viernes, 10 de diciembre de 2010

LA BELLEZA NOS LLEVA A DIOS

El ser humano tiene hambre de belleza, se siente atraído por la belleza, hay en la belleza algo que supera lo humano. El deseo innato del hombre es alcanzar y poseer el bien y la belleza. La belleza es inherente a la criatura humana, porque forma parte de la aspiración teocéntrica que todo humano siente por conseguir la transcendencia, como el perpetuarse y hacer de la vida sacramento de luz y belleza. Y es que la belleza nos penetra hasta la misma existencia, llenando nuestro interior de esa sublime hermosura, como imagen de gracia y  presencia de Dios.

Toda la creación, el cosmos entero, grita ofreciendo y proclamando la belleza infinita que Dios ha puesto en ellos, como prueba de su existencia, en la que resplandece su misma Belleza como atributo de Dios sin límites. El Génesis, como Palabra de Dios, al terminar la creación, abre su pensamiento al diálogo para decirnos: El Señor dejó que su mirada gravitara sobre su obra de arte, de la que quedó satisfecho viendo que todo era muy bello, absolutamente bello (Gn. 1, 31). Es la belleza que a Dios le gusta y que a nosotros nos delita. “Quae visa pacet”, lo que agrada a la vista, dicen los filósofos.

Son muchas las pistas que nos ha dejado  y todas nos llevan a Él. En el símbolo de la belleza, hecho de “poesía sin palabras”, Dios nos dejó impresa la atracción por lo divino. Es su Espíritu, como captación de la belleza, el que nos comunica el esplendor de la santidad, el que nos reviste de la hermosura que nos aproxima a Dios, infundiendo el gozo eterno de lo divino. Ha sido “el dedo de Dios” el que ha dibujado en nuestra mente el infinito deseo de sabiduría y belleza, como estrado que nos eleva hasta Dios. El espacio tenebroso que aún nos separa de Él, sólo la luz de la belleza, como matriz de vida, puede hacerle próximo y luminoso.

Se nos ha dicho, que “no se puede vivir sin la belleza”, como no se puede vivir sin luz. “Que se haga la luz”, “Que la luz de la belleza ilumine las tinieblas” (Gn. 1, 3). Es la primera palabra que Dios pronunció. Pasó una tarde, pasó una mañana y el Todo Belleza se hizo visible en las cosas. Ahora es la Belleza la que nos marca el camino hacía Dios. Si perdemos el sentido de la belleza perdemos a Dios. Es la Belleza la que mejor nos lleva a Dios. Si deseamos la luz y buscamos la belleza, si aspiramos a la sabiduría que ilumina o anhelamos la belleza de santidad, es porque ellas nos conducen hasta Dios. De ahí nuestro anhelo por entrar en esa total comunión de belleza clarificadora;  queremos la belleza divina para estar integrados en la perfección de Dios, en la santidad y belleza divina.

Nada como el arte de la belleza nos muestra las verdades luminosas que nos encaminan hacia la verdadera luz, donde Cristo nos revela la infinita belleza. La belleza que nos revela el arte es la que mejor ilumina nuestro espíritu, trasmite impulsos y sentimientos que nos llevan a Dios. El camino del arte de belleza, es una senda privilegiada y fascinante para acercarse al misterio de Dios. “¿Qué es la belleza –dice San Agustín-,  que escritores, poetas, músicos, artistas contemplan y traducen en su lenguaje, sino el reflejo del resplandor del Verbo eterno hecho carne? Pregunta a la belleza de la tierra o a la del mar, a la del aire dilatado y difuso, o a la misteriosa belleza del cielo; pregunta al sol o la luna, a los peces o a los animales de la tierra… Pregunta, pregunta, que todos te responderán: “Contempla nuestra belleza” La belleza es su respuesta, como reflejo de la Belleza inmutable” (Ser. CCXLI,  PL. 38, 1134).

La belleza de la Palabra es la actitud primordial de la fe. Si no tenéis belleza ni fe, no viviréis (Is. 7, 9).  Levanta los ojos y mira (Is. 49, 18). Pero sólo la belleza de la revelación llegó en la plenitud de Cristo. Oír y ver, ahora se hacen belleza visible. “Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis” (Lc. 10, 23). El ver y oír la belleza del Padre manifestada en Cristo, es una gracia. La importancia de ver la belleza revelada y oír la Palabra que engendra la atracción de la belleza del Padre, es una constante invitación a vivir y poseer la belleza de Dios, revelada en el misterio de Cristo.

La belleza que no viene de Dios no es belleza. Solo Él es la Belleza suprema. Confundir la belleza con falsas imitaciones, es prostituir la belleza. Olvidar o abandonar la belleza clásica que lleva a Dios, ese puede ser nuestro gran pecado, ya que una belleza, sin estímulo a la virtud y muda a la sensibilidad del espíritu, nos aleja de la belleza de Dios. Quizá esa ausencia de la belle-za del arte sea la que esté alejando a los fieles de la Iglesia, o tal vez, la causante de la pérdida de fe, que destruye valores evangélicos, crea ídolos e idolatrías de verdadero paganismo. Sí, dicho-sos los ojos que ven, o se abren a la belleza de Dios, porque ellos contemplarán la gloria de Dios.

La autentica belleza no necesita una definición rigurosa, ella misma manifiesta su verdad y su bondad en la unidad del ser y su transcendencia. La belleza real es evidente, se percibe, se siente, penetra en nuestro interior y se hace experiencia. Lo bello como lo sagrado, se nos manifiesta como algo distinto, como nueva encarnación que busca el trascendente, nos hace intuir la proximidad del misterio divino. Los Santos Padre como los teólogos, percibieron inmediatamente el lenguaje de las formas bellas, ellos intuyeron en la belleza  del arte la luz de la gracia, cual verdad de revelación. Por eso, la belleza del arte se hizo fe en el misterio de Cristo,  sirviendo de nueva iluminación a la teología, como también ofreciendo una belleza visible que facilita la accesibilidad a la trascendencia del misterio, siendo el camino sencillo que llevaba más fácilmente a Dios.

El mismo Benedicto XVI, se siente transportado a un mundo diferente, cuando sus ojos contemplan con fe la belleza del templo de Gaudí. “Esta belleza, dice el Papa, supera la escisión entre conciencia humana y conciencia cristiana, entre existencia en este mundo temporal y apertura a una vida eterna, entre la belleza de las cosas de Dios como Belleza, (ya que la obra bella es pura gratuidad que invita a la libertad) …y entre el milagro arquitectónico que muestra el misterio del interior del templo, donde la desnudez de unas formas bellas invitan a la experiencia mística del éxtasis”  (Homilía en la Sda. Familia. 8-XI-2010).   

La belleza cuando está revestida de armonía estética, se hace presencia de Dios, se vuelve para los humanos palabra y canto que traspasa el templo del espíritu. La fuerza espiritual de su mensaje es un grito interior de profundo sentimiento, que traspasa lo humano y eleva hacia el cielo, como viviendo en gozosos espacios místicos, mezclando nuestros sentimientos con los angélicos, en una continua alabanza de gloria.

Entrar en la mística de la belleza es entrar en el mundo de Dios, el mundo del espíritu, donde predomina y todo se hace sinfonía de luz y belleza. La mística de la noche se recrea en espacios liberadores, sin componentes espaciales, donde se adivina la total plenitud del gozo revestido de infinita belleza. El ojo de la belleza transforma las cosas para contemplarlas en similitud con la belleza divina, donde todo es loable y admirable, pero más loable porque nos introduce en la belleza celeste. El que siente y vive la belleza espiritual, entra en ese mundo vivificante de la luz y la gracia. Su cuerpo-espíritu, entra en vivencia de “segunda luz”, reflejo puro de la belleza que le envuelve. “La luminosidad de los cuerpos de los santos se hace normativa: <Vosotros sois la luz del mundo>,  la aureola del icono así lo expresa. Es la humanidad deificada en Cristo” (S. Gregorio de Palamas, Hom. 16. PG).

Toda belleza exterior nos lleva siempre a sentir la belleza interior. Necesitamos una cura de belleza para volver a sentir y gustar la belleza de Dios, la que llena nuestros espacios vacios de valores espirituales y nos hace ver la vida en esa generadora dimensión belleza.

domingo, 5 de diciembre de 2010

LA BELLEZA DESHUMANIZADA

Uno de los atributos de Dios más perceptibles para el hombre es la belleza. La belleza de Dios resplandece visiblemente en todo el universo. “El cielo y la tierra proclaman la belleza de Dios” (Sal. 18, 1). Es más, el salmista proclama a “Dios revestido de belleza con la manifestación del esplendor de la luz, como gloria de su manto” (Sal. 103, 1). El mundo está hecho a imagen de Dios y el hombre a imagen del mundo, dicen  los antiguos filósofos.

Pero nuestro mundo aún estaba en el advenimiento de lo más bello. Sólo desde que Dios se reveló en el Verbo Encarnado, nuestro mundo se llenó de la presencia de su belleza. Y nuestra tierra se inundó de santa Belleza, como morada de su gloria. Con su encarnación, Cristo hizo que el Reino contemplado fuera un reino de belleza para Dios. Desde entonces, su espíritu de Belleza aletea sobre nuestra tierra y comunica el esplendor de la santidad. Esta imagen de alianza con el hombre, se ha convertido en teofanía constante de belleza, de luz y de verdad reveladoras para el humano.

Esta es la belleza que siempre ha brillado en la Iglesia instituida por Cristo, como signo de la presencia del Reino de Dios. Es la belleza de la presencia y de la Palabra revelada, donde brilla la Luz y la Verdad anunciadas por el Evangelio, como norma del Reino contemplado en la Belleza del Padre, y vivido en la presencia del Espíritu de la Belleza, que es el que comunica y llena a toda la Iglesia del esplendor de la santidad.

La misión de esta Iglesia a lo largo de los siglos es: “que todos lleguen al conocimiento de la verdad y la belleza de santidad” (I. Tim. 2, 4). Belleza y santidad que ha perdurado a lo largo del tiempo, a pesar de las terribles persecuciones y falsas revoluciones. La Iglesia siempre ha sido solidaria con el hombre y le ha ofrecido caminos de belleza cultural. Esta verdad la comparten tanto los filósofos y teólogos, como los historiadores, los literatos, los escultores y artistas, al igual que todos los hombre de ciencia, quienes  llegaron a afirmar “que la humanidad puede vivir sin el pan y sin la ciencia, pero no podría vivir sin la belleza, porque cuando falta ésta se desea morir”.

Todo el misterio está aquí, como aquí está el secreto de la historia. La belleza del arte es la que comunica la alegría de vivir, la que inspira a la ciencia y abre caminos de esperanza. La belleza es la que invita y conmueve al hombre hacia su destino último. La Iglesia ha buscado en esta belleza epifanías que invitan a la cultura, humanizando la vida y cultivando la belleza como esencia de nuestra existencia. Ahí están, por ejemplo, la belleza de las catedrales, como empuje ascensional de oración y llenas de luminosidad, que muestran una síntesis de fe y arte, fascinantes de belleza, hablando con lenguaje universal y en perenne comunión humanizadora del hombre, como uno de los mayores logros de la civilización humana.

Nadie como la Iglesia ha colaborado para construir un mundo en el que se cultive el buen gusto por el arte, la armonía y la belleza, que son caminos que reflejan el esplendor y hermosura de Cristo, el Hijo de Dios encarnado que perfecciona la humanidad. Ella mediante el Evangelio liberador, como a través de imágenes y símbolos, ha comunicado un testimonio de belleza que  llevó al hombre a vivir un humanismo lleno de esperanza, como aspiración de la perfección humana,  del que brotaron innumerables obras maestras de arte. “El arte servía a la vida y la vida al arte como nunca había sucedido antes” (Johan Huizinga. El otoño de la Edad Media. Alianza. Madrid 1996).

Fue aquel tiempo el que más se progresó en la cultura, en el arte, en las ciencias del saber y la búsqueda de la belleza. Los hombres entonces, tenían por ideal, el embellecerlo todo para hacer de la vida una obra de arte no sólo agradable, sino un constante estímulo de superación para las futuras generaciones, para que se llegara a la mayor altura espiritualidad y belleza humana, hasta lograr la plena humanización del hombre.

Sin embargo, este sentido bello de la vida y el arte orientado desde la Iglesia, se vio perturbado desde el momento en que el arte comenzó a politizarse, dándole un sentido de proyección política, con miras sociopolíticas suaves al principio, pero impositivas después, dando lugar a la especulación y negocio del arte, donde había marcados intereses de arrebatar a la Iglesia el ideal espiritual de belleza, al tiempo que se abrían caminos que transformarían la sociedad, no inmediatamente, sino suave y progresivamente. Se ofreció fama y economía, formas fáciles de seducir al artista que no intuyó ni causas ni consecuencias. Pensemos en algunas obras de arte como las de Hogarth, Goya, Delacroix, Grosz, Dix, Keckman, Diego Rivera, Picasso... entre otras, donde se ve una clara  finalidad sociopolítica muy influyente en la sociedad.   

Tal vez, las diversas guerras  cargadas de ambición y de poder, hayan propiciado la aceleración de acontecimientos, pero lo cierto es que desde entonces se comenzó un proceso progresivo y emancipador del arte, difícilmente calculable en sus efectos, pero transformador de la belleza y sociedad, abriendo la puerta a lo trivial, lo efímero, lo vulgar, lo descuidado y de mal gusto, como a lo feo y lo absurdo. Quizá la intención oculta sea el perder el sentido de la inmanencia, haciendo que la belleza espiritual de la transcendencia quede soslayada, cuando no olvidada o burlada.

Son muchos los que hoy se preguntan sobre el sentido humano y espiritual de nuestro arte, tan deshumanizado y alejado de la realidad. La respuesta, nada positiva, es que al perderse el sentido de la belleza, nos hallamos en una crisis de valores con desorientación incalculable, en la que se pretende marginar el sentido religioso de la vida, cambiándole por el talante panteísta, ateo o nihilista, abriendo las puertas del sensualismo, del partidismo, del todo vale, de mitos astrológicos o absurdos modernismos, con todas las sectas de los “ismos”, en las que pretenden hacernos creer, que el destino de la persona debe ser manejado y conducido al goce terreno, porque hay que acabar con lo que ellos dicen “tabús religiosos” –entiéndase la Iglesia- que tiene la misión edificante, redentora y reconciliadora, de redimir la vida con obras de belleza humanizadora, llenándola de valores éticos, morales y espirituales.

El resultado es un alarmante descenso del nivel cultural, moral y estético, en el arte y la cultura de  nuestro tiempo, donde reina el desorden contra la belleza en todos los campos, al tiempo que prolifera el desapego por la lucha de la verdad y el bien, el desprecio y el olvido de lo religioso, cuando no, el odio burlesco, el vilipendio o el ultraje. Se manipula la historia, la vida, el arte, los sentimientos, se degrada a la persona y se ofrecen todos los paraísos del placer sensual, con propensión a la vida licenciosa, a la libertad del abuso, a la histeria colectiva. Se sustituye la vida de la iglesia por el ritual del botellón; al profeta de la Palabra por el cantante-ídolo de masas; la asistencia a los actos religiosos por la hinchada y fans del deporte; la vigilia de maitines por el club nocturno; las peregrinaciones por la movida bacanal; se margina el saber y buena educación y se hace alarde de lo absurdo y lo chabacano como original y moderno.

Este es el resultado al que nos está conduce esta deshumanización de la belleza de nuestro tiempo. Un tiempo calamitoso en el que se comprueba una vez más que sin  la belleza no podemos vivir honestamente, ni aspirar a la dignidad de la persona. Necesitamos una catarsis urgente, un volver la espalda a esta deshumanización y comenzar a caminar por las sendas de la belleza. Toda conversión es dolorosa, pero rejuvenecedora. La belleza nos hiere, pero nos abre los ojos. Tal vez su sacudida nos obligue a salir de nosotros, nos arranque la pereza y la desidia del abandono en que hemos caído. Su dardo puede ser el que encienda nuestros deseos de búsqueda de belleza que humanice de nuevo nuestro tiempo. Que incida en las cataratas que nos impiden ver lo bueno, lo bello y lo verdadero. Que nos zarandee hasta despertarnos del olvido del Dios Encarnado, por quien el mundo recuperó la belleza humanizadora y salvadora.

Sin duda ninguna, la belleza es la que mejor humaniza la vida y da un sentido estético a nuestra existencia. “La filosofía, dice Unamuno, es el sentimiento trágico de la vida”. Y siguiendo este mismo pensamiento, podemos decir también, que la belleza humanística de nuestra vida, da sentido estético a toda nuestra existencia elevándola de categoría.  Ya en el siglo IV Dionisio el Areopagita escribió, que “el bien es alabado por lo bello”. Y Santo Tomás de Aquino afirma, que “la belleza y la bondad son lo mismo”. Volver a la belleza es volver a la verdad, a lo bueno, al bien; elevar nuestra condición humana; hacer la vida digna, agradable y verdaderamente bella.

Si reclamamos la humanización de la belleza, es porque pedimos una pronta recuperación de la dignidad de la persona y que la arquitectura, la escultura, la pintura, la música y la poesía de nuestro tiempo, colaboren para iluminar la vida del hombre llenándola de belleza auténtica, de esa aureola  de belleza imborrable que rodea la estrella luminosa de la verdad. “La vida es la luz de los hombres. Y el Verbo era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn. 1, 9).

“El que no renace no puede ver el Reino de Dios. El que obra el mal, aborrece la luz y no quiere ver la luz. Pero el que obra la verdad, está en la luz de la belleza. (Jn. 4, 1-22).

domingo, 14 de noviembre de 2010

SAN JUAN DE LA CRUZ, MÍSTICO DE LA BELLEZA

Hablar de la belleza mística es hablar de la expresión de la verdad misma, que a su vez contiene la perfección de la unidad. La mística vivida en la verdad y con belleza espiritual, se hace sabiduría que nos revela a Dios, se vuelve teofanía que ilumina la belleza divina. La mística a semejanza de la verdad, la belleza y el bien, nos llevan siempre a Dios. Y si desde la mística la verdad es proclamada con verbo poético de belleza, rezumante de ternura espiritual, reflejándose cual espejo la verdad sublime, se vuelve certeza reveladora que nos muestra la misma belleza divina. Ese verbo teologal poético que une la verdad y la hermosura, es el que nos cautiva y se vuelve incomparablemente más fascinante al espíritu, porque nos introduce en la realidades divinas de la belleza sobrenatural, que tanto anhela el ser humano.

Estamos hablando de San Juan de la Cruz (1542-1591), el místico de la belleza espiritual de todos los tiempos, con verbo teológico iluminador de la belleza de Dios. El que más admiración ha causado en nuestra sensibilidad espiritual, llenándonos de la luz santa del Hogar divino.  Juan es el gran poeta lleno de luz celeste, que seduce al alma, conmueve y conduce los sentimientos al sumo bien por medio del amor divino, deleitando con la belleza de su “ciencia transcendiendo” que llena de conocimientos santos. Juan de la Cruz es también el santo que vive y siente desde el interior el arte de Dios, ese arte hecho gracia y belleza en Cristo crucificado, al que ve con ojos iluminado desde la altura del misterio de Dios.

Este santo llevaba dentro de sí el gran teólogo que ilumina nuestro caminar y nos acerca a Dios con su mundovisión teológica. Es el hombre todo hecho conocimiento de Dios, experiencia mística, sabiduría del Hijo de Dios, contemplación del Cristo cósmico, por cuya belleza espiritual se siente arrebatado hasta fundirse en llama de amor, licuado en éxtasis de verdadero amante. La belleza, la verdad y la bondad,  que resplandecen en todas las cosas como presencia de Dios, le transforman su vida en el gran místico de la Iglesia, en el poeta universal de la belleza y en el santo arrebatado de amor.

Entrar en la vida y obras de este santo, es dejarse seducir por la misma hermosura que lleva impresa en sus ojos con clara imagen de Dios. De sus labios salen palabras de altísima belleza poética, que son como dones que derraman gracia de admiración. “Mil gracias derramando / pasó por estos sotos con premura /  y yéndolos mirando / con sola su figura / vestidos los dejó con su hermosura” (Vida y obras de San Juan de la Cruz, de Crisógono de Jesús OCD. BAC. 1950. Cántico 5,3). Juan tiene ojos de vidente y ve a Dios en las criaturas. En la hermosura de su belleza él ve la misma figura de Dios. A ese Dios que viste de belleza y alegría al cielo y a la tierra, dejándolos a su paso llenos de infinita hermosura sobrenatural. Y de ese cosmos de belleza dimana su poesía, llena de sabiduría mística y pura revelación..

Juan de la Cruz es el santo de los ojos bellos, el del “Tú de los ojos deseados”, porque ha dejado que Dios se reflejara en ellos. El fuego del amor se hace visible por ellos que rezuman melodía  espiritual de santidad. “¡Oh cristalina fuente / si en estos tus semblantes plateados, / formases de repente / los ojos deseados, / que tengo en mis entrañas dibujados” (C. 11). ¡Cuantas horas miraría fijo al costado de Cristo, viendo en Él la cristalina fuente de la gracia! Mirar con esos “ojos deseados” que se hacen “rayos divinos” y “verdades eternas”, que iluminan la fe y rasgan la oscuridad de las tinieblas. En esos ojos están dibujadas las maravillas que Dios ha creado, “abiertas a la sencillez del espíritu del amor”. Juan nos invita a beber el agua pura de la gracia revelada en el Hijo encarnado, donde su mirada se hace nuestra mirada, el amante deja que se grabe la imagen del amado, “donde el amor transformante crea tal semejanza entre ambos, que cada uno de ellos parece ser el otro y ambos uno solo” , quedando ya “el alma bañada por la gracia” (C, 37, 2).

También Juan de la Cruz, como todo cristiano, tuvo que pasar por la prueba de la fe, por esa
purificación interior que es la esencia de la mística cristiana. La experiencia de la fe pasa por la
lucha en neto contraste contra las luces de la razón, que a veces llevan tinieblas a la mente. Ante el Dios absoluto y purísimo se cruzan las sombras de la oscuridad. También Juan tiene que pasar por la “noche oscura”, ya que la verdad infinita de Dios no puede hacerse visible ni palpable. Las tinieblas del no verle ni sentirle se vuelven como un infierno. El perder la visión de Dios la siente tan a lo vivo, que le parece caer en la más terrible desolación, en la perdición y el infierno. El castigo de no ver ni sentir a Dios, supera al castigo del fuego y los más terribles sufrimientos.

Pero esa noche terrible del alma, es al mismo tiempo la noche de la purificación, la noche que vence a las tinieblas, noche que se hace tránsito a la luz iluminativa. Una vez que el amor ha purificado el corazón y el alma ha pasado por la prueba del fuego, se pasa al Amado para vivir el fuego gozoso del amor infinito. Es como entrar en el paraíso terrenal con los sentidos purificados, en el sumo grado de inocencia bautismal, cual anticipo de la bienaventuranza eterna. Siempre alumbrados por el Sol de gracia, “hasta llamear el alma el fuego del amor divino” (I. Prol.).

Toda la obra de San Juan de la Cruz está como tocada por la luz de la gracia, ya que ilumina las verdades de la fe, llenándolas de claridades espirituales que enriquecen nuestro vivir en Dios. Su palabra nos introduce en la vida íntima trinitaria del Amor eterno, donde el hombre vive gozoso ese amor Absoluto. Dios es siempre pura y radiante apertura al amor, ya que quiere hacer partícipe de su misma gloria a las criaturas humanas. Dios es siempre para el hombre amor, vida, consolación, iluminación, gozo, visión permanente, pura transparencia, descanso a donde aflora la inmanencia divina.

Pero sobre todo, Juan de la Cruz es un artista de Dios. No le podía faltar esta cualidad a un alma tan sensible como la suya. Para Juan, la hermosura  es la fórmula más sublime para llegar a Dios. De ahí que la belleza sea para él una obsesión, una meta a conseguir. Desde muy joven se empeñó el aprender varios oficios. Desde los siete años aprendió carpintería, sastrería, entallador y después el  arte del dibujo. Y para no perder el contacto con el arte, siendo novicio, pasa sus horas de descanso haciendo crucifijos de madera. El dibujo de su Cristo crucificado que aún perdura, es una imagen espiritualizada y vista desde el Padre.  Esta afición por el arte la cultivará hasta los últimos años de vida. El arte para él era otra forma de vivir y expresar la belleza de Dios. Por eso en sus escritos no faltan imágenes que ilustren el arte de guiar las almas (L III. 42-43). De igual manera le encantaba la música y el cantar  Porque el arte le hablaba de Dios y le lleva a Dios, por eso, cuando tuvo que dejarlo, lo hizo porque en él era más fuerte el amor de Dios, pero tuvo que hacer una opción de difícil elección, quizá la más difícil para él, pero pudo más el arte de la infinita belleza del amor a Cristo, donde se encierra el sumo arte del amor eterno.

La Fundación de Pastrana realizada por Santa Teresa y santificada por la presencia del mismo San Juan de la Cruz, conserva en el Museo obras carmelitanas, donde hay varios cuadros de arte dedicados a recordar la figura espiritual de este místico español, de la más alta santidad universal.

Son obras casi todas del s. XVII, con motivos clásicos, recordando su pose mística, espiritualizado en la oración y hablando ante la figura de Cristo. Los autores más destacados son: Alonso del Arco, Juan de la Miseria y posiblemente Francisco de Ricci y Alonso Cano, pues hay cuadros no identificados, donde hay vestigios y formas propias de ambos pintores, hoy diseminados por iglesias o museos en donde residen o han residido religiosos carmelitas.

En todos las obras se resalta la figura del santo, puesta en primer plano, en actitud totalmente espiritualizado. Le envuelve una atmósfera mística y su imagen arrodillada se muestra con clara nitidez, palpitante por el emocionado encuentro con Cristo, al que dirige su mirada en oración. Le acompañan unos símbolos de lirios y libros, que nos recuerdan su vida y sus obras, son motivos alusivos al santo, que introducen nuestra mirada en el momento mágico que vive el santo. Hay belleza plástica, pero sobre todo, dulzura e ingenuidad que eleva nuestro espíritu. Son cuadros de transparente pureza y cristalinos colores, donde el mensaje espiritual nos impacta y sorprende.

Que todo nos ayude a recordar la figura de este gran santo, que tanto nos enseña con su vida y obras, especialmente la gran sabiduría mística que lleva a Dios, de la que tanto necesitamos.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

BENEDICTO XVI, PEREGRINO DE SANTIAGO DE COMPOSTELA

Ante una Europa que se tambalea con signos de debilidad y desorientación espiritual, el Papa Benedicto XVI, se suma a los cristianos para hacer el camino de Santiago, el camino de la gran familia europea, iniciando con su presencia la nueva recuperación espiritual de la noble Europa. Cada día se hace más urgente la vuelta a los valores cristianos, que fueron los que sirvieron de base para dar la unidad y formación de la vieja Europa. El continente europeo durante más de diez siglos ha sido el eje del mundo. El que no sólo hizo girar la tierra alrededor del sol y descubrió el nuevo mundo, sino que  ofreció a todos los continentes un elevado progreso cultural, cívico, científico y artístico; llenando la tierra de valores humanos, éticos, morales, espirituales y familiares,  actuando como fundamento de vida y de progreso, hoy esta Europa, camina insegura y desorientada.

Historiadores y pensadores nos describen magistralmente el modo cómo se gestó esta unidad en la diversidad en que vivía este viejo continente. A partir del s. IX, Santiago de Compostela y con el beneplácito de Carlomagno, el gran emperador de occidente, que quería defender sus fronteras frente a las invasiones árabes, Compostela se convertirá, primero en una senda sincrética, híbrida y conciliadora, para transformarse en auténtico crisol, en el que peregrinos de mil orígenes con mestizaje de creencias, los aglutinará en una misma fe cristiana y evangélica, poniendo las bases de la unidad de una Europa en la que emergieron los diversos estados.

Sí, “Europa se ha construido caminando hacia Santiago”, dice Goethe, caminando hacia ese “finis terrae”, hacia el “Campus Stellae”, convirtiéndose en “Calle mayor de Europa”  “canino de las mil sendas”, erigiéndose en foco de atracción de las conciencias europeas, al tiempo que sacudía las mentes para despertarlas a las nuevas culturas, que surgieron como una necesidad espiritual en génesis de belleza, que invitaba a la sociedad a la creación artística de nuevos estilos y formas, llenando la sociedad no sólo de riqueza cultural, sino de una armonía y estética inusitada, que abría caminos a la unidad y a la renovación espiritual.

De esta forma, Compostela se convirtió en referente único de peregrinaciones y  polo de atracción. Reyes, santos, penitentes, nobles, campesinos, jerarquías de la Iglesia  y gente de toda clase y condición social, convergen hacia Compostela, elevándola a centro espi-ritual y situándola a la misma altura de Jerusalén y Roma, hasta el punto de convertirse en competidora de Roma, para arrancarle esa primacía de la Ciudad eterna.

Fue la fe de la gran familia cristiana la que creó el progreso y dio el sentido de unión a Europa. Fue la Iglesia con sus monjes y religiosos la que impulsó a las nuevas culturas y estilos artísticos. Fue el camino de Santiago el que aglutinó ideas y configuró las bases del arte románico, como expresión plástica de armonía y fe, unidas por el ideal de integración territorial de las nacientes monarquías, que reforzaron los signos de unidad e identidad de una Europa cristiana, amenazada por el avance islámico.

Pero no sólo el románico fue la expresión artística del ideal de unidad, fueron los peregrinos y las gentes de Europa las que con su peregrinar hicieron un camino de nueva  cultura elevando a su paso iglesias, conventos, puentes, cruceros, fuentes, castillos, palacios, mansiones y hospedajes, plasmando en todos ellos el espíritu y sentimientos de unidad y de fe, siguiendo  la ruta del finis terrae, marcada por el Apóstol Santiago.

Pero estos no son más que unos mínimos ejemplos de esa mítica idea de la unidad, pues el cristianismo, que es constante renovación e inagotable fecundidad creativa, llenó  de sensibilidad espiritual, emergió de nuevo ofreciéndonos otra original estética, exuberante de belleza, que como lenguas en piedra en arte, se volvía oración de alabanza, donde la creatividad, fantasía y sentido espiritual, se transformaban en teología visible para un pueblo de fe. Así nació el arte gótico, como la más bella representación plástica de este camino de fe. Posteriormente nacerán los nuevos estilos del renacimiento cargado de sobriedad; el barroco con su multitud de expresiones plásticas, el neoclasicismo con infinidad de nuevas formas. Todos ellos desarrollaron expresiones artísticas impregnadas de fe y unidad. Baste sólo citar monumentos y catedrales como las de Burgos, León, la Cartuja de Miraflores, Salamanca, Jaca, San Pedro de Rúa o el Santo Sepulcro de Estella…

Y por supuesto, la catedral de Santiago, llena de espiritualidad y magia religiosa, con su Pórtico de la Gloria, como saludo y bendición del Santo al visitante, que le ofrece bienes y presentes espirituales. Al peregrino que cruza el umbral de la puerta santa, le asombra y le hace todo oración y admiración, dejando que vuelen por el recinto sus deseos en forma de botafumeiro, donde un artístico incensario deja atónitos a miles de files y descreídos, que contemplan alrededor del altar, la ofrenda de sus sacrificios ofrecidos en el camino al santo.

Pero el camino de Santiago es mucho más que un simple camino de peregrinación. Es un camino mítico lleno de misterio y de fe. Es un camino que se vuelve espiritualidad  interior, que se hace con sacrifico y renuncia, donde hay momentos para la oración, la reflexión y la meditación, motivos que invitan a la renovación y a un comienzo de vida para una Europa  nueva. Se necesita cambiar de vida, darle otro sentido, buscar otros valores, recuperar el gozo y la esperanza de la familia cristiana; que haya otros valores más dignos y elevados, que ese simple y efímero gozar y vivir la vida. El hombre de hoy necesita recuperar el sentido del canino, que es sentido de cultura y unidad, de búsqueda de la verdad, de espiritualidad evangélica, que es la que nos hará libres y fuertes, frente a los ídolos terrenos que llenan de muerte y vacío el futuro del hombre.

Este es el mensaje que nos trae Benedicto XVI en visita al Apóstol Santiago, con la que se integra como peregrino de fe, en este año de la familia. El nos ha dicho que Europa necesita recuperar este sentido del camino, el sentido de una renovación espiritual y evangélica, para que Europa recupere los valores éticos, morales y espirituales y vuelva a ser eje  constructor de un mundo mejor.

Toda la vida del hombre es un camino en busca de la patria perdida. La espiritualidad del éxodo es la del hombre que lucha por liberarse de toda opresión, hasta conseguir la tierra prometida. El desierto se cruza cuando es Cristo el que nos guía. Sólo se pueden echar raíces en el suelo firme de lo sagrado. San Pablo que elabora una hermosa teología de la peregrinación, nos recomienda la fe de Abraham, que por obediencia salió sin saber donde iba, pero de esta forma llegó a la tierra prometida (Heb, 11, 8-10).

Que su visita nos traiga la renovación.

lunes, 28 de junio de 2010

SAN FRANCISCO DE BORJA, ES SU Vº CENTENARIO

Se está celebrando el quinto centenario de San Francisco de Borja (1510-2010), Duque de Gandía, gobernador y virrey de Cataluña, consejero del emperador Carlos I de España y V de Alemania; padre de familia, viudo, sacerdote, tercer superior general de la Compañía de Jesús, quien  realmente dio la forma y organizó la Compañía ideada por San Ignacio. Hombre de ciencia y  a su vez un gran Santo.

En San Francisco de Borja encontramos el ejemplo de la victoria del hombre frente a los enemigos más poderosos del ser humano: la riqueza, el poder, la ciencia  y la santidad. Poseer todas estas cosas en una misma persona y lograr la perfección es verdaderamente difícil. El mismo evangelio, cuando habla de los ricos y las riquezas, suele usar un leguaje claro y tajante, nada a favor de los que viven esa condición: “Difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos” (Mt. 19, 23). Y Cristo dijo esto por el poder y dominio que tiene la riqueza en la persona, ya que la endurece el corazón y obnubila la mente. Hasta se termina abandonando a Dios y adorando las riquezas. Algo parecido le pasa al poder, que llena de orgullo y soberbia a la persona, hasta creerse dueño para hacer y deshacer a su antojo. El poder es más cruel aún, porque cuenta con la fuerza del endiosamiento de creerse dueño hasta de las vidas humanas. Y en esta misma línea podíamos incluir la sabiduría o la ciencia, cuando se deja dominar por la vanidad, el orgullo, la soberbia y la suficiencia. La ciencia sin la humildad, aleja mucho a la persona de la verdadera sabiduría.  Pues San Francisco de Borja, poseyendo todas estas cosas, las sometió al dominio de su voluntad y escaló la cumbre de la santidad.

Para conocer algo del santo damos unos datos de su vida resumidos. Nació el 3-X-1510, en Gandía, Valencia. Estudió en Alcalá de Henares y a los 19 años casó con Leonor de Castro, con la que tuvo ocho hijos. A los 29, fue nombrado virrey de Cataluña. En Barcelona conoció a San Pedro del Alcántara, con el que mantuvo una grata correspondencia y fiel amistad, valorando mucho la espiritualidad del alcantarino. Ante los restos mortales de la emperatriz Isabel de Portugal, tomó su famosa decisión: “No servir más a un señor que pudiese morir”. Muerta también su esposa en 1546, en unos ejercicios espirituales de San Ignacio, decidió entrar en la Compañía -1550-, cuando contaba 39 anos, habiendo dejado antes colocados a sus hijos.

Tuvo que pasar por verdaderas pruebas de humildad para hacerse acreedor de su vocación. De virrey pasó a ser ayudante de cocinero, acarreando agua y leña, limpiando la cocina y pidiendo de rodillas perdón a la comunidad por servirla con torpeza. No solo superó estas pruebas, sino que comenzó una práctica de penitencias  extraordinarias, hasta reconocer que había mortificado su cuerpo con demasiada severidad, al estilo de San Pedro de Alcántara.

El mismo San Ignacio le nombró Provincial de la Compañía de Jesús en España, dando muestras de gran celo espiritual, distinguiéndose por la oración, los sacramentos y la perfecta obediencia. Fundó multitud de casas y colegios en su generalato. Dado los muchos progresos que realizaba la Compañía por su intervención, se le nombró Superior General de la Compañía -1566-, donde realizó una gran labor, consolidando y dando el gran impulso que necesitaba la Compañía, como igualmente propagando las misiones y la evangelización por todo el mundo, hasta llamarle el segundo fundador de la Compañía.

A pesar de su mucho trabajo, nunca descuidó su vida interior. Y cuando la peste causó estragos en Roma -1566-, él reunió limosnas para asistir a los pobres y envió a sus súbditos  a cuidar a los enfermos, luchando contra el contagio de la peste. Su ferviente predicación le convirtió en el gran orador al que acudían multitud de gentes de todas partes, para “ver y oír al santo duque” -1551-, entre ellos se contaba al cardenal Carlos Borromeo –futuro santo- y Ghislieri, futuro Papa Pio V. Tenía una profunda devoción a la Eucaristía y a la Virgen Santísima. Murió el 30-IX-1572, dejando el perfume de santidad por el que se le calificó como: “uno de los hombres más buenos, amables y nobles que ha pisado nuestro mundo”. Fue canonizado  por Clemente X en 1671.

Y si este es el perfil de su vida humana con el que llegó a la santidad, le recordamos también como el hombre de ciencia que se interesó por promover todas las artes. En el mundo de la santidad surge la belleza como una consecuencia ineludible de lo que se vive como cercanía y experiencia de Dios. La belleza del orden está en conexión con la belleza espiritual. El arte como cercanía de Dios, incide en el alma como mensura ordenada que regula la razón, inclinándola a la armonía contemplada de todo cuanto nos rodea.

Mucho antes que llegara la conversión a San Francisco de Borja, le había llegado la sensibilidad de la belleza espiritual que hizo cátedra en el interior de sus sentimientos. La ciencia está siempre en íntima relación con el arte, que a su vez, llena nuestro interior de bellas formas sensibles y espirituales, que nos llevan a la idea de lo bello mismo, hacia la belleza de Dios, fuente y causa de toda gracia e invitación a la santidad.

El arte siempre simpatiza con Dios, porque en el arte Dios se revela más bellamente. Si el santo tiene alma de artista, es porque Dios ha infundido en su alma esa belleza de la gracia, que a su vez, se derrama armónicamente en toda la persona, llenándola de justicia, moderación, sabiduría, bondad y humildad. Si sale al exterior, es porque la gracia configura a la persona humana, llenándola de belleza en fiel conexión con la gracia y belleza espiritual interna.

Ante la corrupción del cadáver de la que era el ideal principesco de la belleza humana, el Santo desnuda sus  aspiraciones e ideales terrenos para dejar que afloren las bellezas espirituales que nunca mueren. Sólo cuando el Santo abrió su alma a la estética de Dios, la gracia comenzó a dibujar en él maravillas espirituales. Con el arte del espíritu le vinieron los demás dones, que le abrieron al gozo del júbilo interior del espíritu, manifestado con obras que dan testimonio de fe, siendo testigo de la experiencia  de Dios que vive interna en el santo.

Estos son los motivos que seducen al artista para plasmarlos en el lienzo en bellas concepciones. El arte ha nacido antes en el espíritu del santo. El artista solo copia lo que el santo ha vivido. Y cuando las ideas son bellas y están bañadas por la hermosura y la armonía de Dios, fácilmente el arte las traduce en símbolos iluminadores que revelan  el mundo de lo espiritual, como imagen de belleza de Dios.

Todas las obras que nos llegan de San Francisco de Borja hablan en este sentido: la lucha por la belleza. Alonso Cano, Murillo, Francisco de Rici, Maella, Goya y otros grandes artistas, pintan la belleza de lo espiritual,  apoyándose en las imágenes materiales. Es su mensaje de gracia el que nos habla por el santo, el que penetra por nuestros ojos llenándolos de bellezas  espirituales, de vivas presencias de Dios que vuelven a actualizarse para nosotros. Este es el arte  que nos habla con lenguaje profético de la belleza más sublime que siempre nos seduce, porque estamos hambrientos de la belleza de Dios.

La esencia de Dios es ser sabiduría y belleza y todo el que se acerca a Él irradia esa misma sabiduría y belleza. La cera y el metal imprimen su propio sello en la figura que los acuña; de igual forma, el que deja que Dios se encarne en su vida, traduce su existencia en esos impulsos de belleza y sabiduría, como fusión de actividades en total unión con el que es todo belleza y sabiduría. Es la obra del Artista divino que no deja de armonizar nuestro conjunto, llenando todo nuestro ser de la sabia melodía divina, que resuena en nuestra vida como una dulce sinfonía, jamás oída y llena de sonidos armónicos celestes.

Y es que el santo, seducido por la belleza de Dios ha nacido a la vida nueva. Dios se le manifiesta en su esencia, luz brillante, invisible a los ojos, pero perceptible en su entendimiento y en su corazón. Su pobre inteligencia se llena de la sabiduría de Dios, la que le permite ver lo bueno, lo bello, lo sobrenatural y lo divinamente iluminado por el que es la Luz total. De esta forma, el Santo se vuele espejo que refleja la luz y la belleza de Dios. En realidad, el santo es el que más arte crea porque él mismo se vuelve artista de Dios, que sigue inspirando arte.

Que cada conmemoración de los santos despierte en nosotros el mundo interior de belleza espiritual, que aún sigue dormido en nuestra vida, y es el único que nos puede llenar de felicidad.

sábado, 22 de mayo de 2010

LA AUSENCIA DE BELLEZA EN LOS TEMPLOS COINCIDE CON LA PÉRDIDA DE FE

El templo en la Iglesia, desde  el principio del cristianismo, comenzó a ser no sólo el lugar propicio para la celebración de cultos, sino que tomó el sentido de “la casa de Dios” y “lugar santo”, donde reside el “Misterio santo”. De ahí que se decorasen estos lugares con “signos visibles y escogidos, para significar realidades divinas invisibles”. El arte en el templo, desde el comienzo, fue un lazarillo que llevaba los fieles a Dios.

Y en un tiempo, relativamente corto, los fieles  seguidores de Jesús se vieron transportados de los sencillos recintos, de sus “Domus ecclesiae”, a los espacios diáfanos y suntuosamente decorados, como las Basílicas construidas  cual si fueran “un monumento a Dios”, siendo el fruto de la fe de los fieles que ponían sus construcciones al servicio de la Iglesia, para darle a Dios todo lo mejor que tenían. Dios lo llenaba todo.

Y de la fe de aquellos cristianos emergió una nueva teología del templo, que se realizaría en la liturgia, convirtiendo a las iglesias en el “templo palacio del Emperador de Cielo y Tierra” A partir de aquí serían incalculables las proyecciones de gracias y bendiciones logradas para los fieles, que mediante esta concepción del culto se realizarían en la Iglesia.

Con estos fundamentos, en un progreso ascendente, al correr el tiempo, se hicieron de los templos verdaderas Basílicas, Catedrales, Santuarios, como símbolos vivientes de la presencia de Cristo. La imagen de Cristo en estos lugares era palpable y creaba ambientes sacros. Se quería que todo en el templo hablara de Dios. Que el templo fuera reflejo de de todo lo celeste y divino, que fueran réplicas terrenales de los arquetipos celestiales, al tiempo que imágenes cósmicas. De esta forma, la cosmología y la teología se fundían en un mismo abrazo cristiano. El propio universo se le concebía como un templo, al que se le hacía figura de Cristo.

Comenzó muy pronto la idea de decorarles llenándoles de símbolos que hablaran de la gracia y sacramentos, haciéndoles centros de miradas, como presencias de  Cristo. El altar, el sagrario, el ambón, la pila bautismal, hasta la luz y las paredes se convierten en palabra que habla con lenguaje evangélico y escenas bíblicas. En ellas se destacan las figuras de Cristo, la Virgen, los Apóstoles y los Santos, presentes como viviendo entre nosotros, al tiempo que elevaban el espíritu. Con todo ello, se creaba un ambiente fascinante en el que se vivía una liturgia viva, emocionante, provocando el sentido del misterio, como si el cielo y la tierra se unieran en un ordenamiento que lo abarcaba todo. “Creíamos que estábamos en el cielo, en el templo soberano del Creador del cosmos, como si el Verbo hubiera erigido bajo el sol de este mundo, el símbolo espiritual, el trasunto, de lo que es el más allá, la bóveda del cielo… como si la Jerusalén celeste y el monte Sión estuvieran aquí representadas, cual la ciudad supraterrena del Dios vivo” (Eusebio de Cesarea. Sermón de la consagración de la basílica de Tito).

Todo esto nos recuerda esos tiempos en los que se vivía una auténtica fe, tanto en la liturgia como en los diversos elementos que decoraban el templo. La palabra, la liturgia, el arte , la música, los símbolos, todo tomó carácter de santo, de sacro. Todo hablaba de Dios y llevaba a Dios, al tiempo que  todo era elemento esencial que daba entrada a la santidad y cercanía de Dios. Y en la medida en que se olvidó o se entró en el retroceso de estas vivencias, se abrieron las puertas a la decadencia y pérdida de fe, o convirtiéndola en costumbre rutinaria. Esto es lo que el Vaticano II quiso reparar, introduciendo un aggornamento o renovación para actualizar la fe de la Iglesia.

A partir del Vaticano II se comenzó en la Iglesia un tiempo eufórico positivo en renovación, con ganas de cambiarlo todo y modernizarnos con rapidez. Era urgente y necesaria una adaptación y puesta al día en muchas cosas, especialmente en la liturgia, oficios religiosos y prácticas cristianas. Y donde más patente y visible se hizo el cambio fue en las nuevas iglesias o templos, aunque también los cambios llegaron a varias iglesias antiguas, que llevados del entusiasmo del cambio se despojaron de obras de arte, a veces sin criterio, quitando altares, imágenes, objetos y símbolos de arte que hablaban de fe, sólo por  el mero hecho de modernizarse. La falta de formación, la ligereza y carencia de sensibilidad del clero, hizo que se cometieran imprudencias.            

El crecimiento demográfico de la ciudades creó necesidades urgentes, a las que hubo que respon-
der con templos nuevos acomodados a las nuevas exigencias del mundo moderno. Y aquellas iglesias que simbolizaban la “Morada de Dios”, la “Ciudad santa” la “ nueva  Jerusalén”  descendida del cielo, preparada como una esposa engalanada para su Esposo” (Ap. 21, 2s), ahora se pasaba a una iglesia funcional, desprovista de medios, de símbolos, de formas de belleza y de arte. En multitud de casos se crearon iglesias modernas que son autenticas joyas que confieren carácter sacro, creando espacios luminosos y ambientes religiosos, donde se perciben sensaciones que comunican al espíritu una emocionada calma y serenidad, apta para la contemplación interior.

Pero nuestra reflexión quiere detenerse en esa inmensa mayoría de nuevos templos que se han hecho con precipitación, acomodados a las circunstancias, con falta de criterios, de símbolos y motivaciones de fe, que están muy lejos de lo que el Vaticano II pedía. Algunos de ellos, según  criterios de los fieles, desangelados y faltos de belleza. Siempre es disculpable la buena voluntad, pero ésta no basta. Cuando en las altas esferas se camina a destiempo por falta de previsión,  y ésta la ha habido, cuando no se ha estado atento a las planificaciones urbanísticas, para poder elegir a tiempo el lugar adecuado del templo, adelantándose a los acontecimientos y ofreciendo servicios religiosos a fieles,  que llegaban a la urbe desorientados. Y caminar con rémora en esto es fatal.

La “casa de Dios” y “casa de la comunidad”, como lugar de encuentro entre Dios y el hombre, donde se realizan las nuevas teofanías, no impide el que sean humildes y sencillos recintos, lo que importa es que sean lugares significativos, que creen espacios sacros y religiosos, capaces de expresar la encarnación de Dios con ambientes de presencias cargadas de teofanías. Pero es difícil crear estas realidades en naves comerciales o en construcciones sin atisbo de sentido religioso, vacías de signos y símbolos, alejadas de sentido sacro, carentes de presencias y manifestación de Dios. Son  lugares que no parecen iglesias y poco propicios para atraer a las nuevas juventudes, que sean las piedras angulares que edifiquen el futuro evangélico de Cristo.

En general, en la mayoría de los nuevos templos, no se ha sabido tener en cuenta la visión externa, como medio de atracción y llamada. Ni la nueva arquitectura ha sido un fruto maduro de fe, donde vibra el interior con sentido evocador de oración. Ni se ha estudiado la luz, que tiene el sentido de  gracia, de fe  y gloria de Dios. ¡Cómo se echa de menos un cierto sello kerigmático, que daría carácter y sentido de encarnación! Da la impresión de que se ha hecho el edificio sin haberse planteado qué es una iglesia, qué aspecto y sentido de fe debe trasmitir. De ahí que haya personas que critiquen aspectos, formas y contenidos, desprovistos de fe, sentido y razón.

Se ha prescindido de símbolos, cuadros artísticos, obras de música, imágenes y otros objetos, como elementos importantes para conferir carácter sacro a un edificio, mutilando el sentido misterioso de cercanía a lo divino, al tiempo que se vaciaba la versión simbólica de la morada de Dios entre los hombres. Se han suprimido las campanas como cosa superflua, que tenía el sentido de convocar, cuando en realidad la iglesia, en el vocablo griego, significa convocación, convocar a la asamblea de los fieles que acuden a celebrar el culto. Más grave es aún la supresión de vidrieras, que no sólo trasmitían la luz como símbolo de la gracia divina que ilumina a las almas de los congregados, sino que creaba ambientes místicos propicios para la oración y el encuentro.

Todo esto nos ha hecho perder la afición y gusto por el sentido del misterio. Hasta nos hemos resignado a que nuestros lugares de culto dejen de evocar y expresar el sentido sacramental que se realiza en ellos. De esta forma ha crecido la frialdad espiritual y ha aumentado la indiferencia, signos ineludibles de la pérdida de fe. El espacio místico y sentido sacro que infundía respeto y reforzaba los sentimientos religiosos de la persona, que a su vez conferían carácter sacro y sensi-bilidad de espíritu, se ha diluido en desconocimiento casi total. Uno de los grandes reproches que suele hacerse a ciertas iglesias modernas, es el sentido de la nada y el vacio que trasmiten. Lo que demuestra la poca sensibilidad y la falta de belleza estética que hay en esos ambientes y personas. 

Todo esto da como resultado un avance progresivo de falta de fe, de ausencia de cristianos. Es un declive espectacular y alarmante que debe hacernos pensar y corregir defectos para un futuro. Es hora de despertar y reconocer que el haber desmantelado nuestros templos, nos ha llevado a esta ausencia y pérdida de fe, tal vez irreparable, y la que aún no queremos reconocer, pero no por eso deja de ser grave.