Uno de los atributos de Dios más
perceptibles para el hombre es la belleza. La belleza de Dios resplandece
visiblemente en todo el universo. “El cielo y la tierra proclaman la belleza de
Dios” (Sal. 18, 1). Es más, el salmista proclama a “Dios revestido de belleza con la
manifestación del esplendor de la luz, como gloria de su manto” (Sal. 103, 1). El
mundo está hecho a imagen de Dios y el hombre a imagen del mundo, dicen los antiguos filósofos.
Pero nuestro mundo aún estaba en
el advenimiento de lo más bello. Sólo desde que Dios se reveló en el Verbo Encarnado,
nuestro mundo se llenó de la presencia de su belleza. Y nuestra tierra se
inundó de santa Belleza, como morada de su gloria. Con su encarnación, Cristo
hizo que el Reino contemplado fuera un reino de belleza para Dios. Desde
entonces, su espíritu de Belleza aletea sobre nuestra tierra y comunica el
esplendor de la santidad. Esta imagen de alianza con el hombre, se ha
convertido en teofanía constante de belleza, de luz y de verdad reveladoras
para el humano.
Esta es la belleza que siempre ha brillado en la Iglesia instituida por
Cristo, como signo de la presencia del Reino de Dios. Es la belleza de la presencia
y de la Palabra revelada, donde brilla la Luz y la Verdad anunciadas por el
Evangelio, como norma del Reino contemplado en la Belleza del Padre, y vivido
en la presencia del Espíritu de la Belleza, que es el que comunica y llena a
toda la Iglesia del esplendor de la santidad.
La misión de esta Iglesia a lo largo de los siglos es: “que todos lleguen
al conocimiento de la verdad y la belleza de santidad” (I. Tim. 2, 4). Belleza
y santidad que ha perdurado a lo largo del tiempo, a pesar de las terribles
persecuciones y falsas revoluciones. La Iglesia siempre ha sido solidaria con
el hombre y le ha ofrecido caminos de belleza cultural. Esta verdad la
comparten tanto los filósofos y teólogos, como los historiadores, los
literatos, los escultores y artistas, al igual que todos los hombre de ciencia,
quienes llegaron a afirmar “que la
humanidad puede vivir sin el pan y sin la ciencia, pero no podría vivir sin la
belleza, porque cuando falta ésta se desea morir”.
Todo el misterio está aquí, como
aquí está el secreto de la historia. La belleza del arte es la que comunica la
alegría de vivir, la que inspira a la ciencia y abre caminos de esperanza. La
belleza es la que invita y conmueve al hombre hacia su destino último. La
Iglesia ha buscado en esta belleza epifanías que invitan a la cultura,
humanizando la vida y cultivando la belleza como esencia de nuestra existencia.
Ahí están, por ejemplo, la belleza de las catedrales, como empuje ascensional
de oración y llenas de luminosidad, que muestran una síntesis de fe y arte,
fascinantes de belleza, hablando con lenguaje universal y en perenne comunión humanizadora
del hombre, como uno de los mayores logros de la civilización humana.
Nadie como la Iglesia ha colaborado para construir un mundo en el que se
cultive el buen gusto por el arte, la armonía y la belleza, que son caminos que
reflejan el esplendor y hermosura de Cristo, el Hijo de Dios encarnado que
perfecciona la humanidad. Ella mediante el Evangelio liberador, como a través
de imágenes y símbolos, ha comunicado un testimonio de belleza que llevó al hombre a vivir un humanismo lleno de esperanza, como aspiración de la
perfección humana, del que brotaron
innumerables obras maestras de arte. “El arte servía a la vida y la vida al
arte como nunca había sucedido antes” (Johan Huizinga. El otoño de la
Edad Media. Alianza. Madrid 1996).
Fue aquel tiempo el que más se progresó en la cultura, en el arte, en
las ciencias del saber y la búsqueda de la belleza. Los hombres entonces,
tenían por ideal, el embellecerlo todo para hacer de la vida una obra de arte
no sólo agradable, sino un constante estímulo de superación para las futuras
generaciones, para que se llegara a la mayor altura espiritualidad y belleza
humana, hasta lograr la plena humanización del hombre.
Sin embargo, este sentido bello de la vida y el arte orientado desde la Iglesia,
se vio perturbado desde el momento en que el arte comenzó a politizarse, dándole
un sentido de proyección política, con miras sociopolíticas suaves al principio,
pero impositivas después, dando lugar a la especulación y negocio del arte, donde
había marcados intereses de arrebatar a la Iglesia el ideal espiritual de belleza,
al tiempo que se abrían caminos que transformarían la sociedad, no inmediatamente,
sino suave y progresivamente. Se ofreció fama y economía, formas fáciles de
seducir al artista que no intuyó ni causas ni consecuencias. Pensemos en
algunas obras de arte como las de Hogarth, Goya, Delacroix, Grosz, Dix,
Keckman, Diego Rivera, Picasso... entre otras, donde se ve una clara finalidad sociopolítica muy influyente en la
sociedad.
Tal vez, las diversas guerras
cargadas de ambición y de poder, hayan propiciado la aceleración de
acontecimientos, pero lo cierto es que desde entonces se comenzó un proceso progresivo
y emancipador del arte, difícilmente calculable en sus efectos, pero
transformador de la belleza y sociedad, abriendo la puerta a lo trivial, lo
efímero, lo vulgar, lo descuidado y de mal gusto, como a lo feo y lo absurdo.
Quizá la intención oculta sea el perder el sentido de la inmanencia, haciendo
que la belleza espiritual de la transcendencia quede soslayada, cuando no
olvidada o burlada.
Son muchos los que hoy se preguntan sobre el sentido humano y espiritual
de nuestro arte, tan deshumanizado y alejado de la realidad. La respuesta, nada
positiva, es que al perderse el sentido de la belleza, nos hallamos en una
crisis de valores con desorientación incalculable, en la que se pretende
marginar el sentido religioso de la vida, cambiándole por el talante panteísta,
ateo o nihilista, abriendo las puertas del sensualismo, del partidismo, del
todo vale, de mitos astrológicos o absurdos modernismos, con todas las sectas
de los “ismos”, en las que pretenden hacernos creer, que el destino de la
persona debe ser manejado y conducido al goce terreno, porque hay que acabar
con lo que ellos dicen “tabús religiosos” –entiéndase la Iglesia- que tiene la
misión edificante, redentora y reconciliadora, de redimir la vida con obras de
belleza humanizadora, llenándola de valores éticos, morales y espirituales.
El resultado es un alarmante descenso del nivel cultural, moral y estético,
en el arte y la cultura de nuestro
tiempo, donde reina el desorden contra la belleza en todos los campos, al
tiempo que prolifera el desapego por la lucha de la verdad y el bien, el
desprecio y el olvido de lo religioso, cuando no, el odio burlesco, el
vilipendio o el ultraje. Se manipula la historia, la vida, el arte, los
sentimientos, se degrada a la persona y se ofrecen todos los paraísos del
placer sensual, con propensión a la vida licenciosa, a la libertad del abuso, a
la histeria colectiva. Se sustituye la vida de la iglesia por el ritual del botellón; al profeta de la Palabra
por el cantante-ídolo de masas; la
asistencia a los actos religiosos por la hinchada
y fans del deporte; la vigilia de maitines por el club nocturno; las peregrinaciones por la movida bacanal; se margina el saber y buena educación y se hace
alarde de lo absurdo y lo chabacano como original y moderno.
Este es el resultado al que nos está conduce
esta deshumanización de la belleza de nuestro tiempo. Un tiempo calamitoso en
el que se comprueba una vez más que sin
la belleza no podemos vivir honestamente, ni aspirar a la dignidad de la
persona. Necesitamos una catarsis urgente, un volver la espalda a esta
deshumanización y comenzar a caminar por las sendas de la belleza. Toda
conversión es dolorosa, pero rejuvenecedora. La belleza nos hiere, pero nos
abre los ojos. Tal vez su sacudida nos obligue a salir de nosotros, nos
arranque la pereza y la desidia del abandono en que hemos caído. Su dardo puede
ser el que encienda nuestros deseos de búsqueda de belleza que humanice de
nuevo nuestro tiempo. Que incida en las cataratas que nos impiden ver lo bueno,
lo bello y lo verdadero. Que nos zarandee hasta despertarnos del olvido del
Dios Encarnado, por quien el mundo recuperó la belleza humanizadora y
salvadora.
Sin duda ninguna, la belleza es la que mejor humaniza la vida y da un
sentido estético a nuestra existencia. “La filosofía, dice Unamuno, es el
sentimiento trágico de la vida”. Y siguiendo este mismo pensamiento, podemos
decir también, que la belleza humanística de nuestra vida, da sentido estético
a toda nuestra existencia elevándola de categoría. Ya en el siglo IV Dionisio el Areopagita
escribió, que “el bien es alabado por lo bello”. Y Santo Tomás de Aquino afirma,
que “la belleza y la bondad son lo mismo”. Volver a la belleza es volver a la
verdad, a lo bueno, al bien; elevar nuestra condición humana; hacer la vida
digna, agradable y verdaderamente bella.
Si reclamamos la humanización de la belleza, es porque pedimos una
pronta recuperación de la dignidad de la persona y que la arquitectura, la
escultura, la pintura, la música y la poesía de nuestro tiempo, colaboren para
iluminar la vida del hombre llenándola de belleza auténtica, de esa aureola de belleza imborrable que rodea la estrella
luminosa de la verdad. “La vida es la luz de los hombres. Y el Verbo era la luz
verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn. 1, 9).
“El que no renace no puede ver el Reino de Dios. El que obra el mal,
aborrece la luz y no quiere ver la luz. Pero el que obra la verdad, está en la
luz de la belleza
.” (Jn. 4, 1-22).