jueves, 26 de febrero de 2009

EL DOMINIO DE LO FEO

Lo feo está de moda. Lo feo -lo carente de belleza estética y a veces símbolo del mal-, es lo que domina en el arte. El arte de belleza está de luto, pues se le intenta olvidar hasta darle la muerte. Decir hoy “arte radical”, es lo mismo que decir arte misterioso, arte ocultista, con el negro, como color de fondo. Se dice de él, que es un arte de aflicción, de dolor, enigmático, de angustia y de muerte. Pero a pesar de todo, se sigue imponiendo y desea llegar hasta el total triunfo. Por el contrario, a la belleza armónica, imagen de la belleza celeste, le queda la cada vez más lejana posibilidad, de que sus obras puedan llegar en el tiempo a ser de nuevo el concepto de belleza que invite a los hombres a mirar a lo alto para ver de nuevo las estrellas.

Desde hace varias décadas algunos pensadores intentan establecer e implantar una filosofía de lo feo, como contraposición a la armonía estética y a la bellaza. Desde Víctor Hugo, Eugene Sue, Charles Baudelaire y otros, se viene filosofando con la intercambiabilidad de lo bello por lo feo. Doctrina  que después fue adoptada como propia por el “socialismo romántico”, creando seres de naturaleza monstruosa y a veces de mal gusto, pero con el deseo oculto de destruir la belleza, reivindicando el derecho de lo feo y situándolo más allá del bien y del mal moral. Sin escrúpulos de mezclas entre el bien y el mal, lo bello y lo feo, poniendo sus ojos enfermos y cuajados de visiones nocturnas pobladas de horror, oponiéndose frontalmente al milagro de lo bello y lo trascendente, comenzaron su andadura, hoy repleta de seguidores. Algunos ejemplos de estas criaturas monstruosas los tenemos en “El Cuasimodo de Notre-Dame” de París, el “Triboulet de Le roi s´amuse”, ocultando lo bueno y lo bello, para que aparezca la pátina de lo opaco y repelente.

Desde comienzos del siglo pasado, cuando definitivamente se elaboraron las teorías filosóficas del primado de lo feo, quedó como axioma: “una obra de arte es tanto más bella y lograda, cuanto mayor es la falta de armonía y abunda el caos sobre lo que consigue triunfar”. A partir de entonces, lo feo dejó de ser inerte y adquirió un poder activo, peligroso agitador. Peldaño a peldaño, lo feo ha pasado de ser un enemigo astuto y tenaz, a ser el rey de la vacuidad, del engaño, la mentira y a veces la vileza, al que sólo se le puede combatir con la verdad de la belleza armónica, llena de luz, de bondad y de mensaje trascendente.

¿A dónde nos está llevando esta estética de lo feo? De momento a la confusión, a la pérdida de valores artísticos, a la destrucción del gusto, a la mentira y el engaño, pero sobre todo, camuflada en una sofisticada  manipulación de aparente estética, cada vez se va encaramando más en la cima de  lo “satánico”. Su golpe de muerte es dar un vuelco metódico a todo el orden simbólico de lo religioso, sagrado o trascendente; burlando o vilipendiando, a ser posible, a todo lo eclesial, lo celeste o al Dios trinitario. Se descubre, una vez más, que el mal, lo feo, envidioso de lo bello y lo bueno, cual belleza rebelde capitaneada por Lucifer, quiere derrocar al San Miguel de la  Belleza para constituirse él en dios. Lo terrible es que ahora, con su ingenua caricatura y su camuflaje de belleza e inocencia,  fascina a muchos que se hermanan en la playa  de la vacuidad placentera.

Toda la Palabra Bíblica, al igual que la historia, el arte sacro o el religioso en la Iglesia, ha conducido sabiamente a sus fieles, mediante símbolos de belleza, al conocimiento de la verdad, la bondad, la fe y la trascendencia. La belleza sublime nos habla y nos lleva siempre al “Dios vestido de gloria y esplendor” (Sal. 145, 5). De la belleza interna emana la gracia del cuerpo. La belleza evoca siempre lo celeste y la trascendencia de Cristo. Desde el primer eco del Génesis hasta la última palabra del Apocalipsis, la creación entera proclama la belleza de Dios y en ella gravita el arte subli-me del engranaje cósmico salido de sus manos. “Y vio Dios que todo era bello y bueno” (Gen. 1, 26).

Y ante esta belleza sublime, se trata de falsear la realidad, contraponer otra belleza; crear ambientes deleitosos que confundan, paraísos falsos que desfiguren la realidad, donde se inocule el virus de la frivolidad  sobre el  plasma de lo anormal  y enfermizo,  para  que  nazca la falsa  belleza, malsana y errónea, revestida de mentira y engaño. Con este pilar pernicioso, se falsifica mejor la historia, la vida, la belleza y la trascendencia. Pero de esta forma, el arte en su multiforme expresión de belleza puede quedar dañado, pues el granito que comenzó sin importancia, se ha convirtiendo en tumor cancerígeno que proclama la muerte.

Tanto lo bello como lo feo, son categorías serias que nos hablan enfáticamente del bien y del mal. Lo hermoso y bello nos habla siempre del bien, la bondad y lo celeste; mientras que lo feo y malo, hablan del infierno, como espacio atroz, cargado de sufrimientos, donde lo deforme y horroroso abunda, para que el mal sea completo. El arte de belleza habla de hermosuras y virtudes, de gracias y perfección; mientras que su opuesto, el feo, lo hace con la vulgaridad, lo chabacano, lo grosero y repelente. Y mientras que el arte de belleza es grácil, agradable, vital y esperanzador; el coro de su adversario se muestra lleno de tosquedad, confusión, es desagradable y con tintes de muerte. En el primero abunda el respeto y la libertad, mientras que el segundo la esclaviza.

Y a pesar de estas contrariedades tan opuestas, hay oposición al arte bello, mientras el feo, el mal, lo perverso, es lo que priva  en la sociedad como energía central de nuestro tiempo. ¿Quién entiende esto? Sólo se entiende desde la perversión, desde el abandono al que hemos llegado, desde la vanidad de estar a la última moda. Todo lo cual proclama la ausencia del buen gusto, la pérdida de sensibilidad, la baja cultura en la que estamos cayendo, como el poco interés porque brille la verdad, la bondad y la belleza estética...

Basta recorrer algunas galerías que exhiben ese arte del mal gusto, con objetos visuales de lo más esotérico y repulsivo. Cuadros descabezados, vacíos de contenido y sin nada, con título que despista o hace reír. Figuras grotescas, infantiles, enfermizas, de mal gusto, que enervan. Para qué seguir si en otras artes pasa lo mismo. Por TV. hemos visto los desfiles de Ferry Mugler, los de Jean Paul Gaulter, los barrocos de Versace o de Moschino, y lo que parece diabólico y grosero, se acepta como deleitoso, atractivo  y digno de imitar. Que extraño el que  surjan los hinchas del fútbol compitiendo para ir disfrazados de la forma más disparatada. Y no digamos del mal gusto de la tele-basura, los brotes nazis o racistas, las mafias, el arte de la estafa o corrupción, la muerte por encargo, las matanzas herodianas en los abortos...

Con el dominio de lo feo, del mal, el mundo entero ha ingresado en la UVI, de la corrupción y el terror. El dominio del arte de lo feo está destruyendo la vida de la belleza.  Ya no se trata de una fragmentación del valor, sino de un cambio total de valores. Cuando un cuerpo se descompone nos lleva a la macabra sinécdoque del fin de todas las cosas. Todo está dañado, la cultura, la política, las creencias, lo comercial, lo terreno y lo trascendente. Porque todo está reclamando una vuelta a la belleza, ya que el hombre no puede vivir sin la belleza.

Las fuentes del pasado pueden ser el bello mosaico a imitar, ya que entonces se pretendió construir un tiempo de belleza y hermosura, apoyando la vida sobre la armonía estética y el arte. Pues el arte de nuestro tiempo no puede dejar que la locura diga la última palabra. No podemos dejar que las piedras angulares fabricadas con esfuerzo y sudor durante varias civilizaciones, se vean demolidas por modas o filosofías que encierran perversión,  corrupción o deformación, que llevan a la negación y la muerte.

Los monstruos del Guernica, por más seguidores que tengan, dicen autores autorizados, como Ouspenski, William Congdon, Henrry Moore, entre otros, siempre serán un arte deformado, carente de belleza y sentido espiritual, amasado sin atisbo de aliento mesiánico. Ese arte sólo muestra la realidad mala con gritos sin esperanza. Pero la vida tiene también su belleza. Ese arte es fragmentario, caduco, irreal,  sólo se ve el cosmos del revés, en negativo, en túnel oscuro y sin luz, sin la belleza del color, sin trascendencia. Hacer de ese arte un estilo de vida, de estética ideal, es quedarse en una belleza patológica, creadora de monstruos, con rostros anormales, carentes de sentimientos que inviten a la esperanza. Ese arte de Picaso, modelo de lo feo y deforme, podrá tener muchos seguidores que no sepan salir de ahí. Pero siempre será la proclama de la disonancia, como articulación y exigencia de un arte triste, que desconoce la belleza y la esperanza humana. Quedarse ahí, es hacer catarsis con ese viacrucis de lo feo, donde no se vislumbra un horizonte redentor. Sólo la belleza nos salvará, decía Dostoievski. Dios es la suma Belleza y su Belleza es inagotable de formas. Buscadla y viviréis (Amos 5, 4).