miércoles, 23 de abril de 2014

LA AUSENCIA DE BELLEZA EN LOS TEMPLOS, COINCIDE CON LA PÉRDIDA DE FE.

El templo en la Iglesia, desde el principio del cristianismo, comenzó a ser no sólo el lugar propicio para la celebración de cultos, sino que tomó el sentido de “la casa de Dios” y “lugar santo”, donde reside el “Misterio santo”. De ahí que se decorasen estos lugares con “signos visibles y escogidos, para significar realidades divinas invisibles”. El arte en el templo, desde el comienzo, fue un lazarillo que llevaba los fieles a Dios.

Y en un tiempo, relativamente corto, los fieles seguidores de Jesús se vieron transportados de los sencillos recintos, de sus “Domus ecclesiae”, a los espacios diáfanos y suntuosamente decorados, como las Basílicas construidas cual si fueran “un monumento a Dios”, siendo el fruto de la fe de los fieles que ponían sus construcciones al servicio de la Iglesia, para darle a Dios todo lo mejor que tenían. Dios lo llenaba todo.

Y de la fe de aquellos cristianos emergió una nueva teología del templo, que se realizaría en la liturgia, convirtiendo a las iglesias en el “templo palacio del Emperador de Cielo y Tierra” A partir de aquí serían incalculables las proyecciones de gracias y bendiciones logradas para los fieles, que mediante esta concepción del culto se realizarían en la Iglesia.

Con estos fundamentos, en un progreso ascendente, al correr el tiempo, se hicieron de los templos verdaderas Basílicas, Catedrales, Santuarios, como símbolos vivientes de la presencia de Cristo. La imagen de Cristo en estos lugares era palpable y creaba ambientes sacros. Se quería que todo en el templo hablara de Dios. Que el templo fuera reflejo de de todo lo celeste y divino, que fueran réplicas terrenales de los arquetipos celestiales, al tiempo que imágenes cósmicas. De esta forma, la cosmología y la teología se fundían en un mismo abrazo cristiano. El propio universo se le concebía como un templo, al que se le hacía figura de Cristo.

Comenzó muy pronto la idea de decorarles llenándoles de símbolos que hablaran de la gracia y sacramentos, haciéndoles centros de miradas, como presencias de Cristo. El altar, el sagrario, el ambón, la pila bautismal, hasta la luz y las paredes se convierten en palabra que habla con lenguaje evangélico y escenas bíblicas. En ellas se destacan las figuras de Cristo, la Virgen, los Apóstoles y los Santos, presentes como viviendo entre nosotros, al tiempo que elevaban el espíritu. Con todo ello, se creaba un ambiente fascinante en el que se vivía una liturgia viva, emocionante, provocando el sentido del misterio, como si el cielo y la tierra se unieran en un ordenamiento que lo abarcaba todo. “Creíamos que estábamos en el cielo, en el templo soberano del Creador del cosmos, como si el Verbo hubiera erigido bajo el sol de este mundo, el símbolo espiritual, el trasunto, de lo que es el más allá, la bóveda del cielo… como si la Jerusalén celeste y el monte Sión estuvieran aquí representadas, cual la ciudad supraterrena del Dios vivo” (Eusebio de Cesarea. Sermón de la consagración de la basílica de Tito).

Todo esto nos recuerda esos tiempos en los que se vivía una auténtica fe, tanto en la liturgia como en los diversos elementos que decoraban el templo. La palabra, la liturgia, el arte , la música, los símbolos, todo tomó carácter de santo, de sacro. Todo hablaba de Dios y llevaba a Dios, al tiempo que todo era elemento esencial que daba entrada a la santidad y cercanía de Dios. Y en la medida en que se olvidó o se entró en el retroceso de estas vivencias, se abrieron las puertas a la decadencia y pérdida de fe, o convirtiéndola en costumbre rutinaria. Esto es lo que el Vaticano II quiso reparar, introduciendo un aggornamento o renovación para actualizar la fe de la Iglesia.

A partir del Vaticano II se comenzó en la Iglesia un tiempo eufórico positivo en renovación, con ganas de cambiarlo todo y modernizarnos con rapidez. Era urgente y necesaria una adaptación y puesta al día en muchas cosas, especialmente en la liturgia, oficios religiosos y prácticas cristianas. Y donde más patente y visible se hizo el cambio fue en las nuevas iglesias o templos, aunque también los cambios llegaron a varias iglesias antiguas, que llevados del entusiasmo del cambio se despojaron de obras de arte, a veces sin criterio, quitando altares, imágenes, objetos y símbolos de arte que hablaban de fe, sólo por el mero hecho de modernizarse. La falta de formación, la ligereza y carencia de sensibilidad del clero, hizo que se cometieran imprudencias.

El crecimiento demográfico de la ciudades creó necesidades urgentes, a las que hubo que responder con templos nuevos acomodados a las nuevas exigencias del mundo moderno. Y aquellas iglesias que simbolizaban la “Morada de Dios”, la “Ciudad santa” la “ nueva Jerusalén” descendida del cielo, preparada como una esposa engalanada para su Esposo” (Ap. 21, 2s), ahora se pasaba a una iglesia funcional, desprovista de medios, de símbolos, de formas de belleza y de arte. En multitud de casos se crearon iglesias modernas que son autenticas joyas que confieren carácter sacro, creando espacios luminosos y ambientes religiosos, donde se perciben sensaciones que comunican al espíritu una emocionada calma y serenidad, apta para la contemplación interior.

Pero nuestra reflexión quiere detenerse en esa inmensa mayoría de nuevos templos que se han hecho con precipitación, acomodados a las circunstancias, con falta de criterios, de símbolos y motivaciones de fe, que están muy lejos de lo que el Vaticano II pedía. Algunos de ellos, según criterios de los fieles, desangelados y faltos de belleza. Siempre es disculpable la buena voluntad, pero ésta no basta. Cuando en las altas esferas se camina a destiempo por falta de previsión, y ésta la ha habido, cuando no se ha estado atento a las planificaciones urbanísticas, para poder elegir a tiempo el lugar adecuado del templo, adelantándose a los acontecimientos y ofreciendo servicios religiosos a fieles, que llegaban a la urbe desorientados. Y caminar con rémora en esto es fatal.

La “casa de Dios” y “casa de la comunidad”, como lugar de encuentro entre Dios y el hombre, donde se realizan las nuevas teofanías, no impide el que sean humildes y sencillos recintos, lo que importa es que sean lugares significativos, que creen espacios sacros y religiosos, capaces de expresar la encarnación de Dios con ambientes de presencias cargadas de teofanías. Pero es difícil crear estas realidades en naves comerciales o en construcciones sin atisbo de sentido religioso, vacías de signos y símbolos, alejadas de sentido sacro, carentes de presencias y manifestación de Dios. Son lugares que no parecen iglesias y poco propicios para atraer a las nuevas juventudes, que sean las piedras angulares que edifiquen el futuro evangélico de Cristo.

En general, en la mayoría de los nuevos templos, no se ha sabido tener en cuenta la visión externa, como medio de atracción y llamada. Ni la nueva arquitectura ha sido un fruto maduro de fe, donde vibra el interior con sentido evocador de oración. Ni se ha estudiado la luz, que tiene el sentido de gracia, de fe y gloria de Dios. ¡Cómo se echa de menos un cierto sello kerigmático, que daría carácter y sentido de encarnación! Da la impresión de que se ha hecho el edificio sin haberse planteado qué es una iglesia, qué aspecto y sentido de fe debe trasmitir. De ahí que haya personas que critiquen aspectos, formas y contenidos, desprovistos de fe, sentido y razón.

Se ha prescindido de símbolos, cuadros artísticos, obras de música, imágenes y otros objetos, como elementos importantes para conferir carácter sacro a un edificio, mutilando el sentido misterioso de cercanía a lo divino, al tiempo que se vaciaba la versión simbólica de la morada de Dios entre los hombres. Se han suprimido las campanas como cosa superflua, que tenía el sentido de convocar, cuando en realidad la iglesia, en el vocablo griego, significa convocación, convocar a la asamblea de los fieles que acuden a celebrar el culto. Más grave es aún la supresión de vidrieras, que no sólo trasmitían la luz como símbolo de la gracia divina que ilumina a las almas de los congregados, sino que creaba ambientes místicos propicios para la oración y el encuentro.

Todo esto nos ha hecho perder la afición y gusto por el sentido del misterio. Hasta nos hemos resignado a que nuestros lugares de culto dejen de evocar y expresar el sentido sacramental que se realiza en ellos. De esta forma ha crecido la frialdad espiritual y ha aumentado la indiferencia, signos ineludibles de la pérdida de fe. El espacio místico y sentido sacro que infundía respeto y reforzaba los sentimientos religiosos de la persona, que a su vez conferían carácter sacro y sensi-bilidad de espíritu, se ha diluido en desconocimiento casi total. Uno de los grandes reproches que suele hacerse a ciertas iglesias modernas, es el sentido de la nada y el vacio que trasmiten. Lo que demuestra la poca sensibilidad y la falta de belleza estética que hay en esos ambientes y personas. Todo esto da como resultado un avance progresivo de falta de fe, de ausencia de cristianos. Es un declive espectacular y alarmante que debe hacernos pensar y corregir defectos para un futuro. Es hora de despertar y reconocer que el haber desmantelado nuestros templos, nos ha llevado a esta ausencia y pérdida de fe, tal vez irreparable, y la que aún no queremos reconocer, pero no por eso deja de ser grave.

miércoles, 9 de abril de 2014

Queridos amigos de Fr. Jesús de la Cruz.: Paz y Bien.

Al cumplirse el decimo sexto aniversario de la muerte del Hermano Fr. Jesús de la Cruz, (9-IV-1998), queremos nuevamente, ponernos en contacto con todos sus amigos y bienhechores, para tenerles informados sobre la marcha de su proceso, en el que deseamos sea reconocida su ejemplaridad de vida ante la Iglesia. Confiamos siempre en la infinita misericordia de Dios que da a conocer a sus santos. Pero también es necesario que nosotros colaboremos en pro de su causa, rogando su intercesión y pidiendo al Señor, que a través de la ejemplaridad de este Hermano, se manifieste su Divina Voluntad y pueda ser reconocida su santidad para bien de la Iglesia.

En primer lugar, queremos recordarles, que el tercer libro sobre su vida: “Discípulo de la Verdad”. TESTIMONOS, salió a finales de 2013 y en él se recogen los testimonios de todos aquellos que han deseado colaborar, manifestando los recuerdos y las vivencias que tenían sobre Fr. Jesús. Es un libro de gran valor para el trabajo y proceso de su causa, ya que son imprescindibles los testimonios de aquellos que le conocieron o vivieron con dicho hermano. Se recogen también testimonios gráficos como pictóricos, donde se narran los acontecimientos más destacados de su vida o hechos significativos de gran valor. Dicho libro está disponible para todos los que estén interesados o quieran dar a conocer a otros la vida de este religioso ejemplar. Cuesta 10 Euros y se puede adquirir en: Duque de Sesto, 9. –28009, -Madrid.

En la última carta les indicábamos que con el motivo de presentar el libro, se hizo una exposición con las diversas obras poéticas, pictóricas y gráficas, que se han recogido sobre Fr. Jesús. Además del éxito que se obtuvo sobre la exposición, se consiguieron nuevos testimonios de los visitantes de gran valor, ya que la gran mayoría de los que visitaron la exposición le recordaban y habían tenido motivos m,y vivencias que conservan muy gravadas en su vida, pues su testimonio y ejemplaridad de vida lo consideraban como el de un santo.

Se siguen dando nuevos pasos aunque estos no sean perceptibles para los demás. A todos nos gustaría realizar avances espectaculares con rapidez, para ver resuelto todo el proceso en breve tiempo. Pero en estos asuntos la Iglesia siempre camina con pies de plomo, asegurándose y comprobando la realidad y veracidad de los hechos antes de dar su veredicto y pronunciarse, para evitar de esta forma, errores que dañen a la Iglesia, al tiempo que se dé testimonio de la verdad.

Una vez más, les rogamos y pedimos muchas oraciones en pro de su causa, ya que la oración es muy necesaria para que el Señor atienda nuestros deseos. No se olviden de pedir gracias y favores por intercesión de nuestro hermano Fray Jesús de la Cruz, ya que todo se va recogiendo para la resolución de su proceso. Las gracias como los milagros solo son obra de Dios, pero cuando estos se realizan mediante la invocación o intercesión, de aquel cuya vida es presentada como ejemplar, la Iglesia le considera santo y lo eleva a los altares. Por eso, no dejen de comunicarnos esas gracias, favores o milagros que reciban por intercesión de Fray Jesús de la Cruz. Abajo les ponemos teléfonos y direcciones donde pueden comunicárnoslo. ¡Gracias!.

Les deseamos que estos días de la Semana Santa sean para Vds. santos, y los celebren con verdadero sentido cristiano. Que la oración y la reflexión sobre el misterio de nuestra salvación les ayude a celebrar con la mayor alegría el acontecimiento de la Resurrección, en la que todos hemos resucitado con Cristo. Reciban también, nuestros mejores deseos en ese ¡Feliz Pascua de Resurrección!, con el que inauguramos el gozo incontenible de vivir “la vida nueva” que Cristo nos ha ganado.

Les saludan atenta y cordialmente:
 Fr. Victorino Terradillos y Fr. Arsenio Muñoz




Nuestros correos son: 

Fr. Arsenio Muñoz Martín.
C/. Duque de Sesto, 9.
28009 - MADRID.

Si prefieren E-mail: arsemuno@yahoo.es
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Fr. Victorino Terradillos Ortega.
PP. Franciscanos. SANTUARIO.
05400 - ARENAS DE SAN PEDRO (ÁVILA)

Si prefieren E-mail tupi35@yahoo.es
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El E-mail de Santuario es:  

sábado, 1 de marzo de 2014

Pastrana, “Ciudad Teresiana”

Recientemente han sido nombradas “Ciudades teresianas”, las 17 ciudades donde Santa Teresa de Jesús realizó sus primeras fundaciones. Es como preparación al gran acontecimiento del Vº centenario de su nacimiento, los hermanos Carmelitas quieren recordar de forma especial el paso de Santa Teresa por aquellos lugares en los que la Santa de Ávila dejó la huella imborrable de su paso, como mujer y Santa reformadora, dando un nuevo impulso espiritual a la Orden carmelita, como incremento y ayuda para la Iglesia de aquel tiempo, creando la renovación que necesitaba.

El “Libro de las Fundaciones” es un fiel reflejo de esa huella que dejó a lo largo de la geografía española, Y cada una de las ciudades en las que realizó su fundación, son testigos de esa profunda espiritualidad que llevaba la Santa en lo más hondo de su alma. Ella siempre humana, conciliadora, convincente, decidida, prudente, eclesial, iba dejando testimonios evangélicos sublimes, rayanos a lo sobrenatural. Era la obra y los escritos de esta intrépida y santa mujer, con los que mereció el calificativo de “obras que invitan a la virtud, por su provechosa y santa doctrina, émula de las Sagradas Escrituras”. Teresa Llevaba en su alma ese espíritu apostólico de la Iglesia y sentía en su corazón la situación dolorosa de reformas y contrarreformas por la que pasaba la Santa Madre Iglesia. Pastrana sería un primerísimo escenario donde comenzó la reforma teresiana, innovando la vida espiritual que diera fruto evangélico. “Mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que se pierden”. (Camino de Perfección. Cap. I, Ibid. Cap. II).

Y al recordar la fundación de los conventos teresianos de Pastrana, dejando a un lado todas las peripecias que tuvo que sufrir con la Princesa de Éboli, y cumpliendo las palabras que Dios le dirigió, “que no dejase de ir (a Pastrana), que a más iba que aquella fundación”, tenemos presente aquel impulso creativo con el que la Santa amplió su programa fundacional, abriendo la nueva casa para los religiosos descalzos, el Carmelo Descalzo, en el cerro y ermita de San Pedro. Esta sería la casa y cuna de los comienzos de la nueva reforma que ella emprendía. Casa que sería lugar de floración de personajes de gran valer, de admirables teólogos, juristas, misioneros y santos varones. Aquí fue donde comenzó a fluir la vida de los religiosos con gran fuerza renovadora, viviendo el espíritu reformador que la Santa había emprendido y que era el que la Iglesia necesitada en aquel momento.

Desde los comienzos la casa se revistió de aquel ambiente religioso y artístico, donde hubiera espacio para la sensibilidad artística y espíritu cultural. La misma Santa siguiendo la costumbre de comprar imágenes de arte que invitaran a la oración, donó las primeras obras de arte para que las paredes se decoraran con motivos religiosos que invitaran a la oración y meditación. Aun permanece allí el Cristo atado a la columna, que según reza, lo regaló la Santa cuando vino a fundar esta santa casa. El mismo Fray Juan de la Miseria dejó también en la ermita de San Pedro, un Ecce Homo, pintado al fresco, en el lado del evangelio. Hay otras obras, salidas probablemente de sus pinceles, que aún decoran la casa, como el retrato realizado sobre la Santa entregando la regla a Fray Ambrosio Mariano, de excelente calidad pictórica, como la no menos artística obra que narra la profecía de Juan Jiménez, realizada sobre el cerro y la ermita de San Pedro; amén de otras que se narran en el libro Becerro, cuyas obras se desconoce su paradero o ya no existen.

Aunque el principal conjunto de la obra artística carmelitana, lo forma una galería de obras que narran la fundación del Carmelo en Pastrana. Obras que hoy integran la exposición permanente de arte religioso en el Museo de Pastrana. Un primer conjunto y de mayor interés lo forman seis grandes lienzos, con admirables paisajes y motivos religiosos, donde se destaca el testimonio de la Santa en manifiesta actitud de protagonista, como también la figura de San Juan de la Cruz, el P. Baltasar Nieto, los príncipes Ruy Gómez, Ana de Mendoza, Isabel de Santo Domingo, Ambrosio Mariano, Juan de la Miseria, entre otros muchos personajes que integran la historia y que confieren gracia y belleza al compacto artístico. Todo el conjunto de detalles y personajes, narran y resumen el ambiente espiritual que flota en lo más profundo y decorativo de la belleza artística, manifestada con palabras gestuales, expresiones místicas, actitudes religiosas, elocuentes silencios, idealidad de milagros, momentos de sentido teológico llenos de presencias y vitalidad espiritual, donde la armonía, la estética y la belleza artística imprimen el verdadero sentido de lo espiritual, que lleva al observador a esa visión de la transcendencia.

Sigue aumentando el interés artístico que despiertan otras series de lienzos teresianos con diversos motivos y firmados por Alonso del Arco. Un primer cuadro hace relación a San Juan de la Cruz, en ese diálogo ferviente que mantiene con el Cristo Nazareno, de bella factura artística y sentido armónico. El segundo lienzo, es un motivo que no podía faltar en este relato espiritual, es la figura de la Virgen, expresando el acontecimiento espiritual de la imposición del escapulario a San Simón Stock. Su vibrante colorido atrae la mirada de nuestros ojos y nos sitúa en el momento espiritual del acontecimiento. Un tercer cuadro, está completando los acontecimientos históricos del Carmelo con gran sentido espiritual, allí está ese hermoso cuadro que representa el momento solemne, en el que Santa Magdalena de Pazzis recibe la sagrada comunión de manos de San Alberto de Sicilia, totalmente invadido por una luz espiritual que nos sitúa en el momento transcendental de comulgar a Cristo eucarístico. Tanto los rostros como las expresiones, dan razón del momento espiritual bellamente expresado. Y completa la serie un cuarto cuadro, que nos muestra otro de los momentos espirituales que vivió la santa, en ese diálogo y entrega que mantuvo con Cristo. La Merced del clavo, manifiesta a la Santa en total entrega a Cristo y le ofrece la mano para recoger ese clavo de pasión, arrancado del sufrimiento de Cristo. Tanto Cristo como la Santa están tratados con bellos colores e iluminados por esa luz misteriosa que penetra en el interior de la escena y que nos sitúa en ese momento de la celeste visión.

En similitud de tamaño y forma hay otro de los cuadros que completan la galería histórica, en el que se muestra la devoción hacia la Virgen del Carmelo, haciéndola derivar el origen de la Orden con el comienzo de la vida de la Virgen. Aparece la figura del la Virgen niña, vestida de carmelita, coronada de rosas, aureolada de estrellas y portando un ramo de azucenas. Está acompañada de San Joaquín y de Santa. Ana -sus padres-, teniendo por remate una corona de querubines, atravesada por los rayos de luz en cuyo centro aparece la paloma como símbolo del Espíritu. El cuadro es de bella factura y sentido estético de composición, con gran movimiento y belleza de color.

El museo cuenta con una serie de cuadros que narran diversos acontecimientos relativos a motivos carmelitanos, donde se destacan las figuras de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. No faltan retratos de Santos padres vestidos de carmelitas a los que se vinculan los orígenes de la orden del Carmelo, teoría totalmente descartada.

Por último hacemos mención de varios de los cuadros de bella factura y firmados por autores clásicos posteriores a la fundación, que la completan y decoran. Son retratos firmados por Juan A. Escalante, Paulo de Mattey, Salvador Maella, Fr. Juan de la Miseria, Pedro P. Bubens, Alonso del Arco y varios de la Escuela Castellana. Todos ellos de gran estética decorativa, riqueza de color y belleza con sentido espiritual. El Museo se completa con toda la serie de cuadros relativos a la orden franciscana, adquiridos y traídos a este lugar por religiosos franciscanos, quienes han ocupado el convento desde 1855, por la desamortización de Mendizábal. Pastrana, es tal vez, una de las fundaciones teresianas que cuenta con una de las mayores colecciones con temas relativos a dicha Fundación. El tema da para mucho más que una breve reseña.

miércoles, 1 de enero de 2014

Las Edades del Hombre en Castilla y León. Hito de Belleza

Hace más de una década en la que Castilla-León sorprendió a la cultura con una idea innovadora de belleza, sacando y exponiendo la riqueza de su arte de siglos, para mostrarlo como el resumen de la fe de una Iglesia, que vivió y sintió el seguimiento de Cristo, que hizo catequesis, teología y vida religiosa para un pueblo que creció en sensibilidad estética y en vida espiritual, haciendo de la belleza de su arte sacro, auténtica vivencia de evangelio y real comunión vivencial de Iglesia.

La humilde Castilla, la que no ha contado tanto para la industria y el progreso actual, es la que ha sabido intuir a tiempo la idea evangélica y eclesial, sacando del arca histórico las razones de su fe, con un arte que ilumina el pasado y que hoy lanza rayos de luz que destruyen las tinieblas de ese túnel oscuro de nuestro tiempo, donde la fe se tambalea con presentimientos de abandono, de ceguera y errores, con paralización del espíritu cristiano. La fascinación creativa del espíritu artístico cristiano que tanto brilló en otro tiempo, ahora está desembocando en lo efímero, vacuo y pasajero, que deja temblando la fe y heridos los sentimientos religiosos. Mientras otros dormían prodigando esos “happening de esnobismos”, instalados en brillantes salas de exposiciones, laureando un arte negativo, hoy calificado como “Falto de fe y sentido, que caracteriza la posmodernidad”, mostrando un arte que nada revela y ha dejado de ser portador de fe. Ante esta situación Castilla-León sacó en sus góticos templos las “Edades del Hombre”, como grito profético de un pasado que reclama la vuelta a la belleza del arte religioso.

Hoy las “Edades del Hombre” se han convertido en voz de la Iglesia, una voz que se hace eco de teología y catequesis renovadora de fe. De ahí que hayan sido imitadas no solo en la geografía nacional, sino tomada por modelo a imitar por la misma Iglesia en otras naciones. Con las Edades del Hombre, Castilla-León ha mostrado el valor religioso contenido en ese esplendor artístico de sus templos, donde la belleza religiosa trasforma nuestro sentimiento en acto de fe, en llamadas de reflexión mediante la estética y el arte de belleza que lleva a Dios, reflejando lo santo y sagrado, la unidad del hombre con la transcendencia y el ansia de llegar a comprender y vivir la eternidad.

Este movimiento artístico ha creado una atmósfera cultural cristiana, que está dejando señales y abriendo caminos para construir una nueva etapa renovadora para el hombre de fe, donde el arte siga siendo la fuerza de apoyo en ese seguimiento evangélico que ofrece la Iglesia católica. La llamada de este arte sacro, es un anuncio evangélico que proclama el mensaje de la Verdad divina, que encamina hacia el bien absoluto, que pone en evidencia la unidad, la bondad, la belleza religiosa de la auténtica Verdad, manifestada en toda la creación. Desde este aspecto, las Edades del Hombre han tomado a su cargo el ser testigo del arte sacro, al tiempo que medio evangelizador y transmisor de fe, ya que su misión está basada en servir de apertura intrínseca del hombre hacia Dios, desenmascarando el arte que no tiene trasfondo ni fin religioso. El arte de las Edades acerca el hombre a Dios, le impulsa a una búsqueda de valores más altos y espirituales, lleva ese vivir la riqueza de dones y carismas, que llenan la vida de santidad, creando un mundo nuevo y una tierra nueva decorada con la belleza de Dios.

Si la gente busca ese arte de las Edades, es porque ese arte posee un intrínseco valor sagrado, es un arte religioso y espiritual que habla de Dios, un arte que muestra a los visitantes ese Dios vivo en el que creen. Es un arte de belleza que habla con la realidad de la verdad que entra por los ojos hasta el fondo del alma. Un arte teologal que es fruto de la fe de un pueblo que durante siglos veneró la presencia de Dios en sus imágenes. Es un arte sacramental, un arte creado para vivirlo en liturgia devocional cristiana, resaltando la conexión de unión e interrelación que existe entre el arte y la fe, entre el hombre y Dios. Es también un arte que infunde amor por lo sagrado, por lo bello, por la religiosidad de la fe. Un arte que anima e impulsa a seguir mostrando el esplendor de la belleza, sin dejarse seducir por la cobardía de modernismos que defraudan y oscurecen la fe.

Con estas exposiciones la Iglesia está promocionando ese precioso legado de la tradición, testigo privilegiado de un patrimonio cultural que pide ser trasmitido a las nuevas generaciones. Sirve también de testigo de belleza para el mundo de hoy y el que nos precede. El artista como la Iglesia, son testigos de belleza y fe. Una fe que está en permanente diálogo con la cultura, que se convierte en itinerario fiel que conduce al ser humano a ese vivir y atestiguar la fe y la belleza de Cristo. Toda forma autentica de arte, como el que se expone en las Edades, muestra verdaderas vías de acceso a la realidad cultural, en ese diálogo sincero del hombre con el mundo y con Dios. “La búsqueda extraña de la belleza (dijo Benedicto XVI, mensaje de la belleza, 30-11-12), o búsqueda humana que se separa de la verdad y la bondad, se transforma en un itinerario que desemboca en lo efímero, banal y superficial”. La verdad y la belleza son el diálogo cultural que ofrecen las Edades del Hombre, pero un diálogo renovado donde brilla la estética y la ética, la belleza armónica y la bondad, la fe y el sentido sagrado de la vida, sin engaños ni subterfugios.

Hoy las Edades del Hombre siguen siendo evangelio de arte y de belleza, lugar de encuentro entre el hombre y Dios. Evangelio viviente de luz y belleza. San Mateo en su Evangelio recuerda este pensamiento. “Brille así vuestra luz –y belleza- delante de los hombres, para que viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5, 16). En las Edades del Hombre la belleza de las obras manifiesta claramente una verdad y bondad profunda y religiosa, que es coherente con la fe y la santidad, donde la belleza del arte proclama ese evangelio que va más allá y busca lo trascendente, como meta del ser humano. El lenguaje de las imágenes que muestra el arte de las Edades, está cifrado en símbolos que trascienden lo terreno y muestran el amor tranparente que lleva a Dios.

Si hemos querido recordar el arte de las Edades, es porque la belleza que muestran es la gran necesidad que siente el hombre de nuestro tiempo. Sobre todo, porque la belleza es manifiestamente reveladora de Dios, una manifestación pura y gratuita, que invita a la libertad y vence al egoísmo, que es lo que más está necesitando el hombre de nuestro tiempo. Las Edades pretenden mostrar a Dios por el arte, como un signo renovador de la presencia de Dios. Sus imágenes hablan como signo visible del Dios invisible. Señalan un camino de belleza que nos cubren de luz y nos envuelven en la Luz de aquel que es la Luz, la Vida y la Belleza. Es un mensaje que debe ser recordado, vivido y actualizado.