Comenzamos el novenario de San Antonio. Es una gracia el poder vivir estos nueve días en oración y bendecidos por Dios mediante la ayuda de San Antonio. El es el santo del milagro permanente, siempre atento a nuestras necesidades. Bueno es que le conozcamos mejor para que nuestras peticiones sean atendidas por su mediación.
¿Quién es San Antonio? ¿Cómo era San Antonio? ¿Qué conozco de este Santo? Muchas son las cosas que nos gustarían saber de él. Por eso, intentaremos conocer algo de lo que esta Santo san especial fue. Un santo que arrastra a los fieles y crea simpatías por doquier. El único Santo que vive siempre n olor de multitudes. El pueblo devoto le ha idealizado como el santo más legendario y más milagroso. Es el santo que es de todos y el más conocido en el mundo. El siempre está disponible para todos. Esta fama no se gana porque sí, sino por méritos propios.
viernes, 6 de junio de 2008
domingo, 9 de marzo de 2008
ASIS, LUZ ESPIRITUAL Y ARTE
Hay ciudades que son como soles de primera magnitud, iluminan e irradian por sí solas gracia y espiritualidad. Decir Asís, Jerusalén, Roma, Santiago..., es como decir “Ciudades de Dios”. Es abrir puertas al espíritu por donde se nos llena el alma, no sólo de riquezas espirituales, presencias de Dios, sino de belleza y de arte, de naturaleza y fe. Son lugares y cunas donde renace la vida y se recupera la esperanza.
Asís, ciudad del la Umbría, ciudad del “Poverello”, es la ciudad de la “Paz y el Bien”, la “Ciudad del Espíritu”, la “Ciudad de la Fraternidad abierta al amor Universal, a la reconciliación y al “Loar” al Creador. Oriente que convoca al alba de un nuevo día, como lo proclamó Juan Pablo II, en oración compartida con los dirigentes de las principales religiones. “Aquí se deja sentir más que nunca la necesidad de un nuevo nacimiento espiritual, porque aquí, el hombre de Dios, Francisco, que supo aproximar a Cristo a los hombres de su época, volverá también hacer lo mismo en nuestro tiempo”.
Desde esta artística ciudad, un día Francisco, en el ocaso de su vida, supo bendecirla con una auténtica profecía: “Bendita de Dios seas, ciudad santa, porque por ti muchas almas se salvarán”. El nuevo sol del espíritu comenzaba a irradiar bellezas de luz, en ese amanecer en el corazón de la Umbría... El mismo Dante, en su “Divina Comedia”, habla de Asís, como la “Patria del nuevo sol”.
Aún hoy día, Asís sigue siendo una ciudad abierta a ese amor fraterno y universal, donde resuenan por doquier las palabras de Francisco: “Loado seas, mi Señor, por quienes aman y perdonan por tu amor”. Asís es ese armonioso y ecológico lugar, donde se realiza el abrazo entre Dios, el hombre y la naturaleza. Donde el sol, la luna y las estrellas, el fuego y el viento, el hombre y los animales, parecen agradecer el que el humilde Francisco bautizase a todos con el dulce nombre de “Hermano y Hermana”.
Tal vez, por su ubicación especial de lugar privilegiado, entre paisajes pintorescos, con prodigiosa naturaleza de variada arboleda y atardeceres maravillosos, hacen de aquellos parajes, un lugar único para la meditación, la paz y el sosiego, siguiendo las huellas del Santo de Asís. Vivió y presente en estos lugares. Poeta de la naturaleza, heraldo y artista de Dios.
El arte, como presencia de Dios e imagen del espíritu, es lo que rezuma toda la ciudad y alrededores. Aquí el arte se hace belleza hasta en lo más humilde. En manos del asombro queda uno ante la capilla de la Porciúncula, donde el Santo se recogía para orar, colocada hoy bajo el grandioso fanal de la cúpula de la Basílica de Santa María de los Ángeles, lugar donde Francisco recibió la embajada la Hermana muerte, desnudo sobre la madre tierra. Aquí el arte establece el fundamento de una penetrante teología de la belleza.
Todas las líneas arquitectónicas de este templo, convergen sobre esta humilde capilla, exaltándola como el gran tesoro de la espiritualidad franciscana. Embellecidas con frescos y obras de arte alusivas a la Virgen y al Santo, están armonizadas con elementos místicos y simbólicos, creando una atmósfera de intensa religiosidad, donde en extática contemplación, se percibe una gran conmoción de armonía, belleza y paz.
Y si hablamos de la gran Basílica de San Francisco de Asís, hay que descalzarse de lo efímero y pasajero porque hay que adentrarnos en el Santa Santorum de la espiritualidad y arte franciscano. Es un templo esplendoroso de doble basílica, sobre puesta a la cripta, se alza la Basílica mayor. No sólo nos impactan las artísticas vidrieras, mensajes espirituales en color, sino la decoración de toda la Basílica, con más de 28 frescos relatores de la vida del Santo. Contemplarlos es nacer a la ternura y bondad, aquí se vive con la emoción de tener el alma entre las nubes y pisar tierras del Edén, vislumbrando lo celeste.
A la verdad, todo el recinto es un compendio de belleza y armonía estética sin igual. Aquí la belleza viene al encuentro de nuestro espíritu, no para arrebatarle, sino para abrirle a la proximidad ardiente del Dios personal. Es esa belleza que nos abre la inteligencia de la Sabiduría celeste y despierta el apetito de encontrarnos cara a cara con la Belleza Total, hasta poseerla en la iluminación resplandeciente del gozo y la gracia. No en vano, en ella trabajaron los mejores artistas de su tiempo -teólogos del arte-. Maestros geniales como Giotto, Cimabue, Pietro Cavallini, Jacobo Turriti, Filippo Rusuti, Sinone Martín, Pietro Lorenzeti, los “Maestros de San Francisco” y otros, que dejaron allí lo mejor que tenían de su arte.
Toda la Basílica es una obra maestra de arte, llena de gracia y suavidad en las figuras. Con su ingenuidad y eficacia expresiva, rebosante de armonía y espiritualidad, logran con sus transparencias de color, que respiremos a ritmo de sencillez y bondad, la belleza y el arte, las virtudes del espíritu y la santidad del Santo. Aquí, la contemplación del arte nos sitúa en el centro de la cosmogonía de la belleza, nos crea una grandiosa teología visual. Su iconografía, su entelequia, está estrechamente ligada al ser concreto, se revela en términos de luz y constituye la belleza plasmada de lo ingenuo, de lo puro, de lo que asemeja a Dios.
Son escenas franciscanas vividas con tanta dulzura y bondad angelical que evocan el éxtasis de lo sublime. Se tiene la impresión de haber parado el tiempo y dialogar en cada escena con el Santo de Asís. La verdad es que si el arte no culmina en el milagro de transformar el pensamiento e incidir en el alma del espectador, sólo sería un arte efímero o pasajero. En el arte religioso Dios se complace en todo el que mira la obra con belleza y bondad, espejo de su gloria, como se complace en todo santo, icono de su esplendor.
Todo el ambiente de la ciudad, típicamente medieval, nos hace respirar la fragancia del arte y la belleza, como el de la fe y el espíritu que imprimieron sus más ilustres hijos Clara y Francisco de Asís. Aquí nació pujante el arte italiano que deslumbró con su belleza, impulsado por Francisco, el gran artista de Dios, se empezó a construir y difundir apenas dos años después de su muerte, recién canonizado por Gregorio IX.
En Asís, como una bendición de la ciudad de Dios, abundan las iglesias, centros de espiritualidad y de arte; cátedras de la belleza y religiosidad; lugares de encuentro íntimo con Dios y consigo mismo. Son escuelas de sabiduría celeste y arte espiritual. Al igual que la Basílica de San Francisco, otro tanto se puede decir de la Basílica de Santa Clara o la catedral de San Rufino, donde fueron bautizados Clara y Francisco; o la evocadora iglesia de San Cosme y San Damián, lugar donde Clara salvó a Asís y venció a los sarracenos con la fuerza milagrosa del Señor en la Custodia, empuñada con sus manos virginales.
Todo Asís es un museo viviente, un lugar de privilegio donde afloran los mejores sentimientos y educamos nuestra sensibilidad. Aquí el arte religioso es siempre actual, ya que él está por encima de las épocas y las modas, donde sigue latiendo el corazón de la existencia en ferviente espíritu. Esta belleza estética vierte en el mundo esa sal de la que nos habla el Evangelio, sin la cual la vida es insulsa. Es ese arte que suscita la belleza, sin la cual no habría nada que hacer en la tierra, porque tal belleza, introduce a Dios en el alma, como presencia ardiente que ahonda allí sus raíces.
Sí, Asís es la ciudad alegre del “Poverello”, la ciudad arte y espíritu, donde Francisco, heraldo y poeta de Dios, compuso su bello y sublime “Cántico de las Criaturas”. Cántico espiritual y valioso documento literario del naciente romance italiano. Todo aquí es fascinación y santidad. Ningún otro lugar está tan penetrado de la santidad de un hombre, que puso todo su ideal en ser otro “Alter Christus” -otro Cristo-, viviendo pura y simplemente el Evangelio a “la letra y sin glosas”, llevando en su vida, la Alegría, la Paz y el Bien, con autenticidad de vida, hasta merecer llevar en su cuerpo, los estigmas de las llagas de Cristo.
Vistas las cosas hoy, necesitamos un nuevo Francisco que con sus impulsos nos traiga una nueva renovación. También necesitamos el arte de la Santidad que él tuvo, como camino para llegar a un mundo nuevo, un mundo mejor, donde impere la bondad, la sencillez y los valores evangélicos. La naturaleza espera gimiendo que su belleza sea salvada a través del hombre hecho santo, imagen de Dios. El arte de Francisco, el “Hermano de todos”, puede ser un norte de revelación, no sólo en la armonía del arte espiritual, sino también, en esa búsqueda y ansiada belleza, de la renovación de nuestro arte actual, ya que el arte de hoy, expresa la angustia desesperada de del que pide un milagro salvador. Milagro que sólo nos vendrá, cuando miremos la belleza con la mirada virginal de una santo.
Asís, ciudad del la Umbría, ciudad del “Poverello”, es la ciudad de la “Paz y el Bien”, la “Ciudad del Espíritu”, la “Ciudad de la Fraternidad abierta al amor Universal, a la reconciliación y al “Loar” al Creador. Oriente que convoca al alba de un nuevo día, como lo proclamó Juan Pablo II, en oración compartida con los dirigentes de las principales religiones. “Aquí se deja sentir más que nunca la necesidad de un nuevo nacimiento espiritual, porque aquí, el hombre de Dios, Francisco, que supo aproximar a Cristo a los hombres de su época, volverá también hacer lo mismo en nuestro tiempo”.
Desde esta artística ciudad, un día Francisco, en el ocaso de su vida, supo bendecirla con una auténtica profecía: “Bendita de Dios seas, ciudad santa, porque por ti muchas almas se salvarán”. El nuevo sol del espíritu comenzaba a irradiar bellezas de luz, en ese amanecer en el corazón de la Umbría... El mismo Dante, en su “Divina Comedia”, habla de Asís, como la “Patria del nuevo sol”.
Aún hoy día, Asís sigue siendo una ciudad abierta a ese amor fraterno y universal, donde resuenan por doquier las palabras de Francisco: “Loado seas, mi Señor, por quienes aman y perdonan por tu amor”. Asís es ese armonioso y ecológico lugar, donde se realiza el abrazo entre Dios, el hombre y la naturaleza. Donde el sol, la luna y las estrellas, el fuego y el viento, el hombre y los animales, parecen agradecer el que el humilde Francisco bautizase a todos con el dulce nombre de “Hermano y Hermana”.
Tal vez, por su ubicación especial de lugar privilegiado, entre paisajes pintorescos, con prodigiosa naturaleza de variada arboleda y atardeceres maravillosos, hacen de aquellos parajes, un lugar único para la meditación, la paz y el sosiego, siguiendo las huellas del Santo de Asís. Vivió y presente en estos lugares. Poeta de la naturaleza, heraldo y artista de Dios.
El arte, como presencia de Dios e imagen del espíritu, es lo que rezuma toda la ciudad y alrededores. Aquí el arte se hace belleza hasta en lo más humilde. En manos del asombro queda uno ante la capilla de la Porciúncula, donde el Santo se recogía para orar, colocada hoy bajo el grandioso fanal de la cúpula de la Basílica de Santa María de los Ángeles, lugar donde Francisco recibió la embajada la Hermana muerte, desnudo sobre la madre tierra. Aquí el arte establece el fundamento de una penetrante teología de la belleza.
Todas las líneas arquitectónicas de este templo, convergen sobre esta humilde capilla, exaltándola como el gran tesoro de la espiritualidad franciscana. Embellecidas con frescos y obras de arte alusivas a la Virgen y al Santo, están armonizadas con elementos místicos y simbólicos, creando una atmósfera de intensa religiosidad, donde en extática contemplación, se percibe una gran conmoción de armonía, belleza y paz.
Y si hablamos de la gran Basílica de San Francisco de Asís, hay que descalzarse de lo efímero y pasajero porque hay que adentrarnos en el Santa Santorum de la espiritualidad y arte franciscano. Es un templo esplendoroso de doble basílica, sobre puesta a la cripta, se alza la Basílica mayor. No sólo nos impactan las artísticas vidrieras, mensajes espirituales en color, sino la decoración de toda la Basílica, con más de 28 frescos relatores de la vida del Santo. Contemplarlos es nacer a la ternura y bondad, aquí se vive con la emoción de tener el alma entre las nubes y pisar tierras del Edén, vislumbrando lo celeste.
A la verdad, todo el recinto es un compendio de belleza y armonía estética sin igual. Aquí la belleza viene al encuentro de nuestro espíritu, no para arrebatarle, sino para abrirle a la proximidad ardiente del Dios personal. Es esa belleza que nos abre la inteligencia de la Sabiduría celeste y despierta el apetito de encontrarnos cara a cara con la Belleza Total, hasta poseerla en la iluminación resplandeciente del gozo y la gracia. No en vano, en ella trabajaron los mejores artistas de su tiempo -teólogos del arte-. Maestros geniales como Giotto, Cimabue, Pietro Cavallini, Jacobo Turriti, Filippo Rusuti, Sinone Martín, Pietro Lorenzeti, los “Maestros de San Francisco” y otros, que dejaron allí lo mejor que tenían de su arte.
Toda la Basílica es una obra maestra de arte, llena de gracia y suavidad en las figuras. Con su ingenuidad y eficacia expresiva, rebosante de armonía y espiritualidad, logran con sus transparencias de color, que respiremos a ritmo de sencillez y bondad, la belleza y el arte, las virtudes del espíritu y la santidad del Santo. Aquí, la contemplación del arte nos sitúa en el centro de la cosmogonía de la belleza, nos crea una grandiosa teología visual. Su iconografía, su entelequia, está estrechamente ligada al ser concreto, se revela en términos de luz y constituye la belleza plasmada de lo ingenuo, de lo puro, de lo que asemeja a Dios.
Son escenas franciscanas vividas con tanta dulzura y bondad angelical que evocan el éxtasis de lo sublime. Se tiene la impresión de haber parado el tiempo y dialogar en cada escena con el Santo de Asís. La verdad es que si el arte no culmina en el milagro de transformar el pensamiento e incidir en el alma del espectador, sólo sería un arte efímero o pasajero. En el arte religioso Dios se complace en todo el que mira la obra con belleza y bondad, espejo de su gloria, como se complace en todo santo, icono de su esplendor.
Todo el ambiente de la ciudad, típicamente medieval, nos hace respirar la fragancia del arte y la belleza, como el de la fe y el espíritu que imprimieron sus más ilustres hijos Clara y Francisco de Asís. Aquí nació pujante el arte italiano que deslumbró con su belleza, impulsado por Francisco, el gran artista de Dios, se empezó a construir y difundir apenas dos años después de su muerte, recién canonizado por Gregorio IX.
En Asís, como una bendición de la ciudad de Dios, abundan las iglesias, centros de espiritualidad y de arte; cátedras de la belleza y religiosidad; lugares de encuentro íntimo con Dios y consigo mismo. Son escuelas de sabiduría celeste y arte espiritual. Al igual que la Basílica de San Francisco, otro tanto se puede decir de la Basílica de Santa Clara o la catedral de San Rufino, donde fueron bautizados Clara y Francisco; o la evocadora iglesia de San Cosme y San Damián, lugar donde Clara salvó a Asís y venció a los sarracenos con la fuerza milagrosa del Señor en la Custodia, empuñada con sus manos virginales.
Todo Asís es un museo viviente, un lugar de privilegio donde afloran los mejores sentimientos y educamos nuestra sensibilidad. Aquí el arte religioso es siempre actual, ya que él está por encima de las épocas y las modas, donde sigue latiendo el corazón de la existencia en ferviente espíritu. Esta belleza estética vierte en el mundo esa sal de la que nos habla el Evangelio, sin la cual la vida es insulsa. Es ese arte que suscita la belleza, sin la cual no habría nada que hacer en la tierra, porque tal belleza, introduce a Dios en el alma, como presencia ardiente que ahonda allí sus raíces.
Sí, Asís es la ciudad alegre del “Poverello”, la ciudad arte y espíritu, donde Francisco, heraldo y poeta de Dios, compuso su bello y sublime “Cántico de las Criaturas”. Cántico espiritual y valioso documento literario del naciente romance italiano. Todo aquí es fascinación y santidad. Ningún otro lugar está tan penetrado de la santidad de un hombre, que puso todo su ideal en ser otro “Alter Christus” -otro Cristo-, viviendo pura y simplemente el Evangelio a “la letra y sin glosas”, llevando en su vida, la Alegría, la Paz y el Bien, con autenticidad de vida, hasta merecer llevar en su cuerpo, los estigmas de las llagas de Cristo.
Vistas las cosas hoy, necesitamos un nuevo Francisco que con sus impulsos nos traiga una nueva renovación. También necesitamos el arte de la Santidad que él tuvo, como camino para llegar a un mundo nuevo, un mundo mejor, donde impere la bondad, la sencillez y los valores evangélicos. La naturaleza espera gimiendo que su belleza sea salvada a través del hombre hecho santo, imagen de Dios. El arte de Francisco, el “Hermano de todos”, puede ser un norte de revelación, no sólo en la armonía del arte espiritual, sino también, en esa búsqueda y ansiada belleza, de la renovación de nuestro arte actual, ya que el arte de hoy, expresa la angustia desesperada de del que pide un milagro salvador. Milagro que sólo nos vendrá, cuando miremos la belleza con la mirada virginal de una santo.
domingo, 28 de octubre de 2007
BEATO RAMÓN TEJADO
Hoy Alcázar puede sentirse dicha por tener un santo beatificado en este día en Roma.
Un Santo es un amigo de Dios, un hijo de Dios que vive junto a él para siempre. Nuestro Hermano Ramón Tejado, hoy es declarado solemnemente en Roma BEATO, es decir bienaventurado, dichoso, santo, hijo de Dios. Uno de los que acompañan a Cristo porque también él ha lavado su vida con la sangre del martirio. Dichoso él que supo tener fe y valentía para dar la vida por Cristo, antes que dejarse seducir por las cosas mundanas.
Toda la Iglesia española hoy se reviste de gozo y alegría y canta las glorias de estos 498 mártires que están siendo beatificados en esta mañana. Ellos son la admiración y el mejor ejemplo para la cristiandad, porque fueron fieles a la fe, porque dieron su vida por amor y perdonando a los que les mataban. Ramón iba catando la misa como himno al primer mártir: Cristo. El nos enseñó el camino, como hoy lo hace Ramón el camino de Dios.
Tenemos un santo en nuestro pueblo, en nuestra ciudad. Desde el cielo hoy nos bendicen a todos, pues nunca se olvida la cuna de nuestra vida. Podemos sentir orgullo, pues nuestro pueblo es patria de santos, lugar de héroes, tierra de nobles y pueblo de fe. Que esto nos estimule a todos para que también nosotros sepamos continuar lo que ellos vivieron.
¿Cómo era y quién era Ramón Tejado? Nació de padres pobres y humildes trabajadores Natalio y Joaquina que tuvieron 6 hijos, cuatro hermanas y un hermano. Desde pequeño frecuentó este lugar franciscano y se le iban los ojos detrás de los franciscanos que había aquí. Tenía cuatro años, cuando se abrió de nuevo el seminario en esta casa, trasladado de Belmonte. Desde muy pequeño se hizo monaguillo y cantor en la parroquia, donde demostró ser un gran cantante con voz limpia y buen oído. Cantaba en las fiestas, novenas y funerales. Los sacerdotes estaban encantados con Ramón.
Nunca faltaba al colegio y deseaban tener conocimientos para ser una buena persona. Rezaba y era piadoso. Su hermano que no rezaba y estaba alejado, le llamaba “santurrón” para molestarle. También su padre estaba alejado de la iglesia. Trabajaba mucho y ganaba poco, por lo que desconfiaba de todo. Pero su madre que era terciaria franciscana y sus hermanas que eran piadosas, le acompañaban en la oración. Desde niño tuvo una gran devoción a la Virgen María y a la Eucaristía, no perdía una misa y ayudaba a todas las que podía. Desde que hizo la primera comunión lo hacía todos los días, antes de ir al colegio. Tenía envidia a los seminaristas franciscanos que había en el colegio y cuando tuvo la edad correspondiente les dijo a sus padres que quería ser franciscano para ser misionero y mártir. Pero su padre le dijo que cambiara de pensamiento. Insistió de muchas formas y cuando vio que no conseguía lo que pedía, se marchó al seminario franciscano que esta en esta casa y pidió que le admitieran. Los religiosos le llevaron a su casa pues sin el consentimiento de sus padres no lo podían hacer. Pero el fue un valiente toda su vida. Hasta que lo consiguió aunque no le gustaba a su padre. y en 1926, entró en el Seminario de Alcázar.
En 1930 vistió el hábito franciscano en Arenas de San Pedro -Ávila-. Como devoto de la Virgen del Rosario, se puso Fr. Ramón de la virgen del Rosario. El lo rezaba todos los días. Su padre fue a por él a los tres meses y se lo trajo a casa, no quería que estuviera allí. Ramón vino obedeciendo a su padre, pero su ejemplo de vida y repitiendo a su padre que su casa era el convento, convenció de nuevo a su padre para que le dejara volver.
Fue un estudiante humilde, pero siempre ayudaba a todos los que podía. Le gustaba la música y la literatura. Era tenor en el coro y cantaba muy bien. Compuso poemas a la Virgen, a España, con gran sencillez. Deseaba ser mártir como los franciscanos del Japón. Desde Pastrana donde estudio filosofía, pasó a Consuegra, donde estaba estudiando el 2º de teología desde 1934-1936. En sus cartas a sus padres decía que sufría por no poder hacer la Profesión y recibir las Órdenes, pues estaba sujeto al servicio militar. Pero se sentía cada vez más feliz siguiendo la vocación religiosa. Les decía que estaba preparado para recibir el martirio. si era la voluntad de Dios. Ante la terrible situación de España su padre fue a Consuegra para traérselo a casa y esconderlo. Pero él le dijo: “Un soldado de Cristo no debe huir jamás de la cruz, los franciscanos somos soldado de Cristo. Yo estoy dispuesto a dar la vida por El”. Ante la insistencia de sus familiares el les dijo: “Lo que sea de mis hermanos de hábito será para mí”.
Y montados en el camión de la muerte cantaban, se abrazaban, perdonaban a todos Y llegado el momento empuñando el rosario gritaron por última vez: ¡Viva Cristo Rey! Así murió este héroe de Cristo.
Su amor y su oración por su padre y hermano, obró ya en vida el milagro de la conversión. También ellos murieron mártires por defender esta casa franciscana...
Un Santo es un amigo de Dios, un hijo de Dios que vive junto a él para siempre. Nuestro Hermano Ramón Tejado, hoy es declarado solemnemente en Roma BEATO, es decir bienaventurado, dichoso, santo, hijo de Dios. Uno de los que acompañan a Cristo porque también él ha lavado su vida con la sangre del martirio. Dichoso él que supo tener fe y valentía para dar la vida por Cristo, antes que dejarse seducir por las cosas mundanas.
Toda la Iglesia española hoy se reviste de gozo y alegría y canta las glorias de estos 498 mártires que están siendo beatificados en esta mañana. Ellos son la admiración y el mejor ejemplo para la cristiandad, porque fueron fieles a la fe, porque dieron su vida por amor y perdonando a los que les mataban. Ramón iba catando la misa como himno al primer mártir: Cristo. El nos enseñó el camino, como hoy lo hace Ramón el camino de Dios.
Tenemos un santo en nuestro pueblo, en nuestra ciudad. Desde el cielo hoy nos bendicen a todos, pues nunca se olvida la cuna de nuestra vida. Podemos sentir orgullo, pues nuestro pueblo es patria de santos, lugar de héroes, tierra de nobles y pueblo de fe. Que esto nos estimule a todos para que también nosotros sepamos continuar lo que ellos vivieron.
¿Cómo era y quién era Ramón Tejado? Nació de padres pobres y humildes trabajadores Natalio y Joaquina que tuvieron 6 hijos, cuatro hermanas y un hermano. Desde pequeño frecuentó este lugar franciscano y se le iban los ojos detrás de los franciscanos que había aquí. Tenía cuatro años, cuando se abrió de nuevo el seminario en esta casa, trasladado de Belmonte. Desde muy pequeño se hizo monaguillo y cantor en la parroquia, donde demostró ser un gran cantante con voz limpia y buen oído. Cantaba en las fiestas, novenas y funerales. Los sacerdotes estaban encantados con Ramón.
Nunca faltaba al colegio y deseaban tener conocimientos para ser una buena persona. Rezaba y era piadoso. Su hermano que no rezaba y estaba alejado, le llamaba “santurrón” para molestarle. También su padre estaba alejado de la iglesia. Trabajaba mucho y ganaba poco, por lo que desconfiaba de todo. Pero su madre que era terciaria franciscana y sus hermanas que eran piadosas, le acompañaban en la oración. Desde niño tuvo una gran devoción a la Virgen María y a la Eucaristía, no perdía una misa y ayudaba a todas las que podía. Desde que hizo la primera comunión lo hacía todos los días, antes de ir al colegio. Tenía envidia a los seminaristas franciscanos que había en el colegio y cuando tuvo la edad correspondiente les dijo a sus padres que quería ser franciscano para ser misionero y mártir. Pero su padre le dijo que cambiara de pensamiento. Insistió de muchas formas y cuando vio que no conseguía lo que pedía, se marchó al seminario franciscano que esta en esta casa y pidió que le admitieran. Los religiosos le llevaron a su casa pues sin el consentimiento de sus padres no lo podían hacer. Pero el fue un valiente toda su vida. Hasta que lo consiguió aunque no le gustaba a su padre. y en 1926, entró en el Seminario de Alcázar.
En 1930 vistió el hábito franciscano en Arenas de San Pedro -Ávila-. Como devoto de la Virgen del Rosario, se puso Fr. Ramón de la virgen del Rosario. El lo rezaba todos los días. Su padre fue a por él a los tres meses y se lo trajo a casa, no quería que estuviera allí. Ramón vino obedeciendo a su padre, pero su ejemplo de vida y repitiendo a su padre que su casa era el convento, convenció de nuevo a su padre para que le dejara volver.
Fue un estudiante humilde, pero siempre ayudaba a todos los que podía. Le gustaba la música y la literatura. Era tenor en el coro y cantaba muy bien. Compuso poemas a la Virgen, a España, con gran sencillez. Deseaba ser mártir como los franciscanos del Japón. Desde Pastrana donde estudio filosofía, pasó a Consuegra, donde estaba estudiando el 2º de teología desde 1934-1936. En sus cartas a sus padres decía que sufría por no poder hacer la Profesión y recibir las Órdenes, pues estaba sujeto al servicio militar. Pero se sentía cada vez más feliz siguiendo la vocación religiosa. Les decía que estaba preparado para recibir el martirio. si era la voluntad de Dios. Ante la terrible situación de España su padre fue a Consuegra para traérselo a casa y esconderlo. Pero él le dijo: “Un soldado de Cristo no debe huir jamás de la cruz, los franciscanos somos soldado de Cristo. Yo estoy dispuesto a dar la vida por El”. Ante la insistencia de sus familiares el les dijo: “Lo que sea de mis hermanos de hábito será para mí”.
Y montados en el camión de la muerte cantaban, se abrazaban, perdonaban a todos Y llegado el momento empuñando el rosario gritaron por última vez: ¡Viva Cristo Rey! Así murió este héroe de Cristo.
Su amor y su oración por su padre y hermano, obró ya en vida el milagro de la conversión. También ellos murieron mártires por defender esta casa franciscana...
viernes, 7 de septiembre de 2007
VICTOR CHUMILLAS Y COMPAÑEROS MÁRTIRES
ALELUIA!! “Este es el día del Señor, este el tiempo de la victoria”. “Ahora podemos decir –como el Padre San Francisco- que tenemos 22 auténticos hermanos más” reconocidos por la Madre Iglesia como beatos, y en camino de ser declarados Santos.
Desde SANTUARIO hacemos oficial el reconocimiento de alabanza y de loa, a este grupo de 22 religiosos franciscanos, encabezados por el P. Víctor Chumillas, de la Provincia de Castilla, que inmolaron sus vidas ejemplarmente durante la persecución religiosa en España, dando testimonio de su condición de frailes Menores, profesando una fe ejemplar, por la que dieron su vida invocando al Rey del Universo y a su Madre, la Virgen Inmaculada. Nuestros Beatos sufrieron el martirio en la madrugada del 6 de agosto de 1936, en plena Mancha y en el término de Fuente el Fresno (Ciudad Real).
Sí, hoy es un día gozoso para nosotros, porque proclamamos a nuestros Hermanos entre los santos y elegidos de Dios y beatificados por la Madre Iglesia. Hoy queremos anunciarlo a los cuatro vientos y con el sonido de las trompetas vaticanas, que nuestros mártires, los que derramaron su sangre por amor y exclusivamente por confesar a Cristo y a su Madre Santísima, han subido a los altares y sus nombres han quedado grabados en el libro de la vida.
Este es el momento solemne de entonar el himno de alabanza que entona la Iglesia en acción de gracias con ritmo gregoriano. TE DEUM LAUDAMUS. Te martyrum candidatus, laudat exercitus. (A ti, oh Dios, te alabamos. A ti te ensalza el blanco ejército de los mártires). Ese innumerable ejército que han blanqueado sus vestidos con la sangre del Cordero. Ese admirable grupo que testificó la verdad con su propia sangre. Esos que entonan el himno, que nadie más que ellos sabe cantar. Los que siguen al Cordero donde quiera que vaya. Los que están marcados con el sello de la vida. Esos que están delante del trono y del Cordero con palmas en sus manos. Los que sólo ellos podrán responder: “Amén. Bendición, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios, por los siglos de los siglos”. (Ap. 7, 12)
La Iglesia, aplicando el Evangelio sobre ellos hoy les dice: “Bienaventurados vosotros, los perseguidos por causa de la justicia, que para vosotros es el reino de los cielos. Dichosos seréis cuando os injurien y persigan por causa de mi nombre, pues vuestra recompensa será grande en el reino de los cielos. (Mt. 5. 10)
Abundan en la Palabra de Dios, los textos alusivos a estos acontecimientos. El Apocalipsis tiene palabras en rito de doxología que son verdadera epíclesis de consagración con el Cordero y el Dios de la vida. En esa liturgia celeste, ellos, vestidos con blancas vestiduras y palmas en sus manos, proclaman la salvación que Dios ha realizado por Cristo.
No podía ser de otra forma para los que dieron la vida por amor. “El signo más perenne del amor cristiano, es la memoria de los mártires”. Que nunca se olvide su testimonio. Ellos son los que han anunciado el Evangelio dando su vida por amor. El martirio es el signo del amor más grande que compendia cualquier otro valor. Su existencia refleja la suprema palabra pronunciada por Jesús en la misma cruz: “Padre, perdónales, que no saben lo que hacen”, Lc. 23, 34. (Juan Pablo II. Bula Incarnationis mysterium. nº 13, Año 2000).
Con frecuencia se piensa que la época de los mártires había terminado. Cuando leemos las actas de los mártires de los primeros siglos del cristianismo, especialmente de las persecuciones romanas y escuchamos los relatos conmovedores de los mártires Tarsicio, Cecilia, Eulogio, Sixto o Cornelio –por citar algunos-, nos parece que esto ya nunca se daría más; sin embargo, el siglo que ha terminado, cerrando el segundo milenio, nos ha dejado ejemplos mayores. Nunca se han dado tantos mártires en la Iglesia como ahora, ni tantos testimonios de fe heróica. Dios en nuestro tiempo aún sigue perseguido en cada uno de los cristianos, donde Cristo sigue vivo.
A nuestros Hermanos se les condenó sin juicio y sin causa, sólo por confesar a Cristo. Se les arrebató la vida por defender y vivir el Evangelio. Su voz quedó truncada y reducida a la Iglesia del silencio. El enemigo reía y celebraba su gran victoria. Pero ignoraba que la sangre del mártir es una voz incontenible que grita y proclama la fuerza fecunda de nuevos cristianos. También la voz de Cristo mezclada con su sangre silenciosa y redentora junto a la cruz, parecía truncada y derrotada. Pero allí mismo se alzó victoriosa en la nueva Iglesia, multiplicándose aún en medio de persecuciones y hoy se cuentan por cientos de millones los testigos del crucificado. La fe en el resucitado hoy es proclamada y ensalzada. “Vuestra experiencia de muerte y resurrección, pertenece a la Iglesia y al mundo entero” (Juan Pablo II.). “Vivisteis la experiencia del Viernes Santo, pero como hombres de fe, sabíais que la vida de Cristo no terminó en el Viernes Santo, sino en la Resurrección gloriosa” (Madre Teresa de Calcuta).
El martirio es la mayor prueba de amor. Dios es amor y el que ama imitando ese amor, es testigo fiel de Dios. “El martirio es el supremo testimonio de la verdadera fe” (Catecismo de la Iglesia nº. 2473). Y el Vaticano II nos presenta el verdadero modelo de mártir en Jesús, el Hijo de Dios, que manifestó su amor entregando su vida por nosotros. Y “nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por El y sus hermanos” (Jn. 15, 13). Los cristianos por el martirio se asemejan a su Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo. Se conforman a El y su sangre es estimada por la Iglesia como don eximio y suprema prueba de amor (Lumen Pentium, nº 42)
Nuestros mártires conformaron su vida con la de Cristo, Cristo terminó en la Cruz diciendo: “Padre, perdónales que no saben lo que hace” (Lc, 23, 34). Estas mismas palabras las pronunciaron nuestros Hermanos cuando entregaban por Cristo sus vidas, no sin antes perdonar a los verdugos y orar por ellos. El perdón a los enemigos es un atributo del mártir cristiano. Les insultaban, y ellos bendecían, los difamaban, y ellos dirigían palabras de bondad, eran afrentados y perseguidos y lo soportaban todo con afabilidad (I Cor. 4, 12-13).
Por eso, nadie como el arte sabe manifestar con armonía y belleza la luz de la gracia, en ese retrato espiritual de estos testigos de la verdad y de la fe. El arte fue el que embelleció a los mártires con la palma del martirio, como signo de resurrección por su fidelidad a Dios hasta la muerte. El arte envolvió la figura del mártir en un hálito de majestad divina, que introduce al Santo en la amistad de Dios. La corona de luz que puso sobre sus cabezas, recuerda e indica el brillo espiritual que habita en él. En la Biblia, la corona como la aureola, son símbolos de la realeza, como reflejo del poder divino. Se le ofreció a David la corona, como símbolo del poder y por el amor que mostró a su Hacedor. (Eclo. 47, 8). Igualmente se recompensó a Israel, como se coronó a Cristo, “lleno de gloria y honor” (Hebr. 2, 7). Y al que sigue el camino de la fe, “Dios pondrá en su cabeza una diadema de gracia” (Prov. 4, 9).
El arte nos introduce en la fidelidad y la espiritualidad del que es fiel a Cristo, llenando de color y policromía la entrega del amor sacrificado y martirizado. El ojo del arte nos introduce en la cámara misteriosa y espiritual, donde el amor del mártir se funde con la inmolación de Cristo. Es esa belleza arrobadora que nos adentra en el mundo de la fidelidad y de la escucha del Logos de Dios. Para el mártir, Cristo es la plenitud y la doxología de Dios, que habita corporalmente en él y que se irradia en el cosmos de su vida, como luz espiritual y forma configurada que le deifica.
La luz de la fe del mártir es un destello del amor de Dios, que en la fidelidad y seguimiento de Cristo, le ha llevado a la plena identificación con El. El mártir se hace otro Cristo, para morir y resucitar en la gloria única de Dios. El arte nos presenta al mártir como persona que ha tomado en serio el eros humano y lo ha transformado en ágape de Cristo, convirtiendo en momentos sublimes ese amor que se vuelve éxtasis de unión, por morir a la cruz del mundo, donde Cristo fue crucificado. De ahí que el arte del mártir se convierta en imagen de presencia, en belleza transformada en gloria, en icono de gracia y arte de Dios.
Cada obra de arte nos evoca la belleza espiritual del martirio, al tiempo que nos introduce en la nueva encarnación del Hijo de Dios, para gloria del Padre, haciéndola visible para los que aún no tienen ojos de belleza. Esta teología del arte nos introduce en la belleza de Cristo, el Hijo, donde nos convertimos en hijos de Dios, en imagen suya, en auténticos hermanos. Sólo la belleza de Cristo nos dará la clave para comprender los enigmas espirituales de la trascendencia.
La luz de la fe del mártir, iluminada por la belleza del arte nos revela mejor la verdad de Dios. Ellos son los que irradian la belleza de la esfera divina, del mundo del Logos cósmico, de la luz central y espiritual del Dios uno y trino. Su vivencia del amor bello y armónico, se ha convertido en el pondus amoris, en libre energía de amor y entelequia espiritual que les ha llevado a la total identificación con Cristo.
Que la locura del gólgota de nuestros mártires que les hizo ganar el “ascendi superius” y el “sede a dextris meis” (sube mas alto y siéntate a mi derecha), iluminen nuestros ojos para ver mejor a Dios y ser fieles a la obediencia estética de la cruz.
Desde SANTUARIO hacemos oficial el reconocimiento de alabanza y de loa, a este grupo de 22 religiosos franciscanos, encabezados por el P. Víctor Chumillas, de la Provincia de Castilla, que inmolaron sus vidas ejemplarmente durante la persecución religiosa en España, dando testimonio de su condición de frailes Menores, profesando una fe ejemplar, por la que dieron su vida invocando al Rey del Universo y a su Madre, la Virgen Inmaculada. Nuestros Beatos sufrieron el martirio en la madrugada del 6 de agosto de 1936, en plena Mancha y en el término de Fuente el Fresno (Ciudad Real).
Sí, hoy es un día gozoso para nosotros, porque proclamamos a nuestros Hermanos entre los santos y elegidos de Dios y beatificados por la Madre Iglesia. Hoy queremos anunciarlo a los cuatro vientos y con el sonido de las trompetas vaticanas, que nuestros mártires, los que derramaron su sangre por amor y exclusivamente por confesar a Cristo y a su Madre Santísima, han subido a los altares y sus nombres han quedado grabados en el libro de la vida.
Este es el momento solemne de entonar el himno de alabanza que entona la Iglesia en acción de gracias con ritmo gregoriano. TE DEUM LAUDAMUS. Te martyrum candidatus, laudat exercitus. (A ti, oh Dios, te alabamos. A ti te ensalza el blanco ejército de los mártires). Ese innumerable ejército que han blanqueado sus vestidos con la sangre del Cordero. Ese admirable grupo que testificó la verdad con su propia sangre. Esos que entonan el himno, que nadie más que ellos sabe cantar. Los que siguen al Cordero donde quiera que vaya. Los que están marcados con el sello de la vida. Esos que están delante del trono y del Cordero con palmas en sus manos. Los que sólo ellos podrán responder: “Amén. Bendición, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios, por los siglos de los siglos”. (Ap. 7, 12)
La Iglesia, aplicando el Evangelio sobre ellos hoy les dice: “Bienaventurados vosotros, los perseguidos por causa de la justicia, que para vosotros es el reino de los cielos. Dichosos seréis cuando os injurien y persigan por causa de mi nombre, pues vuestra recompensa será grande en el reino de los cielos. (Mt. 5. 10)
Abundan en la Palabra de Dios, los textos alusivos a estos acontecimientos. El Apocalipsis tiene palabras en rito de doxología que son verdadera epíclesis de consagración con el Cordero y el Dios de la vida. En esa liturgia celeste, ellos, vestidos con blancas vestiduras y palmas en sus manos, proclaman la salvación que Dios ha realizado por Cristo.
No podía ser de otra forma para los que dieron la vida por amor. “El signo más perenne del amor cristiano, es la memoria de los mártires”. Que nunca se olvide su testimonio. Ellos son los que han anunciado el Evangelio dando su vida por amor. El martirio es el signo del amor más grande que compendia cualquier otro valor. Su existencia refleja la suprema palabra pronunciada por Jesús en la misma cruz: “Padre, perdónales, que no saben lo que hacen”, Lc. 23, 34. (Juan Pablo II. Bula Incarnationis mysterium. nº 13, Año 2000).
Con frecuencia se piensa que la época de los mártires había terminado. Cuando leemos las actas de los mártires de los primeros siglos del cristianismo, especialmente de las persecuciones romanas y escuchamos los relatos conmovedores de los mártires Tarsicio, Cecilia, Eulogio, Sixto o Cornelio –por citar algunos-, nos parece que esto ya nunca se daría más; sin embargo, el siglo que ha terminado, cerrando el segundo milenio, nos ha dejado ejemplos mayores. Nunca se han dado tantos mártires en la Iglesia como ahora, ni tantos testimonios de fe heróica. Dios en nuestro tiempo aún sigue perseguido en cada uno de los cristianos, donde Cristo sigue vivo.
A nuestros Hermanos se les condenó sin juicio y sin causa, sólo por confesar a Cristo. Se les arrebató la vida por defender y vivir el Evangelio. Su voz quedó truncada y reducida a la Iglesia del silencio. El enemigo reía y celebraba su gran victoria. Pero ignoraba que la sangre del mártir es una voz incontenible que grita y proclama la fuerza fecunda de nuevos cristianos. También la voz de Cristo mezclada con su sangre silenciosa y redentora junto a la cruz, parecía truncada y derrotada. Pero allí mismo se alzó victoriosa en la nueva Iglesia, multiplicándose aún en medio de persecuciones y hoy se cuentan por cientos de millones los testigos del crucificado. La fe en el resucitado hoy es proclamada y ensalzada. “Vuestra experiencia de muerte y resurrección, pertenece a la Iglesia y al mundo entero” (Juan Pablo II.). “Vivisteis la experiencia del Viernes Santo, pero como hombres de fe, sabíais que la vida de Cristo no terminó en el Viernes Santo, sino en la Resurrección gloriosa” (Madre Teresa de Calcuta).
El martirio es la mayor prueba de amor. Dios es amor y el que ama imitando ese amor, es testigo fiel de Dios. “El martirio es el supremo testimonio de la verdadera fe” (Catecismo de la Iglesia nº. 2473). Y el Vaticano II nos presenta el verdadero modelo de mártir en Jesús, el Hijo de Dios, que manifestó su amor entregando su vida por nosotros. Y “nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por El y sus hermanos” (Jn. 15, 13). Los cristianos por el martirio se asemejan a su Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo. Se conforman a El y su sangre es estimada por la Iglesia como don eximio y suprema prueba de amor (Lumen Pentium, nº 42)
Nuestros mártires conformaron su vida con la de Cristo, Cristo terminó en la Cruz diciendo: “Padre, perdónales que no saben lo que hace” (Lc, 23, 34). Estas mismas palabras las pronunciaron nuestros Hermanos cuando entregaban por Cristo sus vidas, no sin antes perdonar a los verdugos y orar por ellos. El perdón a los enemigos es un atributo del mártir cristiano. Les insultaban, y ellos bendecían, los difamaban, y ellos dirigían palabras de bondad, eran afrentados y perseguidos y lo soportaban todo con afabilidad (I Cor. 4, 12-13).
Por eso, nadie como el arte sabe manifestar con armonía y belleza la luz de la gracia, en ese retrato espiritual de estos testigos de la verdad y de la fe. El arte fue el que embelleció a los mártires con la palma del martirio, como signo de resurrección por su fidelidad a Dios hasta la muerte. El arte envolvió la figura del mártir en un hálito de majestad divina, que introduce al Santo en la amistad de Dios. La corona de luz que puso sobre sus cabezas, recuerda e indica el brillo espiritual que habita en él. En la Biblia, la corona como la aureola, son símbolos de la realeza, como reflejo del poder divino. Se le ofreció a David la corona, como símbolo del poder y por el amor que mostró a su Hacedor. (Eclo. 47, 8). Igualmente se recompensó a Israel, como se coronó a Cristo, “lleno de gloria y honor” (Hebr. 2, 7). Y al que sigue el camino de la fe, “Dios pondrá en su cabeza una diadema de gracia” (Prov. 4, 9).
El arte nos introduce en la fidelidad y la espiritualidad del que es fiel a Cristo, llenando de color y policromía la entrega del amor sacrificado y martirizado. El ojo del arte nos introduce en la cámara misteriosa y espiritual, donde el amor del mártir se funde con la inmolación de Cristo. Es esa belleza arrobadora que nos adentra en el mundo de la fidelidad y de la escucha del Logos de Dios. Para el mártir, Cristo es la plenitud y la doxología de Dios, que habita corporalmente en él y que se irradia en el cosmos de su vida, como luz espiritual y forma configurada que le deifica.
La luz de la fe del mártir es un destello del amor de Dios, que en la fidelidad y seguimiento de Cristo, le ha llevado a la plena identificación con El. El mártir se hace otro Cristo, para morir y resucitar en la gloria única de Dios. El arte nos presenta al mártir como persona que ha tomado en serio el eros humano y lo ha transformado en ágape de Cristo, convirtiendo en momentos sublimes ese amor que se vuelve éxtasis de unión, por morir a la cruz del mundo, donde Cristo fue crucificado. De ahí que el arte del mártir se convierta en imagen de presencia, en belleza transformada en gloria, en icono de gracia y arte de Dios.
Cada obra de arte nos evoca la belleza espiritual del martirio, al tiempo que nos introduce en la nueva encarnación del Hijo de Dios, para gloria del Padre, haciéndola visible para los que aún no tienen ojos de belleza. Esta teología del arte nos introduce en la belleza de Cristo, el Hijo, donde nos convertimos en hijos de Dios, en imagen suya, en auténticos hermanos. Sólo la belleza de Cristo nos dará la clave para comprender los enigmas espirituales de la trascendencia.
La luz de la fe del mártir, iluminada por la belleza del arte nos revela mejor la verdad de Dios. Ellos son los que irradian la belleza de la esfera divina, del mundo del Logos cósmico, de la luz central y espiritual del Dios uno y trino. Su vivencia del amor bello y armónico, se ha convertido en el pondus amoris, en libre energía de amor y entelequia espiritual que les ha llevado a la total identificación con Cristo.
Que la locura del gólgota de nuestros mártires que les hizo ganar el “ascendi superius” y el “sede a dextris meis” (sube mas alto y siéntate a mi derecha), iluminen nuestros ojos para ver mejor a Dios y ser fieles a la obediencia estética de la cruz.
jueves, 26 de octubre de 2006
RETRATO ESPIRITUAL DE SAN FRANCISCO DE ASIS
San Francisco de Asís (1182-1226) es el Santo más universal. Es uno de los más admirados en la Iglesia. Es el Santo Hermano de todos. Su forma de vida, marcó un estilo nuevo en la Iglesia, creó una manera peculiar de estar en el mundo, que contagió a los hombres y cambió el rumbo de la historia. Su instinto agudo para celebrar la vida cual alegre presencia luminosa de Dios, fácilmente le llevó a descubrir en el mundo y las criaturas, la belleza teofánica de la presencia de Dios.
Hacer en breves pinceladas un retrato espiritual de Francisco de Asís, no es nada fácil, ya que es un hombre que lleva en sí el alma de poeta, músico, artista, místico y santo. Se necesitaría la intuición sapiencial de la transparencia para revelar la inmaterialidad de lo celeste, o tal vez, estar en altura mística de unión transformadora, con ojos proféticos que revelasen los arquetipos divinos donde todo es espíritu y gracia. Aunque todo es posible en un Dios que es siempre revelación.
Y es que Francisco, desde su alegre juventud, el Evangelio se hizo para él palabra reveladora que transformó su vida. Desde su conversión, entró en ambiente de Dios que le hizo vivir en contínua experiencia mística, y en total fascinación del “Altísimo y bondadoso Señor”, dejándose avasallar por esa “plétora oceánica de la realidad que surge gloriosa de los abismos de Dios”.
Aupado en su filosofía del amor, Cristo se le reveló como transfiguración luminosa que llenaba su vida de luz y verdad, reveladoras de la trascendencia del Padre. Centrado en el misterio de la pobreza y humildad, Francisco vive la vida con gozo renovado a ritmo de perfecta alegría, como un hombre nuevo y liberado, en total disponibilidad y en místico éxtasis de amor divino, como el que ve en todo a Dios presente, y al que canta en lenguaje bíblico las maravillas de Dios en el cosmos, en las criaturas y en la belleza de la fraternidad universal.
Su centro de vida está en la experiencia profunda del Dios revelado en Cristo Jesús. El Evangelio de la cruz es el único libro que Francisco hizo vivo hasta encarnarle en su vida. El abismo de la pasión de Cristo le llevó al abismo de la com-pasión, de la ternura sublimada, de la fidelidad, de la entrega más total, hasta transformarse en la misma imagen del Crucificado. La consecuencia de este amor, le dejó a Francisco estigmatizado en su cuerpo, marcado de amor, a semejanza de la fiel imagen de Cristo, como serafín privilegiado, en virtud de la fuerza milagrosa y el poder del Espíritu de Dios que comenzó a actuar en él.
Toda la vida de Francisco fue vivir abrazado a Cristo en los hermanos. En ellos encontró el esplendor de la fraternidad, como la suma belleza de la armonía y la dulcedumbre más reveladora de del Dios, encarnado en el hombre y para el hombre. Por él se hace siervo, pobre, humilde, disponible, entregado, el más pequeñuelo y mínimo, porque en todo aspira el aroma sublime que irradia el espíritu y la belleza ejemplarizante de la vida de Cristo.
El humilde Francisco, fue siempre un hombre de profunda comunión con Dios en el hombre y las criaturas. Él supo hacer alegre la vida en esa búsqueda de Dios. Vivió con inusitada intensidad la belleza del espíritu. Poseía un instinto agudo para descubrir la presencia luminosa de Dios en cada criatura y vivirla como una constante teofanía de Dios. Había en él un sentido estético de la belleza, que le llevaba a expresar la vida como una gozosa manifestación de Dios. El mundo, las plantas, las flores, todo era motivo sugerente que llenaba su mente y su alma del misterio de Dios. Él mismo vivía como un artista del espíritu, como un mensajero encarnado en la belleza, haciendo de la belleza santidad y de la santidad belleza.
De ahí que el arte encuentre tantos motivos pictóricos en él, que reflejan la belleza de su espíritu. Pintores como el Greco nos le presenta en un cuerpo espiritualizado, cual signo de hombre deificado, con rostro que irradia luz interior como trasformando la fragilidad humana en un cuerpo habitado por Cristo. Murillo y Ribalta, le presentan fundido en un abrazo con Cristo crucificado, creando un espacio de éxtasis amoroso, donde todas nuestras palabras enmudecen. Zurbarán en sus diversa creaciones, nos mostrará al Santo como símbolo de la belleza y santidad, cual receptáculo puro donde Dios mora y vive, como constante presencia santificadora. Alonso Cano le ve en total admiración y resplandeciente de luz, cual Moisés en el Sinaí, brotando de su imagen destellos de gloria como lugar de teofanía.
Son muchos los grandes artistas que han encontrado en la persona de San Francisco de Asís, el Santo idóneo para pintar y reflejar esa sublimidad espiritual del alma. El alma no se ve, pero artistas como Ribera, Gregorio Fernández, Valdés Leal, Pedro de Mena, Sánchez Coello, entre otros muchos, cuando pintan o esculpen a San Francisco, nos muestran actitudes que reflejan el alma. Son esos momentos de encuentro con el trascendente, donde el artista sabe fusionarlos bellamente con el alma. Instantes privilegiados con lo sagrado en esa realidad “totalmente otra” superior al hombre. Espacios redimidos que se dilatan al infinito en total acción con el espíritu.
En la Iglesia, también el arte se vuelve sacramental, lugar de encuentro y revelación, signo visible donde el espíritu actúa como dedo invisible de Dios, trasformando la imagen en la suma Belleza, en símbolo revelador. Belleza inefable de Dios que se entremezcla en singular experiencia de fe y de comunión con ese mundo escatológico del más allá.
Es digno de admirar las veces que estos artistas han ensayado su arte sobre el retrato espiritual del Santo de Asís. Cada obra es un tratado de espiritualidad, un libro de oración y meditación, un vademécum para el creyente. Nos hacen reflexionar con sólo verlas. Son imágenes desmaterializadas que flotan como venidas de otro mundo. El peso y la opacidad de la materia desaparecen para volverse ligeras, ágiles, haladas, celestes. Están totalmente espiritualizadas como rayos de energía deificante. Son cuerpos donde a través de los pliegues de la estameña del hábito, se esconde el alma seráfica del “Poverello”, llena de luz misteriosa y gracia transfigurante.
Estos retratos espirituales de los citados artistas, manifiestan una composición tan armónica entre cuerpo y alma, que impacta y nos deja ensimismados por la acentuada elegancia y belleza, engalanadas e impregnadas de acentuada esbeltez. Es el rostro dulcificado del Santo de Asís el que nos cautiva, el que expresa el espíritu donde aflora el hombre interior. Es la belleza del mundo nuevo revitalizado por la gracia, como un universo renovado. “habitado por las energías divinas y visibles en esos seres con rostro de eternidad”. Todo el santo está penetrado de ese misterioso silencio de lo divino, al tiempo que también está embriagado de vida y movimiento, de vitalidad y de energía, exuberante de belleza y perfecta alegría, en vía de convertirse en ese cosmos de gozo renovado y nueva criatura.
“Desde la Encarnación del Verbo todo está dominado por el rostro, el rostro humano de Dios”. Este es el punto de partida para estos artistas, de ahí que centren la atención en el gesto y las miradas. Aquí, las miradas hablan desde el interior, con la fuerza del fuego celeste de Pentecostés, que nos purifica e impresiona, cual si fuera el espíritu el que nos mira y nos habla.
Son retratos en los que hay complicidad de entendimiento entre esa paradoja del lenguaje visual y el místico. Toda la escena está circundada de paz interior, “escondida en el corazón del hombre redimido” (1 Pe. 3, 4). Sólo los grandes artistas saben crear estas escenas o momentos arrancados del más allá, donde aún palpita el ser humano, pero ya despojado de lo inútil y centrado en lo único necesario.
Sin lugar a duda, estos artistas son auténticos biógrafos del espíritu, al tiempo que son poetas y cantores de la belleza como del colorido. Nadie da lo que no tiene. Ellos nos ofrecen estas vivencias de fe, como la suma de su experiencia en esa lucha interior por revelar el don de la belleza. Es su forma de manifestar y envolver esa gama de cromatismos, donde la materia se mezcla con la irradiación que nos abre a lo invisible, cual nueva luz tabórica, que nos introduce en esa verdadera luz solar, “donde se vive el deseo ardiente e innato de lo bello y lo santo” (S. Basilio. P.G. 31,909 BC).
Como en la Palabra de Dios, se necesita la fe para mirar estas obras de arte. Sólo las miradas de los distraídos necesitan mirarlas muchas veces. Si las miramos con ojos de belleza, nos arrebatarán el alma y sentiremos la presencia del Santo, que nos expresa su misterio de intercesión. El mismo San Pablo estableció este fundamento de la imagen como revelación y manifestación de Dios. “Cristo es la imagen del Dios invisible” (Col. 1, 15). Y si en Cristo aparece la imagen de Dios hecha hombre: Dios-Hombre, en Cristo se realiza y culmina la imagen plenificadora del hombre-Dios.
Mirado desde este punto, la imagen del hombre es también la imagen de Dios. El hombre sólo es verdadero, sólo es real en la medida en que refleja esa imagen de Dios. Imagen hecha gracia en el Santo, donde se proyecta como en un espejo la belleza divina. Belleza que en estos retratos espirituales se hace imagen del hombre trasfigurado en imagen de Dios.
Hacer en breves pinceladas un retrato espiritual de Francisco de Asís, no es nada fácil, ya que es un hombre que lleva en sí el alma de poeta, músico, artista, místico y santo. Se necesitaría la intuición sapiencial de la transparencia para revelar la inmaterialidad de lo celeste, o tal vez, estar en altura mística de unión transformadora, con ojos proféticos que revelasen los arquetipos divinos donde todo es espíritu y gracia. Aunque todo es posible en un Dios que es siempre revelación.
Y es que Francisco, desde su alegre juventud, el Evangelio se hizo para él palabra reveladora que transformó su vida. Desde su conversión, entró en ambiente de Dios que le hizo vivir en contínua experiencia mística, y en total fascinación del “Altísimo y bondadoso Señor”, dejándose avasallar por esa “plétora oceánica de la realidad que surge gloriosa de los abismos de Dios”.
Aupado en su filosofía del amor, Cristo se le reveló como transfiguración luminosa que llenaba su vida de luz y verdad, reveladoras de la trascendencia del Padre. Centrado en el misterio de la pobreza y humildad, Francisco vive la vida con gozo renovado a ritmo de perfecta alegría, como un hombre nuevo y liberado, en total disponibilidad y en místico éxtasis de amor divino, como el que ve en todo a Dios presente, y al que canta en lenguaje bíblico las maravillas de Dios en el cosmos, en las criaturas y en la belleza de la fraternidad universal.
Su centro de vida está en la experiencia profunda del Dios revelado en Cristo Jesús. El Evangelio de la cruz es el único libro que Francisco hizo vivo hasta encarnarle en su vida. El abismo de la pasión de Cristo le llevó al abismo de la com-pasión, de la ternura sublimada, de la fidelidad, de la entrega más total, hasta transformarse en la misma imagen del Crucificado. La consecuencia de este amor, le dejó a Francisco estigmatizado en su cuerpo, marcado de amor, a semejanza de la fiel imagen de Cristo, como serafín privilegiado, en virtud de la fuerza milagrosa y el poder del Espíritu de Dios que comenzó a actuar en él.
Toda la vida de Francisco fue vivir abrazado a Cristo en los hermanos. En ellos encontró el esplendor de la fraternidad, como la suma belleza de la armonía y la dulcedumbre más reveladora de del Dios, encarnado en el hombre y para el hombre. Por él se hace siervo, pobre, humilde, disponible, entregado, el más pequeñuelo y mínimo, porque en todo aspira el aroma sublime que irradia el espíritu y la belleza ejemplarizante de la vida de Cristo.
El humilde Francisco, fue siempre un hombre de profunda comunión con Dios en el hombre y las criaturas. Él supo hacer alegre la vida en esa búsqueda de Dios. Vivió con inusitada intensidad la belleza del espíritu. Poseía un instinto agudo para descubrir la presencia luminosa de Dios en cada criatura y vivirla como una constante teofanía de Dios. Había en él un sentido estético de la belleza, que le llevaba a expresar la vida como una gozosa manifestación de Dios. El mundo, las plantas, las flores, todo era motivo sugerente que llenaba su mente y su alma del misterio de Dios. Él mismo vivía como un artista del espíritu, como un mensajero encarnado en la belleza, haciendo de la belleza santidad y de la santidad belleza.
De ahí que el arte encuentre tantos motivos pictóricos en él, que reflejan la belleza de su espíritu. Pintores como el Greco nos le presenta en un cuerpo espiritualizado, cual signo de hombre deificado, con rostro que irradia luz interior como trasformando la fragilidad humana en un cuerpo habitado por Cristo. Murillo y Ribalta, le presentan fundido en un abrazo con Cristo crucificado, creando un espacio de éxtasis amoroso, donde todas nuestras palabras enmudecen. Zurbarán en sus diversa creaciones, nos mostrará al Santo como símbolo de la belleza y santidad, cual receptáculo puro donde Dios mora y vive, como constante presencia santificadora. Alonso Cano le ve en total admiración y resplandeciente de luz, cual Moisés en el Sinaí, brotando de su imagen destellos de gloria como lugar de teofanía.
Son muchos los grandes artistas que han encontrado en la persona de San Francisco de Asís, el Santo idóneo para pintar y reflejar esa sublimidad espiritual del alma. El alma no se ve, pero artistas como Ribera, Gregorio Fernández, Valdés Leal, Pedro de Mena, Sánchez Coello, entre otros muchos, cuando pintan o esculpen a San Francisco, nos muestran actitudes que reflejan el alma. Son esos momentos de encuentro con el trascendente, donde el artista sabe fusionarlos bellamente con el alma. Instantes privilegiados con lo sagrado en esa realidad “totalmente otra” superior al hombre. Espacios redimidos que se dilatan al infinito en total acción con el espíritu.
En la Iglesia, también el arte se vuelve sacramental, lugar de encuentro y revelación, signo visible donde el espíritu actúa como dedo invisible de Dios, trasformando la imagen en la suma Belleza, en símbolo revelador. Belleza inefable de Dios que se entremezcla en singular experiencia de fe y de comunión con ese mundo escatológico del más allá.
Es digno de admirar las veces que estos artistas han ensayado su arte sobre el retrato espiritual del Santo de Asís. Cada obra es un tratado de espiritualidad, un libro de oración y meditación, un vademécum para el creyente. Nos hacen reflexionar con sólo verlas. Son imágenes desmaterializadas que flotan como venidas de otro mundo. El peso y la opacidad de la materia desaparecen para volverse ligeras, ágiles, haladas, celestes. Están totalmente espiritualizadas como rayos de energía deificante. Son cuerpos donde a través de los pliegues de la estameña del hábito, se esconde el alma seráfica del “Poverello”, llena de luz misteriosa y gracia transfigurante.
Estos retratos espirituales de los citados artistas, manifiestan una composición tan armónica entre cuerpo y alma, que impacta y nos deja ensimismados por la acentuada elegancia y belleza, engalanadas e impregnadas de acentuada esbeltez. Es el rostro dulcificado del Santo de Asís el que nos cautiva, el que expresa el espíritu donde aflora el hombre interior. Es la belleza del mundo nuevo revitalizado por la gracia, como un universo renovado. “habitado por las energías divinas y visibles en esos seres con rostro de eternidad”. Todo el santo está penetrado de ese misterioso silencio de lo divino, al tiempo que también está embriagado de vida y movimiento, de vitalidad y de energía, exuberante de belleza y perfecta alegría, en vía de convertirse en ese cosmos de gozo renovado y nueva criatura.
“Desde la Encarnación del Verbo todo está dominado por el rostro, el rostro humano de Dios”. Este es el punto de partida para estos artistas, de ahí que centren la atención en el gesto y las miradas. Aquí, las miradas hablan desde el interior, con la fuerza del fuego celeste de Pentecostés, que nos purifica e impresiona, cual si fuera el espíritu el que nos mira y nos habla.
Son retratos en los que hay complicidad de entendimiento entre esa paradoja del lenguaje visual y el místico. Toda la escena está circundada de paz interior, “escondida en el corazón del hombre redimido” (1 Pe. 3, 4). Sólo los grandes artistas saben crear estas escenas o momentos arrancados del más allá, donde aún palpita el ser humano, pero ya despojado de lo inútil y centrado en lo único necesario.
Sin lugar a duda, estos artistas son auténticos biógrafos del espíritu, al tiempo que son poetas y cantores de la belleza como del colorido. Nadie da lo que no tiene. Ellos nos ofrecen estas vivencias de fe, como la suma de su experiencia en esa lucha interior por revelar el don de la belleza. Es su forma de manifestar y envolver esa gama de cromatismos, donde la materia se mezcla con la irradiación que nos abre a lo invisible, cual nueva luz tabórica, que nos introduce en esa verdadera luz solar, “donde se vive el deseo ardiente e innato de lo bello y lo santo” (S. Basilio. P.G. 31,909 BC).
Como en la Palabra de Dios, se necesita la fe para mirar estas obras de arte. Sólo las miradas de los distraídos necesitan mirarlas muchas veces. Si las miramos con ojos de belleza, nos arrebatarán el alma y sentiremos la presencia del Santo, que nos expresa su misterio de intercesión. El mismo San Pablo estableció este fundamento de la imagen como revelación y manifestación de Dios. “Cristo es la imagen del Dios invisible” (Col. 1, 15). Y si en Cristo aparece la imagen de Dios hecha hombre: Dios-Hombre, en Cristo se realiza y culmina la imagen plenificadora del hombre-Dios.
Mirado desde este punto, la imagen del hombre es también la imagen de Dios. El hombre sólo es verdadero, sólo es real en la medida en que refleja esa imagen de Dios. Imagen hecha gracia en el Santo, donde se proyecta como en un espejo la belleza divina. Belleza que en estos retratos espirituales se hace imagen del hombre trasfigurado en imagen de Dios.
jueves, 27 de julio de 2006
CRISTO, VARON DE DOLORES
“Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado de los hombres, como varón de dolores acostumbrado al sufrimiento. El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros le vimos como un leproso, herido de Dios y humillado; él fue traspasado por nuestras rebeliones; triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo cayó sobre él; sus cicatrices nos han curado. Todos andábamos como ovejas sin pastor y el Señor cargó sobre él nuestros crímenes. Maltratado, se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero. Sin defensa ni justicia lo condenaron” (Is. 53, 1-8).
Este texto de Isaías, profetizado ocho siglos antes de Cristo, se cumplió enteramente en Jesús de Nazaret. Críticos e historiadores así lo afirman.
Vivimos en estos días el acontecimiento salvífico más importante de la humanidad: la muerte y resurrección de Cristo. Los cristianos vivimos la Semana Santa centrados en la pasión del Señor, recordando y siguiendo las escenas de dolor y sufrimiento por las que tuvo que pasar Cristo. Los días de Semana Santa son días de comunión en el dolor, días de acercamiento y de fraternidad con éste Jesús que lo dio todo por nosotros; días de pensamientos centrados en los acontecimientos más trascendentales de la vida de Cristo, en esa fidelidad de la entrega y el dolor.
Y ante el dolor y la muerte de Cristo, queremos llenar nuestro espíritu de reflexiones y vivencias que nos ayuden a profundizar en el conocimiento de la muerte de Cristo. Conocer a Cristo en el dolor es identificarnos con El en el Amor, llenarnos de vida redentora, buscar el sentido de nuestro propio dolor; aprender a configurarnos con el sufrimiento para identificarnos con Él.
Por eso, de entrada nos preguntamos: ¿Para qué y por qué el dolor? ¿Qué sentido tiene el dolor. ¿Por qué sufrió Cristo? ¿Cuáles fueron sus mayores sufrimientos? ¿Cómo vivió Cristo la hora del dolor? Son muchas las preguntas que nos podríamos formular a este respecto, pero nos centraremos sobre el dolor y sufrimiento que padeció Cristo en la pasión por nuestra redención.
Todos por experiencia sabemos que el dolor o sufrimiento causa a la persona un estado de decaimiento profundo y desaliento espiritual. A veces el dolor desequilibra totalmente a la persona. Los médicos definen el dolor: como “sensación perturbadora que produce sufrimiento o angustia, que frecuentemente se refleja en el exterior de la persona”, tanto en la vida física como en el ánimus, alma, o vida espiritual. El dolor o padecimiento de Cristo en la cruz es revelador y símbolo de expiación del sufrimiento. También desde el dolor Dios se nos revela, como nos habla desde la cruz.
Cuando en el credo confesamos que Jesucristo “padeció”, nos referimos, evidentemente, a los sufrimientos de la pasión, que desembocaron en la muerte en Cruz. Y no sólo nos referimos a los sufrimientos físico-corporales, sino también a los psíquico-espirituales, pues tal vez, éstos fueron los que le produjeron mayores sufrimientos, ya que su capacidad espiritual supera todo lo humano.
Los Evangelios serán nuestra fuente principal de información. Aunque los cuatro entre sí se complementan, cada uno pone su diferencia de matiz o énfasis en lo que quiere resaltar. Tanto S. Marcos como S. Mateo, presentan con cierto relieve, el aspecto doloroso de la pasión, resaltan la idea de que Cristo es el justo atribulado, el Siervo de Yahvé, que carga sobre sus espaldas los sufrimientos ocasionados por los pecados del pueblo. Por su parte, San Lucas no ignora el aspecto doloroso de la pasión, recordando el terrible fuego que se está cebando sobre “el leño verde” (Lc. 23,31). Al tiempo que San Juan resalta que Jesús aceptó voluntariamente la pasión hasta sus últimas palabras (Jn. 19, 28-30) y que obedeció filialmente cumpliendo las profecías hasta el último detalle, como expresión de la voluntad del Padre.
La pasión encierra el último periodo de la vida de Jesús, es ese fragmento vital que se prolonga desde que es detenido en el huerto de Getsemaní, hasta que es sepultado en el huerto cerca del Gólgota. Comienza el itinerario en el huerto y sigue en la casa de Anás y Caifás, pasando por Herodes y el pretorio de Pilatos como el palacio de Antipas hasta llegar al Gólgota, o lugar de la calavera.
Sufrimientos psíquico-espirituales.
Según algunos entendidos, estos sufrimientos superan con frecuencia a los fisco-corporales. El poder del espíritu tiene alcances incalculables en la persona. Para muchos es el alma, el espíritu, el que sufre y el que goza. El cuerpo de por sí, sólo es un reflejo donde se manifiestan los sentimientos del gozo, la alegría o el dolor.
En primer lugar, Cristo sufrió la gran pasión de los sufrimientos espirituales, pues él tenía la conciencia de vivir la misión del “Hijo de Dios”. Sufrimientos que en El fueron doblemente torturadores. San Juan resalta que Jesús aceptó voluntariamente la pasión hasta sus últimas palabras (Jn. 19, 28-30) y que obedeció filialmente cumpliendo las profecías hasta el último detalle, como expresión de la voluntad del Padre. A Jesús se le persigue porque está en contra de la Ley, y por tanto, en contra de Dios. Los fariseos son competidores de Jesús y le discuten hasta el sentido relativo de la Ley de Moisés, como la tradición de los ancianos, que interpretan la pureza ritual, el incremento de ayunos, el reposo del sábado, el divorcio, etc.
A Jesús se le acusa como profanador del templo, por realizar funciones escandalosamente públicas. “Yo destruiré este Santuario hecho por hombre” (Mc. 14, 58, Jn. 2, 19). Estas palabras de la destrucción del templo, se presentaron como prueba contra él ante Caifás. Se le acusa y persigue porque le aclaman como Mesías, aunque él nunca lo dijera; como se le considera reo de muerte porque se hace Hijo de Dios y se le proclama Rey de los judíos.
Una de las fuertes acusaciones de los sumos sacerdotes y fariseos, es porque le declaran falso profeta. Ésta es la gran cuestión para los judíos. Jesús no habla en nombre de Dios, como es también falso el que hablara de la destrucción del templo, el lugar sagrado y símbolo de la presencia de Dios. Se le declara impostor porque no es el enviado de Dios. ¿Con qué autoridad haces esto? (Mc. 11, 28, Mt. 21, 23; Lc. 20, 21). Y sobre todo, se le acusa y condena por blasfemo (Mt. 26, 65), porque perdona los pecados, que sólo Dios puede hacer. Para Caifás, Jesús, es merecedor de una condena de muerte, y “según la Ley tiene que morir, porque se hace Hijo de Dios” (Jn. 19, 7).
Ante la gente y el populacho rabioso y enfurecido, al que tantas veces le curó y le dio de comer, Jesús tiene que oír gritos de insultos, blasfemias de odios y desprecios, jamás imaginados que hieren los oídos. Hasta llegar al desprecio de preferir la libertad del más terrible facineroso bandido, como Barrabás, antes que la libertad del inocente Jesús. Todo el proceso de la pasión, es una continua humillación y un odio demoníaco desatado contra Jesús, que no tiene precedentes. Y todo esto, en la persona de Jesús, que poseía una sensibilidad infinita, le produciría sufrimientos incalculables.
Jesús sufrió también, el terrible olvido y el abandono de los suyos, cuando no hasta los desprecios de Pedro, que le niega y desconoce hasta con juramentos. Y sobre todo sufre ante Judas –el traidor-, que le vende por unas monedas y sin la más mínima piedad le entrega con un beso, sabiendo que le lleva a la muerte más cruel.
Todos estos momentos son situaciones psicológicas y espirituales de gran tensión y profunda tortura espiritual. El dolor o sufrimiento psicológico como el espiritual, cuando alcanzan la profundidad religiosa y dimensión de sensibilidad, como la que tenía Cristo, sitúa a la persona al límite del sufrimiento y desaliento humano. Sólo mediante una gran capacidad o fuerza especial, puede superarse sin desfallecer o llegar al shock de infarto.
Frente a tantas obras buenas, curaciones y milagros, Jesús recibe como pago nuestras traiciones y cobardías, que herirían en grado sumo, los sentimientos espirituales que vivían de forma redentora en su interior. Es esa terrible hostilidad y el odio ontológico de nuestra maldad hacia el Santo de Dios, hacía el Puro e Inocente Jesús, el Hijo de Dios. “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores” (Mt. 26, 45).
Padecimientos físico-corporales.
Y si hasta ahora nos hemos detenido en los padecimientos psíquico-espirituales, los físico-corporales saltan a la vista, ya que son los que más fácilmente podemos representar. Pensemos en la humillación de ser atado, burlado, ofendido con palabras y bofetadas, en los salivazos y desprecios, en los sarcasmos y blasfemias que recibió en la terrible flagelación, castigado sin piedad hasta la extenuación. La coronación de espinas, cargada de ironía burlesca, de ofensa y dolor. El escupir en la cara, “era una de las mayores bajezas y el desprecio más ignominioso que se le podía hacer a la persona”, dice Cicerón. A Cristo se le trató sin ninguna piedad, se le aplicó el castigo más inhumano y terrorífico. Todas las sañas y venganzas cayeron sobre El. La muerte de Cristo simboliza externamente, la derrota total y el fracaso más ignominioso del ser humano.
Las descripciones que hacen sobre los azotes e inhumanas palizas, que daban a los condenados a muerte, como la que recibió Cristo, son descripciones muy suavizadas en los evangelistas, pero los historiadores y los autores más especializados e importantes de la época, nos hacen descripciones que dan escalofríos al sólo leerlas, introduciéndonos en la mayor terribilidad de los sufrimientos y torturas causados por la chusma más inhumana. Sólo mencionaremos algunas de las escenas por las que pasó Jesús, para que recordemos con horror ese holocausto.
Getsemaní.
Ante la prueba más terrible del dolor y sufrimiento de la pasión, Jesús se preparó mediante la oración para llenarse de la fuerza de Dios. En Getsemaní se inicia el tiempo de prueba en el que Jesús experimenta la dureza de la muerte y la incertidumbre de la respuesta de Dios. La tensión de su oración llegó a su punto álgido de tal manera, que su sudor se convierte en “gotas espesas de sangre que caen en tierra” (Lc. 22, 44). Algunos entendidos dicen que cuando esta situación se da, se corre el riesgo de morir de infarto.
Jesús tuvo que interrumpir su oración porque repentinamente llegaron los soldados armados que venían a prenderle. Capitaneados por Judas, de quien los evangelios le describen como “avaro, ladrón y traidor”, resulta ser instrumento de Satanás, pues cegado por el poder, la ambición y el dinero, le convierten en agente diabólico del mal. La traición de Judas, como encarnación del mal, no es un acto que se explique desde la libertad, en el fondo Satanás y el dinero son una misma fuerza de muerte y destrucción que anula al ser humano.
De esta forma, con un beso traidor, es entregado el Hijo del hombre. Maniatado y a golpes, es llevado y entregado a los sumos sacerdotes, quienes le entregan a Anás y Caifás, pasándole por Herodes y Pilatos, para que éste lo juzgue y condene.
La Flagelación y coronación de espinas.
Sin lugar a dudas, la flagelación debió de ser la tortura física más cruel e inhumana que recibió Jesús. Sólo a una mente perturbada y cobarde como la de Pilatos, se le ocurrió la idea, para justificarse ante el populacho, de someter a Jesús a la más inhumana paliza, antes de crucificarle. Maniatado a la columna en postura de encorvado para recibir mayor daño en el castigo, Cristo recibe una paliza tan brutal y sanguinaria, que de no haber sido un hombre fuerte como fue él, hubiera muerto en el acto. El odio, la venganza, la maldad y las traiciones humanas, se desencadenaron como en una competición, para ver quien hacía más daño sobre el cuerpo inmaculado de Cristo.
La Madre Ágreda, a quién por revelación se la permitió ver esta escena, describe este momento de tortura, en el que se turnan los más fornidos sayones para hacer más daño al divino Redentor, llegando a tal espanto, que hasta los ángeles llorando con inmensa pena, no pueden contemplar tan atroz e inhumano dolor.
El mismo Cicerón, hablando sobre los tormentos que infligían a los condenados a muerte, los califica como “el suplicio más cruel y terrible que se da al ser humano”. Y en opinión de Flavio Josefo: “es una tortura tan terrible, que rebasa los límites humanos” (Antigüedades, 13, 381). “Esta exacerbada tortura, sólo se aplicaba a los que cometían los peores crímenes; se daba sobre el cuerpo desnudo, haciéndoles saltar la carne, hasta los huesos. Tal brutalidad del castigo era tan insoportable, que muchos morían en este suplicio” (Flavio Josefo. Guerra. 6,304).
Tanto los azotes como los sufrimientos que acompañaban a la flagelación, estaban destinados para hacer sufrir más al condenado, antes de que llegara la crucifixión, como acto final. Séneca se pregunta: “¿Vale la pena colgar en el patíbulo de la cruz, con los brazos desencajados y el cuerpo lleno de llagas, deseando retrasar la muerte para infligir más tormentos?” (Epístolas, 101, 12).
Realmente es terrible y diabólico, hasta dónde puede llegar el sadismo humano, dando una muerte lenta para hacer sufrir más a la persona. Esto sólo entra en los cálculos satánicos y en una mente llena de maldades como la de Lucifer. Pero en realidad, esto es lo que se hizo con Jesús. Pilato tuvo en sus manos el ser redentor de su mismo Redentor, pero por cobardía y por decisión expresa suya, le aplicó esta terrible flagelación, como nos lo describen los diversos autores y Evangelios.
La corona de espinas.
Pero no quedó ahí la tortura. La soldadesca burlona le siguió ofendiendo en el pretorio. Le colocó un manto de púrpura sobre los hombros, una caña como cetro en sus manos y una corona de espinas en su cabeza. Y con golpes y risotadas se burlaban de él diciendo: “adivina quién te dio” (Lc. 22, 64). Lo maltrataron y lo escupieron con el mayor desprecio y Jesús humillado, les mira con compasión y les perdona.
A Jesús se le vistió para subir al Gólgota, pero tuvo que cargar con su cruz, dos palos cruzados de unos 60 kilos. Después de lo dicho, los tormentos, el dolor y la fiebre, nada de extraño que le faltaran las fuerzas y cayera por tierra. La calle de la amargura era empinada, sus fuerzas estaban muy debilitadas, de ahí que se obligue a un hombre para que le ayude a llevar la cruz y no muera en el camino. De esta forma, ese hombre, Simón de Cirene, se convirtió en testigo privilegiado de la pasión.
La crucifixión.
Sobre el calvario, a Jesús se le clavó de pies y manos en la cruz. Para algunos esto fue motivo de compasión para otros fue de burla, desprecio, sarcasmo y vergüenza. Entre todas las miradas, la de María, su Madre, que a su vez está hecha un mar de lágrimas y dolor, le infunden amor y valor, pues Jesús está al límite de sus fuerzas.
La crucifixión era el tormento de muerte del que nadie podía escapar. Estaba destinada como castigo a los más perversos de la sociedad. Por eso, tenía que ser de dureza ejemplar para escarmiento. A Jesús se le despojó de los vestidos, éstos no servían para el sacrificio, y sobre la cruz tendida en el suelo, se le clavó con la mayor rudeza. Y sobre la cruz colocaron la causa de su condena: I.N.R.I. (Jesús Nazareno Rey de los Judíos) Luego esperaron hasta la muerte en esa agonía lenta.
¿Quién podrá describir esos terribles momentos de agonía por los que pasa Jesús? La muerte es dura para todos. Dicen que en ese trance pasa la película de la vida sobre la mente del agonizante. También Jesús en esos terribles instantes recordaría los momentos claves de su vida... Tal vez, los tiernos besos de su Madre; las parábolas de misericordia y las bienaventuranzas del Reino, predicadas con amor; el anunciar el camino del Padre y el dar de comer a los hambrientos; devolver la vista a los ciegos y curar a los leprosos. El, que era la encarnación y el Hijo de Dios, está ahora en el patíbulo muriendo como un malhechor sin compasión humana.
Pero lejos de llegar a la desesperación, de sus labios sólo salieron palabras de perdón. Sus últimas palabras son una oración de clemencia hacia el Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? (Mc. 15,34). Y mirando a los verdugos exclama: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. (Lc. 23, 34). Después, mirando a su Madre y al discípulo amado que estaba con ella, les dice. “Mujer, ahí tienes a tu hijo” – “Ahí tienes a tu madre” (Jn. 19, 26-7). Uno de los ladrones le suplica misericordia y El le responde: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc. 23, 43). Agotado por la fiebre y por la ardiente agonía, dice: “Tengo sed” (Jn, 19, 28). Terminado el recuento de su vida en la misión encomendada, exclama: “Todo está cumplido” (Jn. 19, 30). Y cuando la muerte llama a su puerta sin detenerse, Jesús dice su última palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc, 23, 46).
Así murió Jesús, el Inocente, el Santo de Dios, en total obediencia y entrega al Padre y como consecuencia del suplicio de la crucifixión con la que todos le condenamos. Pero la condena del inocente, aún planea como una sombra por encima de los acontecimientos que se suceden. La muerte de Jesús ha sido el anuncio de la victoria final... Con Jesús ha comenzado una nueva alianza, en la que el templo ha sido sustituido por su misma persona y se ha constituido puente entre Dios y la humanidad.
La muerte de Jesús pone de manifiesto lo que era: el Hijo de Dios hecho hombre. Le hemos visto morir como “Hijo de Dios”. Se sometió en todo como nosotros y fue obediente hasta la cruz, pero es a partir de ahí cuando comienza el triunfo de Jesús Los enemigos creen que el galileo ha sido derrotado, pero es ahí cuando comienza el triunfo de Jesús. La humillación y muerte voluntaria le han valido la exaltación y un Nombre sobre todo nombre (Fil. 2, 7-10). El con su infinito amor venció a la muerte, como el mal total, y ahora vive para siempre. Por Cristo y en Cristo, se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, ya que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad. Cristo resucitó y con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, haciéndonos hijos en el Hijo, por el que clamamos con el Espíritu: Abba ¡Padre!
Tal vez ahora entendamos mejor los interrogantes del dolor y el por qué sufrió Cristo. Su pasión se ha vuelto redentora, con su entrega nos ha salvado. Se ha constituido puente por el que llegamos a Dios... Su amor y fidelidad ha vencido al odio satánico y al mal que condena. El mismo nos dijo: Dios es amor, y el que ama Dios habita en él. El que ama ha comenzado ya el tiempo de Dios. El amor y el dolor en la persona humana son paralelos, forman parte esencial de nuestra existencia. El que aprende a vivir de amor se identifica con Cristo y su vida se hace igualmente redentora. Se une al coro de los mártires que entregan su vida y donde Dios se hace vida en el que le arrancan la vida. Pues el que cree en El tiene la luz de la vida y vive para siempre.
Sin amor, nunca comprenderemos la pasión de Cristo ni el misterio de Dios. ¿Cómo puede el hombre comprender el Amor infinito que está a la altura de Dios? Para Cristo aceptar la Cruz significa introducir en el interior de sí, por infinita compasión, el pecado del mundo como suyo propio. Así, la Cruz ha hecho culminar el abismo de la inocencia y el abismo de las tinieblas para llegar a una sola cosa: Abba, Padre. De esta forma, en la muerte de Cristo la muerte es la que muere. Y desde entonces, ningún hombre muere ya sólo, Cristo muere con él para resucitarlo con El.
Que estos días nos llenemos de ese amor que sobreabundó en Jesús. Y que cuando pase Cristo crucificado por nuestras calles le digamos como San Juan Crisóstomo: “Le veo crucificado y lo llamo Rey, le veo humillado y en su mano está el poder, El vive para siempre”.
Este texto de Isaías, profetizado ocho siglos antes de Cristo, se cumplió enteramente en Jesús de Nazaret. Críticos e historiadores así lo afirman.
Vivimos en estos días el acontecimiento salvífico más importante de la humanidad: la muerte y resurrección de Cristo. Los cristianos vivimos la Semana Santa centrados en la pasión del Señor, recordando y siguiendo las escenas de dolor y sufrimiento por las que tuvo que pasar Cristo. Los días de Semana Santa son días de comunión en el dolor, días de acercamiento y de fraternidad con éste Jesús que lo dio todo por nosotros; días de pensamientos centrados en los acontecimientos más trascendentales de la vida de Cristo, en esa fidelidad de la entrega y el dolor.
Y ante el dolor y la muerte de Cristo, queremos llenar nuestro espíritu de reflexiones y vivencias que nos ayuden a profundizar en el conocimiento de la muerte de Cristo. Conocer a Cristo en el dolor es identificarnos con El en el Amor, llenarnos de vida redentora, buscar el sentido de nuestro propio dolor; aprender a configurarnos con el sufrimiento para identificarnos con Él.
Por eso, de entrada nos preguntamos: ¿Para qué y por qué el dolor? ¿Qué sentido tiene el dolor. ¿Por qué sufrió Cristo? ¿Cuáles fueron sus mayores sufrimientos? ¿Cómo vivió Cristo la hora del dolor? Son muchas las preguntas que nos podríamos formular a este respecto, pero nos centraremos sobre el dolor y sufrimiento que padeció Cristo en la pasión por nuestra redención.
Todos por experiencia sabemos que el dolor o sufrimiento causa a la persona un estado de decaimiento profundo y desaliento espiritual. A veces el dolor desequilibra totalmente a la persona. Los médicos definen el dolor: como “sensación perturbadora que produce sufrimiento o angustia, que frecuentemente se refleja en el exterior de la persona”, tanto en la vida física como en el ánimus, alma, o vida espiritual. El dolor o padecimiento de Cristo en la cruz es revelador y símbolo de expiación del sufrimiento. También desde el dolor Dios se nos revela, como nos habla desde la cruz.
Cuando en el credo confesamos que Jesucristo “padeció”, nos referimos, evidentemente, a los sufrimientos de la pasión, que desembocaron en la muerte en Cruz. Y no sólo nos referimos a los sufrimientos físico-corporales, sino también a los psíquico-espirituales, pues tal vez, éstos fueron los que le produjeron mayores sufrimientos, ya que su capacidad espiritual supera todo lo humano.
Los Evangelios serán nuestra fuente principal de información. Aunque los cuatro entre sí se complementan, cada uno pone su diferencia de matiz o énfasis en lo que quiere resaltar. Tanto S. Marcos como S. Mateo, presentan con cierto relieve, el aspecto doloroso de la pasión, resaltan la idea de que Cristo es el justo atribulado, el Siervo de Yahvé, que carga sobre sus espaldas los sufrimientos ocasionados por los pecados del pueblo. Por su parte, San Lucas no ignora el aspecto doloroso de la pasión, recordando el terrible fuego que se está cebando sobre “el leño verde” (Lc. 23,31). Al tiempo que San Juan resalta que Jesús aceptó voluntariamente la pasión hasta sus últimas palabras (Jn. 19, 28-30) y que obedeció filialmente cumpliendo las profecías hasta el último detalle, como expresión de la voluntad del Padre.
La pasión encierra el último periodo de la vida de Jesús, es ese fragmento vital que se prolonga desde que es detenido en el huerto de Getsemaní, hasta que es sepultado en el huerto cerca del Gólgota. Comienza el itinerario en el huerto y sigue en la casa de Anás y Caifás, pasando por Herodes y el pretorio de Pilatos como el palacio de Antipas hasta llegar al Gólgota, o lugar de la calavera.
Sufrimientos psíquico-espirituales.
Según algunos entendidos, estos sufrimientos superan con frecuencia a los fisco-corporales. El poder del espíritu tiene alcances incalculables en la persona. Para muchos es el alma, el espíritu, el que sufre y el que goza. El cuerpo de por sí, sólo es un reflejo donde se manifiestan los sentimientos del gozo, la alegría o el dolor.
En primer lugar, Cristo sufrió la gran pasión de los sufrimientos espirituales, pues él tenía la conciencia de vivir la misión del “Hijo de Dios”. Sufrimientos que en El fueron doblemente torturadores. San Juan resalta que Jesús aceptó voluntariamente la pasión hasta sus últimas palabras (Jn. 19, 28-30) y que obedeció filialmente cumpliendo las profecías hasta el último detalle, como expresión de la voluntad del Padre. A Jesús se le persigue porque está en contra de la Ley, y por tanto, en contra de Dios. Los fariseos son competidores de Jesús y le discuten hasta el sentido relativo de la Ley de Moisés, como la tradición de los ancianos, que interpretan la pureza ritual, el incremento de ayunos, el reposo del sábado, el divorcio, etc.
A Jesús se le acusa como profanador del templo, por realizar funciones escandalosamente públicas. “Yo destruiré este Santuario hecho por hombre” (Mc. 14, 58, Jn. 2, 19). Estas palabras de la destrucción del templo, se presentaron como prueba contra él ante Caifás. Se le acusa y persigue porque le aclaman como Mesías, aunque él nunca lo dijera; como se le considera reo de muerte porque se hace Hijo de Dios y se le proclama Rey de los judíos.
Una de las fuertes acusaciones de los sumos sacerdotes y fariseos, es porque le declaran falso profeta. Ésta es la gran cuestión para los judíos. Jesús no habla en nombre de Dios, como es también falso el que hablara de la destrucción del templo, el lugar sagrado y símbolo de la presencia de Dios. Se le declara impostor porque no es el enviado de Dios. ¿Con qué autoridad haces esto? (Mc. 11, 28, Mt. 21, 23; Lc. 20, 21). Y sobre todo, se le acusa y condena por blasfemo (Mt. 26, 65), porque perdona los pecados, que sólo Dios puede hacer. Para Caifás, Jesús, es merecedor de una condena de muerte, y “según la Ley tiene que morir, porque se hace Hijo de Dios” (Jn. 19, 7).
Ante la gente y el populacho rabioso y enfurecido, al que tantas veces le curó y le dio de comer, Jesús tiene que oír gritos de insultos, blasfemias de odios y desprecios, jamás imaginados que hieren los oídos. Hasta llegar al desprecio de preferir la libertad del más terrible facineroso bandido, como Barrabás, antes que la libertad del inocente Jesús. Todo el proceso de la pasión, es una continua humillación y un odio demoníaco desatado contra Jesús, que no tiene precedentes. Y todo esto, en la persona de Jesús, que poseía una sensibilidad infinita, le produciría sufrimientos incalculables.
Jesús sufrió también, el terrible olvido y el abandono de los suyos, cuando no hasta los desprecios de Pedro, que le niega y desconoce hasta con juramentos. Y sobre todo sufre ante Judas –el traidor-, que le vende por unas monedas y sin la más mínima piedad le entrega con un beso, sabiendo que le lleva a la muerte más cruel.
Todos estos momentos son situaciones psicológicas y espirituales de gran tensión y profunda tortura espiritual. El dolor o sufrimiento psicológico como el espiritual, cuando alcanzan la profundidad religiosa y dimensión de sensibilidad, como la que tenía Cristo, sitúa a la persona al límite del sufrimiento y desaliento humano. Sólo mediante una gran capacidad o fuerza especial, puede superarse sin desfallecer o llegar al shock de infarto.
Frente a tantas obras buenas, curaciones y milagros, Jesús recibe como pago nuestras traiciones y cobardías, que herirían en grado sumo, los sentimientos espirituales que vivían de forma redentora en su interior. Es esa terrible hostilidad y el odio ontológico de nuestra maldad hacia el Santo de Dios, hacía el Puro e Inocente Jesús, el Hijo de Dios. “El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores” (Mt. 26, 45).
Padecimientos físico-corporales.
Y si hasta ahora nos hemos detenido en los padecimientos psíquico-espirituales, los físico-corporales saltan a la vista, ya que son los que más fácilmente podemos representar. Pensemos en la humillación de ser atado, burlado, ofendido con palabras y bofetadas, en los salivazos y desprecios, en los sarcasmos y blasfemias que recibió en la terrible flagelación, castigado sin piedad hasta la extenuación. La coronación de espinas, cargada de ironía burlesca, de ofensa y dolor. El escupir en la cara, “era una de las mayores bajezas y el desprecio más ignominioso que se le podía hacer a la persona”, dice Cicerón. A Cristo se le trató sin ninguna piedad, se le aplicó el castigo más inhumano y terrorífico. Todas las sañas y venganzas cayeron sobre El. La muerte de Cristo simboliza externamente, la derrota total y el fracaso más ignominioso del ser humano.
Las descripciones que hacen sobre los azotes e inhumanas palizas, que daban a los condenados a muerte, como la que recibió Cristo, son descripciones muy suavizadas en los evangelistas, pero los historiadores y los autores más especializados e importantes de la época, nos hacen descripciones que dan escalofríos al sólo leerlas, introduciéndonos en la mayor terribilidad de los sufrimientos y torturas causados por la chusma más inhumana. Sólo mencionaremos algunas de las escenas por las que pasó Jesús, para que recordemos con horror ese holocausto.
Getsemaní.
Ante la prueba más terrible del dolor y sufrimiento de la pasión, Jesús se preparó mediante la oración para llenarse de la fuerza de Dios. En Getsemaní se inicia el tiempo de prueba en el que Jesús experimenta la dureza de la muerte y la incertidumbre de la respuesta de Dios. La tensión de su oración llegó a su punto álgido de tal manera, que su sudor se convierte en “gotas espesas de sangre que caen en tierra” (Lc. 22, 44). Algunos entendidos dicen que cuando esta situación se da, se corre el riesgo de morir de infarto.
Jesús tuvo que interrumpir su oración porque repentinamente llegaron los soldados armados que venían a prenderle. Capitaneados por Judas, de quien los evangelios le describen como “avaro, ladrón y traidor”, resulta ser instrumento de Satanás, pues cegado por el poder, la ambición y el dinero, le convierten en agente diabólico del mal. La traición de Judas, como encarnación del mal, no es un acto que se explique desde la libertad, en el fondo Satanás y el dinero son una misma fuerza de muerte y destrucción que anula al ser humano.
De esta forma, con un beso traidor, es entregado el Hijo del hombre. Maniatado y a golpes, es llevado y entregado a los sumos sacerdotes, quienes le entregan a Anás y Caifás, pasándole por Herodes y Pilatos, para que éste lo juzgue y condene.
La Flagelación y coronación de espinas.
Sin lugar a dudas, la flagelación debió de ser la tortura física más cruel e inhumana que recibió Jesús. Sólo a una mente perturbada y cobarde como la de Pilatos, se le ocurrió la idea, para justificarse ante el populacho, de someter a Jesús a la más inhumana paliza, antes de crucificarle. Maniatado a la columna en postura de encorvado para recibir mayor daño en el castigo, Cristo recibe una paliza tan brutal y sanguinaria, que de no haber sido un hombre fuerte como fue él, hubiera muerto en el acto. El odio, la venganza, la maldad y las traiciones humanas, se desencadenaron como en una competición, para ver quien hacía más daño sobre el cuerpo inmaculado de Cristo.
La Madre Ágreda, a quién por revelación se la permitió ver esta escena, describe este momento de tortura, en el que se turnan los más fornidos sayones para hacer más daño al divino Redentor, llegando a tal espanto, que hasta los ángeles llorando con inmensa pena, no pueden contemplar tan atroz e inhumano dolor.
El mismo Cicerón, hablando sobre los tormentos que infligían a los condenados a muerte, los califica como “el suplicio más cruel y terrible que se da al ser humano”. Y en opinión de Flavio Josefo: “es una tortura tan terrible, que rebasa los límites humanos” (Antigüedades, 13, 381). “Esta exacerbada tortura, sólo se aplicaba a los que cometían los peores crímenes; se daba sobre el cuerpo desnudo, haciéndoles saltar la carne, hasta los huesos. Tal brutalidad del castigo era tan insoportable, que muchos morían en este suplicio” (Flavio Josefo. Guerra. 6,304).
Tanto los azotes como los sufrimientos que acompañaban a la flagelación, estaban destinados para hacer sufrir más al condenado, antes de que llegara la crucifixión, como acto final. Séneca se pregunta: “¿Vale la pena colgar en el patíbulo de la cruz, con los brazos desencajados y el cuerpo lleno de llagas, deseando retrasar la muerte para infligir más tormentos?” (Epístolas, 101, 12).
Realmente es terrible y diabólico, hasta dónde puede llegar el sadismo humano, dando una muerte lenta para hacer sufrir más a la persona. Esto sólo entra en los cálculos satánicos y en una mente llena de maldades como la de Lucifer. Pero en realidad, esto es lo que se hizo con Jesús. Pilato tuvo en sus manos el ser redentor de su mismo Redentor, pero por cobardía y por decisión expresa suya, le aplicó esta terrible flagelación, como nos lo describen los diversos autores y Evangelios.
La corona de espinas.
Pero no quedó ahí la tortura. La soldadesca burlona le siguió ofendiendo en el pretorio. Le colocó un manto de púrpura sobre los hombros, una caña como cetro en sus manos y una corona de espinas en su cabeza. Y con golpes y risotadas se burlaban de él diciendo: “adivina quién te dio” (Lc. 22, 64). Lo maltrataron y lo escupieron con el mayor desprecio y Jesús humillado, les mira con compasión y les perdona.
A Jesús se le vistió para subir al Gólgota, pero tuvo que cargar con su cruz, dos palos cruzados de unos 60 kilos. Después de lo dicho, los tormentos, el dolor y la fiebre, nada de extraño que le faltaran las fuerzas y cayera por tierra. La calle de la amargura era empinada, sus fuerzas estaban muy debilitadas, de ahí que se obligue a un hombre para que le ayude a llevar la cruz y no muera en el camino. De esta forma, ese hombre, Simón de Cirene, se convirtió en testigo privilegiado de la pasión.
La crucifixión.
Sobre el calvario, a Jesús se le clavó de pies y manos en la cruz. Para algunos esto fue motivo de compasión para otros fue de burla, desprecio, sarcasmo y vergüenza. Entre todas las miradas, la de María, su Madre, que a su vez está hecha un mar de lágrimas y dolor, le infunden amor y valor, pues Jesús está al límite de sus fuerzas.
La crucifixión era el tormento de muerte del que nadie podía escapar. Estaba destinada como castigo a los más perversos de la sociedad. Por eso, tenía que ser de dureza ejemplar para escarmiento. A Jesús se le despojó de los vestidos, éstos no servían para el sacrificio, y sobre la cruz tendida en el suelo, se le clavó con la mayor rudeza. Y sobre la cruz colocaron la causa de su condena: I.N.R.I. (Jesús Nazareno Rey de los Judíos) Luego esperaron hasta la muerte en esa agonía lenta.
¿Quién podrá describir esos terribles momentos de agonía por los que pasa Jesús? La muerte es dura para todos. Dicen que en ese trance pasa la película de la vida sobre la mente del agonizante. También Jesús en esos terribles instantes recordaría los momentos claves de su vida... Tal vez, los tiernos besos de su Madre; las parábolas de misericordia y las bienaventuranzas del Reino, predicadas con amor; el anunciar el camino del Padre y el dar de comer a los hambrientos; devolver la vista a los ciegos y curar a los leprosos. El, que era la encarnación y el Hijo de Dios, está ahora en el patíbulo muriendo como un malhechor sin compasión humana.
Pero lejos de llegar a la desesperación, de sus labios sólo salieron palabras de perdón. Sus últimas palabras son una oración de clemencia hacia el Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? (Mc. 15,34). Y mirando a los verdugos exclama: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. (Lc. 23, 34). Después, mirando a su Madre y al discípulo amado que estaba con ella, les dice. “Mujer, ahí tienes a tu hijo” – “Ahí tienes a tu madre” (Jn. 19, 26-7). Uno de los ladrones le suplica misericordia y El le responde: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc. 23, 43). Agotado por la fiebre y por la ardiente agonía, dice: “Tengo sed” (Jn, 19, 28). Terminado el recuento de su vida en la misión encomendada, exclama: “Todo está cumplido” (Jn. 19, 30). Y cuando la muerte llama a su puerta sin detenerse, Jesús dice su última palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc, 23, 46).
Así murió Jesús, el Inocente, el Santo de Dios, en total obediencia y entrega al Padre y como consecuencia del suplicio de la crucifixión con la que todos le condenamos. Pero la condena del inocente, aún planea como una sombra por encima de los acontecimientos que se suceden. La muerte de Jesús ha sido el anuncio de la victoria final... Con Jesús ha comenzado una nueva alianza, en la que el templo ha sido sustituido por su misma persona y se ha constituido puente entre Dios y la humanidad.
La muerte de Jesús pone de manifiesto lo que era: el Hijo de Dios hecho hombre. Le hemos visto morir como “Hijo de Dios”. Se sometió en todo como nosotros y fue obediente hasta la cruz, pero es a partir de ahí cuando comienza el triunfo de Jesús Los enemigos creen que el galileo ha sido derrotado, pero es ahí cuando comienza el triunfo de Jesús. La humillación y muerte voluntaria le han valido la exaltación y un Nombre sobre todo nombre (Fil. 2, 7-10). El con su infinito amor venció a la muerte, como el mal total, y ahora vive para siempre. Por Cristo y en Cristo, se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, ya que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad. Cristo resucitó y con su muerte destruyó la muerte y nos dio la vida, haciéndonos hijos en el Hijo, por el que clamamos con el Espíritu: Abba ¡Padre!
Tal vez ahora entendamos mejor los interrogantes del dolor y el por qué sufrió Cristo. Su pasión se ha vuelto redentora, con su entrega nos ha salvado. Se ha constituido puente por el que llegamos a Dios... Su amor y fidelidad ha vencido al odio satánico y al mal que condena. El mismo nos dijo: Dios es amor, y el que ama Dios habita en él. El que ama ha comenzado ya el tiempo de Dios. El amor y el dolor en la persona humana son paralelos, forman parte esencial de nuestra existencia. El que aprende a vivir de amor se identifica con Cristo y su vida se hace igualmente redentora. Se une al coro de los mártires que entregan su vida y donde Dios se hace vida en el que le arrancan la vida. Pues el que cree en El tiene la luz de la vida y vive para siempre.
Sin amor, nunca comprenderemos la pasión de Cristo ni el misterio de Dios. ¿Cómo puede el hombre comprender el Amor infinito que está a la altura de Dios? Para Cristo aceptar la Cruz significa introducir en el interior de sí, por infinita compasión, el pecado del mundo como suyo propio. Así, la Cruz ha hecho culminar el abismo de la inocencia y el abismo de las tinieblas para llegar a una sola cosa: Abba, Padre. De esta forma, en la muerte de Cristo la muerte es la que muere. Y desde entonces, ningún hombre muere ya sólo, Cristo muere con él para resucitarlo con El.
Que estos días nos llenemos de ese amor que sobreabundó en Jesús. Y que cuando pase Cristo crucificado por nuestras calles le digamos como San Juan Crisóstomo: “Le veo crucificado y lo llamo Rey, le veo humillado y en su mano está el poder, El vive para siempre”.
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