martes, 14 de abril de 2009

EL BUEN GUSTO

Tener buen gusto es tener  gran visón humanística, dar poder a los sentimientos elevados; dejar  que crezca la sensibilidad cultural que engrandece la persona; llenar la vida de valores éticos, morales y espirituales, donde la armonía, la estética y la belleza, afloran en todos los órdenes, al tiempo que se va creando el prototipo ideal de la persona. El buen gusto enriquece al hombre con multiplicidad de nobles sentimientos, le abre a la verdad y la belleza, al arte y la ciencia, al gozo placentero de la virtud, al tiempo que actúa en su persona como elemento cósmico y religioso que da sentido al misterio de la vida.

Queremos que nuestra reflexión sobre el buen gusto nos abra caminos de belleza, que nos ayuden a salir y luchar contra la cultura dominante del mal gusto que quiere imperar. Ya en el siglo V antes de Cristo, Protágoras dijo que: “el buen gusto del hombre es la medida de todas las cosas”, pero en nuestro tiempo, hay muchos empeñados en invertir la visión de Protágoras, haciendo que: “el mal gusto de las cosas sean la medida del hombre”.

No podemos cerrar los ojos ante ese mal gusto. El arte hoy vive una crisis aún peor que la social que padecemos. La crisis del mal gusto envilece la persona, deshumaniza la sociedad y la hace groseramente rebajar su dignidad. Ahí está como prueba ese vandalismo lleno de agresividad, la tosquedad de la xenofobia, la violencia organizada, el gusto estragado que algunos exhiben, como signo sensible de la falta de cultura y testimonio visible de la ausencia del buen gusto (Enrique González.  El Renacimiento del Humanismo. BAC. 2003).

Y si nos fijamos en el arte, el mal gusto no sólo ha roto la armonía de la belleza, sino que quiere arrasar, destruir e imponerse como un nuevo estilo de vida, a costa de dejarnos huérfanos de belleza. Lo terrible es que hasta algunos que se consideran como intelectualmente preparados, les parezca bien estas manifestaciones del mal gusto artístico e intenten que sean aceptadas por la sociedad, tal vez premeditadamente, para destruir los mejores valores de nuestra civilización, creando una cultura del vacío y de la muerte, en contraposición a la cristiana y espiritual.

Cada día tiene más adeptos esta cultura del mal gusto. El arte kitsch (palabra alemana que define a ese arte del mal gusto), quiere de nuevo imponerse. Incluso algunos hacen loas sobre ese arte tan vulgar de nuestro tiempo, para que sea la estética ideal imperante de nuestro gusto. La osadía de este movimiento, que exhibe un arte estéticamente considerado de lo más burdo y empobrecido, vacío y moralmente dudoso, es intentar convertir la verdadera estética en pantomima, desacreditándola de tal forma, que fácilmente se inocule el mal gusto y ejerza poder sobre la persona (Valerio  Bozal.  El gusto. Gráficas Rógar,  1996).

Para los no entendidos en el arte, les diré que el diccionario artístico define este arte como el más horroroso. Es el gusto por lo hortera y el placer por lo horrendo. Diríase que es la esencia del mal gusto llevado a su máxima expresión. Con hirientes colores en negro profundo, violetas y amarillos ácidos, tonos apastelados y chillones, magenta en excesivo matiz, con totales desajustes de formas y figuras, es su forma de expresarse. Sin embargo, sigue habiendo algunos que quieren elevar a los altares todo aquello que nos hiere la vista y flagela el criterio estético, porque su marcado fin es deseducar nuestro gusto y conseguir el efecto contrario, hasta dejar que ese arte nos atrape, cual  película de terror, y se habitúe en nosotros la estética de la perversión.

No es sólo este movimiento, junto a él camina el Arte Camp, el Pop Art, el Nuovi Nuovi, el Arte conceptual, el Arte abstracto, el Cubismo, el fauvismo, el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo, vanguardismo y otros ismos similares.  Todos estos movimientos intentan crear  estructuras mentales que falsean la realidad, haciendo parodias que ridiculizan la verdadera estética y el buen gusto. Son gritos alarmantes que proclaman el descenso y bajo nivel de belleza de nuestro tiempo. No podemos ni debemos dejar que se prostituya el buen gusto que eleva y dignifica la persona. Y mucho menos debemos dejar que nos domine el arte del mal gusto, cambiando nuestra pauta estética, para dejar que impere el arte decadente que quiere constituirse en norma estética.

Si denunciamos este mal gusto es porque queremos que vuelva la belleza auténtica del buen gusto, que humanice de nuevo nuestro tiempo y nos llene los ojos de placer estético. Es necesario que retornemos a la  auténtica belleza estética; que ella se constituya en el centro mismo de las relaciones humanas, que llene nuestra vida y el mundo que nos rodea de viva armonía que da sentido, alegra y sacraliza nuestra existencia.

El buen gusto en el ámbito de la Iglesia ha sido siempre el criterio de valoración en el arte e iconos de belleza, mostrando la preferencia del gusto que eleva y sublima nuestros pensamientos, espiritualizando la vida hacia el trascendente.  Tener y cuidar la sensibilidad del buen gusto, como a su vez el sentido estético en el que florece la armonía y la belleza, es contribuir a crear recintos sagrados, dejando que el sentido espiritual se llene de placer estético, se universalicen los criterios de verdad, afloren las ideas y sentimientos religiosos, donde la vida recupera los valores permanentes y se historializa toda nuestra vida de sacra belleza.

Saber purificar el espacio de nuestro gusto desde el ámbito de la Iglesia, es saber culturizar el tiempo y la existencia apoyados en principios fundamentales, para que la vida recupere el estrado de belleza perdido, superando el tiempo y espacio de ese terreno marcadamente vacío. Luchar por hacer un mundo mejor, donde la tierra sea reflejo de lo celeste, es la misión de la Iglesia. Mejorar la naturaleza artística mediante el respeto y la armonía del buen gusto, es embellecerla, llenarla de criterios de riqueza humanística que polarizan nuestra existencia.

Si en la Iglesia volviéramos la  mirada a valores estéticos del medioevo, como también al arte del  renacimiento o del barroco, descubriríamos fácilmente cómo aquellos hombres reflejaron con el arte del buen gusto un oriente alentador, haciendo de la vida el ideal de búsqueda de la belleza y perfección, ofreciendo a las generaciones futuras connotaciones con sentido profundamente religioso, convirtiendo el tiempo y el espacio en lugar y presencia de Dios. Su idea era hacer del mundo un templo de belleza y de alabanza. En su concepción ordenaron el templo con estética y simetría, en perfecta analogía al cuerpo humano bien proporcionado. De ahí que “el templo recuerde al hombre tendido con los brazos en cruz, idea que lleva a pensar en la imagen del Crucificado”, juntando a la vez armonía, belleza, buen gusto y fe.

El que sienta hoy inquietud por la verdad, la bondad, el bien y la belleza, fácilmente descubrirá que el buen gusto se articula perfectamente con la gracia y la presencia del invisible; fundamentos para que la vida se eleve a grados más sublimes, haciendo que la existencia sea una mística del buen gusto que restituya las posibilidades de entrar en ese mundo mejor, habitado por la armonía y en conexión directa entre la gracia, lo sublime y el trascendente.

Se ha dicho de Sócrates que con su “bien pensar y ver las cosas bellas, bajó la filosofía del cielo para que habitara entre los hombres”.  Sin duda que la lámpara de sus pensamientos ha  sido el mejor espejo, donde muchos artistas  se han mirado para iluminar sus inspiraciones, ya que educando el gusto, la imaginación empieza a sustituir lo que extorsiona la belleza y abre ventanas internas a la configuración de la armonía, como cercanía de lo santo y perfecto.

El esteta Oliver Bruner señala el “estrecho parentesco que existe entre imaginación y buen gusto”.  Para él, tener mayor o menor delicadeza es lo que distingue a un hombre culto de otro vulgar. A partir de esta estructura psicológica podremos darnos cuenta la importancia del buen gusto frente a la inculturación humana. Todo lo que es bello, gracioso  y bueno, incide  siempre en nuestro gusto ofreciéndonos placer estético, ya que llena nuestro ánimo de encantos y gratas sorpresas.

Cuando miramos ese arte  del mal gusto sentimos herido nuestro interior, pues queramos o no, las imágenes de esos modelos dejan huellas en el universo del ser humano; de ahí las reacciones colectivas del pueblo sencillo, que sufre y experimenta en su mundo el vacío de la realidad amorfa. El arte cerebral es individual, frío, calculador, mientras que el arte de la belleza y del buen gusto es colectivo, dinámico, vibrante, sensible, está en contínuo proceso de danza espiritual, en energía de misteriosa revelación. En ese arte, el ser humano se siente integrado en el mundo de la armonía y la belleza espiritual, como se siente unificado con todos los seres y en su belleza descubre que es hijo del Supremo Hacedor. 

Queremos y debemos recuperar el arte del buen gusto, volver a experimentar a Dios en lo más sublime de su belleza, sumergirnos en el misterio que nos rodea, dejar que la existencia se sienta circundada por lazos espirituales que nos unen al trascendente, que todo se haga puerta abierta para el encuentro, vitalidad de sacramento, vivencia mística de la unión, gozo revelador de la gracia, proclama de belleza y amor en autodonación.