martes, 9 de abril de 2013

HUERFANOS DE BELLEZA. LO BELLO Y LO SINIESTRO, DE EUGENIO TRÍAS.

Queremos que en SANTUARIO no pase de largo la muerte de Eugenio Trías Sagnier (+ 10—II—2013). Un cáncer de pulmón le ha segado la vida a los 71 años. Era nuestro gran filósofo español, considerado como uno de los más importante pensadores actuales, enmarcado en la línea de Unamuno, Zubiri, Ortega y Gasset y otros. Nos ha dejado una extensa obra escrita (más de 30 libros), principalmente de filosófica, como también grandes aportaciones a la estética, al arte, a la música, como reflexiones, conferencias, charlas y otras colaboraciones de gran valor y pensamiento. Entre sus muchas obras destacamos: Filosofía del límite. Tratado de la pasión. Lo bello y lo siniestro. La edad del espíritu. Filosofía de la religión. El canto de las sirenas y La imaginación sonora. Todas ellas consideradas por la crítica como obras clásicas de pensamiento filosófico-teológico, con fecunda síntesis de belleza y conocimiento, que quedarán como uno de los más sólidos pilares del saber y conocer para futuras generaciones.

Tratar de resumir y enjuiciar en unas breves líneas la categoría de esta obra, podría resultar injusto. Pero no es ese nuestro acometido. Queremos sólo expresar nuestra admiración por su trabajo, por su aportación al pensamiento filosófico y de forma especial, al artístico en el campo de la belleza. En la brevedad de nuestro artículo, haremos unas reflexiones sobre el libro: Lo bello y lo siniestro, ya que entra dentro de nuestro tema y puede ayudarnos en esta búsqueda de la belleza.

De entrada, el título: Lo bello y lo siniestro, son dos términos que parecen contraponerse, aunque el autor nos aclara que se complementan. A lo largo de la obra Trías reflexiona sobre estos dos aforismos. Por una parte tenemos la belleza que nos envuelve ofreciéndonos gozo, fantasía, bienestar, sabiduría e inteligencia. Lo bello despierta en nosotros el sentido de lo sublime, de lo elevado, de lo que hace referencia a lo divino. Sólo cuando lo divino sale de la abstracción es susceptible para ser representado y contemplado. El cristianismo nos hace ver, que Dios inmortal e invisible, se hace visible y mortal en la carne. En su esencia, la belleza nos hace concebir las cosas en pura simplicidad espiritual y luminosa. De ahí que lo bello seduce y se impone de forma total, quiere revelarnos la fuerza que le anima, el impulso que manifiesta su armonía interior viviente, manifestada al exterior con sentimientos que afloran en el alma. Por su carácter simbólico, la belleza física es reflejo de la belleza moral y manifestación de la verdad íntima.

Como contraposición tenemos lo siniestro, que es la limitación de lo bello. En sí mismo, el término hace referencia a lo funesto, a la maldad, a la fealdad, a la falsedad, a la imperfección, a la irracionalidad, como sinónimos de limitación. Lo siniestro por lo tanto, cuestiona la belleza, la limita, la somete a juicio y revisión. La aparición de este límite revela lo siniestro que en la belleza aparente, destruyendo ipso facto el efecto estético. En el arte, en ese límite de lo bello se halla lo siniestro, cuya presencia se mantiene bajo la forma de ausencia y en forma velada, sin ser desvelada, pues su revelación implicaría la destrucción del efecto estético. El carácter apariencial del arte, ilusorio, ficticio, radicaría en esa suspensión. Lo que nos haría recordar que el arte camina como a través de una cuerda, en vertigioso equilibrio, y acompañando al efecto estético. En este extremo lo bello linda con el comienzo de lo terrible que todavía puede soportarse.

Aplicando este término al arte de hoy, constatamos que el arte se encamina por una vía peligrosa, pues trata de apurar ese límite, queriendo sustituir lo bello por lo siniestro, lo feo y deforme. Jugar con lo feo, lo imperfecto, lo negativo y extravagante, es correr el riesgo de pervertir la belleza. Quedarse en este campo, es dejar que domine lo negativo, el mal, desfigurar la realidad para caer en el vacío, en lo fatal. Pues querer rebasar el límite de la belleza, haría tambalear la excelsitud de la estética.

Y después de un análisis de términos, de forma especial hace un recorrido histórico sobre lo que se ha considerado bello en las diferentes épocas, recordando que para los griegos como para los romanos, lo bello era aquello que era limitado, imperfecto y proporcionado, mientras que en épocas posteriores se abre una nueva dimensión estética que va más allá de lo bello, cuya filosofía está relacionada con el concepto de infinitud, expresado con el término: lo sublime.

Trías con este concepto de lo sublime, (tema ya tratado y explorado por Kan), explica la “excelsitud de la estética, que va más allá de la categoría limitada y formal de lo bello”, ya que concebían la belleza bajo “la pura simplicidad espiritual y luminosa”, lo cual pone de manifiesto el carácter limitado de la belleza. Mientras que a través del gozoso sentimiento de lo sublime, entramos en esa apreciación de lo grandioso, lo excelso y la sensibilidad de infinitud. Es más, el sentimiento de lo sublime puede ser despertado por objetos naturales. De esta forma, lo sublime del infinito se hace finito, la idea se hace carne, la razón sensibilidad y moralidad. “El hombre “toca” aquello que le sobrepasa, lo inconmensurable, lo divino se hace presente y patente en la naturaleza”. Así el sentimiento de lo sublime se desenvuelve en esa ambivalencia del dolor y el placer, haciendo que el espíritu entre en conexión con el infinito. La belleza será presencia divina, encarnación, revelación del infinito en lo finito.

A modo de poner a prueba las categorías de lo bello y lo siniestro, nos introduce en hechos de vida y recuerda dos ejemplos de momentos históricos. Por una parte la belleza ideal, en las obras de Bottichelli: “El Nacimiento de Venus” y “Alegoría de la Primavera”, y como contraposición el cine de Hitchcok, en su film el “Vértigo”, como representación de esa necedad del hombre de estar centrado en la propia tragedia. Esto podía cuestionar al pensamiento del arte cristiano que expresa el sufrimiento, la amargura de la pasión, el dolor humano. Pero lejos de eso, encierra en sí la mística de lo espiritual, don-de el dolor queda sublimado por el amor, con la belleza de la bondad que aleja del sentimiento trágico.

Y después de un reflexivo análisis, termina el autor recordándonos que lo bello y lo siniestro conviven en la obra de arte, pues de faltar alguno estaría falta de vitalidad. Pero debe predominar lo bello, quedando lo siniestro en forma velada., y en ningún caso patentiza lo siniestro. El arte transforma y transfigura esos sentimientos semiprohibidos, temidos, tenebrosos, dándoles una forma de vitalidad.

¿Qué hay detrás de ese velo siniestro? se pregunta el autor. Y termina diciendo: “Tras la cortina está el vacio, la nada primordial, el abismo que sube e inunda la superficie (el abismo es la morada de Satanás). Tras la cortina hay imágenes que no se pueden soportar, imágenes de castración, de canibalismo y de muerte. Son escenas repugnantes de asco, presenciadas en ese límite del excremento, de lo más horrible y espeluznante. ¿Puede el arte dejarse dominar por toda esa crudeza de horror y pesadilla?”.

La belleza es siempre un velo que oculta el caos de lo siniestro, pero nos invita a ver lo sublime de la belleza, la cercanía y presencia de lo divino. Poseer y estar en lo bello será como el comienzo, iniciación, punto de partida y singladura hacia el corazón mismo de lo divino. El elegir entre el predominio de lo bello o lo siniestro, media un abismo. No nos dejemos seducir por el canto de sirenas de ese abismo seductor.

martes, 9 de octubre de 2012

LA ESPIRITUALIDAD EN EL ARTE NAVIDEÑO

La esencia del arte religioso es comunicarnos con belleza la invisibilidad sublime de la transcendencia Es lo que podemos denominar como arte espiritual. En la espiritualidad de este arte encontramos resumida y concentrada toda la naturaleza de lo transcendente. La propuesta del arte sacro es abrirnos los ojos del alma, para que contemplemos lo sublime de esa infinita belleza celeste. El arte espiritual es el arte sobre todo arte y el que nos lleva a la belleza de toda belleza, ya que descansa en la misma transcendencia del Ser. De ahí que este arte espiritual tenga esa atracción tan irresistible que lleva a penetrar el campo de lo sagrado, introduciéndonos en el misterio de Dios que nos reviste del don de la gracia y santidad.

El arte navideño es el preludio de la espiritualidad cristiana, ya que él nos presenta en vivas imágenes, la belleza encarnada y humanada del Hijo de Dios, el Cristo cósmico y el Mesías esperado. La idea y el acontecimiento de la navidad encierra tanta bondad y ternura, tanta belleza espiritual y riqueza teologal, que nos sirve de tránsito y acceso al misterio de lo invisible. Con la misma plasticidad y belleza artística de la escena navideña, se experimenta ya un pregusto de la futura eternidad. Se vislumbra la irrepetibilidad del ser humano en el misterio insondable.

El sólo contacto con la belleza espiritual del arte navideño nos electriza, nos llena de sensaciones de gracia, calma la sed infinita, eleva el espíritu en rapto amoroso, entramos en experiencia íntima de convicción de que nos hallamos en otro lugar. El espacio-tiempo se vuelve gozo inefable. Ante el misterio de lo que contemplamos actúa la fuerza de la luz cromática que disipa las tinieblas de las dudas. El misterio de este arte nos purifica y adquiere la fuerza de la razón, de la certeza y la revelación, se hace verdad, Palabra de Dios dicha con belleza de imágenes.

Tanto interés encierra el tema navideño, que a lo largo de la historia del arte, siempre ha cautivado a los más grandes artistas de todos los tiempos, compitiendo cada uno por ofrecernos la más bella revelación del misterio. Y lo más importante es que todos se esfuerzan por presentarnos la idea teológica llena de belleza espiritual. Hay en su arte una exuberancia milenaria de inteligencia que nos hace disfrutar de ese sentido de lo trascendente. Es un arte que  invita al espíritu a penetrar en el campo de lo sagrado. Lugar santificado donde todo está purificado con el símbolo de la luz, cual vestido de los bienaventurados.

Toda la ternura que rezuma el arte espiritual de la navidad, no es más que una pequeña visón de la belleza celeste, de ese espíritu encarnado en la naturaleza. Aquí lo divino se hace el centro de la representación del arte, pero concebido como algo que nos lleva a la unidad absoluta. Lo divino se nos presenta con una fuerza tal de atracción, que no se dirige a los sentidos ni a la imaginación, sino a la sede del alma como centro neurálgico de nuestra transcendencia. Sitúa nuestra persona en el vértice de lo poético y lírico de lo sublime, de forma tal, que cuando lo divino sale de la abstracción, se vuelve susceptible para ser representado y contemplado, alabado y venerado. Así nos presenta el arte navideño al Dios inmortal viviendo en carne mortal.

En los motivos navideños hay diferenciadas dos bellezas artísticas que nos atraen y ambas nos seducen. La hermosura corpórea que arrastra y atrae nuestros ojos con un poder cautivador e invisible, y a su vez, la belleza espiritual latente en toda la escena, como belleza que penetra nuestra alma. La belleza corporal o terrenal, actúa en este arte como un rayo o vestigio de aquella otra invisible inmersa de hermosura. Al tiempo que la espiritual se revela con la fuerza de lo celeste y divino, superando a la belleza encarnada en lo corpóreo. La perfección interior engendra la exterior. La hermosura exterior recrea el gusto y los sentimientos; la belleza interior eleva el espíritu y perfecciona el amor, le hace crecer en la dimensión del amor divino. Aquí toda manifestación de amor se perfecciona y participa en la beatitud celeste. Cuerpo y espíritu, unidos en armonía por la belleza total, se abren al infinito de gracia recibida por la belleza de lo divino.

Si este arte encierra en sí tanta belleza de atracción, es porque lleva en sí esa revelación del amor de Dios encarnado, hecho presente ante nuestros ojos. Por eso, el mensaje central de este  arte, es la misma caridad divina del Dios Amor, manifestado en la ternura de ese Niño que es el Hijo de Dios, el Hijo del Amor. Dios es Amor, dice San Juan, pero no un amor solitario, sino un amor de comunión de personas. Creer en este amor eterno manifestado en el Hijo, es crecer en el espíritu de amor que nos invita a la perfección Trinitaria. “En verdad, ves la trinidad si ves el amor” (S. Agustí, De Trinitate, 8, 8,12). ¿Cómo no va a seducirnos este arte que lleva en sí la misma belleza increada?

El alfa y omega del arte y espíritu, se encuentran y se unen aquí para que sea la Luz del Espíritu la verdadera revelación de la belleza espiritual que se nos comunica. En cada nacimiento -portal de Belén-  se puede contemplar la Belleza divina que nos salva. Es ese Amor inefable manifestado en el Hijo, cuya visión hace desbordar al alma presintiendo la infinita Belleza que nos llegará en la luz del Octavo Día. Es el mismo Espíritu Santo el que hace radiante la humanidad de Cristo, que nos ilumina “cual lámpara divina”, para que intuyamos esa belleza fulgurante que Cristo posee y se revela en humilde manifestación.

Dejemos que estos día de la Navidad se espiritualicen nuestros ojos con este arte de nacimientos y belenes, ya que ellos nos hablan de la auténtica Verdad y Belleza, de lo finito e infinito, que nos viene revelado con el Hijo. Toda la belleza del arrebatamiento espiritual, teológica y dogmática, nos viene como doctrina de la Encarnación que revela la Gloria de Dios, manifestada en el Hijo. Dejemos que nuestros ojos se llenen de la luz celeste que irradia este arte, donde la misma Belleza ha venido a resplandecer en todo su fulgor salvífico, deificando la belleza manifestada en el rostro de Cristo, que actúa y santifica nuestro espíritu.

lunes, 3 de septiembre de 2012

JOSÉ NAVARRO GABALDÓN (CENTENARIO)

Vivimos de recuerdos. Los bellos acontecimientos nunca pasan. Hay bellas efemérides que son hitos imborrables de la historia. SANTUARIO no se ha olvidado en su cincuenta aniversario del artístico acontecimiento de 1962, el IV Centenario de la muerte de San Pedro de Alcántara, en cuyo honor mandó hacer una bellísima talla del Santo para perpetuar su memoria, escogiendo al artista D. José Navarro Gabaldón, que fue elegido en  concurso nacional.

Con este acontecimiento queremos recordar también la memoria de este artista de Dios que con sus místicas creaciones de arte, llenó nuestras mentes de religiosas reflexiones espirituales. José Navarro Gabaldón se dejó trabajar por la belleza de Dios con ese arte que predice la belleza celeste. Su arte profetiza sin palabras la riqueza infinita de esa beldad increada que a él se le dio a conocer. La fe que proclama su arte, hoy es un grito religioso y espiritual que sigue evangelizando a los de buena voluntad, que tienen hambre de hermosura y esperan la llegada reinante de esa Gran Belleza. Navarro Gabaldón nos presenta la espiritualidad del arte como una auténtica vía de revelación. La belleza de su arte es una obra de amor que nos enseña a “saber mirando y a mirar sabiendo”.  En paralelo a la visión de los santos, él vivió impregnado de la infinita belleza de Dios, hasta quedar tocado de la santidad que dimana de esa hermosura celeste que él trató de comunicarnos. Justo es que al recordar este evento del Santo, recordemos la  obra de este artista de Dios que nos ha legado una espiritualidad mística cargada de belleza.

Con unos breves datos sobre José Navarro Gabaldón, presentaré lo más importante de la biografía de este artista, hoy considerado entre los críticos como uno de los mejores escultores de nuestro tiempo, de forma especial en su arte religioso.

José Navarro Gabaldón nació el 1917 en Motilla del Palancar (Cuenca), El quinto de seis hermanos. Su afición por el arte le vino de su padre, ebanista y artesano carretero. En el taller de su padre realizó pequeños trabajos, como la paloma del tornavoz del púlpito para la ermita de la Virgen de su pueblo, que le valieron el encargo del proyecto para el retablo de dicha ermita destruida por la guerra. Bellos fragmentos de ese retablo, los llevó a Cuenca a la Exposición Provincial de la Organización de Educación y Descanso, obteniendo el Primer Premio de dicha Organización en talla de madera. Más tarde, presentó dos de las esculturas del retablo de la ermita del Palancar, en la Exposición Nacional del Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde también obtuvo el Primer Premio Nacional de Escultura.

Después de estos éxitos, en 1943, la Excelentísima Diputación Provincial de Cuenca, le concedió una beca para que ingresara en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, Madrid. Terminó sus estudios en 1949, con Matrícula de Honor y un Premio del Estado. Por su buen expediente académico en 1950, La Real Academia de Bellas Artes, le concedió una beca para ampliar sus conocimientos artísticos en distintas ciudades de Italia y París.

Entre 1950 y 1960, realizó varias esculturas de importancia, entre otras: un San Juan de Ávila, para la capilla del Cerro de los Ángeles. Un San Francisco para Jaén de bella factura. Ganó también, en el concurso restringido para escultores convocado por los PP. Jesuitas, para realizar la imagen de Nuestra Señora del Remedio, destinada a los nuevos colegios de Chamartín. En 1958 la escultura de Melchor Cano, expuesta en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, causó tanta admiración que tuvieron que prolongarla varios días. Y en 1960, también ganó el Primer Premio para realizar una Inmaculada en piedra,  concurso convocado por la Compañía de Jesús (en Navarra).

El concurso convocado por los PP. Franciscanos en Arenas de San Pedro (Ávila) el 1962, para erigir una estatua y celebrar el IV centenario de la muerte de San Pedro de Alcántara, José Navarro Gabaldón obtuvo el Primer Premio. Para impregnarse de la espiritualidad del santo, vivió un tiempo en el mismo Santuario de Arenas, donde conoció a Fr. Jesús de la Cruz, el mejor y más fiel imitador del santo con gran parecido a él, al que tomó por modelo creando una obra maestra de San Pedro, de la que fui testigo ocular en su realización. Pasada al bronce, se colocó en la Plaza de Arenas de San Pedro, frente al Castillo de D. Álvaro de Luna. Anteriormente estuvo expuesta en la Biblioteca Nacional de Madrid, causando tal sensación la mencionada obra, que obtuvo los mejores elogios de toda la crítica de arte, de la que el Marqués de Lozoya –gran conocedor del arte- dijo: “que era una obra que se colocaba a la cabeza del arte Europeo, poniendo lo transcendental al servicio de la fe”. Al mismo D. José María Oriol, Marques de la casa de Oriol, le causó tal impacto, que le encargó una réplica de mayor tamaño, para la ciudad de Alcántara (Cáceres).


Sus muchas obras hoy  están diseminadas por la geografía española, de las que destacamos: Santísima Trinidad, Apocalipsis, Bautismo y Condenados, además de vitrales, esculturas, forjas, bronces, piedras, mármoles, vidrieras en color, con figuras todas ellas llenas de espiritualidad. Pero inesperadamente, el 9 de septiembre de 1978, José N. Gabaldón, cerró los ojos a la belleza humana para abrirlos a la infinita belleza de Dios.

El arte de José Navarro Gabaldón es totalmente espiritual, nace de lo más profundo de esa mística de la belleza que él vivió y heredó de una madre enteramente religiosa. Fue un hombre de profunda fe, de bondad visible, con una sensibilidad que reflejaba, tanto en palabras como en obras de arte espiritual, esa belleza de atracción terrible, en la que él intuía la verdad que acontece en esa revelación que nos viene de Dios y se manifiesta en la obra del artista. Su arte de belleza espiritual nos interpela, está cargado de teología y sentimientos místicos. Es un arte que reza, que nos habla de Dios, que “invita al rigor del puro misticismo”. Es ese arte que quiere eternizarse invitándonos a vivir la transcendencia de lo humano. Hay tanta unidad de armonía, lirismo de belleza, fuerza de conocimiento, sensibilidad cargada de verdadero amor espiritual, que su arte constituye una gran revelación religiosa y mística.

Sólo un instante ante la talla de San Pedro de Alcántara, sita en la plaza de Arenas de San Pedro (Ávila), para que la fe dialogue en nuestra mente. Es una figura en la que queda inmortalizada la pasión del espíritu por alcanzar esa Belleza sublime que nos viene de lo alto. Gabaldón presenta al santo como en éxtasis sublimado y arrebatado hacía el empíreo de Dios. En lo más alto, su cabeza emerge de la capucha como el pistilo de una flor que dialoga con lo eterno, cargado de ese amor infinito que busca el néctar de Dios. El pecho abultado, como sede de los sentimientos humanos, quiere salir para entregarse al amor. Sus brazos están abiertos en actitud de donación. Sus manos flotan al aire como una oración suplicante que intercede ante el Padre, una tendida al cielo para recibir las gracias y la otra inclinada para trasmitir los dones y bendiciones recibidos. Su capa y hábito raidos como la aspereza de un tronco, reflejan la pobreza humana, pero están llenos de belleza y armonía espiritual. Sus pies no pisan la tierra, su figura de bronce no pesa, se vuelve etérea, totalmente espiritual, ascendente. Hay en todo él un lenguaje de arte que cala en el espectador, que le invita a la oración, a la paz, a la ternura, a entrar en diálogo con Dios, a sentirse envuelto por el misterio, a saberse pequeño universo donde habita Dios. También el espectador en su mirada se deja seducir y envolver por la gracia, se hace puro, se olvida de sí mismo. Es la fuerza del arte espiritual que cautiva y lleva en sí misma la gracia y belleza de Dios.

Amigo Gabaldón, artista de Dios, la belleza de tu arte sigue viva, no pasará, nos interpela más, porque habla con ese lenguaje profético que proclama la infinita belleza de Dios. Que tu arte nos de ojos para ver mejor a Dios.

jueves, 19 de mayo de 2011

LA BELLEZA DE LOS SANTOS

La santidad de vida ha sido siempre el fundamento e ideal de la vida cristiana. La santidad está inscrita en la misma estructura de la persona, porque está abierta a Dios que le desborda con el amor más grande y perfecto que puede imaginar. El santo, unido a Dios, fuente de unidad y de luz, proyecta su ideal de santidad sobre la misma esencia de perfección divina. La santidad está basada en la inhabitación del Espíritu, cuya presencia diviniza la vida del ser humano. Ser santo es estar unido a Cristo, participar de su gracia, de su don divino, de todo lo santo y sagrado que hay en Él.

El Papa Benedicto XVI, ha tomado el tema de la santidad como una de las catequesis más importantes para hablar a los creyentes de hoy. Él mismo, queriendo profundizar y vivir la auténtica santidad, en sus últimos ejercicios espirituales, del 13 al 19 de marzo, ha experimentado esta belleza de los santos en unos días espirituales dirigidos por el carmelita francés François-Marie Léthel, centrándolos en reflexiones sobre la temática: “La luz de Cristo en el corazón de la Iglesia: los Santos”.

Los santos son los grandes testigos de la santidad de la Iglesia, sus obras reflejan y expresan la luz y la belleza de Cristo. En ellos la Palabra se hace luz iluminadora y milagro de fecundidad virginal que coopera con la fuerza configuradora de Cristo. El Evangelio actúa con viva fuerza en ellos hasta engendrar la vida nueva, vida que opera la salvación, la gracia, la santidad que les eleva al estado de lo divino.

Esta belleza de santidad ha sido para Benedicto XVI el centro de sus meditaciones para vivir y descubrir mejor la belleza de Dios en ellos. Tal vez esta ha sido la mejor preparación para pedir la gracia divina para que ésta le asista en la proclama de beatificación de su antecesor Juan Pablo II.

El día 1-5-2011, ha quedado en la historia de la Iglesia como uno de los días apoteósicos, en los que el mismo Benedicto XVI, efectuó la beatificación de Juan Pablo II, con una representación de más de 500 Obispos y Cardenales, apoyados por varios miles de sacerdotes y clero, con más de 87 delegaciones, participando cinco casas reales y sus príncipes, 18 jefes de Estado, así como un gran número de representaciones de los diversos Estados, con una masiva afluencia de fieles venida de todas las partes del mundo (Se habla de más de un millón de fieles los que han acudido a la beatificación).

Juan Pablo II es el hombre y el Papa que ha pasado por el sufrimiento, la persecución y el atentado de muerte en su propia persona. Pero él, fiel a su fe e imitando a Cristo, no sólo les perdonó, sino que rogó al Padre por todos. Juan Pablo II no sólo ha demostrado ser un gran líder mundial que ha trabajado por establecer la paz social, la cultura, el bienestar, la ética y la moral, como ejes fundamentales para el progreso del mundo, sino que ha dirigido a la Iglesia con verdadero empeño de renovarla, ofreciendo doctrinas teológicas que actualizan la fe de la Iglesia, luchando con gran empeño por una vuelta a la belleza artística y espiritual, haciendo que la juventud resucite al protagonismo de una vida nueva marcada por el Evangelio de Cristo. Justo es que se le reconozca su labor espiritual ya que ha vivido en perfección y santidad.

Nada de extraño que los humildes de la fe del mundo acudan personalmente en magno acontecimiento, para ser testigos pacíficos que proclaman la obra santa de un hombre de paz que ha gastado su vida edificando el Reino de Dios; predicando el orden, la concordia, el bienestar, la paz, el amor y la doctrina evangélica de Cristo, como medios para construir un mundo mejor. Nadie ha trabajado ni ha hecho tanto como los santos por el bienestar de la sociedad. Ellos son los verdaderos sembradores de la paz y el orden del mundo, los que llenan nuestra sociedad de valores y crean culturas de bienestar. Ellos lo han hecho todo sin egoísmos ni prebendas humanas, sin engaños ni falsas promesas. Su deseo es llenar al mudo de valores salvíficos, de crear el verdadero Reino de Dios, donde brille la paz y la justicia verdadera, el amor y la santidad que liberan y salvan, llenando de gozo y felicidad a la persona.

Aclarando el concepto de santidad, algunos teólogos explicaban a los opositores del nuevo beato, que “el santo como todo mortal, a excepción de la Santísima Virgen, ha nacido manchado por el pecado que le condiciona hasta la muerte. Esto hace que no todos sus actos sean santos, ya que nadie sostiene que todos los actos del santo hayan sido santos. Al beato no se le eleva a los altares por no tener defectos, sino a pesar de ellos. La beatificación no nos obliga a afirmar que todo lo hizo bien y perfecto, sólo Dios es perfecto. Pensar de otra forma es un procedimiento anacrónico y sectario de los que se oponen a que sea elevado a los altares”. (La Gaceta. Beatificación de Juan Pablo II. Amar al Papa). Tal vez esto aclare los conceptos erróneos que a veces se tienen sobre la perfección de los santos.

Los santos son el mejor ejemplo de perfección cristiana, son los verdaderos teólogos y conocedores de Dios, los que con más fidelidad reflejan la belleza espiritual comunicada por Cristo en el Evangelio. La luz de la fe reflejada y proyectada en sus vidas nos permite contemplar la belleza espiritual como gloria y esplendor de Dios. Nadie como ellos ha vivido la verdadera sabiduría que expresa la verdad y la belleza de lo sagrado y lo sublime manifestado por Dios. La experiencia de Dios que ellos nos trasmiten está en la línea de lo sacramental. Para el pueblo cristiano, los santos nos revelan la verdad y la belleza del misterio de Dios, manifestada e iluminada por la irradiación de Cristo. Su predicación y su testimonio de vida, es el que cala en los humanos y el que más necesita hoy nuestro mundo.

miércoles, 26 de enero de 2011

RECUPERAR EL ARTE SACRO

La aurora de un nuevo amanecer de la belleza, lucha denodadamente frente a las tinieblas que nos envuelven de un arte en decadencia que se prolonga en demasía. El arte sacro en la Iglesia quiere volver a tomar el mando frente a la cultura laica, que ha pretendido sustituir  la imagen sagrada por iconos ausentes de belleza y de fe religiosa. El afán de los que pretenden sustituir la imagen sagrada por la densa materia que anula la transcendencia espiritual, ahora  se sienten incómodos porque los fieles buscan y reclaman de nuevo lo sagrado del arte,  no sólo en la trascendencia de la mente y el espíritu, sino también en la belleza tangible que sensibiliza el alma y la persona.

La Iglesia necesita recuperar cuanto antes este sentido de lo sagrado. El arte moderno eliminó fácilmente la belleza evocadora de lo sagrado, prefiriendo un arte seudo-religioso como creación de formas. No toda la culpa reside en el artista, sino también en la falta de formación artística del clero, la poca sensibilidad y el escaso interés teológico por informar a los artistas sobre las verdades de fe y temas sagrados a expresar. A un artista no le basta el estilo personal. Entrar en el arte sacro, sin formación y sin fe, por muy buen artista que sea, nunca intuirá la fruición contemplativa de la mística cristiana ni el pasmo del espíritu. De esta forma, la Iglesia al no participar en la creación con el artista, al dejarle sólo, éste nos ha ofrecido un lenguaje estentóreo, vacío de teología y carente de lo sagrado.

Volver a lo sagrado es lo propio de la Iglesia. Educar en la belleza del arte para que se encarne de nuevo la estética religiosa, unida al sentido espiritual y trascendente. Que el arte religioso nos devuelva la garantía de la presencia de Dios, que ilumina de belleza toda la Iglesia y la de nuestro mundo. Queremos que el arte sacro se vuelva camino seguro que nos lleva a la excelencia de Dios, donde abunda la verdad, la bondad y la belleza, tan necesarias para el verdadero progreso humanitario. Estamos hastiados de imágenes sensuales sin ética y vacías de contenido. Quizás el arte sacro nos devuelva la escala de valores, no sólo espirituales y eclesiales, sino también los éticos, sociales, familiares, humanos y cívicos.

Es tan importante esta vuelta, que volver a lo sagrado es volver a Dios, hacer que la vida tenga sentido y se abandone el camino ciego de lo absurdo. En la literatura bíblica la vuelta a lo sagrado era  la vuelta a lo santo, que sólo es atribuible a Dios, porque sólo en Dios está lo bueno y lo santo (1 Sam. 2, 2). Y en la vida de la Iglesia, lo sagrado se centra en el culto, donde se proclama el amor a Dios y la plenitud de Cristo, como centro de valores salvíficos y realidades sagradas. Si el arte sagrado nos evoca a Dios, es porque Dios en las imágenes santas nos está buscando a nosotros. Es una perspectiva de búsqueda que nos sitúa en el umbral de lo sagrado. Nuestro reto es construir un arte que eternice lo sagrado.

El arte en la Iglesia tiene que volver a tomar el sentido evangélico de comunicar la belleza sagrada de Dios. Juan Pablo II decía que “el arte tiene que iniciar una nueva evangelización” Que las obras artísticas tomen carácter religioso de anuncio de buena nueva; de mirada espiritual con fuerza sagrada y poder misterioso, que confieran la profunda trascendencia que nos revela su epifanía. Queremos un arte impregnado de valor teofánico que nos ayude a ver mejor al que es totalmente “Otro”, que llene nuestra mente de esa belleza sacra, que habla desde la transparencia con la luz del nuevo resplandor.

El arte de hoy necesita urgentemente oír otra voz más pura, una palabra más limpia que tenga ojos de fe, con fundamentos en la verdad sagrada, que nos trasmita apoyos de sublime servicio. “La verdad es la que nos hará libres”, como la belleza cambiará nuestra estética. La realidad sacra puede que tenga sentido de misterio impenetrable para el que no vive la dimensión de la fe, pero para los que han dado el paso en busca de la verdad, o regeneran la belleza de su fe con la vida y evangelio de Cristo, o agonizarán tristemente de inanición aplastados por un subjetivismo sentimental y caprichoso.

En esta búsqueda de autenticidad espiritual, el espacio redimido por la belleza, se dilatará  en el infinito de lo sagrado, dando en la Iglesia al verdadero arte, el sentido escatológico que no sólo educa sino que puede  disfrutarse recreando las formas inherentes que unifican la verdad con la estética, estableciendo así una penetrante teología de la belleza que nos permite elevarnos a Dios y participar de su propia hermosura.

En la medida en que nos abramos a la verdad sentiremos el hambre por el verdadero arte sacro, que conecta nuestro mundo con el espíritu. Uno de los padres griegos, San Máximo, habla de un cierto carisma artístico que nos introduce en la belleza de la verdad: “el fuego del amor divino y el estallido fulgurante de su belleza, en el interior de cada cosa, nos hará ver la verdad” (PG. 91, 1148). Necesitamos mucha gracia ocular que capacite la visión de nuestra pobre  belleza. Tal vez el arte sacro nos capacite para entrar en el misterio de ese  mundo transfigurado por la belleza. Que la estética de lo sacro se haga servicio del espíritu que ilumine el núcleo espiritual de la verdad.

viernes, 10 de diciembre de 2010

LA BELLEZA NOS LLEVA A DIOS

El ser humano tiene hambre de belleza, se siente atraído por la belleza, hay en la belleza algo que supera lo humano. El deseo innato del hombre es alcanzar y poseer el bien y la belleza. La belleza es inherente a la criatura humana, porque forma parte de la aspiración teocéntrica que todo humano siente por conseguir la transcendencia, como el perpetuarse y hacer de la vida sacramento de luz y belleza. Y es que la belleza nos penetra hasta la misma existencia, llenando nuestro interior de esa sublime hermosura, como imagen de gracia y  presencia de Dios.

Toda la creación, el cosmos entero, grita ofreciendo y proclamando la belleza infinita que Dios ha puesto en ellos, como prueba de su existencia, en la que resplandece su misma Belleza como atributo de Dios sin límites. El Génesis, como Palabra de Dios, al terminar la creación, abre su pensamiento al diálogo para decirnos: El Señor dejó que su mirada gravitara sobre su obra de arte, de la que quedó satisfecho viendo que todo era muy bello, absolutamente bello (Gn. 1, 31). Es la belleza que a Dios le gusta y que a nosotros nos delita. “Quae visa pacet”, lo que agrada a la vista, dicen los filósofos.

Son muchas las pistas que nos ha dejado  y todas nos llevan a Él. En el símbolo de la belleza, hecho de “poesía sin palabras”, Dios nos dejó impresa la atracción por lo divino. Es su Espíritu, como captación de la belleza, el que nos comunica el esplendor de la santidad, el que nos reviste de la hermosura que nos aproxima a Dios, infundiendo el gozo eterno de lo divino. Ha sido “el dedo de Dios” el que ha dibujado en nuestra mente el infinito deseo de sabiduría y belleza, como estrado que nos eleva hasta Dios. El espacio tenebroso que aún nos separa de Él, sólo la luz de la belleza, como matriz de vida, puede hacerle próximo y luminoso.

Se nos ha dicho, que “no se puede vivir sin la belleza”, como no se puede vivir sin luz. “Que se haga la luz”, “Que la luz de la belleza ilumine las tinieblas” (Gn. 1, 3). Es la primera palabra que Dios pronunció. Pasó una tarde, pasó una mañana y el Todo Belleza se hizo visible en las cosas. Ahora es la Belleza la que nos marca el camino hacía Dios. Si perdemos el sentido de la belleza perdemos a Dios. Es la Belleza la que mejor nos lleva a Dios. Si deseamos la luz y buscamos la belleza, si aspiramos a la sabiduría que ilumina o anhelamos la belleza de santidad, es porque ellas nos conducen hasta Dios. De ahí nuestro anhelo por entrar en esa total comunión de belleza clarificadora;  queremos la belleza divina para estar integrados en la perfección de Dios, en la santidad y belleza divina.

Nada como el arte de la belleza nos muestra las verdades luminosas que nos encaminan hacia la verdadera luz, donde Cristo nos revela la infinita belleza. La belleza que nos revela el arte es la que mejor ilumina nuestro espíritu, trasmite impulsos y sentimientos que nos llevan a Dios. El camino del arte de belleza, es una senda privilegiada y fascinante para acercarse al misterio de Dios. “¿Qué es la belleza –dice San Agustín-,  que escritores, poetas, músicos, artistas contemplan y traducen en su lenguaje, sino el reflejo del resplandor del Verbo eterno hecho carne? Pregunta a la belleza de la tierra o a la del mar, a la del aire dilatado y difuso, o a la misteriosa belleza del cielo; pregunta al sol o la luna, a los peces o a los animales de la tierra… Pregunta, pregunta, que todos te responderán: “Contempla nuestra belleza” La belleza es su respuesta, como reflejo de la Belleza inmutable” (Ser. CCXLI,  PL. 38, 1134).

La belleza de la Palabra es la actitud primordial de la fe. Si no tenéis belleza ni fe, no viviréis (Is. 7, 9).  Levanta los ojos y mira (Is. 49, 18). Pero sólo la belleza de la revelación llegó en la plenitud de Cristo. Oír y ver, ahora se hacen belleza visible. “Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis” (Lc. 10, 23). El ver y oír la belleza del Padre manifestada en Cristo, es una gracia. La importancia de ver la belleza revelada y oír la Palabra que engendra la atracción de la belleza del Padre, es una constante invitación a vivir y poseer la belleza de Dios, revelada en el misterio de Cristo.

La belleza que no viene de Dios no es belleza. Solo Él es la Belleza suprema. Confundir la belleza con falsas imitaciones, es prostituir la belleza. Olvidar o abandonar la belleza clásica que lleva a Dios, ese puede ser nuestro gran pecado, ya que una belleza, sin estímulo a la virtud y muda a la sensibilidad del espíritu, nos aleja de la belleza de Dios. Quizá esa ausencia de la belle-za del arte sea la que esté alejando a los fieles de la Iglesia, o tal vez, la causante de la pérdida de fe, que destruye valores evangélicos, crea ídolos e idolatrías de verdadero paganismo. Sí, dicho-sos los ojos que ven, o se abren a la belleza de Dios, porque ellos contemplarán la gloria de Dios.

La autentica belleza no necesita una definición rigurosa, ella misma manifiesta su verdad y su bondad en la unidad del ser y su transcendencia. La belleza real es evidente, se percibe, se siente, penetra en nuestro interior y se hace experiencia. Lo bello como lo sagrado, se nos manifiesta como algo distinto, como nueva encarnación que busca el trascendente, nos hace intuir la proximidad del misterio divino. Los Santos Padre como los teólogos, percibieron inmediatamente el lenguaje de las formas bellas, ellos intuyeron en la belleza  del arte la luz de la gracia, cual verdad de revelación. Por eso, la belleza del arte se hizo fe en el misterio de Cristo,  sirviendo de nueva iluminación a la teología, como también ofreciendo una belleza visible que facilita la accesibilidad a la trascendencia del misterio, siendo el camino sencillo que llevaba más fácilmente a Dios.

El mismo Benedicto XVI, se siente transportado a un mundo diferente, cuando sus ojos contemplan con fe la belleza del templo de Gaudí. “Esta belleza, dice el Papa, supera la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre la belleza de las cosas de Dios como Belleza, (ya que la obra bella es pura gratuidad que invita a la libertad) …y entre el milagro arquitectónico que muestra el misterio del interior del templo, donde la desnudez de unas formas bellas invitan a la experiencia mística del éxtasis”  (Homilía en la Sda. Familia. 8-XI-2010).   

La belleza cuando está revestida de armonía estética, se hace presencia de Dios, se vuelve para los humanos palabra y canto que traspasa el templo del espíritu. La fuerza espiritual de su mensaje es un grito interior de profundo sentimiento, que traspasa lo humano y eleva hacia el cielo, como viviendo en gozosos espacios místicos, mezclando nuestros sentimientos con los angélicos, en una continua alabanza de gloria.

Entrar en la mística de la belleza es entrar en el mundo de Dios, el mundo del espíritu, donde predomina y todo se hace sinfonía de luz y belleza. La mística de la noche se recrea en espacios liberadores, sin componentes espaciales, donde se adivina la total plenitud del gozo revestido de infinita belleza. El ojo de la belleza transforma las cosas para contemplarlas en similitud con la belleza divina, donde todo es loable y admirable, pero más loable porque nos introduce en la belleza celeste. El que siente y vive la belleza espiritual, entra en ese mundo vivificante de la luz y la gracia. Su cuerpo-espíritu, entra en vivencia de “segunda luz”, reflejo puro de la belleza que le envuelve. “La luminosidad de los cuerpos de los santos se hace normativa: <Vosotros sois la luz del mundo>,  la aureola del icono así lo expresa. Es la humanidad deificada en Cristo” (S. Gregorio de Palamas, Hom. 16. PG).

Toda belleza exterior nos lleva siempre a sentir la belleza interior. Necesitamos una cura de belleza para volver a sentir y gustar la belleza de Dios, la que llena nuestros espacios vacios de valores espirituales y nos hace ver la vida en esa generadora dimensión belleza.

domingo, 5 de diciembre de 2010

LA BELLEZA DESHUMANIZADA

Uno de los atributos de Dios más perceptibles para el hombre es la belleza. La belleza de Dios resplandece visiblemente en todo el universo. “El cielo y la tierra proclaman la belleza de Dios” (Sal. 18, 1). Es más, el salmista proclama a “Dios revestido de belleza con la manifestación del esplendor de la luz, como gloria de su manto” (Sal. 103, 1). El mundo está hecho a imagen de Dios y el hombre a imagen del mundo, dicen  los antiguos filósofos.

Pero nuestro mundo aún estaba en el advenimiento de lo más bello. Sólo desde que Dios se reveló en el Verbo Encarnado, nuestro mundo se llenó de la presencia de su belleza. Y nuestra tierra se inundó de santa Belleza, como morada de su gloria. Con su encarnación, Cristo hizo que el Reino contemplado fuera un reino de belleza para Dios. Desde entonces, su espíritu de Belleza aletea sobre nuestra tierra y comunica el esplendor de la santidad. Esta imagen de alianza con el hombre, se ha convertido en teofanía constante de belleza, de luz y de verdad reveladoras para el humano.

Esta es la belleza que siempre ha brillado en la Iglesia instituida por Cristo, como signo de la presencia del Reino de Dios. Es la belleza de la presencia y de la Palabra revelada, donde brilla la Luz y la Verdad anunciadas por el Evangelio, como norma del Reino contemplado en la Belleza del Padre, y vivido en la presencia del Espíritu de la Belleza, que es el que comunica y llena a toda la Iglesia del esplendor de la santidad.

La misión de esta Iglesia a lo largo de los siglos es: “que todos lleguen al conocimiento de la verdad y la belleza de santidad” (I. Tim. 2, 4). Belleza y santidad que ha perdurado a lo largo del tiempo, a pesar de las terribles persecuciones y falsas revoluciones. La Iglesia siempre ha sido solidaria con el hombre y le ha ofrecido caminos de belleza cultural. Esta verdad la comparten tanto los filósofos y teólogos, como los historiadores, los literatos, los escultores y artistas, al igual que todos los hombre de ciencia, quienes  llegaron a afirmar “que la humanidad puede vivir sin el pan y sin la ciencia, pero no podría vivir sin la belleza, porque cuando falta ésta se desea morir”.

Todo el misterio está aquí, como aquí está el secreto de la historia. La belleza del arte es la que comunica la alegría de vivir, la que inspira a la ciencia y abre caminos de esperanza. La belleza es la que invita y conmueve al hombre hacia su destino último. La Iglesia ha buscado en esta belleza epifanías que invitan a la cultura, humanizando la vida y cultivando la belleza como esencia de nuestra existencia. Ahí están, por ejemplo, la belleza de las catedrales, como empuje ascensional de oración y llenas de luminosidad, que muestran una síntesis de fe y arte, fascinantes de belleza, hablando con lenguaje universal y en perenne comunión humanizadora del hombre, como uno de los mayores logros de la civilización humana.

Nadie como la Iglesia ha colaborado para construir un mundo en el que se cultive el buen gusto por el arte, la armonía y la belleza, que son caminos que reflejan el esplendor y hermosura de Cristo, el Hijo de Dios encarnado que perfecciona la humanidad. Ella mediante el Evangelio liberador, como a través de imágenes y símbolos, ha comunicado un testimonio de belleza que  llevó al hombre a vivir un humanismo lleno de esperanza, como aspiración de la perfección humana,  del que brotaron innumerables obras maestras de arte. “El arte servía a la vida y la vida al arte como nunca había sucedido antes” (Johan Huizinga. El otoño de la Edad Media. Alianza. Madrid 1996).

Fue aquel tiempo el que más se progresó en la cultura, en el arte, en las ciencias del saber y la búsqueda de la belleza. Los hombres entonces, tenían por ideal, el embellecerlo todo para hacer de la vida una obra de arte no sólo agradable, sino un constante estímulo de superación para las futuras generaciones, para que se llegara a la mayor altura espiritualidad y belleza humana, hasta lograr la plena humanización del hombre.

Sin embargo, este sentido bello de la vida y el arte orientado desde la Iglesia, se vio perturbado desde el momento en que el arte comenzó a politizarse, dándole un sentido de proyección política, con miras sociopolíticas suaves al principio, pero impositivas después, dando lugar a la especulación y negocio del arte, donde había marcados intereses de arrebatar a la Iglesia el ideal espiritual de belleza, al tiempo que se abrían caminos que transformarían la sociedad, no inmediatamente, sino suave y progresivamente. Se ofreció fama y economía, formas fáciles de seducir al artista que no intuyó ni causas ni consecuencias. Pensemos en algunas obras de arte como las de Hogarth, Goya, Delacroix, Grosz, Dix, Keckman, Diego Rivera, Picasso... entre otras, donde se ve una clara  finalidad sociopolítica muy influyente en la sociedad.   

Tal vez, las diversas guerras  cargadas de ambición y de poder, hayan propiciado la aceleración de acontecimientos, pero lo cierto es que desde entonces se comenzó un proceso progresivo y emancipador del arte, difícilmente calculable en sus efectos, pero transformador de la belleza y sociedad, abriendo la puerta a lo trivial, lo efímero, lo vulgar, lo descuidado y de mal gusto, como a lo feo y lo absurdo. Quizá la intención oculta sea el perder el sentido de la inmanencia, haciendo que la belleza espiritual de la transcendencia quede soslayada, cuando no olvidada o burlada.

Son muchos los que hoy se preguntan sobre el sentido humano y espiritual de nuestro arte, tan deshumanizado y alejado de la realidad. La respuesta, nada positiva, es que al perderse el sentido de la belleza, nos hallamos en una crisis de valores con desorientación incalculable, en la que se pretende marginar el sentido religioso de la vida, cambiándole por el talante panteísta, ateo o nihilista, abriendo las puertas del sensualismo, del partidismo, del todo vale, de mitos astrológicos o absurdos modernismos, con todas las sectas de los “ismos”, en las que pretenden hacernos creer, que el destino de la persona debe ser manejado y conducido al goce terreno, porque hay que acabar con lo que ellos dicen “tabús religiosos” –entiéndase la Iglesia- que tiene la misión edificante, redentora y reconciliadora, de redimir la vida con obras de belleza humanizadora, llenándola de valores éticos, morales y espirituales.

El resultado es un alarmante descenso del nivel cultural, moral y estético, en el arte y la cultura de  nuestro tiempo, donde reina el desorden contra la belleza en todos los campos, al tiempo que prolifera el desapego por la lucha de la verdad y el bien, el desprecio y el olvido de lo religioso, cuando no, el odio burlesco, el vilipendio o el ultraje. Se manipula la historia, la vida, el arte, los sentimientos, se degrada a la persona y se ofrecen todos los paraísos del placer sensual, con propensión a la vida licenciosa, a la libertad del abuso, a la histeria colectiva. Se sustituye la vida de la iglesia por el ritual del botellón; al profeta de la Palabra por el cantante-ídolo de masas; la asistencia a los actos religiosos por la hinchada y fans del deporte; la vigilia de maitines por el club nocturno; las peregrinaciones por la movida bacanal; se margina el saber y buena educación y se hace alarde de lo absurdo y lo chabacano como original y moderno.

Este es el resultado al que nos está conduce esta deshumanización de la belleza de nuestro tiempo. Un tiempo calamitoso en el que se comprueba una vez más que sin  la belleza no podemos vivir honestamente, ni aspirar a la dignidad de la persona. Necesitamos una catarsis urgente, un volver la espalda a esta deshumanización y comenzar a caminar por las sendas de la belleza. Toda conversión es dolorosa, pero rejuvenecedora. La belleza nos hiere, pero nos abre los ojos. Tal vez su sacudida nos obligue a salir de nosotros, nos arranque la pereza y la desidia del abandono en que hemos caído. Su dardo puede ser el que encienda nuestros deseos de búsqueda de belleza que humanice de nuevo nuestro tiempo. Que incida en las cataratas que nos impiden ver lo bueno, lo bello y lo verdadero. Que nos zarandee hasta despertarnos del olvido del Dios Encarnado, por quien el mundo recuperó la belleza humanizadora y salvadora.

Sin duda ninguna, la belleza es la que mejor humaniza la vida y da un sentido estético a nuestra existencia. “La filosofía, dice Unamuno, es el sentimiento trágico de la vida”. Y siguiendo este mismo pensamiento, podemos decir también, que la belleza humanística de nuestra vida, da sentido estético a toda nuestra existencia elevándola de categoría.  Ya en el siglo IV Dionisio el Areopagita escribió, que “el bien es alabado por lo bello”. Y Santo Tomás de Aquino afirma, que “la belleza y la bondad son lo mismo”. Volver a la belleza es volver a la verdad, a lo bueno, al bien; elevar nuestra condición humana; hacer la vida digna, agradable y verdaderamente bella.

Si reclamamos la humanización de la belleza, es porque pedimos una pronta recuperación de la dignidad de la persona y que la arquitectura, la escultura, la pintura, la música y la poesía de nuestro tiempo, colaboren para iluminar la vida del hombre llenándola de belleza auténtica, de esa aureola  de belleza imborrable que rodea la estrella luminosa de la verdad. “La vida es la luz de los hombres. Y el Verbo era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn. 1, 9).

“El que no renace no puede ver el Reino de Dios. El que obra el mal, aborrece la luz y no quiere ver la luz. Pero el que obra la verdad, está en la luz de la belleza. (Jn. 4, 1-22).