sábado, 16 de mayo de 2009

EL BEATO CLAUDIO GRANZOTTO: ARTISTA

También el santo es una obra de arte, en el que se compara a su vez con el artífice. Y todo hombre que vive en sí el arte de Dios, glorifica al artífice, y el artífice se glorifica en su obra, pues no somos nosotros los que creamos a Dios, sino Dios el que nos crea. De ahí que en la medida que colaboramos con Dios, más gloria recibimos, porque nos convertimos en instrumento de Dios. Cuanto más misterioso se revela Dios, más envuelve al hombre con su proximidad ardiente. El santo que vive integrado en la belleza de Dios, se transforma en el rostro de Dios, en icono de encarnación. De ahí que su arte sea signo luminoso que nos abre los ojos del corazón a la luz de Dios, a la belleza sublime que tanto anhelamos.

Claudio Granzotto.

Amadísimos hermanos y hermanas, junto con toda la Iglesia alabamos y damos gracias al Señor por los ejemplos luminosos de virtud y santidad que nos ofrece el beato Claudio Granzotto. Su vida fue un testimonio espléndido de la riqueza y la alegría de la vida consagrada. Después de haber buscado a Dios en el silencio, en la oración y en la caridad para con los pobres y los enfermos, fray Claudio supo expresar, mediante su arte de escultor, la profundidad de su alma franciscana, enamorada de la infinita belleza divina.
El beato Claudio indica a los jóvenes el esfuerzo por buscar la verdad evangélica y vivirla con su mismo entusiasmo, hallando en Cristo la inspiración, la energía y el valor de anunciarla a los hombres de nuestro tiempo. Sugiere a los artistas el espíritu de servicio, con el que pueden proponer el misterio inagotable de la encarnación de Cristo, a través del lenguaje del arte. Por último, dirige a los enfermos un mensaje de comunión y esperanza, invitándolos a ofrecer sus propios sufrimientos, en unión con el Crucificado, para el bien de la Iglesia y del mundo.
El ejemplo y la intercesión de este hijo humilde de Francisco de Asís aliente a cada uno a proseguir con fidelidad y constancia por el camino de la santidad, respondiendo generosamente a la llamada universal a la santidad y haciendo fructificar los dones recibidos del Señor.

L'Osservatore Romano