias y bendiciones logradas para los fieles, que mediante esta concepción del culto se realizarían en la Iglesia.

Con estos fundamentos, en un progreso ascendente, al correr el tiempo, se hicieron de los templos verdaderas Basílicas, Catedrales, Santuarios, como símbolos vivientes de la presencia de Cristo. La imagen de Cristo en estos lugares era palpable y creaba ambientes sacros. Se quería que todo en el templo hablara de Dios. Que el templo fuera reflejo de de todo lo celeste y divino, que fueran réplicas terrenales de los arquetipos celestiales, al tiempo que imágenes cósmicas. De esta forma, la cosmología y la teología se fundían en un mismo abrazo cristiano. El propio universo se le concebía como un templo, al que se le hacía figura de Cristo.

Comenzó muy pronto la idea de decorarles llenándoles de símbolos que hablaran de la gracia y sacramentos, haciéndoles centros de miradas, como presencias de  Cristo. El altar, el sagrario, el ambón, la pila bautismal, hasta la luz y las paredes se convierten en palabra que habla con lenguaje evangélico y escenas bíblicas. En ellas se destacan las figuras de Cristo, la Virgen, los Apóstoles y los Santos, presentes como viviendo entre nosotros, al tiempo que elevaban el espíritu. Con todo ello, se creaba un ambiente fascinante en el que se vivía una liturgia viva, emocionante, provocando el sentido del misterio, como si el cielo y la tierra se unieran en un ordenamiento que lo abarcaba todo. “Creíamos que estábamos en el cielo, en el templo soberano del Creador del cosmos, como si el Verbo hubiera erigido bajo el sol de este mundo, el símbolo espiritual, el trasunto, de lo que es el más allá, la bóveda del cielo… como si la Jerusalén celeste y el monte Sión estuvieran aquí representadas, cual la ciudad supraterrena del Dios vivo” (Eusebio de Cesarea. Sermón de la consagración de la basílica de Tito).

Todo esto nos recuerda esos tiempos en los que se vivía una auténtica fe, tanto en la liturgia como en los diversos elementos que decoraban el templo. La palabra, la liturgia, el arte , la música, los símbolos, todo tomó carácter de santo, de sacro. Todo hablaba de Dios y llevaba a Dios, al tiempo que  todo era elemento esencial que daba entrada a la santidad y cercanía de Dios. Y en la medida en que se olvidó o se entró en el retroceso de estas vivencias, se abrieron las puertas a la decadencia y pérdida de fe, o convirtiéndola en costumbre rutinaria. Esto es lo que el Vaticano II quiso reparar, introduciendo un aggornamento o renovación para actualizar la fe de la Iglesia.

A partir del Vaticano II se comenzó en la Iglesia un tiempo eufórico positivo en renovación, con ganas de cambiarlo todo y modernizarnos con rapidez. Era urgente y necesaria una adaptación y puesta al día en muchas cosas, especialmente en la liturgia, oficios religiosos y prácticas cristianas. Y donde más patente y visible se hizo el cambio fue en las nuevas iglesias o templos, aunque también los cambios llegaron a varias iglesias antiguas, que llevados del entusiasmo del cambio se despojaron de obras de arte, a veces sin criterio, quitando altares, imágenes, objetos y símbolos de arte que hablaban de fe, sólo por  el mero hecho de modernizarse. La falta de formación, la ligereza y carencia de sensibilidad del clero, hizo que se cometieran imprudencias.            

El crecimiento demográfico de la ciudades creó necesidades urgentes, a las que hubo que respon-
der con templos nuevos acomodados a las nuevas exigencias del mundo moderno. Y aquellas iglesias que simbolizaban la “Morada de Dios”, la “Ciudad santa” la “ nueva  Jerusalén”  descendida del cielo, preparada como una esposa engalanada para su Esposo” (Ap. 21, 2s), ahora se pasaba a una iglesia funcional, desprovista de medios, de símbolos, de formas de belleza y de arte. En multitud de casos se crearon iglesias modernas que son autenticas joyas que confieren carácter sacro, creando espacios luminosos y ambientes religiosos, donde se perciben sensaciones que comunican al espíritu una emocionada calma y serenidad, apta para la contemplación interior.

Pero nuestra reflexión quiere detenerse en esa inmensa mayoría de nuevos templos que se han hecho con precipitación, acomodados a las circunstancias, con falta de criterios, de símbolos y motivaciones de fe, que están muy lejos de lo que el Vaticano II pedía. Algunos de ellos, según  criterios de los fieles, desangelados y faltos de belleza. Siempre es disculpable la buena voluntad, pero ésta no basta. Cuando en las altas esferas se camina a destiempo por falta de previsión,  y ésta la ha habido, cuando no se ha estado atento a las planificaciones urbanísticas, para poder elegir a tiempo el lugar adecuado del templo, adelantándose a los acontecimientos y ofreciendo servicios religiosos a fieles,  que llegaban a la urbe desorientados. Y caminar con rémora en esto es fatal.

La “casa de Dios” y “casa de la comunidad”, como lugar de encuentro entre Dios y el hombre, donde se realizan las nuevas teofanías, no impide el que sean humildes y sencillos recintos, lo que importa es que sean lugares significativos, que creen espacios sacros y religiosos, capaces de expresar la encarnación de Dios con ambientes de presencias cargadas de teofanías. Pero es difícil crear estas realidades en naves comerciales o en construcciones sin atisbo de sentido religioso, vacías de signos y símbolos, alejadas de sentido sacro, carentes de presencias y manifestación de Dios. Son  lugares que no parecen iglesias y poco propicios para atraer a las nuevas juventudes, que sean las piedras angulares que edifiquen el futuro evangélico de Cristo.

En general, en la mayoría de los nuevos templos, no se ha sabido tener en cuenta la visión externa, como medio de atracción y llamada. Ni la nueva arquitectura ha sido un fruto maduro de fe, donde vibra el interior con sentido evocador de oración. Ni se ha estudiado la luz, que tiene el sentido de  gracia, de fe  y gloria de Dios. ¡Cómo se echa de menos un cierto sello kerigmático, que daría carácter y sentido de encarnación! Da la impresión de que se ha hecho el edificio sin haberse planteado qué es una iglesia, qué aspecto y sentido de fe debe trasmitir. De ahí que haya personas que critiquen aspectos, formas y contenidos, desprovistos de fe, sentido y razón.

Se ha prescindido de símbolos, cuadros artísticos, obras de música, imágenes y otros objetos, como elementos importantes para conferir carácter sacro a un edificio, mutilando el sentido misterioso de cercanía a lo divino, al tiempo que se vaciaba la versión simbólica de la morada de Dios entre los hombres. Se han suprimido las campanas como cosa superflua, que tenía el sentido de convocar, cuando en realidad la iglesia, en el vocablo griego, significa convocación, convocar a la asamblea de los fieles que acuden a celebrar el culto. Más grave es aún la supresión de vidrieras, que no sólo trasmitían la luz como símbolo de la gracia divina que ilumina a las almas de los congregados, sino que creaba ambientes místicos propicios para la oración y el encuentro.

Todo esto nos ha hecho perder la afición y gusto por el sentido del misterio. Hasta nos hemos resignado a que nuestros lugares de culto dejen de evocar y expresar el sentido sacramental que se realiza en ellos. De esta forma ha crecido la frialdad espiritual y ha aumentado la indiferencia, signos ineludibles de la pérdida de fe. El espacio místico y sentido sacro que infundía respeto y reforzaba los sentimientos religiosos de la persona, que a su vez conferían carácter sacro y sensi-bilidad de espíritu, se ha diluido en desconocimiento casi total. Uno de los grandes reproches que suele hacerse a ciertas iglesias modernas, es el sentido de la nada y el vacio que trasmiten. Lo que demuestra la poca sensibilidad y la falta de belleza estética que hay en esos ambientes y personas. 

Todo esto da como resultado un avance progresivo de falta de fe, de ausencia de cristianos. Es un declive espectacular y alarmante que debe hacernos pensar y corregir defectos para un futuro. Es hora de despertar y reconocer que el haber desmantelado nuestros templos, nos ha llevado a esta ausencia y pérdida de fe, tal vez irreparable, y la que aún no queremos reconocer, pero no por eso deja de ser grave.

viernes, 18 de diciembre de 2009

EDUCAR PARA LA BELLEZA. Discurso de Benedicto XVI a los artistas (21-XI-2009)

La belleza ha sido nuestro tema durante 2009. La belleza es el comentario en nuestros días en revistas, diarios y charlas. Desde el 21 de noviembre de 2009, día en el que el Papa Benedicto XVI nos sorprendió con un magnífico discurso, ante unos ocho mil artistas de cine, música, arte, poesía etc., venidos de todo el mundo y celebrada en el marco artístico de la Capilla Sixtina, circundado de la exuberante belleza de Miguel Ángel, disertó sobre la fe y la belleza, como mensaje evangélico actual y como catequesis realizada por la Iglesia a lo largo de los siglos.

El Pontífice les recordó la tarea ingente de la Iglesia por derrotar la falta de esperanza, la maldad, el egoísmo y la superficialidad que se han adueñado de las creaciones actuales, como consecuencia del avance de un período de oscuridades, de la proliferación y coronación de espíritus enajenados por el poder, la banalidad, la soberbia y bajos instintos. Les invitó a sumarse a la Iglesia, para que con sus creaciones artísticas nos ofrezcan nuevas epifanías de belleza, que nos ayuden a ver mejor a Dios.
Educar en y para la belleza, fue el tema central del Papa, recordando a todos la necesidad urgente de volver a los caminos de la auténtica belleza. “La belleza es la última palabra que debemos olvidar, ya que ella no hace otra cosa que coronar, cual aurora de esplendor inalcanzable, el doble astro de la verdad y del bien, como su indiscutible relación con la belleza”.  (Discurso de Benedicto XVI. 21-XI-2009).

Este aldabonazo del Papa nos viene bien ahora que hemos perdido el sentido religioso del buen gusto y la belleza, ahora que nos hemos dejado seducir por un arte carente no sólo de belleza, sino falto de religiosidad y  dudosa  espiritualidad. Frente a este arte, el Papa presentó la “Via pulchritudinis”, camino de la belleza, como un reto para una nueva educación religiosa y evangelizadora. Durante varias décadas, taimadamente se nos ha querido meter un anti-catolicismo maquillado, pretendiendo responder mejor que el arte de belleza, ofreciendo a la Iglesia un arte cultural seudo-religioso, carente de belleza cuando no pagano. Arte que asfixia, priva de libertad y de dignidad.

Es tiempo de despertar, tiempo de educar para la belleza y la fe. No podemos dejar que se destruya el arte propio de la Iglesia, el arte de belleza y religiosidad. Si la sociedad quiere seguir la cultura de un arte vanguardista, a veces carente y vacío de belleza religiosa, queriendo tomar por asalto al mundo con una estética superficial, de maquillaje y de apariencia, con emociones dérmicas, sin profundidad ni fundamento, que lo haga, pero la Iglesia por su parte, tiene que defender su arte de fe y belleza espiritual. Benedicto XVI dice que la Iglesia tiene que ser “custodia de la belleza”, “guardián del arte”, espejo de espiritualidad donde todos puedan beber la riqueza inagotable de la belleza del espíritu. Creo que en esto no se puede ceder nada, pues estamos convencidos de que “la humanidad puede vivir sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero no podría seguir viviendo sin la belleza” (Dostoyeski).

Si la Iglesia fue mecenas del arte en el pasado, e hizo vibrar al mundo llenándole de fe y belleza espiritual, ofreciendo a la humanidad caminos de cultura, de armonía y esperanza, fue porque supo crear un evangelio de arte espiritual de belleza que entraba por los ojos, un arte que no sólo entusiasmaba y enfervorizaba tanto a humildes como a sabios, sino porque en ese arte latía y se revelaba un espíritu religioso que llevaba al trascendente. Era un arte sacramental que elevaba la mente y la persona al estado de gracia, haciendo casi palpable la presencia real de Cristo, la ejemplaridad de la Virgen y los santos.

Prueba de todo esto, dice Benedicto XVI, son las obras maestras diseminadas en toda Europa en los siglos pasados, cuando el pueblo celebraba la fe en la liturgia  teniendo de fondo el arte de belleza, creando momentos de “sinfonía profunda de belleza”, ya que tanto la liturgia como el arte les llenaba de Dios, haciéndoles visible lo invisible. Testigo de ello son las “catedrales”, llenas de belleza espiritual, con armónico lenguaje que sensibiliza nuestro gusto.  “La fuerza del románico y el esplendor de las catedrales góticas, nos recuerdan que la “Vía pulchritudinis” es un camino privilegiado  y fascinante para llegar al Misterio de Dios”. Eran lugares de auténticas presencias de Dios, “donde los fieles podían rezar atraídos por la veneración de los Santos”. Y su arte de belleza era una “síntesis de fe y arte que expresaba armónicamente a través del lenguaje fascinante y universal de la belleza, traduciendo en sus líneas arquitectónicas el anhelo de las almas por Dios”. Y sus vidrieras con acentos mágicos, “eran cascadas de luz que caían sobre los fieles para contarles la historia de la salvación”.

Hay que educar para la belleza, porque “la belleza nos abre los ojos a la verdadera cultura, nos pone en  camino de la verdad y el bien,  camino de la santidad,  preparando  el encuentro  con Cristo,  que es  la Hermosura y Santidad encarnada por el Padre para la humanidad”. En Él está la verdadera razón de lo bueno, lo bello y lo verdadero, al tiempo que nos conduce a la suma bondad y amor de Dios, “Verdad primera, Bien supremo y Hermosura misma”. Él es el que irradia poder de atracción, donde está la realidad de perfección, la epifanía de santidad.  “Tarde te conocí, dice San Agustín, tarde te amé, oh belleza siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé”.  (San Agustín.  Confesiones. X, 27).

El camino de sabiduría para los creyentes es el camino de la belleza, “Vía pulchritudinis”. La belleza de la que nos habla Urs von Baltasar, dice el Papa, “esa belleza que abre horizontes de pensamiento a la contemplación de la belleza de Dios, de su Misterio y de Cristo, en quien Él se revela”. La belleza admirable de la creación, “donde el mundo está compenetrado del resplandor de Dios, donde la luz, las plantas y los animales, invitan a leer desde el interior y dan respuestas a las preguntas de su autor”.  Esa belleza que dice Platón “que nos hace llegar a los umbrales de la realidad suprema y el bien,  al mismo Dios”.  También Aristóteles, sigue diciendo el Papa, afirmó que “dentro de todas las cosas de la naturaleza existe algo maravilloso”.  El cosmos entero que ocupó el centro del pensamiento de los filósofos griegos, fue también el que ocupó el de los teólogos, los místicos y pensadores, como el de los filósofos de todos los tiempos, para dar respuesta en su estudio cosmogónico y encontrar el fundamento de toda la obra creada, cuyo artífice es Dios.

Y en esta obra maravillosa, nos dice Benedicto XVI, Dios ha dejado su verdadera imagen en el ser humano. “El hombre en su alma espiritual lleva un germen de eternidad”. En ella Dios ha puesto la luz de la inteligencia que tiene hambre de la verdad y sed de la hermosura infinita. En él “se trasluce la imagen de Dios invisible” (Col. 1, 15). Seducido el hombre por el mal, cayó en pecado. Pero Cristo le ha devuelto a la vida y “nuestros ojos ávidos de belleza se dejan atraer por el nuevo Adán, icono del Padre, esplendor de la gloria, revelado en el Hijo” y manifestado en la belleza del arte.

Este arte que ha llenado a la Iglesia de esplendor y expresa la interioridad del hombre y su espiritualidad, se ve amenazado desde hace algún tiempo por ciertas modas que se complacen en lo feo del arte, en el mal gusto, rayando lo grosero. Los artistas creadores de este arte lo defienden con la finalidad de sustituirle por el arte clásico, para suscitar el escándalo y mofarse de la belleza. Estableciendo de esta forma, como una pelea entre Dios y el Diablo, entre la belleza y la fealdad, el bien y el mal. En su discurso, el Papa nos avisa a los creyentes, del riesgo que se corre si nos dejamos atrapar por las redes camufladas de ese arte del mal, donde el icono de belleza se convierte en ídolo perverso, sustituyendo el fin por el medio, esclavizando la verdad y pasando el dominio a la tiniebla. En esta trampa ingenuamente han caído muchos, por falta de una preparación adecuada de la belleza.

Por eso, es urgente y necesario dejarnos educar por la belleza, teniendo formado un espíritu crítico, frente a los ofrecimientos de esa cultura de muerte, profundizando en conocimientos sensatos y de madurez. Un buen ejemplo es el de San Agustín, nos dice el Papa, que se sentía atormentado por el tiempo perdido, después de conocer la belleza de Dios. Que la belleza del bien no pierda su fuerza de atracción. Que las pruebas de la verdad  fortalezcan el sentido de la razón. Que la fe apoyada en la sabiduría del bien, nos haga profundizar más en el misterio de la belleza. Necesitamos urgentemente la educación en la belleza para sensibilizar nuestro espíritu y no ser fagocitados por el arte del mal gusto.

En un mundo dominado por la imagen del mal gusto, por lo banal y sexual, hay que contraponer la auténtica imagen de belleza que es la que dignifica la vida, nos llena el corazón del gozo de la gracia y nos lleva a la belleza de Dios. “Tenemos que promover la alianza fecunda entre el Evangelio y el arte, creando una nueva epifanía de belleza, nacida de la contemplación de Cristo, el Verbo encarnado, como del esplendor radiante de la Virgen María y el de los Santos”. De esta forma, el arte de la Iglesia seguirá siendo la “Vía pulchritudinis”, auténtico camino de evangelización que nos lleve al Dios de la belleza.

El Papa formuló algunas ideas para educar y crecer en la belleza. Entre otras, dice que hay que for-marse en la belleza para dar razón del misterio de Cristo, expresado en el arte sacro, la música y liturgia, organizar eventos culturales artísticos que actualicen nuestra sensibilidad, para apreciar y valorar el patri-monio de la Iglesia. Hacer publicaciones en revistas y medios actuales, mostrando la pedagogía del arte religioso y el sentido de la trascendencia. Sensibilizar los agentes de pastoral, catequesis y profesores de religión, en especial a clérigos y religiosos, a través de cursos de formación, seminarios, visitando museos.

La belleza de Cristo en la “Via pulchritudinis” puede ser un bello camino de santidad. La santidad cristiana nos configura con la belleza del Hijo. La Virgen y los Santos son reflejos luminosos de la belleza infinita de Dios. Todo el discurso es un extraordinario canto a la belleza que bien merece leerse pausa-damente para crecer en la santidad y belleza que nos configura con Cristo.

domingo, 13 de diciembre de 2009

NATURALEZA Y ARTE, PARADIGMA DEL HOMBRE

En una visión teológica de fe, las cosas ya existían antes de la gran explosión cósmica, de hace más de esos quince mil millones de años que nos hablan los científicos.  Todo estaba ya en el corazón de Dios.  Porque “de El venimos y hacia El vamos”. Mucho antes Él ya había llenado de belleza y armonía la creación entera.  En su mente el arte fluía en todo, como sello indeleble y firma del gran artista: Dios.  La explosión sólo fue  el día fijado para colgar en la galería del universo, toda la obra realizada por su autor en el taller de la mente divina. Y en ella todo era esplendor, magnanificencia, pulcritud, inmensidad, luz y color, armonía y belleza sacra, símbolos de presencia, revelación del misterio… “Y vio Dios que toda la obra artística era bella y buena” (Gen. 1, 10).

Pero toda esa belleza universal, presente en la naturaleza que contemplamos, no fue creada para la ostentación de un lujo, o para impactar al adversario.  Aquí todo tiene sentido de vida y revelación, de presencia amorosa y don sublime, de solemne Palabra o Logos de vida que manifiesta y anuncia lo finito del infinito. Todo está proclamando esa manifestación gloriosa de  la eterna divinidad. En verdad, toda la naturaleza como el cosmos entero es una obra perfecta de arte divino, que responde a la idea suprema que Dios tiene en su mente. Él, imprimió en todas las cosas pinceladas de infinita belleza, en total semejanza con las perfecciones divinas. Todas reclaman un intelecto perfecto, con presencia y aleteo del Espíritu divino.

El cosmos, la naturaleza, el arte, el hombre, las cosas; todo es génesis, imagen e iconos sacros que proclaman ab aeterno, presencias de la divina belleza. Como respuesta, la naturaleza se renueva y se reviste cada día de belleza y arte, al tiempo que se hace contínuo cántico de alabanza, armonía y dignidad; cada día celebra en su seno nuevas  bodas llenas de fecundidad y de vida, engendrando e infundiendo impulsos  vitales  pletóricos de existencia, prolongando la vida y llenándola de presencias y gloria divina.

También en el hombre Dios ha infundido una luz virtuosa sobrenatural a modo de semilla o fermento de belleza, engendradora de armonía y arte. Y no se la ha concedido para “meterla debajo del celemín”, sino para ponerla en lo más alto, cual faro de luz,  que irradie  destellos  engendradores de  una creación  más perfeccionada. Y a la perfección se llega con esfuerzo y sacrificio, con reflexión y búsqueda sincera, abiertos a lo bueno, a la fe y al misterio. Lo banal, lo efímero, lo engañoso, como la vacuidad o el absurdo, son falacias que falsifican la verdad y la belleza. Pues sólo cuando las obras se revistan de pureza y de verdad, la creación verá cumplida la misión encomendada.  La verdad de su arte será  realidad de algo más sublime. Será una manera propia de revelar lo divino que lleva el hombre, impreso en el ideal de su conciencia. Su arte se volverá teológico,  casi sacralizado, trascendental. No será una religión, pero llevará al mismo fin. Se elevará sobre la naturaleza y su arte será obra del Espíritu, donde brille la verdad, la bondad y el bien.

Dicen que la naturaleza lleva en sí misma un germen de equilibrio que contrarresta las fuerzas del cosmos haciendo posible la vida del ser humano. También aquí toda la naturaleza no sólo se hace amiga del hombre, sino que se vuelve paradigma de arte, belleza y armonía. Arrancarla esos secretos en íntima mistagogía, sería revelar misterios que hablan de verdades más profundas. Misterios que siguen impresionando al hombre, ya que desde la prehistoria hasta nuestros días, el ser humano siente la necesidad de imitarla y de superarla. El arte es siempre superación, nunca debe ser regresión. Dejarnos arrastrar por la plaga de un arte errático dominado por la disonancia y vacuidad, es destruir  la historia, la belleza y el valor del arte que primordialmente es espiritual.

Para el hombre, el arte sería imposible si no existiera la naturaleza. En ella está el origen y la fuente inspiradora que refresca la sed insaciable que el hombre tiene de belleza. De ahí que el ser humano esté en continua comunión con ese  profundo espíritu creador que late  en su viva interioridad. Acude a ella porque es original, ya que nadie es original, y sólo en ella  encuentra  ese arte encarnado en la realidad. Millones de veces  se ha revestido de belleza para el hombre, ofreciéndole sorpresas de originalidad. Sin embargo, la belleza artística creada por el hombre es muy superior a la natural, porque emana del espíritu, que es siempre más elevado que la naturaleza. La misma belleza del mundo físico no tendría valor sino fuera reflejo de la belleza del Espíritu. Los teólogos dicen que sólo hay verdadera belleza cuando se participa del espíritu y engendra el espíritu. La verdad no existiría si no se nos manifestase o revelase. El arte no es la verdad, pero ilumina a la verdad, llena de luces la inteligencia y la abre a una sabiduría más sublime, porque el arte es encarnación del espíritu, ese espíritu que es origen y génesis del divino Espíritu.

Ante el arte el hombre se vuelve idealista y sueña al igual que Ulises, con la Itaca eterna, hacia la que avanza siempre atravesando el mar informe de la materia, hasta establecerse en la feliz orilla de la perenne eternidad. Para el hombre cada ensayo artístico condensa las experiencias del tiempo y la belleza. De ahí que “haga de la experiencia de la belleza terrestre, auténtica reminiscencia de la belleza eterna”; dice Platón, “Pues cuando buscamos la belleza regresamos a nuestro hogar”.  (Platón. Banquete 211. a-b.  Citado por J. Plazaola. Introducción a la estética. Universidad de Deusto. Bilbao 1991. pág. 30 y 322).  La belleza tiene una oculta relación con nuestra alma, la llena de armonía y perfecciona su ideal. Es constante estímulo de perfección e ideal fascinante para irradiar las perfecciones divinas impresas en el alma.

Sería una profanación si dijéramos que en la belleza natural está resumido todo. “La belleza de la naturaleza no es lo último; sólo es el heraldo de una interior y eterna belleza” (Emersón R. U. Ensayos y discursos. Citado por Plazaola, o. c. p 357).  Como sería un enorme error si el hombre viera la belleza de la naturaleza y no se preguntara por su verdadero autor. Ocultaríamos la verdad y multiplicaríamos los ídolos llenando nuestra vida de inútiles fetiches. El ser humano ha sido creado para algo más que la belleza exterior. Su destino es la integración total con la Belleza divina. De ahí que el ser humano debe estar siempre en continua búsqueda de la verdad, que va unida siempre al bien y la bondad, fundamentos que nos elevan a la Belleza sublime. Solo la belleza de lo verdadero es la que creará  espacios liberadores de gracia y bondad, como preludio de aproximación a la belleza del alma, reflejo de la Belleza de Dios.

Los nuevos éticos o maestros del moderno ethos (relación persona-naturaleza), amantes del naturalismo, intencionadamente nos están desviando de todo lo que tiene sentido espiritual. La vocación del ser humano es ser maestros y dominadores de la naturaleza, pero nunca para idolatrarla ni tampoco para desintegrarla. Aquilatar el arte, la belleza y la naturaleza  hasta un idealismo vaporoso, es correr el riesgo de caer en la nada (nihilismo). Hay que ser realistas. El hombre pertenece a lo real y a lo espiritual. Descubriendo lo real estaremos autodescubriéndonos, pues el ser humano es parte constitutiva del todo. Sólo ascendiendo de lo real a la belleza, llegaremos al sentimiento espiritual. Lo que nos invita a pensar que se impone, cada vez más, una revolución y búsqueda del arte espiritual. Lo que más se echa de menos en el arte actual, es la falta de ideas y de espiritualidad que eleven y liberen nuestra vida, frente a la vacuidad y disonancia del arte actual.

El hombre siempre ha sido creativo, artífice y fecundo; fecundidad que le ha llevado siempre  a la búsqueda de lo  trascendente, del contacto con lo divino.  Desde la antigüedad el hombre ha luchado por salir del anonimato, para encontrar, mediante el arte, una relación con el misterio que le ayuda a celebrar la vida. Dios está en el corazón del universo y el ser humano se siente integrado en él, sediento y anhelante de alcanzar la filiación divina. Justo es que nuestro arte se espiritualice y exprese, mediante imágenes la sublime Belleza  que le habla de Dios. Es en el espíritu donde impera otra realidad más alta. Es la verdad y el bien el que libera el interior del ser, es la belleza la que proyecta en el alma el verdadero gozo exterior, sustancial, sólido y lleno de viva realidad.

Si estamos huérfanos de belleza es porque necesitamos urgentemente una purificación. Necesitamos un nuevo Jordán que lave las manchas de nuestro arte de fealdad. Abandonar este desierto árido, desolador y ausente de belleza. Volver a la tierra prometida que mana belleza, armonía, dignidad y posibilita una vida animada por el gozo y la verdad. Volveremos a nuestro hogar cuando hagamos de lo espiritual y divino el centro de nuestro arte. Es necesario liberarnos de la perversión de un arte sin alma que deambula sin oriente. Sólo el cristianismo se liberó de la iconoclasia  cuando mostró con bellas imágenes a un Dios encarnado  y viviendo en carne mortal entre nosotros, un Dios que se hizo icono vivo en los mártires, en los santos y en todo hombre que vive lleno del espíritu de Dios, que busca e irradia  esa belleza del arte que hace a Dios el centro de la vida. Los místicos cristianos dicen que “Dios está en el centro del alma”, porque ella es  imago Dei, imagen del Dios viviente. 

EL ARTE DE DIOS EN LA BELLEZA DEL ALMA

Hablar o pintar el alma es entrar dentro de lo espiritual, de lo intangible e invisible. También nuestros pensamientos son invisibles e intangibles, pero se hacen manifiestos al hablar, aunque a su vez la voz también sea invisible, pero el oído nos lo hace perceptible en nuestro interior, pasando así, de lo invisible a lo sensible y visible, haciendo posible que nuestro espíritu conozca los pensamientos y sentimientos de lo que es invisible e intangible. Y siguiendo este mismo razonamiento, el alma que es invisible y espiritual, se manifiesta en nuestro exterior a través de sentimientos, expresiones, movimientos y actitudes corporales, abriéndonos al conocimiento de lo invisible mediante lo visible.

No obstante, reconocemos que retratar el alma como retratar a Dios, es imposible representarlos adecuadamente, ya que pintar lo que no tiene forma visible, es pintar lo que carece de imagen y color. Pero Dios se nos ha revelado encarnado en la persona de su Hijo.  Dios se hizo hombre en Cristo y en su imagen vemos visiblemente el icono del que forma parte del Dios invisible. Y partiendo de aquí, la Iglesia hace objeto primordial de la pintura cristiana a Cristo, el hijo de María, al que el Evangelio nos  presenta lleno de gracia y fuerza espiritual, cual taumaturgo que cura enfermos, resucitando muertos, lleno de luz celeste en el Tabor, como también resucitado y ascendido a los cielos, pletórico de vida y esplendor en su nueva existencia.

Este es el punto del que queremos partir: por medio de las obras artísticas, sensibles y visibles, ascender a la contemplación de lo invisible y espiritual. Esto nos invita a dar otro paso más, para llegar a ver corporalmente mediante expresiones y símbolos, la santidad de la persona. El arte tiene ese poder mistagógico de revelar mediante formas la realidad santa, no en sí misma, sino de manera misteriosa, como en un espejo en el que vemos la imagen visible, no tangible, reflejo y semejanza de la imagen real de la persona, aunque la figura de nuestra tosca naturaleza diste mucho de la belleza y perfección espiritual del alma.

De ahí la gran importancia que tiene en la vida espiritual, el que el hombre sepa armonizar las bellas cualidades y virtudes de su alma con los hermosos rasgos de su interioridad y exterioridad, para llegar a configurarse con la viva imagen del alma santa, creada por Dios, la que constituye el espectáculo más bello que admirar se pueda. Después vendrá el arte y nos ofrecerá ese instante místico lleno de espiritualidad. Sólo quien contempla en la belleza la medida eterna, puede gozar mesurada y bellamente esa presencia de lo divino. El arte se constituye aquí en el heraldo de gran sabiduría, en el músico virtuoso y creador de armonía, pues a través de su sabiduría artística y llena de color, nos ofrece la armonía más bella y elevada, transformada en arte de belleza espiritual.

El verdadero retrato del hombre es la obra maestra del divino y eterno artista. Reflejar el hombre interno en la viva imagen de Dios, donde el puro espíritu se hace visible en la estatua que representa al hombre, hecho imagen de Dios viviente entre los humanos, es el buen trabajo  del artista.  El  retrato de belleza espiritual tiene que trasmitir destellos del hombre transido de espíritu y aflorando en su naturaleza la presencia de lo invisible. Hacer que la gracia corporal se haga auténtica gracia del espíritu y surja el hombre verdadero, oculto en el interior que se revela al exterior, animado por el principio vital de la belleza que vive en el alma, donde  el hombre se hace todo pneuma  habitado por la gracia divina.

En los modelos de los grandes maestros de la pintura, se nos muestra al santo en total semejanza  con Dios, sellada en su faz e imprimiendo gestos de belleza divina que viven en su interior y sólo él sabe vivirlos en esa contemplación de lo celeste. Así, cuando pintan la cabeza, como esfera celeste, irradian la belleza perfecta de la gracia. Y en sus ojos pneumatizados se manifiestan todos los matices de la vida espiritual, en contínuo diálogo con el trascendente que sólo él sabe intuir en éxtasis de belleza. La boca arqueada, como iris de multicolor belleza,  actúa como miembro del logos que encarna pensamientos de intenso amor en indecible dulzura. Pocas veces se pinta el corazón, pero su cuerpo late enfervorizado a impulsos de de amor espiritual. Las delicadas y artísticas manos, hablan por sí mismas como símbolos estigmatizados en permanente donación. Todos los miembros se muestran en nobleza y perfección, en armonía y belleza, como corresponde a tal dignidad, haciéndonos ver el sentido del hombre nuevo que vive ya en la dimensión  de lo celeste. Estos retratos de belleza que trasmiten paz, no sólo dialogan  con el espectador, le conmueven en su interior, llevándole a la oración y contemplación, sino que hacen sentir la belleza del espíritu y crean momentos doxológicos de unión con el trascendente.

Sólo el hombre es el único ser viviente que de las formas externas y sensibles puede concebir la armonía, la gracia y belleza espiritual; como es el único capaz de contemplar y admirar la belleza exterior, llenarla de luz y color, recreándola con capacidad para elevarnos hasta el conocimiento de lo divino. Sólo los que tienen ojos sabios distinguen esas matizaciones sutiles y espirituales que el artista ofrece a la contemplación. Como sólo los ojos de bondad perciben en su interior la fuerza expresiva de la imagen espiritualizada. Hoy se precisa urgentemente purificar nuestros ojos para ver en el arte de Dios la belleza del alma, con frecuencia ausente en el arte actual. El cristal opaco de un arte deforme nos impide que “el ojo del espíritu” pueda disfrutar y contemplar  estéticamente ese arte sublime cuasi de naturaleza divina.

Nunca debió alejarse la Iglesia de este arte. Pues en la medida que se dejó seducir por los modernismos inexpresivos, presentando figuras con enrarecido hieratismo, frías, a veces vacías y sin contenido, donde las imágenes distorsionadas presentan una realidad deformada, inerte de espíritu, con escaso mensaje espiritual, más bien pieza exóticas de museo que de iglesia, sin aleteo de presencia numinosa del espíritu, donde la indiferencia se adueña sin provocarnos plegarias y deseos de unión espiritual. Este arte aleja más que atrae al fiel devoto. Tal vez sea esta la causa que nos ha llevado a esa ausencia del arte de belleza, por el que el Papa actual pide reflexión a los artistas para hacer que vuelvan a ese arte espiritual que mejor nos comunica con el trascendente.

El retrato como las imágenes de obras sacras nos elevan por sí mismas el espíritu, al tiempo que nos sugieren la bellaza pura, inmaterial  e infinita que nos lleva a Dios. “Deja que tu alma se conmueva, dice San Gregorio, al contemplar las bellas imágenes de los mosaicos y los magníficos frescos, que adornan las paredes, como si fueran mudos discursos celestes, plasmados en imágenes y color” (S. Gregorio de Nisa. Elogio de San Teodoro. PG. 46,747). Si la Iglesia progresó en fecundidad de mensaje expansivo, fue sin duda por las obras de arte, donde la belleza se trasmitía al alma, convirtiendo los objetos en espejos de hermosura divina y los espacios en arquetípicos evangelios de la Palabra. Y en las grandes revelaciones del arte, la belleza religiosa llenó el espíritu del hombre en verdadera catarsis y presencia del Espíritu de Dios, hasta hacerle entrar en éxtasis espiritual de belleza y conversión.

La belleza espiritual del arte, hay que vivirla en la Iglesia como una nueva revelación donde la palabra y la imagen estén íntimamente unidas, porque la misma Palabra es ya Imagen de Dios, imagen de gracia, de presencia y de salvación. En el retrato e imagen de Cristo se confirma más la Sagrada Escritura, de que nuestro espíritu ha sido creado a imagen y belleza de Dios. Si llevamos impreso ese deseo de belleza espiritual, es porque Cristo ha realizado ya ese  proyecto de santifica-ción en nosotros, la mayor belleza. Por eso el que ha comprendido el significado de la encarnación, la pasión y la resurrección del Verbo de Dios, lo ha comprendido todo, pues en Él está la verdad del cosmos, el sentido del ser humano y el destino de toda la creación. Desvirtuar la imagen de esa belleza, es profanar la obra de Dios “No profanéis vuestra imagen santa, obra del Creador, que es templo de Dios” (Lev. 22, 32).  “No convirtáis la casa del Padre en casa de mercado sucio” (Jn. 2, 16).

Que este arte de la belleza del alma, se haga epifanía de Dios que ilumine de nuevo la imagen que nos hace ver mejor a Dios, especialmente a través de su palabra que trasciende toda sensación espiritual. Las bellas imágenes de los santos son las que traducen mejor el esquema espiritual de su experiencia de fe. Que ellas nos sirvan de luz interior que trasforme nuestra fragilidad humana, en auténtico recuerdo viviente de Jesucristo, que destruirá la vacuidad de otras imágenes que nos alejan de Dios. Nadie como los santos nos revelan el sentido estético de la belleza espiritual y su relación con el misterio de Dios.