Ya está disponible la web sobre Fray Jesús de la Cruz. Os animo a todos a que la visitéis y disfrutéis con la experiencia.
lunes, 14 de octubre de 2013
jueves, 10 de octubre de 2013
miércoles, 2 de octubre de 2013
Arte religioso en Salvador Dalí
Dalí está de moda. El pintor de Cadaqués es la gran atracción del arte moderno. El museo Reina Sofía de Madrid se ve desbordado de los amantes del arte del pintor español. Tanto en periódicos, revistas, como en radio y Televisión, se nos está dando información sobre la artística belleza de su obra, que abarca todos los campos pictóricos, como de la multiforme y extensa obra realizada por este genio de la pintura, donde nos desborda la sutil e ingeniosa inspiración artística, casi siempre basada en obras clásicas religiosas, como también en la mitología griega y occidental.
Salvador Dalí, 1904-1989, pintor catalán, es prácticamente autodidacta, aunque pasó tres años (1921-1924) por la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, para obtener el título académico. Ya desde joven adquirió fama y formó parte de un grupo de intelectuales literatos y pintores de su época (Picasso, García Lorca, Buñuel…). Era aquel un tiempo en el que imperaban los “ismos del arte”, casi todos ellos conducidos por un modernismo abstracto y materialista, cuando no ateo. Pero en medio de toda esa baraúnda, Dalí siempre se proclamó: “católico, apostólico y romano”. En su Vida secreta o Autobiografía, 1950, Dalí escribió: “los artistas llamados abstractos son fundamentalmente artistas que no creen en nada… Estoy convencido del próximo fin del materialismo… por reacción vendrá una nueva cosmogonía religiosa”. Este pensamiento es muy valioso por proceder de uno de los grandes colosos del arte moderno.
De Dalí se ha dicho de todo, pero apenas se conoce la abundancia de su arte religioso, pues fundamentalmente es pintor religioso. Se le ha llamado “teólogo del arte” y un “místico cristiano del pincel”. Su forma de pensar y de pintar, le ganó la mayor oposición y marginación, tanto por parte de la crítica y pensadores de izquierdas, como de los teorizantes materialistas que están en contra de la cultura cristiana. Si se hubiera confesado comunista, ateo o arreligioso, hubiera superado a Picasso y a todos los artistas de su época. Por eso, frente a esa crítica adversa queremos reivindicar su arte religioso y hacer que se conozca su valiosa obra.
Dada la brevedad del artículo frente a la extensa obra religiosa de este autor, nos limitaremos a enumerar las principales obras con cortas reflexiones, con el fin de que nos hagamos una idea de la grandiosidad y nutrida obra religiosa de este autor.
Dalí inició el tema religioso con un motivo que tuvo gran aceptación en el arte de su tiempo: el apocalíptico Jinete de la muerte, donde además de la idea religiosa, impacta la habilidad del dibujo y el de los colores. A Dalí en este tiempo le obsesionaba la muerte, pues escribió: “no trascurre un solo minuto sin que el sublime espectro de la muerte me acompañe”. De 1937 datan dos temas bíblicos titulados uno Salomé y el otro Herodías. En 1945 Dalí realizó uno de sus grandes cuadros religiosos: La resurrección de la carne. Es fruto de su fantasía que al contemplar los despojos humanos, la fe en la resurrección es un consuelo. Y en 1946, sorprendió a los seguidores con un cuadro lleno de mística y belleza espiritual: Las tentaciones de San Antonio. Una vida muy conocida en los santos de la Iglesia. El Santo, huyendo del mundo y las atracciones de la carne, se retira al desierto para verse libre, pero allí es terriblemente tentado. La mística y voluptuosa visión apenas se sostiene. Obra colosal llena de sentido religioso y espiritual.
Y a partir de este momento, Dalí se centra en su producción más espiritual, llegando a decir: “El cielo se encuentra en el centro del pecho del hombre que tiene fe”. A este momento místico pertenece la: Madonna de Port Lligat, 1949, donde aparece la imagen del la Virgen con el Niño Jesús llevándole en el interior de su pecho, como en un sagrario, toda ella enmarcada en un arco de triunfo. Y siguiendo este momento de inspiración mística, sale a la luz su pintura más conocida: el Cristo de San Juan de la Cruz, 1951, cuya inspiración está basada en un dibujo del místico abulense. Dalí lo crea en un momento de éxtasis, ya que su deseo era pintar un Cristo bello, entregado a ese mundo por el que da su vida. Este motivo de la cruz le sirve de inspiración y pinta varias cruces de Cristo, tales como la Cruz aritmosófica, 1952; Cruz nuclear, 1952; la Cruz del ángel, 1960, y dos crucifixiones más; cerrando esta etapa con una de las obras más geniales de Dalí: La última cena, 1955, donde aparee Cristo bendiciendo el pan y el vino, como dentro de un sagrario místico, estando los Apóstoles en total y profunda comunión de pensamiento eucarístico.
Durante estos años la actividad creativa de Dalí es frenética en temas religiosos, creación artística que no abandonará hasta el fin de su vida. De 1957 data también la figura de Santiago el Grande, montando un caballo descomunal, extendiendo su brazo hacia la figura de Cristo del que salen rayos de gracia y protección. En 1958 realizó la Madonna cósmica y en el mismo año presentó también la Asunción. Después vendría la Virgen de Guadalupe, obra de gran originalidad, ya que su manto espléndido de color, está decorado con bellos ángeles, simbolizando la corte celeste que la acompaña. En 1960 dio a conocer la Sirvienta de los discípulos de Emaús, la Trinidad, Santa Ana y el Niño, Santa Ana y San Juan, el Concilio ecuménico y varios cuadros del Apocalipsis, terminando la serie con el Quinto sello del Apocalipsis, emulando al Greco.
Dalí vivió esos años como el más dulce momento creativo, con frenética actividad de fantasía, rompiendo con todos los ismos que caracterizan el arte moderno. Es sin duda el mejor pintor de la época y el que domina como ninguno el color y el dibujo sin olvidar el sentido religioso. Él quiso demostrar que el arte moderno sin la faceta religiosa, nace ya defectuoso. Algunos de sus cuadros, conocidos en todo el mundo, son hoy cumbre del arte moderno.
Sólo hacer una lista de sus obras nos llevaría muy lejos, ya que fue muy prolífico en este tema. Lo bueno es que casi toda su producción lleva el sello del sentido religioso, donde no faltan los símbolos o motivos que hablan el lenguaje cristiano. Basta contemplar algunas de sus obras para comprobar esta realidad. Digamos: Basílica de San Pedro, Explosión de fe cristiana en el centro de una catedral, Retrato de San Jerónimo, San Jerónimo en su celda, el Sagrado Corazón de Jesús, 1962, Escenas del Apocalipsis, la Segunda llegada de Cristo. Piedad, 1982, otra Piedad en1983, siempre inspiradas en la clásica de Miguel Ángel en el Vaticano. Pintó un San Sebastián, siguiendo a Guido Reni y al Greco. Tiene también un cuadro titulado Mártir, cuyo cuerpo humano retorcido por el dolor indica la entrega del sufrimiento. San Salvador y Antonio Gaudí –ya abierto su proceso de beatificación-. Decoró el Padre Nuestro, con imágenes sugerentes de fe e ilustró libros, joyas y objetos de arte, donde siempre está presente el sentido religioso.
Quedan en su larga lista de producción obras que sin ser llamadas religiosas trasmiten un sentido auténtico de fe cristiana, como la magistral obra de Sueño de Colón, descubrimiento de América, cargada de símbolos cristianos, el Ángelus=Pop. Op, Regina Coeli, Santa Cecilia, Beato Juan XXIII y un largo etc., con otras muchas obras que dejamos sin enumerar.
Sí, reivindicamos para Dalí el alto puesto de nuestro arte religioso moderno, ya que él ha superado con creces los honores que a otros sin tantos méritos les atribuyen.
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| Detalle de La cena, Salvador Dalí |
De Dalí se ha dicho de todo, pero apenas se conoce la abundancia de su arte religioso, pues fundamentalmente es pintor religioso. Se le ha llamado “teólogo del arte” y un “místico cristiano del pincel”. Su forma de pensar y de pintar, le ganó la mayor oposición y marginación, tanto por parte de la crítica y pensadores de izquierdas, como de los teorizantes materialistas que están en contra de la cultura cristiana. Si se hubiera confesado comunista, ateo o arreligioso, hubiera superado a Picasso y a todos los artistas de su época. Por eso, frente a esa crítica adversa queremos reivindicar su arte religioso y hacer que se conozca su valiosa obra.
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| La crucifixión, Salvador Dalí |
Dalí inició el tema religioso con un motivo que tuvo gran aceptación en el arte de su tiempo: el apocalíptico Jinete de la muerte, donde además de la idea religiosa, impacta la habilidad del dibujo y el de los colores. A Dalí en este tiempo le obsesionaba la muerte, pues escribió: “no trascurre un solo minuto sin que el sublime espectro de la muerte me acompañe”. De 1937 datan dos temas bíblicos titulados uno Salomé y el otro Herodías. En 1945 Dalí realizó uno de sus grandes cuadros religiosos: La resurrección de la carne. Es fruto de su fantasía que al contemplar los despojos humanos, la fe en la resurrección es un consuelo. Y en 1946, sorprendió a los seguidores con un cuadro lleno de mística y belleza espiritual: Las tentaciones de San Antonio. Una vida muy conocida en los santos de la Iglesia. El Santo, huyendo del mundo y las atracciones de la carne, se retira al desierto para verse libre, pero allí es terriblemente tentado. La mística y voluptuosa visión apenas se sostiene. Obra colosal llena de sentido religioso y espiritual.
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| La tentación de San Antonio, Salvador Dalí |
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| La Madonna de Portlligat, Salvador Dalí |
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| Cristo de San Juan de la Cruz, Salvador Dalí |
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| Cruz nuclear, Salador Dalí |
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| Santiago el Grande, Salvador Dalí |
Sólo hacer una lista de sus obras nos llevaría muy lejos, ya que fue muy prolífico en este tema. Lo bueno es que casi toda su producción lleva el sello del sentido religioso, donde no faltan los símbolos o motivos que hablan el lenguaje cristiano. Basta contemplar algunas de sus obras para comprobar esta realidad. Digamos: Basílica de San Pedro, Explosión de fe cristiana en el centro de una catedral, Retrato de San Jerónimo, San Jerónimo en su celda, el Sagrado Corazón de Jesús, 1962, Escenas del Apocalipsis, la Segunda llegada de Cristo. Piedad, 1982, otra Piedad en1983, siempre inspiradas en la clásica de Miguel Ángel en el Vaticano. Pintó un San Sebastián, siguiendo a Guido Reni y al Greco. Tiene también un cuadro titulado Mártir, cuyo cuerpo humano retorcido por el dolor indica la entrega del sufrimiento. San Salvador y Antonio Gaudí –ya abierto su proceso de beatificación-. Decoró el Padre Nuestro, con imágenes sugerentes de fe e ilustró libros, joyas y objetos de arte, donde siempre está presente el sentido religioso.
Quedan en su larga lista de producción obras que sin ser llamadas religiosas trasmiten un sentido auténtico de fe cristiana, como la magistral obra de Sueño de Colón, descubrimiento de América, cargada de símbolos cristianos, el Ángelus=Pop. Op, Regina Coeli, Santa Cecilia, Beato Juan XXIII y un largo etc., con otras muchas obras que dejamos sin enumerar.
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| El sueño de Colón, Salvador Dalí |
martes, 6 de agosto de 2013
El «Credo», Puerta de Fe y de Arte en Arévalo
Año tras año las Edades del Hombre nos vienen mostrando la grandiosa belleza del arte sacro. Arte que durante siglos ha sido la verdadera “puerta de fe” para un pueblo que tenía sus raíces en el auténtico “credo”, consolidado en la Palabra bíblica, lleno de imágenes de Cristo, de la Virgen y de los santos, donde resplandece no sólo el valor intrínseco de la belleza, de la calidad estética y del buen gusto, sino que es un arte lleno de fe y de creencias, que revela, que hace visible y tangible la presencia del trascendente. Un arte siempre al servicio de la comunidad eclesial, destinado a celebrar la fe en el culto, la liturgia, los sacramentos; arte que habla con un lenguaje lleno de espiritualidad, de religiosidad, de sacramentalidad, sobre ese misterio lleno de gracia y santidad.
Y en este 2013, que es el año de la fe, Arévalo nos ofrece esta 18a edición de Las Edades del Hombre, bajo el lema de “Credo”. Casi un centenar de piezas de arte sacro procedentes en su mayoría de la Comunidad de Castilla-León, exhiben su belleza religiosa para todos los amantes del buen gusto y del arte de belleza. Durante los meses de mayo a noviembre, en tres de sus magistrales iglesias, dedicadas cada una al arte que hace relación al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, se desarrollará la exposición con obras que iluminaron la fe de nuestros antepasados y siguen siendo las que proyectan luz al “credo” de nuestros días.
Arévalo nos ofrecerá durante ese tiempo, los diversos monumentos artísticos e iglesias que podrán ser visitadas, al igual que museos, con especial atención al Mudéjar y la Lugareja, el castillo y otros lugares de interés cercanos, como Madrigal de las Altas Torres y Fontiveros.
Se han escogido obras que van del s. XII al XXI, que proyectan un arte sacro de testimonio, como el alto relieve de los santos: Vicente, Sabina y Cristeta, –de la basílica de San Vicente, Ávila–, como un apostolado de la catedral de Valladolid; el Cristo resucitado de Juan de Juni –de Burgo de Osma, Soria–. El Cristo yacente de Gregorio Fernández y el óleo sobre lienzo “alegoría de la Iglesia”, –diócesis de Segovia–. Será un recorrido por la historia del arte que nos permita ver obras del Greco, de Berruguete, de Alejo de Bahia, de Murillo, de Luis Salvador Carmona, de Goya, de Antonio López, de Benlliure, de Venancio Blanco, de Oteiza, entre otros y por citar algunos. Será un recorrido en el que se pueda disfrutar de todo un patrimonio cultural, como gran y excelente catalizador del potencial artístico y cultural de la región de Castilla-León.
Toda la exposición es un acontecimiento espiritual en el que se celebran los orígenes de la vida, de la búsqueda de la salvación y del cómo la creencia del hombre a través del arte, ha abierto caminos de fe que le conducen y le llevan a Dios. Aquí la obra de arte toma forma para hacerse lenguaje espiritual, oración, pasión, emoción y pensamiento. Es un lenguaje de fe que vitaliza y reclama la viva inmanencia del espíritu; que tiene esa misteriosa fuerza que rejuvenece la existencia con una “vida nueva”; que pone al espectador en fruición contemplativa, en momento existencial de trascendencia, en ese pasmo en éxtasis de espíritu, que deja iluminada y purificada la mente, como engalanada con la “veste blanca” para entrar en esa nueva dimensión de lo sublime y celeste.
La Iglesia de nuestros días debe tomar en serio el encargo del Papa Juan Pablo II, al igual que el de Benedicto XVI, que reclamaban un arte de belleza para iniciar una “nueva Evangelización”. Y no se referían a una repetición del Kerigma ya anunciado, sino de la verdad fundamentada que aflora en la presencia espiritual del arte. La belleza estética en conexión con la belleza espiritual, tienen que actuar como lámpara de la verdad, como fuerza que ilumina y nos seduce, que nos llena de razones para seguir el camino de la fe, que es el que hace emerger la riqueza de la vida de Cristo, el sol que irradia la gracia de salvación a nuestras almas.
El arte sacro que ofrece la exposición de Arévalo en el “Credo”, es la voz profética de hoy que pide revisión y vuelta a la fe; la que denuncia a ese “mentís” una vida frívola y de un arte en vacuidad de fe, en irritante simplicidad de idealismo, con ausencia de belleza estética. El “Credo” de Arévalo, es un arte sacerdotal que predica Evangelio y trasmite gracia; un arte en comunión con la Palabra y al servicio de la Iglesia; un arte sacramental que ora en nosotros e invita a la santidad de vida.
Arévalo se presenta hoy como una pequeña Biblia cargada de revelación y de asombro que ilumina la vida y el misterio. Proyecta imágenes de un Dios creador que fascina por la belleza, por la armonía sinfónica y el misterio de la realidad. Conocer el misterio de Dios es amar, y amar es creer y vivir en el Dios misterioso que se revela en nuestra vida. El arte sacro con la mística de la fe, se deja extasiar por Aquel que se revela detrás de las cosas. La ciencia intentará explicar, dar razón, pero el arte nos mostrará la vida que late en el misterio de las cosas reveladas. El credo del arte nos muestra un momento de plenitud, el instante del “Dios lo ha creado todo”, y “todo es obra de sus manos”.
Y el Dios creador del universo se hizo inmanente al mundo, se encarnó y se hizo presente. Cristo entró en la historia del hombre y transfiguró la vida, la redimió y la santificó. Desde la venida de Cristo, el Hijo de Dios, toda nuestra existencia está llena de presencias de Dios. De ahí que el arte sacro se haga referencia de estos hechos y presente a Cristo como el “dador y Señor de vida”, “la Sabiduría revelada que estaba en Dios, por medio de la cual se ha hecho todo”. Y sobre todo, nos ofrece el misterio de Cristo resucitado y salvador del mundo, embelleciendo el valor salvífico de la Cruz, llenando de armonía y santidad a los redimidos.
Se ha dicho de forma bella y profunda, que nuestro Dios en su misterio más íntimo es una familia, en la que está presente la paternidad, la filiación y la esencia de la familia que es el amor; ese amor en la familia divina es el Espíritu Santo. Creer en este Dios amor es llenar la vida de santidad. Este momento artístico, el arte sacro, lo ha llenado de esplendor, de vida sobrenatural y el vigor de su lenguaje es la belleza misma hecha arte. Con él los artistas nos hacen vivir el canto de gloria en nueva existencia; es como un resucitarnos a la vida del espíritu que habita en nosotros.
Es la magia del arte, que se vuelve intérprete, puente entre nuestro mundo y el espiritual, mediador entre nuestro espíritu y la gracia divina, trasmisor de los dones de Dios bajo la forma de arte. Un arte de belleza que nos hace gustar los dones del espíritu en simples oraciones, que se vuelve lugar de privilegio para el encuentro con Dios. Arte que se interioriza en nuestro yo y se vuelve templo, sacramento de comunión, morada donde habita Dios, lugar sacro que santifica la vida hasta hacerla sagrada, ara del sacrificio y cátedra de la verdad.
Arévalo nos espera a todos. Su visita nos llenará la mente de imágenes santas, nos hablará de lo divino por la belleza, hará visible lo invisible, sensible lo sobrenatural.
Y en este 2013, que es el año de la fe, Arévalo nos ofrece esta 18a edición de Las Edades del Hombre, bajo el lema de “Credo”. Casi un centenar de piezas de arte sacro procedentes en su mayoría de la Comunidad de Castilla-León, exhiben su belleza religiosa para todos los amantes del buen gusto y del arte de belleza. Durante los meses de mayo a noviembre, en tres de sus magistrales iglesias, dedicadas cada una al arte que hace relación al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, se desarrollará la exposición con obras que iluminaron la fe de nuestros antepasados y siguen siendo las que proyectan luz al “credo” de nuestros días.
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| Anunciación de Berruguete |
Se han escogido obras que van del s. XII al XXI, que proyectan un arte sacro de testimonio, como el alto relieve de los santos: Vicente, Sabina y Cristeta, –de la basílica de San Vicente, Ávila–, como un apostolado de la catedral de Valladolid; el Cristo resucitado de Juan de Juni –de Burgo de Osma, Soria–. El Cristo yacente de Gregorio Fernández y el óleo sobre lienzo “alegoría de la Iglesia”, –diócesis de Segovia–. Será un recorrido por la historia del arte que nos permita ver obras del Greco, de Berruguete, de Alejo de Bahia, de Murillo, de Luis Salvador Carmona, de Goya, de Antonio López, de Benlliure, de Venancio Blanco, de Oteiza, entre otros y por citar algunos. Será un recorrido en el que se pueda disfrutar de todo un patrimonio cultural, como gran y excelente catalizador del potencial artístico y cultural de la región de Castilla-León.
Toda la exposición es un acontecimiento espiritual en el que se celebran los orígenes de la vida, de la búsqueda de la salvación y del cómo la creencia del hombre a través del arte, ha abierto caminos de fe que le conducen y le llevan a Dios. Aquí la obra de arte toma forma para hacerse lenguaje espiritual, oración, pasión, emoción y pensamiento. Es un lenguaje de fe que vitaliza y reclama la viva inmanencia del espíritu; que tiene esa misteriosa fuerza que rejuvenece la existencia con una “vida nueva”; que pone al espectador en fruición contemplativa, en momento existencial de trascendencia, en ese pasmo en éxtasis de espíritu, que deja iluminada y purificada la mente, como engalanada con la “veste blanca” para entrar en esa nueva dimensión de lo sublime y celeste.
La Iglesia de nuestros días debe tomar en serio el encargo del Papa Juan Pablo II, al igual que el de Benedicto XVI, que reclamaban un arte de belleza para iniciar una “nueva Evangelización”. Y no se referían a una repetición del Kerigma ya anunciado, sino de la verdad fundamentada que aflora en la presencia espiritual del arte. La belleza estética en conexión con la belleza espiritual, tienen que actuar como lámpara de la verdad, como fuerza que ilumina y nos seduce, que nos llena de razones para seguir el camino de la fe, que es el que hace emerger la riqueza de la vida de Cristo, el sol que irradia la gracia de salvación a nuestras almas.
El arte sacro que ofrece la exposición de Arévalo en el “Credo”, es la voz profética de hoy que pide revisión y vuelta a la fe; la que denuncia a ese “mentís” una vida frívola y de un arte en vacuidad de fe, en irritante simplicidad de idealismo, con ausencia de belleza estética. El “Credo” de Arévalo, es un arte sacerdotal que predica Evangelio y trasmite gracia; un arte en comunión con la Palabra y al servicio de la Iglesia; un arte sacramental que ora en nosotros e invita a la santidad de vida.
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| Yacente de Gregorio Fernández |
Y el Dios creador del universo se hizo inmanente al mundo, se encarnó y se hizo presente. Cristo entró en la historia del hombre y transfiguró la vida, la redimió y la santificó. Desde la venida de Cristo, el Hijo de Dios, toda nuestra existencia está llena de presencias de Dios. De ahí que el arte sacro se haga referencia de estos hechos y presente a Cristo como el “dador y Señor de vida”, “la Sabiduría revelada que estaba en Dios, por medio de la cual se ha hecho todo”. Y sobre todo, nos ofrece el misterio de Cristo resucitado y salvador del mundo, embelleciendo el valor salvífico de la Cruz, llenando de armonía y santidad a los redimidos.
Se ha dicho de forma bella y profunda, que nuestro Dios en su misterio más íntimo es una familia, en la que está presente la paternidad, la filiación y la esencia de la familia que es el amor; ese amor en la familia divina es el Espíritu Santo. Creer en este Dios amor es llenar la vida de santidad. Este momento artístico, el arte sacro, lo ha llenado de esplendor, de vida sobrenatural y el vigor de su lenguaje es la belleza misma hecha arte. Con él los artistas nos hacen vivir el canto de gloria en nueva existencia; es como un resucitarnos a la vida del espíritu que habita en nosotros.
Es la magia del arte, que se vuelve intérprete, puente entre nuestro mundo y el espiritual, mediador entre nuestro espíritu y la gracia divina, trasmisor de los dones de Dios bajo la forma de arte. Un arte de belleza que nos hace gustar los dones del espíritu en simples oraciones, que se vuelve lugar de privilegio para el encuentro con Dios. Arte que se interioriza en nuestro yo y se vuelve templo, sacramento de comunión, morada donde habita Dios, lugar sacro que santifica la vida hasta hacerla sagrada, ara del sacrificio y cátedra de la verdad.
Arévalo nos espera a todos. Su visita nos llenará la mente de imágenes santas, nos hablará de lo divino por la belleza, hará visible lo invisible, sensible lo sobrenatural.
martes, 9 de abril de 2013
HUERFANOS DE BELLEZA. LO BELLO Y LO SINIESTRO, DE EUGENIO TRÍAS.
Queremos que en SANTUARIO no pase de largo la muerte de Eugenio Trías Sagnier (+ 10—II—2013). Un cáncer de pulmón le ha segado la vida a los 71 años. Era nuestro gran filósofo español, considerado como uno de los más importante pensadores actuales, enmarcado en la línea de Unamuno, Zubiri, Ortega y Gasset y otros. Nos ha dejado una extensa obra escrita (más de 30 libros), principalmente de filosófica, como también grandes aportaciones a la estética, al arte, a la música, como reflexiones, conferencias, charlas y otras colaboraciones de gran valor y pensamiento. Entre sus muchas obras destacamos: Filosofía del límite. Tratado de la pasión. Lo bello y lo siniestro. La edad del espíritu. Filosofía de la religión. El canto de las sirenas y La imaginación sonora. Todas ellas consideradas por la crítica como obras clásicas de pensamiento filosófico-teológico, con fecunda síntesis de belleza y conocimiento, que quedarán como uno de los más sólidos pilares del saber y conocer para futuras generaciones.
Tratar de resumir y enjuiciar en unas breves líneas la categoría de esta obra, podría resultar injusto. Pero no es ese nuestro acometido. Queremos sólo expresar nuestra admiración por su trabajo, por su aportación al pensamiento filosófico y de forma especial, al artístico en el campo de la belleza. En la brevedad de nuestro artículo, haremos unas reflexiones sobre el libro: Lo bello y lo siniestro, ya que entra dentro de nuestro tema y puede ayudarnos en esta búsqueda de la belleza.
De entrada, el título: Lo bello y lo siniestro, son dos términos que parecen contraponerse, aunque el autor nos aclara que se complementan. A lo largo de la obra Trías reflexiona sobre estos dos aforismos. Por una parte tenemos la belleza que nos envuelve ofreciéndonos gozo, fantasía, bienestar, sabiduría e inteligencia. Lo bello despierta en nosotros el sentido de lo sublime, de lo elevado, de lo que hace referencia a lo divino. Sólo cuando lo divino sale de la abstracción es susceptible para ser representado y contemplado. El cristianismo nos hace ver, que Dios inmortal e invisible, se hace visible y mortal en la carne. En su esencia, la belleza nos hace concebir las cosas en pura simplicidad espiritual y luminosa. De ahí que lo bello seduce y se impone de forma total, quiere revelarnos la fuerza que le anima, el impulso que manifiesta su armonía interior viviente, manifestada al exterior con sentimientos que afloran en el alma. Por su carácter simbólico, la belleza física es reflejo de la belleza moral y manifestación de la verdad íntima.
Como contraposición tenemos lo siniestro, que es la limitación de lo bello. En sí mismo, el término hace referencia a lo funesto, a la maldad, a la fealdad, a la falsedad, a la imperfección, a la irracionalidad, como sinónimos de limitación. Lo siniestro por lo tanto, cuestiona la belleza, la limita, la somete a juicio y revisión. La aparición de este límite revela lo siniestro que en la belleza aparente, destruyendo ipso facto el efecto estético. En el arte, en ese límite de lo bello se halla lo siniestro, cuya presencia se mantiene bajo la forma de ausencia y en forma velada, sin ser desvelada, pues su revelación implicaría la destrucción del efecto estético. El carácter apariencial del arte, ilusorio, ficticio, radicaría en esa suspensión. Lo que nos haría recordar que el arte camina como a través de una cuerda, en vertigioso equilibrio, y acompañando al efecto estético. En este extremo lo bello linda con el comienzo de lo terrible que todavía puede soportarse.
Aplicando este término al arte de hoy, constatamos que el arte se encamina por una vía peligrosa, pues trata de apurar ese límite, queriendo sustituir lo bello por lo siniestro, lo feo y deforme. Jugar con lo feo, lo imperfecto, lo negativo y extravagante, es correr el riesgo de pervertir la belleza. Quedarse en este campo, es dejar que domine lo negativo, el mal, desfigurar la realidad para caer en el vacío, en lo fatal. Pues querer rebasar el límite de la belleza, haría tambalear la excelsitud de la estética.
Y después de un análisis de términos, de forma especial hace un recorrido histórico sobre lo que se ha considerado bello en las diferentes épocas, recordando que para los griegos como para los romanos, lo bello era aquello que era limitado, imperfecto y proporcionado, mientras que en épocas posteriores se abre una nueva dimensión estética que va más allá de lo bello, cuya filosofía está relacionada con el concepto de infinitud, expresado con el término: lo sublime.
Trías con este concepto de lo sublime, (tema ya tratado y explorado por Kan), explica la “excelsitud de la estética, que va más allá de la categoría limitada y formal de lo bello”, ya que concebían la belleza bajo “la pura simplicidad espiritual y luminosa”, lo cual pone de manifiesto el carácter limitado de la belleza. Mientras que a través del gozoso sentimiento de lo sublime, entramos en esa apreciación de lo grandioso, lo excelso y la sensibilidad de infinitud. Es más, el sentimiento de lo sublime puede ser despertado por objetos naturales. De esta forma, lo sublime del infinito se hace finito, la idea se hace carne, la razón sensibilidad y moralidad. “El hombre “toca” aquello que le sobrepasa, lo inconmensurable, lo divino se hace presente y patente en la naturaleza”. Así el sentimiento de lo sublime se desenvuelve en esa ambivalencia del dolor y el placer, haciendo que el espíritu entre en conexión con el infinito. La belleza será presencia divina, encarnación, revelación del infinito en lo finito.
A modo de poner a prueba las categorías de lo bello y lo siniestro, nos introduce en hechos de vida y recuerda dos ejemplos de momentos históricos. Por una parte la belleza ideal, en las obras de Bottichelli: “El Nacimiento de Venus” y “Alegoría de la Primavera”, y como contraposición el cine de Hitchcok, en su film el “Vértigo”, como representación de esa necedad del hombre de estar centrado en la propia tragedia. Esto podía cuestionar al pensamiento del arte cristiano que expresa el sufrimiento, la amargura de la pasión, el dolor humano. Pero lejos de eso, encierra en sí la mística de lo espiritual, don-de el dolor queda sublimado por el amor, con la belleza de la bondad que aleja del sentimiento trágico.
Y después de un reflexivo análisis, termina el autor recordándonos que lo bello y lo siniestro conviven en la obra de arte, pues de faltar alguno estaría falta de vitalidad. Pero debe predominar lo bello, quedando lo siniestro en forma velada., y en ningún caso patentiza lo siniestro. El arte transforma y transfigura esos sentimientos semiprohibidos, temidos, tenebrosos, dándoles una forma de vitalidad.
¿Qué hay detrás de ese velo siniestro? se pregunta el autor. Y termina diciendo: “Tras la cortina está el vacio, la nada primordial, el abismo que sube e inunda la superficie (el abismo es la morada de Satanás). Tras la cortina hay imágenes que no se pueden soportar, imágenes de castración, de canibalismo y de muerte. Son escenas repugnantes de asco, presenciadas en ese límite del excremento, de lo más horrible y espeluznante. ¿Puede el arte dejarse dominar por toda esa crudeza de horror y pesadilla?”.
La belleza es siempre un velo que oculta el caos de lo siniestro, pero nos invita a ver lo sublime de la belleza, la cercanía y presencia de lo divino. Poseer y estar en lo bello será como el comienzo, iniciación, punto de partida y singladura hacia el corazón mismo de lo divino. El elegir entre el predominio de lo bello o lo siniestro, media un abismo. No nos dejemos seducir por el canto de sirenas de ese abismo seductor.
Tratar de resumir y enjuiciar en unas breves líneas la categoría de esta obra, podría resultar injusto. Pero no es ese nuestro acometido. Queremos sólo expresar nuestra admiración por su trabajo, por su aportación al pensamiento filosófico y de forma especial, al artístico en el campo de la belleza. En la brevedad de nuestro artículo, haremos unas reflexiones sobre el libro: Lo bello y lo siniestro, ya que entra dentro de nuestro tema y puede ayudarnos en esta búsqueda de la belleza.
De entrada, el título: Lo bello y lo siniestro, son dos términos que parecen contraponerse, aunque el autor nos aclara que se complementan. A lo largo de la obra Trías reflexiona sobre estos dos aforismos. Por una parte tenemos la belleza que nos envuelve ofreciéndonos gozo, fantasía, bienestar, sabiduría e inteligencia. Lo bello despierta en nosotros el sentido de lo sublime, de lo elevado, de lo que hace referencia a lo divino. Sólo cuando lo divino sale de la abstracción es susceptible para ser representado y contemplado. El cristianismo nos hace ver, que Dios inmortal e invisible, se hace visible y mortal en la carne. En su esencia, la belleza nos hace concebir las cosas en pura simplicidad espiritual y luminosa. De ahí que lo bello seduce y se impone de forma total, quiere revelarnos la fuerza que le anima, el impulso que manifiesta su armonía interior viviente, manifestada al exterior con sentimientos que afloran en el alma. Por su carácter simbólico, la belleza física es reflejo de la belleza moral y manifestación de la verdad íntima.
Como contraposición tenemos lo siniestro, que es la limitación de lo bello. En sí mismo, el término hace referencia a lo funesto, a la maldad, a la fealdad, a la falsedad, a la imperfección, a la irracionalidad, como sinónimos de limitación. Lo siniestro por lo tanto, cuestiona la belleza, la limita, la somete a juicio y revisión. La aparición de este límite revela lo siniestro que en la belleza aparente, destruyendo ipso facto el efecto estético. En el arte, en ese límite de lo bello se halla lo siniestro, cuya presencia se mantiene bajo la forma de ausencia y en forma velada, sin ser desvelada, pues su revelación implicaría la destrucción del efecto estético. El carácter apariencial del arte, ilusorio, ficticio, radicaría en esa suspensión. Lo que nos haría recordar que el arte camina como a través de una cuerda, en vertigioso equilibrio, y acompañando al efecto estético. En este extremo lo bello linda con el comienzo de lo terrible que todavía puede soportarse.
Aplicando este término al arte de hoy, constatamos que el arte se encamina por una vía peligrosa, pues trata de apurar ese límite, queriendo sustituir lo bello por lo siniestro, lo feo y deforme. Jugar con lo feo, lo imperfecto, lo negativo y extravagante, es correr el riesgo de pervertir la belleza. Quedarse en este campo, es dejar que domine lo negativo, el mal, desfigurar la realidad para caer en el vacío, en lo fatal. Pues querer rebasar el límite de la belleza, haría tambalear la excelsitud de la estética.
Y después de un análisis de términos, de forma especial hace un recorrido histórico sobre lo que se ha considerado bello en las diferentes épocas, recordando que para los griegos como para los romanos, lo bello era aquello que era limitado, imperfecto y proporcionado, mientras que en épocas posteriores se abre una nueva dimensión estética que va más allá de lo bello, cuya filosofía está relacionada con el concepto de infinitud, expresado con el término: lo sublime.
Trías con este concepto de lo sublime, (tema ya tratado y explorado por Kan), explica la “excelsitud de la estética, que va más allá de la categoría limitada y formal de lo bello”, ya que concebían la belleza bajo “la pura simplicidad espiritual y luminosa”, lo cual pone de manifiesto el carácter limitado de la belleza. Mientras que a través del gozoso sentimiento de lo sublime, entramos en esa apreciación de lo grandioso, lo excelso y la sensibilidad de infinitud. Es más, el sentimiento de lo sublime puede ser despertado por objetos naturales. De esta forma, lo sublime del infinito se hace finito, la idea se hace carne, la razón sensibilidad y moralidad. “El hombre “toca” aquello que le sobrepasa, lo inconmensurable, lo divino se hace presente y patente en la naturaleza”. Así el sentimiento de lo sublime se desenvuelve en esa ambivalencia del dolor y el placer, haciendo que el espíritu entre en conexión con el infinito. La belleza será presencia divina, encarnación, revelación del infinito en lo finito.
A modo de poner a prueba las categorías de lo bello y lo siniestro, nos introduce en hechos de vida y recuerda dos ejemplos de momentos históricos. Por una parte la belleza ideal, en las obras de Bottichelli: “El Nacimiento de Venus” y “Alegoría de la Primavera”, y como contraposición el cine de Hitchcok, en su film el “Vértigo”, como representación de esa necedad del hombre de estar centrado en la propia tragedia. Esto podía cuestionar al pensamiento del arte cristiano que expresa el sufrimiento, la amargura de la pasión, el dolor humano. Pero lejos de eso, encierra en sí la mística de lo espiritual, don-de el dolor queda sublimado por el amor, con la belleza de la bondad que aleja del sentimiento trágico.
Y después de un reflexivo análisis, termina el autor recordándonos que lo bello y lo siniestro conviven en la obra de arte, pues de faltar alguno estaría falta de vitalidad. Pero debe predominar lo bello, quedando lo siniestro en forma velada., y en ningún caso patentiza lo siniestro. El arte transforma y transfigura esos sentimientos semiprohibidos, temidos, tenebrosos, dándoles una forma de vitalidad.
¿Qué hay detrás de ese velo siniestro? se pregunta el autor. Y termina diciendo: “Tras la cortina está el vacio, la nada primordial, el abismo que sube e inunda la superficie (el abismo es la morada de Satanás). Tras la cortina hay imágenes que no se pueden soportar, imágenes de castración, de canibalismo y de muerte. Son escenas repugnantes de asco, presenciadas en ese límite del excremento, de lo más horrible y espeluznante. ¿Puede el arte dejarse dominar por toda esa crudeza de horror y pesadilla?”.
La belleza es siempre un velo que oculta el caos de lo siniestro, pero nos invita a ver lo sublime de la belleza, la cercanía y presencia de lo divino. Poseer y estar en lo bello será como el comienzo, iniciación, punto de partida y singladura hacia el corazón mismo de lo divino. El elegir entre el predominio de lo bello o lo siniestro, media un abismo. No nos dejemos seducir por el canto de sirenas de ese abismo seductor.
martes, 9 de octubre de 2012
LA ESPIRITUALIDAD EN EL ARTE NAVIDEÑO
La esencia del arte
religioso es comunicarnos con belleza la invisibilidad sublime de la transcendencia
Es lo que podemos denominar como arte espiritual. En la espiritualidad de este
arte encontramos resumida y concentrada toda la naturaleza de lo transcendente.
La propuesta del arte sacro es abrirnos los ojos del alma, para que
contemplemos lo sublime de esa infinita belleza celeste. El arte espiritual es
el arte sobre todo arte y el que nos lleva a la belleza de toda belleza, ya que
descansa en la misma transcendencia del Ser. De ahí que este arte espiritual tenga
esa atracción tan irresistible que lleva a penetrar el campo de lo sagrado,
introduciéndonos en el misterio de Dios que nos reviste del don de la gracia y
santidad.
El arte navideño es el preludio de la espiritualidad cristiana, ya que él nos presenta en vivas imágenes, la belleza encarnada y humanada del Hijo de Dios, el Cristo cósmico y el Mesías esperado. La idea y el acontecimiento de la navidad encierra tanta bondad y ternura, tanta belleza espiritual y riqueza teologal, que nos sirve de tránsito y acceso al misterio de lo invisible. Con la misma plasticidad y belleza artística de la escena navideña, se experimenta ya un pregusto de la futura eternidad. Se vislumbra la irrepetibilidad del ser humano en el misterio insondable.
El sólo contacto con la belleza espiritual del arte navideño nos electriza, nos llena de sensaciones de gracia, calma la sed infinita, eleva el espíritu en rapto amoroso, entramos en experiencia íntima de convicción de que nos hallamos en otro lugar. El espacio-tiempo se vuelve gozo inefable. Ante el misterio de lo que contemplamos actúa la fuerza de la luz cromática que disipa las tinieblas de las dudas. El misterio de este arte nos purifica y adquiere la fuerza de la razón, de la certeza y la revelación, se hace verdad, Palabra de Dios dicha con belleza de imágenes.
Tanto interés encierra el tema navideño, que a lo largo de la historia del arte, siempre ha cautivado a los más grandes artistas de todos los tiempos, compitiendo cada uno por ofrecernos la más bella revelación del misterio. Y lo más importante es que todos se esfuerzan por presentarnos la idea teológica llena de belleza espiritual. Hay en su arte una exuberancia milenaria de inteligencia que nos hace disfrutar de ese sentido de lo trascendente. Es un arte que invita al espíritu a penetrar en el campo de lo sagrado. Lugar santificado donde todo está purificado con el símbolo de la luz, cual vestido de los bienaventurados.
Toda la ternura que rezuma el arte espiritual de la navidad, no es más que una pequeña visón de la belleza celeste, de ese espíritu encarnado en la naturaleza. Aquí lo divino se hace el centro de la representación del arte, pero concebido como algo que nos lleva a la unidad absoluta. Lo divino se nos presenta con una fuerza tal de atracción, que no se dirige a los sentidos ni a la imaginación, sino a la sede del alma como centro neurálgico de nuestra transcendencia. Sitúa nuestra persona en el vértice de lo poético y lírico de lo sublime, de forma tal, que cuando lo divino sale de la abstracción, se vuelve susceptible para ser representado y contemplado, alabado y venerado. Así nos presenta el arte navideño al Dios inmortal viviendo en carne mortal.
En los motivos navideños hay diferenciadas dos bellezas artísticas que nos atraen y ambas nos seducen. La hermosura corpórea que arrastra y atrae nuestros ojos con un poder cautivador e invisible, y a su vez, la belleza espiritual latente en toda la escena, como belleza que penetra nuestra alma. La belleza corporal o terrenal, actúa en este arte como un rayo o vestigio de aquella otra invisible inmersa de hermosura. Al tiempo que la espiritual se revela con la fuerza de lo celeste y divino, superando a la belleza encarnada en lo corpóreo. La perfección interior engendra la exterior. La hermosura exterior recrea el gusto y los sentimientos; la belleza interior eleva el espíritu y perfecciona el amor, le hace crecer en la dimensión del amor divino. Aquí toda manifestación de amor se perfecciona y participa en la beatitud celeste. Cuerpo y espíritu, unidos en armonía por la belleza total, se abren al infinito de gracia recibida por la belleza de lo divino.
Si este arte encierra en sí tanta belleza de atracción, es porque lleva en sí esa revelación del amor de Dios encarnado, hecho presente ante nuestros ojos. Por eso, el mensaje central de este arte, es la misma caridad divina del Dios Amor, manifestado en la ternura de ese Niño que es el Hijo de Dios, el Hijo del Amor. Dios es Amor, dice San Juan, pero no un amor solitario, sino un amor de comunión de personas. Creer en este amor eterno manifestado en el Hijo, es crecer en el espíritu de amor que nos invita a la perfección Trinitaria. “En verdad, ves la trinidad si ves el amor” (S. Agustí, De Trinitate, 8, 8,12). ¿Cómo no va a seducirnos este arte que lleva en sí la misma belleza increada?
El alfa y omega del arte y espíritu, se encuentran y se unen aquí para que sea la Luz del Espíritu la verdadera revelación de la belleza espiritual que se nos comunica. En cada nacimiento -portal de Belén- se puede contemplar la Belleza divina que nos salva. Es ese Amor inefable manifestado en el Hijo, cuya visión hace desbordar al alma presintiendo la infinita Belleza que nos llegará en la luz del Octavo Día. Es el mismo Espíritu Santo el que hace radiante la humanidad de Cristo, que nos ilumina “cual lámpara divina”, para que intuyamos esa belleza fulgurante que Cristo posee y se revela en humilde manifestación.
Dejemos que estos día de la Navidad se espiritualicen nuestros ojos con este arte de nacimientos y belenes, ya que ellos nos hablan de la auténtica Verdad y Belleza, de lo finito e infinito, que nos viene revelado con el Hijo. Toda la belleza del arrebatamiento espiritual, teológica y dogmática, nos viene como doctrina de la Encarnación que revela la Gloria de Dios, manifestada en el Hijo. Dejemos que nuestros ojos se llenen de la luz celeste que irradia este arte, donde la misma Belleza ha venido a resplandecer en todo su fulgor salvífico, deificando la belleza manifestada en el rostro de Cristo, que actúa y santifica nuestro espíritu.
El arte navideño es el preludio de la espiritualidad cristiana, ya que él nos presenta en vivas imágenes, la belleza encarnada y humanada del Hijo de Dios, el Cristo cósmico y el Mesías esperado. La idea y el acontecimiento de la navidad encierra tanta bondad y ternura, tanta belleza espiritual y riqueza teologal, que nos sirve de tránsito y acceso al misterio de lo invisible. Con la misma plasticidad y belleza artística de la escena navideña, se experimenta ya un pregusto de la futura eternidad. Se vislumbra la irrepetibilidad del ser humano en el misterio insondable.
El sólo contacto con la belleza espiritual del arte navideño nos electriza, nos llena de sensaciones de gracia, calma la sed infinita, eleva el espíritu en rapto amoroso, entramos en experiencia íntima de convicción de que nos hallamos en otro lugar. El espacio-tiempo se vuelve gozo inefable. Ante el misterio de lo que contemplamos actúa la fuerza de la luz cromática que disipa las tinieblas de las dudas. El misterio de este arte nos purifica y adquiere la fuerza de la razón, de la certeza y la revelación, se hace verdad, Palabra de Dios dicha con belleza de imágenes.
Tanto interés encierra el tema navideño, que a lo largo de la historia del arte, siempre ha cautivado a los más grandes artistas de todos los tiempos, compitiendo cada uno por ofrecernos la más bella revelación del misterio. Y lo más importante es que todos se esfuerzan por presentarnos la idea teológica llena de belleza espiritual. Hay en su arte una exuberancia milenaria de inteligencia que nos hace disfrutar de ese sentido de lo trascendente. Es un arte que invita al espíritu a penetrar en el campo de lo sagrado. Lugar santificado donde todo está purificado con el símbolo de la luz, cual vestido de los bienaventurados.
Toda la ternura que rezuma el arte espiritual de la navidad, no es más que una pequeña visón de la belleza celeste, de ese espíritu encarnado en la naturaleza. Aquí lo divino se hace el centro de la representación del arte, pero concebido como algo que nos lleva a la unidad absoluta. Lo divino se nos presenta con una fuerza tal de atracción, que no se dirige a los sentidos ni a la imaginación, sino a la sede del alma como centro neurálgico de nuestra transcendencia. Sitúa nuestra persona en el vértice de lo poético y lírico de lo sublime, de forma tal, que cuando lo divino sale de la abstracción, se vuelve susceptible para ser representado y contemplado, alabado y venerado. Así nos presenta el arte navideño al Dios inmortal viviendo en carne mortal.
En los motivos navideños hay diferenciadas dos bellezas artísticas que nos atraen y ambas nos seducen. La hermosura corpórea que arrastra y atrae nuestros ojos con un poder cautivador e invisible, y a su vez, la belleza espiritual latente en toda la escena, como belleza que penetra nuestra alma. La belleza corporal o terrenal, actúa en este arte como un rayo o vestigio de aquella otra invisible inmersa de hermosura. Al tiempo que la espiritual se revela con la fuerza de lo celeste y divino, superando a la belleza encarnada en lo corpóreo. La perfección interior engendra la exterior. La hermosura exterior recrea el gusto y los sentimientos; la belleza interior eleva el espíritu y perfecciona el amor, le hace crecer en la dimensión del amor divino. Aquí toda manifestación de amor se perfecciona y participa en la beatitud celeste. Cuerpo y espíritu, unidos en armonía por la belleza total, se abren al infinito de gracia recibida por la belleza de lo divino.
Si este arte encierra en sí tanta belleza de atracción, es porque lleva en sí esa revelación del amor de Dios encarnado, hecho presente ante nuestros ojos. Por eso, el mensaje central de este arte, es la misma caridad divina del Dios Amor, manifestado en la ternura de ese Niño que es el Hijo de Dios, el Hijo del Amor. Dios es Amor, dice San Juan, pero no un amor solitario, sino un amor de comunión de personas. Creer en este amor eterno manifestado en el Hijo, es crecer en el espíritu de amor que nos invita a la perfección Trinitaria. “En verdad, ves la trinidad si ves el amor” (S. Agustí, De Trinitate, 8, 8,12). ¿Cómo no va a seducirnos este arte que lleva en sí la misma belleza increada?
El alfa y omega del arte y espíritu, se encuentran y se unen aquí para que sea la Luz del Espíritu la verdadera revelación de la belleza espiritual que se nos comunica. En cada nacimiento -portal de Belén- se puede contemplar la Belleza divina que nos salva. Es ese Amor inefable manifestado en el Hijo, cuya visión hace desbordar al alma presintiendo la infinita Belleza que nos llegará en la luz del Octavo Día. Es el mismo Espíritu Santo el que hace radiante la humanidad de Cristo, que nos ilumina “cual lámpara divina”, para que intuyamos esa belleza fulgurante que Cristo posee y se revela en humilde manifestación.
Dejemos que estos día de la Navidad se espiritualicen nuestros ojos con este arte de nacimientos y belenes, ya que ellos nos hablan de la auténtica Verdad y Belleza, de lo finito e infinito, que nos viene revelado con el Hijo. Toda la belleza del arrebatamiento espiritual, teológica y dogmática, nos viene como doctrina de la Encarnación que revela la Gloria de Dios, manifestada en el Hijo. Dejemos que nuestros ojos se llenen de la luz celeste que irradia este arte, donde la misma Belleza ha venido a resplandecer en todo su fulgor salvífico, deificando la belleza manifestada en el rostro de Cristo, que actúa y santifica nuestro espíritu.
lunes, 3 de septiembre de 2012
JOSÉ NAVARRO GABALDÓN (CENTENARIO)
Vivimos de
recuerdos. Los bellos acontecimientos nunca pasan. Hay bellas efemérides que
son hitos imborrables de la historia. SANTUARIO no se ha olvidado en su
cincuenta aniversario del artístico acontecimiento de 1962, el IV Centenario de
la muerte de San Pedro de Alcántara, en cuyo honor mandó hacer una bellísima
talla del Santo para perpetuar su memoria, escogiendo al artista D. José
Navarro Gabaldón, que fue elegido en concurso
nacional.
Con este acontecimiento queremos recordar también la memoria de este artista de Dios que con sus místicas creaciones de arte, llenó nuestras mentes de religiosas reflexiones espirituales. José Navarro Gabaldón se dejó trabajar por la belleza de Dios con ese arte que predice la belleza celeste. Su arte profetiza sin palabras la riqueza infinita de esa beldad increada que a él se le dio a conocer. La fe que proclama su arte, hoy es un grito religioso y espiritual que sigue evangelizando a los de buena voluntad, que tienen hambre de hermosura y esperan la llegada reinante de esa Gran Belleza. Navarro Gabaldón nos presenta la espiritualidad del arte como una auténtica vía de revelación. La belleza de su arte es una obra de amor que nos enseña a “saber mirando y a mirar sabiendo”. En paralelo a la visión de los santos, él vivió impregnado de la infinita belleza de Dios, hasta quedar tocado de la santidad que dimana de esa hermosura celeste que él trató de comunicarnos. Justo es que al recordar este evento del Santo, recordemos la obra de este artista de Dios que nos ha legado una espiritualidad mística cargada de belleza.
Con unos breves datos sobre José Navarro Gabaldón, presentaré lo más importante de la biografía de este artista, hoy considerado entre los críticos como uno de los mejores escultores de nuestro tiempo, de forma especial en su arte religioso.
José Navarro Gabaldón nació el 1917 en Motilla del Palancar (Cuenca), El quinto de seis hermanos. Su afición por el arte le vino de su padre, ebanista y artesano carretero. En el taller de su padre realizó pequeños trabajos, como la paloma del tornavoz del púlpito para la ermita de la Virgen de su pueblo, que le valieron el encargo del proyecto para el retablo de dicha ermita destruida por la guerra. Bellos fragmentos de ese retablo, los llevó a Cuenca a la Exposición Provincial de la Organización de Educación y Descanso, obteniendo el Primer Premio de dicha Organización en talla de madera. Más tarde, presentó dos de las esculturas del retablo de la ermita del Palancar, en la Exposición Nacional del Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde también obtuvo el Primer Premio Nacional de Escultura.
Después de estos éxitos, en 1943, la Excelentísima Diputación Provincial de Cuenca, le concedió una beca para que ingresara en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, Madrid. Terminó sus estudios en 1949, con Matrícula de Honor y un Premio del Estado. Por su buen expediente académico en 1950, La Real Academia de Bellas Artes, le concedió una beca para ampliar sus conocimientos artísticos en distintas ciudades de Italia y París.
Entre 1950 y 1960, realizó varias esculturas de importancia, entre otras: un San Juan de Ávila, para la capilla del Cerro de los Ángeles. Un San Francisco para Jaén de bella factura. Ganó también, en el concurso restringido para escultores convocado por los PP. Jesuitas, para realizar la imagen de Nuestra Señora del Remedio, destinada a los nuevos colegios de Chamartín. En 1958 la escultura de Melchor Cano, expuesta en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, causó tanta admiración que tuvieron que prolongarla varios días. Y en 1960, también ganó el Primer Premio para realizar una Inmaculada en piedra, concurso convocado por la Compañía de Jesús (en Navarra).
El concurso convocado por los PP. Franciscanos en Arenas de San Pedro (Ávila) el 1962, para erigir una estatua y celebrar el IV centenario de la muerte de San Pedro de Alcántara, José Navarro Gabaldón obtuvo el Primer Premio. Para impregnarse de la espiritualidad del santo, vivió un tiempo en el mismo Santuario de Arenas, donde conoció a Fr. Jesús de la Cruz, el mejor y más fiel imitador del santo con gran parecido a él, al que tomó por modelo creando una obra maestra de San Pedro, de la que fui testigo ocular en su realización. Pasada al bronce, se colocó en la Plaza de Arenas de San Pedro, frente al Castillo de D. Álvaro de Luna. Anteriormente estuvo expuesta en la Biblioteca Nacional de Madrid, causando tal sensación la mencionada obra, que obtuvo los mejores elogios de toda la crítica de arte, de la que el Marqués de Lozoya –gran conocedor del arte- dijo: “que era una obra que se colocaba a la cabeza del arte Europeo, poniendo lo transcendental al servicio de la fe”. Al mismo D. José María Oriol, Marques de la casa de Oriol, le causó tal impacto, que le encargó una réplica de mayor tamaño, para la ciudad de Alcántara (Cáceres).
Sus muchas obras hoy están diseminadas por la geografía española, de las que destacamos: Santísima Trinidad, Apocalipsis, Bautismo y Condenados, además de vitrales, esculturas, forjas, bronces, piedras, mármoles, vidrieras en color, con figuras todas ellas llenas de espiritualidad. Pero inesperadamente, el 9 de septiembre de 1978, José N. Gabaldón, cerró los ojos a la belleza humana para abrirlos a la infinita belleza de Dios.
El arte de José Navarro Gabaldón es totalmente espiritual, nace de lo más profundo de esa mística de la belleza que él vivió y heredó de una madre enteramente religiosa. Fue un hombre de profunda fe, de bondad visible, con una sensibilidad que reflejaba, tanto en palabras como en obras de arte espiritual, esa belleza de atracción terrible, en la que él intuía la verdad que acontece en esa revelación que nos viene de Dios y se manifiesta en la obra del artista. Su arte de belleza espiritual nos interpela, está cargado de teología y sentimientos místicos. Es un arte que reza, que nos habla de Dios, que “invita al rigor del puro misticismo”. Es ese arte que quiere eternizarse invitándonos a vivir la transcendencia de lo humano. Hay tanta unidad de armonía, lirismo de belleza, fuerza de conocimiento, sensibilidad cargada de verdadero amor espiritual, que su arte constituye una gran revelación religiosa y mística.
Sólo un instante ante la talla de San Pedro de Alcántara, sita en la plaza de Arenas de San Pedro (Ávila), para que la fe dialogue en nuestra mente. Es una figura en la que queda inmortalizada la pasión del espíritu por alcanzar esa Belleza sublime que nos viene de lo alto. Gabaldón presenta al santo como en éxtasis sublimado y arrebatado hacía el empíreo de Dios. En lo más alto, su cabeza emerge de la capucha como el pistilo de una flor que dialoga con lo eterno, cargado de ese amor infinito que busca el néctar de Dios. El pecho abultado, como sede de los sentimientos humanos, quiere salir para entregarse al amor. Sus brazos están abiertos en actitud de donación. Sus manos flotan al aire como una oración suplicante que intercede ante el Padre, una tendida al cielo para recibir las gracias y la otra inclinada para trasmitir los dones y bendiciones recibidos. Su capa y hábito raidos como la aspereza de un tronco, reflejan la pobreza humana, pero están llenos de belleza y armonía espiritual. Sus pies no pisan la tierra, su figura de bronce no pesa, se vuelve etérea, totalmente espiritual, ascendente. Hay en todo él un lenguaje de arte que cala en el espectador, que le invita a la oración, a la paz, a la ternura, a entrar en diálogo con Dios, a sentirse envuelto por el misterio, a saberse pequeño universo donde habita Dios. También el espectador en su mirada se deja seducir y envolver por la gracia, se hace puro, se olvida de sí mismo. Es la fuerza del arte espiritual que cautiva y lleva en sí misma la gracia y belleza de Dios.
Amigo Gabaldón, artista de Dios, la belleza de tu arte sigue viva, no pasará, nos interpela más, porque habla con ese lenguaje profético que proclama la infinita belleza de Dios. Que tu arte nos de ojos para ver mejor a Dios.
Con este acontecimiento queremos recordar también la memoria de este artista de Dios que con sus místicas creaciones de arte, llenó nuestras mentes de religiosas reflexiones espirituales. José Navarro Gabaldón se dejó trabajar por la belleza de Dios con ese arte que predice la belleza celeste. Su arte profetiza sin palabras la riqueza infinita de esa beldad increada que a él se le dio a conocer. La fe que proclama su arte, hoy es un grito religioso y espiritual que sigue evangelizando a los de buena voluntad, que tienen hambre de hermosura y esperan la llegada reinante de esa Gran Belleza. Navarro Gabaldón nos presenta la espiritualidad del arte como una auténtica vía de revelación. La belleza de su arte es una obra de amor que nos enseña a “saber mirando y a mirar sabiendo”. En paralelo a la visión de los santos, él vivió impregnado de la infinita belleza de Dios, hasta quedar tocado de la santidad que dimana de esa hermosura celeste que él trató de comunicarnos. Justo es que al recordar este evento del Santo, recordemos la obra de este artista de Dios que nos ha legado una espiritualidad mística cargada de belleza.
Con unos breves datos sobre José Navarro Gabaldón, presentaré lo más importante de la biografía de este artista, hoy considerado entre los críticos como uno de los mejores escultores de nuestro tiempo, de forma especial en su arte religioso.
José Navarro Gabaldón nació el 1917 en Motilla del Palancar (Cuenca), El quinto de seis hermanos. Su afición por el arte le vino de su padre, ebanista y artesano carretero. En el taller de su padre realizó pequeños trabajos, como la paloma del tornavoz del púlpito para la ermita de la Virgen de su pueblo, que le valieron el encargo del proyecto para el retablo de dicha ermita destruida por la guerra. Bellos fragmentos de ese retablo, los llevó a Cuenca a la Exposición Provincial de la Organización de Educación y Descanso, obteniendo el Primer Premio de dicha Organización en talla de madera. Más tarde, presentó dos de las esculturas del retablo de la ermita del Palancar, en la Exposición Nacional del Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde también obtuvo el Primer Premio Nacional de Escultura.
Después de estos éxitos, en 1943, la Excelentísima Diputación Provincial de Cuenca, le concedió una beca para que ingresara en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, Madrid. Terminó sus estudios en 1949, con Matrícula de Honor y un Premio del Estado. Por su buen expediente académico en 1950, La Real Academia de Bellas Artes, le concedió una beca para ampliar sus conocimientos artísticos en distintas ciudades de Italia y París.
Entre 1950 y 1960, realizó varias esculturas de importancia, entre otras: un San Juan de Ávila, para la capilla del Cerro de los Ángeles. Un San Francisco para Jaén de bella factura. Ganó también, en el concurso restringido para escultores convocado por los PP. Jesuitas, para realizar la imagen de Nuestra Señora del Remedio, destinada a los nuevos colegios de Chamartín. En 1958 la escultura de Melchor Cano, expuesta en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, causó tanta admiración que tuvieron que prolongarla varios días. Y en 1960, también ganó el Primer Premio para realizar una Inmaculada en piedra, concurso convocado por la Compañía de Jesús (en Navarra).
El concurso convocado por los PP. Franciscanos en Arenas de San Pedro (Ávila) el 1962, para erigir una estatua y celebrar el IV centenario de la muerte de San Pedro de Alcántara, José Navarro Gabaldón obtuvo el Primer Premio. Para impregnarse de la espiritualidad del santo, vivió un tiempo en el mismo Santuario de Arenas, donde conoció a Fr. Jesús de la Cruz, el mejor y más fiel imitador del santo con gran parecido a él, al que tomó por modelo creando una obra maestra de San Pedro, de la que fui testigo ocular en su realización. Pasada al bronce, se colocó en la Plaza de Arenas de San Pedro, frente al Castillo de D. Álvaro de Luna. Anteriormente estuvo expuesta en la Biblioteca Nacional de Madrid, causando tal sensación la mencionada obra, que obtuvo los mejores elogios de toda la crítica de arte, de la que el Marqués de Lozoya –gran conocedor del arte- dijo: “que era una obra que se colocaba a la cabeza del arte Europeo, poniendo lo transcendental al servicio de la fe”. Al mismo D. José María Oriol, Marques de la casa de Oriol, le causó tal impacto, que le encargó una réplica de mayor tamaño, para la ciudad de Alcántara (Cáceres).
Sus muchas obras hoy están diseminadas por la geografía española, de las que destacamos: Santísima Trinidad, Apocalipsis, Bautismo y Condenados, además de vitrales, esculturas, forjas, bronces, piedras, mármoles, vidrieras en color, con figuras todas ellas llenas de espiritualidad. Pero inesperadamente, el 9 de septiembre de 1978, José N. Gabaldón, cerró los ojos a la belleza humana para abrirlos a la infinita belleza de Dios.
El arte de José Navarro Gabaldón es totalmente espiritual, nace de lo más profundo de esa mística de la belleza que él vivió y heredó de una madre enteramente religiosa. Fue un hombre de profunda fe, de bondad visible, con una sensibilidad que reflejaba, tanto en palabras como en obras de arte espiritual, esa belleza de atracción terrible, en la que él intuía la verdad que acontece en esa revelación que nos viene de Dios y se manifiesta en la obra del artista. Su arte de belleza espiritual nos interpela, está cargado de teología y sentimientos místicos. Es un arte que reza, que nos habla de Dios, que “invita al rigor del puro misticismo”. Es ese arte que quiere eternizarse invitándonos a vivir la transcendencia de lo humano. Hay tanta unidad de armonía, lirismo de belleza, fuerza de conocimiento, sensibilidad cargada de verdadero amor espiritual, que su arte constituye una gran revelación religiosa y mística.
Sólo un instante ante la talla de San Pedro de Alcántara, sita en la plaza de Arenas de San Pedro (Ávila), para que la fe dialogue en nuestra mente. Es una figura en la que queda inmortalizada la pasión del espíritu por alcanzar esa Belleza sublime que nos viene de lo alto. Gabaldón presenta al santo como en éxtasis sublimado y arrebatado hacía el empíreo de Dios. En lo más alto, su cabeza emerge de la capucha como el pistilo de una flor que dialoga con lo eterno, cargado de ese amor infinito que busca el néctar de Dios. El pecho abultado, como sede de los sentimientos humanos, quiere salir para entregarse al amor. Sus brazos están abiertos en actitud de donación. Sus manos flotan al aire como una oración suplicante que intercede ante el Padre, una tendida al cielo para recibir las gracias y la otra inclinada para trasmitir los dones y bendiciones recibidos. Su capa y hábito raidos como la aspereza de un tronco, reflejan la pobreza humana, pero están llenos de belleza y armonía espiritual. Sus pies no pisan la tierra, su figura de bronce no pesa, se vuelve etérea, totalmente espiritual, ascendente. Hay en todo él un lenguaje de arte que cala en el espectador, que le invita a la oración, a la paz, a la ternura, a entrar en diálogo con Dios, a sentirse envuelto por el misterio, a saberse pequeño universo donde habita Dios. También el espectador en su mirada se deja seducir y envolver por la gracia, se hace puro, se olvida de sí mismo. Es la fuerza del arte espiritual que cautiva y lleva en sí misma la gracia y belleza de Dios.
Amigo Gabaldón, artista de Dios, la belleza de tu arte sigue viva, no pasará, nos interpela más, porque habla con ese lenguaje profético que proclama la infinita belleza de Dios. Que tu arte nos de ojos para ver mejor a Dios.
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